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Ayaan Hirsi Ali

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Una mañana de noviembre de 2004, Theo Van Gogh se levantó para acudir a su empresa de producción cinematográfica en Ámsterdam. Sacó su vieja bicicleta negra y se dirigió a la calle principal. En un portal esperaba un hombre marroquí con una pistola y dos cuchillos de carnicero.

Cuando Theo circulaba por la Linnaeusstraat, Muhamad Buyeri se le acercó. Sacó la pistola y disparó varias veces sobre Theo. Éste cayó de la bicicleta, cruzó la calle tambaleándose y se desplomó. Buyeri lo siguió. Theo suplicó: '¿No podemos hablar de ello?', pero Buyeri le disparó, cuatro veces más. Entonces sacó uno de sus cuchillos de carnicero y degolló a Theo. Con el otro cuchillo clavó una carta de cinco páginas en el pecho de su víctima.

La carta era para mí.

Así comienza Ayaan Hirsi Ali su último libro, Mi vida, mi libertad. Un libro que capta la atención y el interés del lector desde sus primeras páginas o, mejor dicho, desde estas primeras líneas, con las que describe el terrorífico y sanguinario asesinato de un hombre que, nacido en la plácida, liberal y moderna Holanda, rodaba en bicicleta por las calles de Ámsterdam sin ser consciente de que había cometido un pecado que, según unos desconocidos, merecía ser castigado con la muerte.

El pecado de Van Gogh era su película Submission Part I, en la que se denuncia el sufrimiento que supone para la mujer musulmana el cumplimiento de las leyes coránicas. Ayaan Hirsi Ali había colaborado con el cineasta en su elaboración. La película se había estrenado a finales del mes de julio de ese año. En septiembre, Ayaan supo que en internet los Seguidores de la Unicidad de Alá habían colgado su fotografía y dirección junto a la de Theo van Gogh y asegurado que ambos debían morir. Ayaan, como diputada del Parlamento holandés, tenía derecho a tener protección; Theo van Gogh, no.

El brutal asesinato de Theo van Gogh dejó aterrorizado al Gobierno holandés. Su reacción inmediata fue quitar a Ayaan de en medio, ponerla a salvo de unos asesinos que nadie sabía cómo ni cuándo querrían de nuevo actuar. Después de dos meses de vida clandestina, en la que la rodearon fuertes medidas de seguridad, Ayaan decidió volver a la política. Nunca se había dejado ganar por el miedo, no estaba dispuesta a pasar el resto de su vida escondida, atenazada por el terror, en espera de que alguien decidiera matarla. El 18 de enero de 2005 Ayaan volvió al Parlamento holandés: la joven diputada había decidido defenderse de quienes deseaban su muerte haciendo uso del arma que el mundo libre había puesto a su disposición: la palabra.

Algunos me preguntan si albergo algún deseo de morir por decir lo que digo. La respuesta es que no: me gustaría seguir viviendo. Sin embargo hay cosas que es necesario decir, y hay épocas en que el silencio es cómplice de la injusticia.

La publicación de este libro forma parte de la decisión de Ayaan de no callar, de luchar contra el régimen de miedo que los islámicos quieren imponer, primero a sus seguidores, en especial a las mujeres, y después a todo el mundo occidental.

En Mi vida, mi libertad Ayaan, con un estilo sencillo y directo, es capaz de trasladar al lector las emociones, miedos, alegrías y afectos de sus 37 años de existencia. Describe la vida cotidiana de los países en que pasó su infancia y primera juventud: Somalia, Arabia Saudí, Kenia y Etiopía, nos hace partícipes de su rebeldía interior cuando empieza a ser consciente de que, por el hecho de ser mujer, nunca podrá decidir sobre su propia vida, y finalmente cuenta con todo lujo de detalles cómo fue haciéndose un sitio en la cosmopolita y liberal sociedad holandesa.

