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La Ilustración Liberal

Reseñas

La otra historia

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Pocos escritores como Horacio Vázquez-Rial se mueven hoy en día con tanta lucidez en el territorio no de la novela histórica –que nada tiene que ver con Horacio–, sino en ese auténtico nudo literario y moral en el que se acepta que toda Historia no es más que una novela, y toda novela digna de ser así llamada no es sino iluminación, revelación, relato de la Historia. Por ese arriesgado pasadizo que nos lleva de la una a la otra –de la Literatura a la Historia, malgré Hegel– discurre prácticamente toda su obra, que en los últimos años se ha ido decantando, madurando por la Alta Sierra de esa frontera hasta hacer de ella misma, de ese abismo, su objeto central, el eje de su reflexión, de su mirada. Creo que Horacio sospecha que toda la Historia, esencialmente aquella que se autoerigió como científica, es no más que una soberbia impostura, salida de escribanos al servicio de un poder igualmente autoconsiderado infalible y científico, el marxismo; o de departamentos de profesionales anclados en unas universidades que no son sino imposturas en sí mismas, pues camuflan como ciencia sus simples intereses y servidumbres. Y que, acaso por ello, y a pesar de sus obvias limitaciones, son más limpias aquellas Historias del pasado que servían sin ocultarlo a sus señores, y de las que al menos sabemos que no intentaban engañar más que en la medida en que aceptaban su condición parcial. Novelística, épica, diríamos.

A este conflicto ha de unirse la consideración de la memoria como fuente histórica, una memoria que es siempre individual, personal (jamás eso que hoy se nos presenta como Memoria Histórica, y que ya vamos sabiendo para lo que sirve), y de la que cabe lícitamente sospechar, pues al fin todos los seres humanos rehacemos nuestro pasado con la intención de darle la coherencia, la ligazón que seguramente nunca tuvo. Y sin embargo, quizá sólo a través de esas memorias individuales, consideradas como los relatos de ficción que los hombres construyen para entenderse a sí mismos, pueda alcanzarse un atisbo siquiera de la verdad histórica, contrastando esos relatos, colocándolos como los hilos de un tejido que el receptor, el historiador ha de ir enlazando hasta crear la imagen de lo que pudo ser. La imagen verosímil, claro, pues esa es una de las claves del trabajo del historiador-relator: devolver verosimilitud decente donde recibió fragmentos, justificaciones, rememoraciones en las que el olvido tiende a llenarse con lo imaginado por una memoria insuficiente o por la necesidad de mentir y mentirse.

Que la Historia es, por tanto, un relato tan sometido a las limitaciones humanas como cualquier otro no nos lo dice alguien ajeno al trabajo histórico, sino quien, como Horacio Vázquez-Rial, es doctor en Historia, lo que no es un mero dato anecdótico para acercarse a su obra, sino elemento central, como decíamos más arriba. Con sólo su reciente Perón, tal vez la historia, la obra monumental sobre el dictador argentino que apareció en España en 2005, bastaría para certificar su condición de historiador magistral que jamás, por otra parte, deja de introducir en el lector la razonable duda sobre lo que está leyendo. No es casual ese "tal vez" del título, ni, por supuesto, la frase final: "No es imposible".

La Historia pues, toda historia, en tanto que no es la sucesión de los acontecimientos mismos sino su relato, está sometida, quiéralo o no, a las leyes de la literatura, a sus exigencias y miserias. Y sólo si se acepta como tal, que es la propuesta que recorre toda la obra de Vázquez-Rial, tanto la del historiador como la del creador de ficciones –que tampoco lo son completamente–, puede abordarse con alguna garantía moral ese intento de devolver verdad y sentido a los hombres y sus vidas que es el trabajo del escritor. Del relator. Así nos lo dice desde el principio de esta obra de apariencia menor y consecuencias mayores que es El cuñado de Nietzsche y otros viajes, un conjunto de cuatro relatos independientes, cuya trabazón, sin embargo, va adquiriendo nitidez conforme se avanza en la lectura, hasta estallar y llenarse de retrogustos (que diríamos ante un vino que no se agota en el paladar, es decir, en la memoria), de imbricaciones que nos conducen de regreso a las citas magistrales con que se abre la obra. Sobre todo a la última de ellas, la que desde nuestro punto de vista más se ajusta a la intención con la que Vázquez-Rial nos ha ido conduciendo a través de su relato: "Ya que la historia no se hace sino narrándose, una crítica de la historia no puede realizarse sino relatando cómo la historia, al narrarse a sí misma, se produce".

