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La Ilustración Liberal

Reseñas

Francisco Franco, ese político

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Hábil y ambicioso; cortoplacista; prudente y maquiavélico; cínico y un tanto ladino; y sobre todo un político extremadamente diestro que supo conservar y acrecentar su poder, institucionalizar su régimen, poner en marcha un ambicioso programa de reconstrucción nacional y, además, presenciar unos años de sorprendente florecimiento artístico y cultural. Y todo en medio de las circunstancias más adversas, con la Segunda Guerra Mundial y el posterior aislamiento a que los vencedores de la contienda sometieron a España. Así se podría resumir el retrato de Franco pintado por Pío Moa en su última y más brillante obra, al menos desde el punto de vista literario: Años de hierro. España en la posguerra, 1939-1945.

El objetivo explícito de este estudio, una magna revisión crítica de la historiografía más importante sobre ese periodo (Luis Suárez, Ricardo de la Cierva y Stanley Payne, pero también Paul Preston y Javier Tussell, sin olvidar las memorias de personalidades como Julián Marías, Manuel Azaña y Dionisio Ridruejo), es dar respuesta a una de las preguntas de investigación más apasionantes de la historia reciente de nuestro país.

"La abstención de España durante la guerra mundial, y la pervivencia del régimen franquista después, fueron hechos muy poco probables, casi inverosímiles. Pero ocurrieron, y el historiador debe investigar las fuerzas, decisiones y azares que lo permitieron".

A partir de esta premisa, Moa analiza los primeros seis años del franquismo centrándose en las múltiples interacciones entre los avatares de la guerra, primero europea y luego mundial, y el sinuoso sendero político seguido por Franco a fin de consolidar su poder personal en medio de una familia extensa y a menudo mal avenida: sindicalistas e intelectuales falangistas más o menos germanófilos y totalitarios, generales monárquicos y aliadófilos según las circunstancias –y las del pretendiente Don Juan, cuya evolución desde el franquismo de que dan fe sus misivas al dictador hasta el liberalismo del Manifiesto de Lausana, pasando por los coqueteos con el Eje, Moa aborda con amenidad–, una jerarquía católica asertiva y a veces insumisa; un auténtico nido de serpientes agitado y excitado por las victorias –luego derrotas– nazis, los sobornos y chantajes británicos, así como por los fallidos intentos del PCE y de la izquierda en general de organizar un aparato de resistencia y sabotaje interior mínimamente eficaz.

Y por debajo, un pueblo agotado, empobrecido y hambriento, aunque cada vez menos, que tejió sus propias redes de resistencia, escape y adaptación –estraperlo, cultura popular escapista dominada por el humor y la tonadilla, fervor religioso– a un régimen caracterizado por el intervencionismo económico miope, el autarquismo obligado, o al menos acentuado, por el bloqueo británico y las presiones norteamericanas (useñas, según el autor), el dirigismo educativo y cultural y el férreo, empero amable, control político y social, llevado a cabo por la Falange y la Iglesia.

Pío Moa consigue componer un fresco de proporciones épicas sobre la España de la época a base de combinar leves pinceladas de historia social, trazos precisos de historia cultural (el inventario de la producción cultural del época sorprende por su cantidad y epata por su calidad) y el dibujo minucioso de las trifulcas políticas en el seno del régimen.

Estamos ante un conjunto coherente y armonioso, a pesar de las dificultades metodológicas que presentan este tipo de historias en paralelo, que muchos suelen solventar recurriendo a redundancias cansinas y yuxtaposiciones chocantes. Casi nada de eso se encuentra en Años de hierro, con la excepción del relato de la contienda mundial, en ocasiones demasiado prolijo, que corre de forma independiente del resto de la narración. Sin embargo, este yerro no socava el propósito del autor gracias a la reintroducción de la guerra en los capítulos dedicados a la política española. De esta forma, y a pesar de que a veces el lector tenga la impresión de estar leyendo dos libros a la vez, Pío Moa logra con creces sus objetivos: hacer una descripción densa y minuciosa de los procesos de toma de decisiones del dictador y explicar convincentemente las razones que llevaron al general a oscilar entre la amistad nunca incondicional con Hitler y el acercamiento siempre interesado a los aliados (excepción hecha de la Unión Soviética, ingrediente principal de esa amalgama de capitalistas, socialistas y liberales que, según él, llevó el país a la Guerra Civil).