Infancia en Somalia

Somalia, la patria de Ayaan, alcanzó la independencia en 1960. En los primeros años sus habitantes soñaron con hacer de ella un país próspero y democrático, sueños que no llegaron a cumplirse porque enseguida se desataron las luchas entre clanes, la corrupción y la violencia. A principios de los 60 un joven somalí, Hirsi Magan, que había estudiado Antropología en Estados Unidos, abrió escuelas de alfabetización por todo el país. A una de ellas, situada en la capital, y en la que enseñaba el propio Hirsi Magan, acudió una mujer divorciada y recién llegada a Mogadiscio, Asha Arta. Profesor y alumna se enamoraron y decidieron casarse.

El matrimonio tuvo tres hijos: un varón de nombre Mahad y dos niñas, Ayaan y Haweya. Ayaan nació el 13 de noviembre de 1969. Como su padre era Hirsi Magan, la recién nacida debía llamarse, según las leyes somalíes, Ayaan Hirsi Magan. Un mes antes de su llegada al mundo, un militar de formación marxista, llamado Siad Barre, había dado un golpe de estado y convertido Somalia en una dictadura. El padre de Ayaan pronto empezó a tener problemas con el nuevo régimen, y finalmente, en abril de 1972, fue detenido y encarcelado.

Ayaan recuerda su niñez en Somalia, la permanente referencia a un padre ausente y las constantes y misteriosas desapariciones de su madre. El principal peso de la educación de los hijos de Hirsi Magan cayó en manos de la abuela materna, una mujer de fuertes convicciones musulmanas, dura e intransigente. Ella fue quien decidió que los niños debían ser "purificados" según las costumbres y el rito somalí.

"En Somalia –escribe Ayaan–, al igual que en muchos países de África y Oriente Próximo, se purifica a las niñas mutilándoles los genitales". Una costumbre, añade, que es anterior al islam pero que se justifica en nombre del islam.

Ayaan relata con crudeza aquella ceremonia que, a espaldas de sus padres, organizó la abuela para que ella y su hermana fueran puras, "una vez eliminado ese largo kintir (clítoris)".

Un día de 1975, Ayaan supo que su padre había logrado fugarse de la cárcel y refugiarse en Etiopía; a partir de entonces, la familia buscaría el momento oportuno para salir de Somalia. Etiopía era un país de cristianos en el que había reinado Haile Selassie hasta que, en 1974, estalló una revolución que trajo a un nuevo gobernante, "el brutal Mengistu Haile Mariam". Poco tiempo después estalló la rivalidad entre Mengistu y Said Barre. Etiopía ofreció refugio y ayuda a las fuerzas contrarias al dictador somalí. Entre esas fuerzas estaba el Frente Democrático de Salvación Somalí (FDSS), que dirigía el refugiado Hirsi Magan.

La emigración

Hirsi Magan quería que su familia se reuniera con él en Etiopía, pero su mujer se negaba porque los etíopes eran infieles, así que decidieron que, en cuanto pudieran, se reunirían todos en Arabia Saudí, "un país verdaderamente musulmán que estaba en plena consonancia con Alá, el lugar ideal para criar hijos". Una mañana de abril de 1978, Asha Arta y sus tres hijos, provistos de pasaportes falsos, abandonaron Somalia a bordo de un avión. "Antes de aterrizar, y al igual que el resto de pasajeras, nuestra madre se cubrió con un gran paño negro dejando al descubierto el rostro. Eso nos hizo enmudecer".

Ayaan recuerda el "calor, mugre y crueldad" de La Meca, ciudad que su madre había elegido para organizar su nueva vida; pero también la felicidad que le proporcionó la nueva experiencia de tener al padre en casa: "Desde que mi padre volvió a entrar en mi vida me abrí como el cacto que florece tras la lluvia".

Durante el año escaso que permanecieron en Arabia Saudí, los niños Hirsi Magan acudieron a la escuela; aprendieron árabe, a recitar el Corán, a rezar, a comportarse como buenos musulmanes; y que todo lo malo que ocurría en Arabia Saudí era culpa de los judíos.