El cuñado de Nietzsche y otros viajes resulta ser, así, una obra inclasificable precisamente por su modo genial, consciente, voluntario, de instalarse en la frontera desde la que intenta revelarse a sí misma, ser relato e historia y crítica de los mismos, anclarse en una suerte de humildad fundamental que sostiene que la historia no puede predecirse ni existen leyes inmutables que la determinen, lo que va directamente contra las historias totalitarias, nazis y comunistas, que impulsaron los genocidios del siglo XX, y subvierte las convenciones sobre lo que sean la literatura y la historia. En ella nunca acabamos de saber, ni nos importa, si estamos ante ficciones que se nutren de elementos históricos, acercamientos a la historia que han de rellenarse con ficción, o, directamente, ensayos sobre el modo en que los hombres se aferran a la necesidad de que el pasado haya existido realmente. Y no nos importa porque lo que se ha apoderado de nosotros desde el principio, desde la aparición argentina de ese turco Alem que resulta ser gallego, es la fascinación del relato que nos conduce a las dos primeras sospechas: la de que en el relato histórico, tal y como nos ha llegado, haya sido la "buena mano" del relator, su talento literario, lo que ha impuesto determinadas historias sobre otras posibles más cercanas a la realidad, pero menos brillantes; y la de que toda la Historia pueda estar basada sobre equívocos e imposturas de sus protagonistas, como ese falso turco, devenido en gran político radical, que esconde un padre gallego y fusilado por haber sido asesino a sueldo del tirano Rosas. El modo de relatar de Vázquez-Rial es tan elegante que parece desaparecer, como si las voces fluyeran ante nosotros, como si, en efecto, toda omnisciencia se hubiera desvanecido bajo la exigencia de su propia desvelación.

Ya la primera narración, "La tercera historia: la primera línea de la retaguardia", no es otra cosa que lo que en un ensayo llamaríamos introducción. En ella se nos anticipa que, frente a los "grandes hombres" y los protagonistas épicos, son los seres anónimos, los sufridores de la Historia, los únicos que acaso pueden revelarnos algo más próximo a lo que pudo ser la verdad o, al menos a lo real, "el punto en que confluyen la realidad y la conciencia". A partir de ahí se enlazan las tres siguientes historias, que resultarán ejemplares precisamente porque encaran algunas de las grandes tragedias del siglo XX, del que para algunos será siempre nuestro siglo, a través de relatos otros, de sucesos pequeños que terminan por convertirse en metáforas definitivas de las grandes e infames aventuras de las que son representación.

Lo definitivo es, pues, el modo en que Vázquez-Rial afronta el relato de lo que fuera el siglo y sus propias obsesiones literarias e históricas. Es decir, el modo en que va subvirtiendo aquello mismo que es materia de su obra, y que va quedando desnudo a partir de la aparición de personajes menores con sus propias historias a cuestas. La verdad de la Argentina, y, en general, esa tragedia americana, sobre todo del Cono Sur, que consiste en no acabar nunca de ser, en no acabar de tener una memoria propia, ese hacerse y deshacerse de personajes que nunca abandonan otras memorias, otras utopías que dejaron atrás o no consiguieron llevar adelante. La esquizofrenia, en suma, de la inmigración, la ambigüedad sentimental en la que se basa, los mil equívocos y falsedades sobre las que se construyeron mitologías que terminaron lastrando sin remedio a quienes las inventaban. Es la realidad de ese "Juan Moreira: el resentimiento", título del segundo de los relatos del libro, que acaba de héroe popular de una Pampa imaginaria, cuando no es más que un matarife despiadado, uno más, por otra parte, de aquellos sobre los que Borges llegará a edificar cuentos inmortales.

