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La Ilustración Liberal

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Anatomía de una grandeza

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Winston Churchill constituye, por sí solo, una industria editorial: en los últimos años no sólo se han escrito vidas y tesis sobre el gran hombre, sino que ha habido manuales que analizan su estilo, guías que nos adentran en sus caprichosos hábitos alimentarios e incluso –más difícil todavía– revisionismos y biografías en contra como la de Pat Buchanan. Así las cosas, extraña poco asomarse a El factor Churchill con un punto de escepticismo previo: ¿de verdad hacía falta otro libro sobre el prohombre? ¿No era suficiente con el magno empeño de Roy Jenkins, con tantas lecturas morales y políticas como sobre él ha hecho John Lukacs? Posiblemente la envergadura churchilliana dé para agotar a varios Plutarcos, pero sobreexplotar la veta bien puede tener consecuencias negativas: del mismo modo que Fidel Castro, reducido a icono, llega a aparecer tan inofensivo y habitual como un Mickey Mouse, también se corre el riesgo de vaciar de significado a Churchill hasta ser no más -como dijo algún historiador en un día de poca fortuna- que "un viejo que viste raro y bebe vino con el desayuno". Que, en esta ocasión, además, el biógrafo sea Boris Johnson, no parece sino alimentar la desconfianza: político y periodista, conservador y pintoresco como el propio Churchill, no hacen falta mayores suspicacias para atribuir al alcalde de Londres el afán de capitalizar la figura del eminente tory precisamente en su aspiración de ocupar algún día el liderazgo tory. En verdad, cualquier presunción de Johnson en este ámbito sería un dislate: Churchill y él pueden compartir cierto wit y la condición de verso libre en su partido, pero –que se sepa– Johnson, al contrario que su egregio antecesor, no ha esquivado las balas en cuatro continentes. Lo meritorio de El factor Churchill, por tanto, es que sea un magnífico libro cuando todo parecía conspirar en contra de que lo fuera. Más aún: si uno solo quisiera leer un volumen sobre Churchill, el de Johnson no sería desaconsejable. No en vano, tampoco son menores las corrientes que avalan su calidad: Boris Johnson tal vez no sea Plutarco, pero –latinista por Oxford– sin duda lo ha leído, y uno no llega a dirigir el Spectator, revista multisecular de referencia de la derecha británica, sin ser hombre de inteligencia y buena pluma. Con su nuevo libro, en definitiva, Johnson honra esa tradición inglesa de escritura biográfica que, por primar la experiencia y los caracteres, constituye una siempre sugestiva aproximación narrativa a la historiografía.

El autor será explícito al respecto: frente a "los teóricos marxistas" que codifican la Historia como un movimiento de fuerzas económicas impersonales, perfiles como el de Churchill nos demuestran que "un solo hombre puede marcar la diferencia". Ahí, la virtud de Johnson consistirá en ofrecernos una anatomía convincente de esa grandeza humana y política. Capítulo a capítulo –de sus dotes como orador a su vida familiar, de su conservadurismo alla Disraeli a su papel en la Gran Guerra–, el alzado moral del personaje que efectúa Johnson se nos revela así como un estudio sobre el carácter que enriquece el mero itinerario biográfico. El actual alcalde de Londres, sin duda, no se ha propuesto escribir nada distinto de una alabanza del homenot, y es lícito pensar que no le faltan los motivos: Churchill contribuyó decisivamente a ganar dos guerras mundiales, fue un militar tan aventurero como experimentado, escribió más que Dickens y ganó un Nobel con su prosa gibboniana, además de inventar armas, ser primer ministro dos veces y ocupar puestos ministeriales capaces de saciar la ambición más alocada. La honestidad de Johnson, con todo, y uno de los atractivos más tenaces de su libro, está en su voluntad de ahondar en las partes más sombrías de Churchill, empezando por su propio temperamento y su crianza para terminar en su compleja visión del proyecto europeo ya en la posguerra o su posición ante el desmembramiento del Imperio. Entre un momento y otro, queda claro –como examina Johnson con detenimiento– que Churchill bien podía haber sepultado para siempre su carrera política en cualquiera de sus no menores equivocaciones y bandazos: desde su errónea postura ante la abdicación de Eduardo VIII a su derrota en la cuestión india o su culpa sobresaliente en esa fiesta de la muerte que fueron los Dardanelos. Ser favorable sin dejar de ser veraz y ecuánime constituye aquí un ornato de Johnson. Y nos muestra en su complejidad a un Churchill cuya lucidez en los años treinta y cuyo vigor moral en la hora crítica del año 40 brillan, por contraste, con la fuerza de –en palabras de Lukacs– un "defensor de la civilización". Con una exposición y una prosa más que competente, Johnson puede así cumplir con el propósito confeso de su libro: evitar que se olvide "la escala de lo que Churchill hizo" o mixtificar la grandeza de un líder cuyos vaivenes entre liberales y conservadores no dejan de ser una reivindicación de la posibilidad de conciliación de ambas posturas.

Otro motivo de celebración de El factor Churchill radica en la preeminencia que alcanzan en el libro no pocos rasgos del premier británico: su voluntad de reformismo social, ante todo, pero también su vertiente militar o las relaciones, no poco complejas, con su padre, gran figura del torismo a su vez. Sin embargo, en su mirada al pasado, el libro de Johnson no deja de provocarnos una cierta melancolía o plantearnos un reproche hacia un presente en el que el estadista insigne no sobreviviría a dos tuits: fumador, bebedor, casta desde los tiempos de Marlborough y ausente de toda disciplina de partido, es más que dudoso que Churchill hoy hubiese llegado a alcalde pedáneo.

Boris Johnson, El factor Churchill, Alianza, Madrid, 2015, 480 páginas.

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