Nunca supo Ayaan por qué fueron expulsados de Arabia, pero el caso es que, un buen día, su padre llegó con la noticia de que tenían que marcharse y de que iban a vivir en Etiopía, país cristiano donde "las mujeres llevaban faldas por las rodillas, o incluso pantalones. Fumaban, reían en público y miraban a los hombres a la cara". En la escuela se enseñaba en amhárico, así que los niños Hirsi Magan se vieron obligados a aprender un nuevo idioma. A pesar de la inmensa pobreza, en Etiopía se respiraba una libertad, con la que Ayaan empezó a sentirse feliz. Los niños eran libres de correr por donde quisieran; en la escuela las maestras eran amables; no había que llevar velo ni vestidos largos; por primera vez tenía amigas.

No llevaban un año en Etiopía cuando Hirsi Magan decidió que su familia viviría mejor en Kenia, donde él tenía condición oficial de refugiado. Allí los niños fueron a una escuela de habla inglesa. En las calles y en el patio del colegio se hablaba suajili, así que cuando Ayaan cumplió 14 años y entró en el instituto musulmán femenino de Secundaria conocía y hablaba cinco idiomas: somalí, árabe, amhárico, suajili e inglés.

El poder de los Hermanos Musulmanes

Según cuenta Ayaan Hirsi en Mi vida, mi libertad, a mediados de los 80 la corrupción y el nepotismo de los gobernantes empezó a provocar, por un lado, el desmoronamiento del Estado keniata y, por otro, una radicalización de la religiosidad de la población, que se manifestó dentro de las dos comunidades que conviven en Kenia, la cristiana y la musulmana. "Cuanto más corrupto y poco de fiar fuera el aparato gubernamental, cuanto más perseguía a su pueblo, tanto más la gente volvía la mirada hacia su tribu, sus tradiciones, su iglesia o su mezquita, y hacía piña entre sus iguales".

La religiosidad no había estado muy presente en la infancia de Ayaan, pero cuando contaba los 16 años apareció por el instituto musulmán de Nairobi una maestra de doctrina islámica, la hermana Asisa, gran admiradora de la revolución de Jomeini en Irán, que hizo de Ayaan y sus compañeras de clase auténticas creyentes, mujeres de fe.

En la ciudad empezaban a tener éxito los sermones de un imán, llamado Boqol Som, que predicaba la vuelta a un islam tradicional, el uso del burka para las mujeres, la obligación de que los hombres exigieran obediencia a sus esposas y de que éstas se sometieran a la voluntad de sus maridos.

Boqol Som pertenecía a la Hermandad Musulmana, un movimiento fundado en Egipto en la década de los 20 para impulsar la religión islámica. En los 70, gracias al apoyo económico saudí, la Hermandad empezó a cosechar un importante éxito. Curiosamente, la audiencia de Boqol Som se nutría, fundamentalmente, de mujeres.

Ayaan explica así el mensaje de los Hermanos Musulmanes: "Se trataba de estudiar el Corán, aprender de él, llegar al fondo de la naturaleza del mensaje del profeta. Era una enorme secta respaldada masivamente por la riqueza petrolera de Arabia Saudí y la propaganda martirial iraní. Era combativa y, además, crecía. Y yo me estaba convirtiendo en parte de ella".

El poder de la Hermandad crecía. Por las calles empezaron a verse con frecuencia jóvenes vestidos con túnicas blancas y pañuelos de cuadros rojos y blancos, al tiempo que las mujeres sustituían sus largos vestidos y velos de colores por túnicas y pañuelos negros.

La fe ciega que exigía Mahoma chocó pronto con la racionalidad cartesiana de nuestra heroína somalí. Ayaan no podía aceptar la sumisión de la mujer que predicaba el Corán, no podía aceptar que las esposas tuvieran que obedecer a sus maridos porque así lo habían decretado Alá y su profeta. "Mis dudas reducían drásticamente mis posibilidades de alcanzar la dicha eterna, pero pensé que no podía despacharlas sin más. Tenía que resolverlas".