Pero no sólo es la Argentina que luego nos aterrará con sus milicos la que aparece algo más comprensible a través del relato menor de sus mentiras originales (mentiras como aquellas sobre las que también edificó su biografía el propio Perón), cubiertas por el olvido interesado y por la mano embaucadora del literato, sino que las dos grandes construcciones criminales del siglo, el nazismo y el comunismo, quedan iluminadas bajo algunas de sus extravagancias menos conocidas. Es el caso de la pasión antijudía de los nazis, una mera consecuencia del racismo (y el antisemitismo como su primera manifestación) que había ido anidando desde tiempo atrás en el pueblo alemán, y que quizás encuentra en el intento de construir en el Paraguay una nación de arios puros por parte del cuñado de Nietzsche, Bernhard Förster, uno de sus episodios más significativos y ridículos. Que por supuesto, y volvemos al eje del libro, fue contado al mundo por la mano interesada y embustera de su principal protagonista, la hermana de Nietzsche, Elizabeth, la misma que acabaría poniendo la memoria y la obra de Friedrich al servicio de Hitler.

Es de estos protagonistas de los que nos defiende Vázquez-Rial ofreciéndonos el relato de los que los sufrieron: del soldado que acaba con la vida de Moreira y resulta ser odiado por ello. De los rubios perdidos en medio del Paraguay, abandonados a su suerte y su fanatismo por quienes los esquilmaron y condujeron a una desventura sin objeto. Y de "Las tres vidas de Isaac Braun", el relato que cierra el libro, y que es desde nuestro punto de vista el que culmina todas las líneas que Horacio ha ido abriendo y abordando a lo largo de sus páginas: la aproximación a la Historia con las historias de la "primera línea de la retaguardia", las memorias personales y limitadas, hasta de segunda voz, si así podemos llamar al relato que Jassy Braun hace de lo que escuchó de boca de sus padres; la sospecha de que la gran Historia (por ejemplo, la del comunismo soviético) es una enorme falsificación no sólo por lo que hoy ya sabemos de sus grandes protagonistas, sino por la memoria insobornable de los engañados; la evidencia final de que algunas anécdotas –como esta del fracaso en la constitución de una República Hebrea Autónoma en la Siberia soviética, hasta la que viaja Isaac Braun– son mucho más útiles para la verosimilitud de lo que pudo ocurrir que los documentos en los que se basa siempre la Historia científica: así, el increíble relato del arquitecto comunista alemán, Meyer, que sólo consiguió levantar la utopía en sus palabras y no en los hechos.

Y, en fin, la amarga constatación –tan amarga como la del propio Isaac al descubrir los festines de los dirigentes del Partido Comunista entre el hambre de los que les seguían, que es el momento cumbre del libro, el que todo lo ilumina– de que esas grandes epopeyas o infamias siempre causaron la ruina de los mismos, de los desheredados, de los que creyeron o sirvieron a aquellos que gozaban de la impunidad del poder y de la complicidad de sus relatores. Sicarios a sueldo, fanáticos o idealistas, todos fueron utilizados y acabaron pagando por la satisfacción de las necesidades o las pulsiones de sus mentores.

Aunque al final, como en toda la obra de Horacio, hay esperanza. Será su fe insobornable en el hombre, en los hombres concretos de esa "tercera historia", en los que, como Isaac, a pesar de todo mantendrán la decencia a lo largo de sus vidas. O lucharán para sobrevivir a la ignominia. Quizá sea esa esperanza lo que le lleva a otra de sus convicciones centrales: que la Historia no está escrita, ni predicha, ni acabada. Que "yira y yira". Y que son cada uno de los hombres los que construyen su relato y hacen la Historia. Y por eso el libro, tras amagar el inicio de otro relato sobre algunos judíos que consiguieron entrar en la Argentina, acaba así: "Pero ésa es otra historia".

Horacio Vázquez-Rial, El cuñado de Nietzsche y otros viajes, Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2007, 165 páginas.
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