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¿Europa? Sólo un nombre

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Me desasosiega, cada vez más, la certeza -porque es una certeza- de que Europa se extinguió tras la Gran Guerra del 14. La Europa, al menos, que amo. No es posible amar una geografía ni una red de sistemas administrativos: sí, a un cúmulo de inteligencias y saberes prodigiosos: ésos que se condensan en nombres individuables -Homero, Platón, Vermeer, Keats, Fermat, Monteverdi...-, pero que es, a través de ellos, siempre infinitamente más que cada uno, infinitamente más que todos juntos.

Tuvo sus testigos ese derrumbe. Sigmund Freud, el primero. También Paul Valéry. Ellos, y algunos otros -no demasiados- de sus contemporáneos supieron que no, que no había sido aquella una guerra como las otras; que nada retornaría. Que el universo de ideales ilustrados en el cual forjara Europa sus más fieros paradigmas salía de aquella, no herido; literalmente aniquilado. Nos soñábamos hombres superiores, hijos de una cultura sin precedentes, brillantes, cultos, ricos -vienen a concluir ambos. Nos despertamos asesinos infinitos. Y no hay cura para una tal caída en el vacío.

La Gran Guerra fue la última en la cual creyeron los europeos que valía la pena luchar por algo. La experiencia fue devastadora: una oficialidad canalla que abandonó a sus hombres en todo momento, un desgarro social fratricida y sin sentido... La gran guerra civil había comenzado: duró, bajo una u otra forma, tres décadas, de las cuales Europa salió exangüe.

Cuando en 1939, Adolf Hitler puso en movimiento sus tanques, pudo plantarse en el Atlántico en una semana. La guerra hubiera terminado en esa fecha, si de Europa se hubiera tratado. Nadie quería combatir. Por nada. Cuando, desde la Gran Bretaña, Charles de Gaulle llamó a perseverar en la lucha, sólo produjo una mezcla de burla e ira. Hasta los suicidas dirigentes del PC francés arremetieron contra aquel loco que quería convertirse en lacayo de los burgueses británicos para atacar a los socialistas partidos obreros de Hitler y Stalin, a los cuales debía unirse ahora el proletariado francés. La mascarada duró hasta el día mismo en que Hitler decidió borrar a Stalin.

Europa perdió la segunda guerra mundial sin disparar un tiro. Si el último medio siglo no ha sido un dictadura compartida por hitlerismo y stalinismo (o por uno de los dos, vencedor sobre el otro) sólo al ejército estadounidense -y a la recia tenacidad civil británica- se debe. Europa no tenía aliento ya ni para fingir un atisbo de resistencia.

Nada demasiado nuevo, pues, esto de ahora. Europa prefiere hoy que el islamismo extermine judíos o americanos, con tal de que la dejen ir tirando. Como prefirió que exterminaran judíos y antifascistas, con tal de que el mercado negro funcionara razonablemente entre 1939 y 1944.

Luego, cuando el ejército triunfador entra en París (¿o en Bagdad?), todo es entusiasmo popular en las calles. El mismo que si el ganador se hubiera llamado Adolf Hitler.

Nada muy nuevo. 1677. Muerte de Baruch de Spinoza. Manuscrito inacabado del Tractatus Politicus:

"Si los sujetos de un cuerpo político no recurren a las armas porque el terror los paraliza, debe de hablarse más de ausencia de guerra que de paz. La paz, en efecto, no es la ausencia de guerra: es una virtud que nace de la firmeza del corazón... Un cuerpo político en el que la paz dependa de la inercia de los sujetos que lo han conducido como a un rebaño formado sólo para la esclavitud, merece con la mayor justicia el nombre de soledad más que el de cuerpo político".

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