Ayaan se cubrió toda de negro, de la cabeza a los pies, asistía a las charlas organizadas para los jóvenes por la Hermandad Musulmana, pero al mismo tiempo leía sin cesar novelas de amor y de misterio. Novelas cuyas heroínas decidían a quién amar y con quién casarse. "Creo que lo que más me ayudó a salvarme de la sumisión fueron las novelas". Cuando Ayaan cuenta cómo se sentía atraída por esas mujeres de las novelas que podían decidir sobre su propia vida da muestras de una conciencia individual que resulta asombrosa en una niña educada en una sociedad en la que las decisiones las toman los varones del clan y en una religión que anula a la mujer como individuo.

En el islam, convertirse en individuo no es un proceso necesario; muchas personas, sobre todo mujeres, jamás desarrollan una clara voluntad individual. Te sometes; ese es el significado literal de la palabra "islam": sumisión.

La boda de Ayaan, su libertad

En enero de 1992, Osman Moussa, joven somalí educado en Canadá, musulmán creyente y con muy poca formación intelectual, pidió a Ayaan por esposa. A pesar de la oposición de la joven, Hirsi Magan decidió que esa boda tenía que realizarse. Como el novio vivía en Canadá, se optó por firmar un primer contrato de boda en Kenia y dejar que la ceremonia legal se organizara más tarde en aquel país.

Así fue como, una tarde del mes de julio, Ayaan llegó al aeropuerto de Fráncfort. Unos familiares la acogieron en su casa de Bonn, donde debía esperar hasta conseguir su visado. El deseo de huir, de desaparecer como un personaje de novela y no entregarse jamás al esposo elegido por su padre, se apoderó de Ayaan nada más llegar a Bonn.

Holanda concedía asilo a los que llegaban huyendo de la guerra civil que pocos años antes había estallado en Somalia. Holanda estaba sólo a hora y media de tren. En Ámsterdam vivía una amiga de Ayaan; a nadie extrañaría que fuera a hacerle una visita.

"El viernes 24 de julio subí al tren. Todos los años rememoro esa fecha. Para mí es mi verdadero cumpleaños". Al llegar a Ámsterdam, amigos y parientes le facilitaron una vivienda en el campo de refugiados.

Ayaan pensó que también ella podría solicitar asilo en Holanda. Bien es verdad que no huía de la guerra, sino de una boda de conveniencia. Para quedarse en Holanda era necesario mentir. Asimismo, temía dar su auténtico nombre: gentes de su clan podrían reconocerla. Así que optó por cambiar el de Magan por el nombre de un abuelo de su padre, Ali. Así que sería Ayaan Hirsi Ali, nacida el 13 de noviembre de 1967 y huida de la guerra civil de Somalia.

El 1 de septiembre obtuvo el estatuto de refugiada, que le daba, entre otros, el derecho a obtener, después de cinco años de residencia en Holanda, la nacionalidad neerlandesa. "Con veintidós años, y por primera vez, dependía de mí misma".

Así comenzó Ayaan a organizar su propia vida. Se puso a estudiar holandés, encontró un trabajo de intérprete y, tras obtener la nacionalidad, se matriculó en la universidad para estudiar Ciencias Políticas.

Ayaan se dio cuenta de que en Holanda se dejaba que los musulmanes formaran su propia comunidad, con sus propias escuelas y su modo de vida. Se dio cuenta, también, de que, para los holandeses, forzar a los musulmanes a adoptar sus valores era contrario a esos mismos valores, según los cuales todas las personas deben tener libertad para pensar y actuar como quieran. Resultaba que, llevados de un enorme deseo de tolerancia y respeto hacia el otro, los holandeses habían dejado que los inmigrantes se refugiaran en sus guetos, que "vivieran aparte y se relacionaran aparte".

Ayaan llegó a la conclusión de que la propia compasión hacia los inmigrantes había hecho que se adoptaran políticas que conducían a y perpetuaban la crueldad: "El multiculturalismo holandés –su respeto por la manera musulmana de hacer las cosas– no funcionaba, en tanto que privaba a muchas mujeres y niños de sus derechos".

