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La Ilustración Liberal

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Tiene delito

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Transgresiones revisa a conciencia lo que aportan actualmente los artistas que buscan la polémica coqueteando con el puro delito artístico y criminal. Anthony Julius pasea por Manet, Goya y las vanguardias clásicas y entra a saco, con argumentos estudiados, en el universo de cadáveres, mierda y sexo que se exponen hoy en museos y galerías. El autor británico de Transgresiones. El arte como provocación proviene del mundo del derecho. No es un reaccionario al que le moleste que el sexo o la escatología formen parte del universo artístico, pero tiene bastante claro que el arte no es una coartada para cualquier tipo de acción, sobre todo cuando intenta traspasar los límites de su terreno específico para dar lecciones de moralidad al público sin permitirle responder.

El arte contemporáneo no es algo que las masas consuman en cantidades enormes. Las colas en los museos se suelen formar con Velázquez, Vermeer, Picasso y pocos más, pero sí se ha convertido en noticia ampliamente difundida. Que un chino se coma a un niño ante las cámaras de televisión alegando que intenta concienciar sobre el sentido de la antropofagia llama la atención. Lo mismo que el alemán diseccionador de cadáveres o el que se corta el pene como "performance" artística. Estos casos no son el común de las prácticas artísticas de nuestros tiempos, pero son ejemplos de unas corrientes que buscan "colocarse" en un mercado en el que hay demasiadas trampas.

Anthony Julius, partiendo del epigrama de Adorno: "Toda obra de arte es un delito no cometido", llega a la conclusión de que es una frase tan vacía como la obra de muchos provocadores que actúan en nombre del arte para transgredir tabúes. Defiende, con razón, que la lucha por la libertad artística ha salido más beneficiada con estas prácticas que el propio arte. Entre los moralistas que braman contra los artistas cómplices del delito y los artistas que no admiten las leyes hay un espacio para reflexionar sobre la ética de muchos artistas provocadores que quieren situarse en el terreno de la filosofía "todo a cien".

Julius no es un escritor que escurra el bulto en temas polémicos. Es autor de T.S.Eliot, antisemitismo y forma literaria e Idolatrando imágenes, pero es muy cuidadoso a la hora de argumentar, incluso puede ser tan prolijo y detallista como un aspirante a catedrático. En Transgresiones, a pesar de su tesis de fondo, descalificadora de ciertas prácticas en nombre del arte, no se permite pasar por desconocedor de la historia del arte de los últimos ciento cincuenta años. Para desenmascarar la falta de sentido de la obra de Damian Hirst, Jeff Koons, Andrés Serrano, Gilbert&George o Paul McCarthy busca las diferencias entre lo que supuso el desnudo de "Le déjeuner sur l´herbe" de Manet, la obra de los surrealistas, o las lecciones de Motherwell y Rothko y lo que plantean algunos emuladores de Duchamp fuera de contexto.

Julius respeta la trasgresión de las reglas artísticas, en las que hay elementos dinamizadores que perfectamente ha tratado el psicoanálisis. El sexo y la muerte son elementos fundamentales de las prácticas artísticas. Los artistas y sus modelos no sólo son un tema clásico de la pintura, sino una forma de manifestar que el sexo está muy presente en lo que hace el artista, al igual que la muerte. Sin embargo, considera que los verdaderos transgresores en el buen sentido de la palabra, que ayudan a derribar formalidades morales, ya se han extinguido. Ahora sólo quedan personajes que se arman un lío entre lo sagrado y lo profano y acaban provocando tan sólo la repugnancia del público. Cristos orinados, papas caídos con aire "kitch", vapores de morgue y zurutos humanos se exponen con gran pompa en nombre de la transgresión que se supone consustancial al trabajo del artista.

La sexualidad en el arte forma parte de ese rito dual entre voyeurismo y contemplación, le es consustancial al arte, y la muerte es más que un tema recurrente, pero su tratamiento por parte de los que muestran vacas en formol, roban cadáveres y se comen niños muertos no tiene ya ningún efecto "artístico", y no porque no sea bello, sino porque no significa nada para el arte. Probablemente Julius intenta decirnos que, efectivamente, el arte ha muerto. Después de analizar concienzudamente todo tipo de transgresiones y de señalar el aprecio que han conquistado ciertas prácticas rompedoras de tabúes, como persona de leyes optaría por que todo aquel que en nombre de la libertad del artista cometa un delito, que no sea el de hacer cosas horrorosas, no tenga como escudo hablar en nombre del arte y pueda ser juzgado.


Anthony Julius, Transgresiones. El arte como provocación. Ed. Destino. Barcelona 2002. 28,85 euros.

Número 15

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