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El despilfarro

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La deuda de RTVE ha crecido tanto en los últimos años que el Gobierno no ha visto mejor manera de encarar el futuro que asumirla como deuda pública y hacernos pagar a los españoles los platos rotos de una gestión incompetente y equivocada. Entre las grandes mentiras de la tele, la más gorda es cómo se ha ido vendiendo que la SEPI iba a meter en vereda a los directores del ente público para que recondujeran su gestión. Nada de eso ha ocurrido. La bola ha ido creciendo y ahora el ministro de Hacienda se la tiene que tragar a costa de incrementar la deuda pública, que pasará de un 52 a un 53 % del PIB.

La decisión no por anunciada deja de ser menos escandalosa. El español medio, incluso el que forma parte de ese 24% que sigue la programación de RTVE, tiene que asistir al anuncio de la decisión atónito. Cualquiera puede preguntarse si no resulta sangrante que tengamos que pagar esas vertiginosas cifras por ver una programación mediocre que se diferencia poco de las cadenas privadas, salvo en el toque gubernamental que le impone el partido político que está en el poder.

Pero, por si fuera poco, como el mal ejemplo cunde, desde hace 20 años que empezaron a florecer las cadenas autonómicas, el monstruo de TVE se ha multiplicado a lo largo de toda España y con todos los partidos políticos, creando una red de televisiones regionales que siguen tirando con pólvora del rey y se someten al mandato de los políticos de turno.

Lo peor de todo es que, a estas alturas, nadie se cree que quitarle el peso de la deuda de 62.000 millones al ente lo ponga en el camino recto para su saneamiento económico. Sobre el plan de viabilidad 2002-2004, con promesa de reestructuración de plantilla, pocos están convencidos de que vaya a enderezar el triste camino de la televisión publica. Siempre habrá un gobierno que quiera atar los telediarios a costa de mantener con dinero público que los índices de audiencia no desciendan hasta unos niveles que hagan inútil la inversión.

Si tenemos en cuenta que el nivel de credibilidad de la televisión en materia informativa es descendente, nos encontramos con la paradójica situación de que cuanto más nos cuesta al contribuyente menos confiamos en que se esté prestando un servicio público y de calidad. De las promesas de privatización hechas por el Partido Popular, ya ni se habla, y tenemos que asistir a una política de hechos consumados en las que todos somos rehenes y hemos de pagar como si estuviéramos secuestrados por un grupo de despilfarradores que están dispuestos a chantajear para que no desaparezca un monstruo que cada día cuesta más y vale menos.

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