Entre las páginas más ilustrativas del libro están las dedicadas a las conspiraciones monárquicas, vigiladas de cerca por Franco, y a los berrinches y decepciones de los revolucionarios falangistas, desencantados con el sesgo burgués y clerical que el aquél imprimió al régimen. A este respecto, Moa explica que el dictador se mostró renuente a imitar los experimentos totalitarios alemán y ruso por una combinación de religiosidad, respeto a la propiedad privada y creencia en la bondad de los impuestos bajos y los presupuestos equilibrados. Sin embargo, el intervencionismo sindical y el control tanto de la producción como de los precios fueron un pesado baldón para la población, que creó sus propios circuitos clandestinos de producción y distribución de bienes: el célebre estraperlo, por el que dieron con sus huesos en prisión, y casi en la tumba, miles de españoles.

Otro aspecto especialmente llamativo de los primeros años del franquismo fue el interés del régimen por reducir rápidamente tanto el número de presos, sobre todo políticos, como la cantidad de población exiliada en Francia. Así, los primeros Gobiernos de Franco llevaron a cabo una política de drástica reducción y redención de condenas, de tal modo que pocas cadenas perpetuas duraron más de diez años.

En el relato de las desventuras de la Legión Azul, extraído en gran parte de los recuerdos de Dionisio Ridruejo y otros voluntarios, encontramos otro de los aciertos de Moa, que ha rescatado del olvido unos textos de alto valor literario y, al mismo tiempo, se ha centrado en los aspectos más crueles y humanos de las guerras, algo que se echa en falta en buena parte del subgénero de la historia bélica.

Pero lo más descollante de Años de hierro es el relato del largo, peligroso y trepidante baile de máscaras de Franco con Hitler y sus enviados, Mussolini y los embajadores británicos y norteamericanos. Por lo que respecta a la cuestión de las supuestas intenciones belicosas de Franco, Moa refuta la visión angélica que presenta al dictador como un hombre amante de la paz y enemigo de involucrar a España en el conflicto... y la versión según la cual fue el mismo Hitler quien tuvo que poner freno a los afanes del Caudillo por incorporar España al Eje. Lo cierto es que Franco se propuso aprovechar las ventajas de la amistad con Alemania sólo en caso de victoria nazi, aliarse con Roma y París para contrarrestar la hegemonía de Berlín y entablar provechosas relaciones comerciales con Gran Bretaña y los Estados Unidos, potencias a las que, llegado el caso, podría acercarse, como así fue, para evitar que una victoria de los Aliados llevara aparejada su propia caída.

La jugada le salió bien a corto plazo, pues le permitió afianzarse en el poder y neutralizar las conjuras de sus enemigos; pero posteriormente hubo de pagar un alto precio: el aislamiento a que fue sometido su régimen tras el final de la contienda, lo cual tuvo por consecuencia la demora de la necesaria reconstrucción económica del país. Así pues, su tacticismo, que le sirvió para impedir que España se sumiera en una nueva guerra, aún más letal que la civil, le convirtió en el exterior en un socio poco fiable y muy vulnerable a las campañas de propaganda que lanzaron algunos grupos de exiliados establecidos en EEUU y América Latina.

Tal vez no hubiera alternativa ni para el dictador ni para España, que al menos se libró de una invasión extranjera, aunque uno no puede dejar de preguntarse qué habría sido de nuestro país si Eisenhower hubiera desfilado por la Castellana no en 1959, sino en 1946, y no precisamente saludando desde una limusina descapotable, sino a bordo de un tanque. Pero eso no es historia.

Pío Moa, Años de hierro, La Esfera, Madrid, 2007, 680 páginas.

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