El estudio de las ideas políticas fue llevando a Ayaan a valorar cada vez más las ventajas de las sociedades occidentales. "El concepto de libre elección individual mejora de forma tan evidente la vida de las personas como el de igualdad entre hombres y mujeres. Me aferraba a la idea de que hay que pensar con precisión, ponerlo todo en tela de juicio y elaborar teorías propias".

Votó por primera vez en mayo de 1998, y lo hizo por el Partido Socialdemócrata (PvdA). "Mi corazón estaba a la izquierda". Tres años más tarde, el 3 de septiembre de 2001, empezó a trabajar en la Fundación Wiardi Beckman, laboratorio de ideas del PvdA. Ahí le sorprendió el fatídico día 11, cuando los aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York.

A Ayaan le irritaban las explicaciones sobre el atentado que escuchaba a su alrededor, y que hacían referencia a la frustración que sufrían los musulmanes, a su pobreza y a la insoportable prepotencia de judíos y norteamericanos. Para ella, no había ninguna duda de que los terroristas habían actuado movidos por una fe religiosa: "Era una cuestión de fe, en mi opinión. Nada de frustración, pobreza, colonialismo o Israel: era una cuestión de fe religiosa, un billete de ida al cielo". Llegada a esta conclusión, y dispuesta a poner lo que hiciera falta en tela de juicio, llegó para Ayaan el momento de cuestionarse su fe.

Al declarar infalible a Mahoma, que había regulado todos los aspectos de la vida, los musulmanes habían hipotecado su libertad de pensar, se habían convertido en esclavos de Alá. El verdadero islam era un sistema confesional rígido y un marco moral que llevaba a la crueldad. Para los buenos musulmanes, los buenos seguidores del profeta, el mundo está dividido entre "nosotros" y "ellos". Si "ellos" no están dispuestos a aceptar el islam, merecen morir.

Estos pensamientos suponían un peligro para Ayaan: no sólo podía convertirse en apóstata a los ojos de los musulmanes, sino que la situaban lejos de mucha gente de su partido, que se mostraba proclive a defender el islam. Por otra parte, el PvdA, defensor a ultranza del multiculturalismo, era incapaz de darse cuenta de aquello de lo que Ayaan estaba ya convencida: favoreciendo la conservación de la identidad cultural de los inmigrantes, los musulmanes no se integrarían jamás.

Estas cuestiones empezaron a ser motivo de roce entre Ayaan y el PvdA. Por otra parte, empezó a ser cada vez más evidente que las ideas individualistas de Ayaan encontrarían más acomodo en el Partido Liberal (VVD). Por eso, cuando esta formación le ofreció un sitio en sus listas para las elecciones de 2003, Ayaan decidió aceptar. Salió elegida diputada el 23 de enero. Un mes después conocería a Theo van Gogh.

Mi vida, mi libertad termina con la descripción del caluroso recibimiento que el Parlamento holandés hizo a Ayaan Hirsi Ali 75 días después del asesinato de Theo van Gogh. Sin embargo, la autora, a modo de epílogo, ha querido incluir una breve pero detallada explicación de los sucesos que la movieron a abandonar el país que le había proporcionado la libertad.

Y es que Ayaan Hirsi Ali, acostumbrada desde niña a vivir bajo amenazas, ha sido capaz de plantar cara al miedo, algo que no ha sucedido con muchos de sus compatriotas holandeses, a los que tanto valor y coraje ocasionaban demasiados conflictos. En mayo de 2006, los tribunales de Justicia dieron la razón a los vecinos de Ayaan, que habían denunciado el riesgo que para ellos suponía vivir junto a una mujer amenazada de muerte. Días después, Rita Verdonk, ministra de Integración y líder del VVD, alegando que aquélla había mentido al solicitar asilo, le retiró la nacionalidad neerlandesa. En 1997 se había concedido la nacionalidad a una mujer llamada Ayaan Hirsi Ali; Ayaan Hirsi Magan no era, pues, holandesa.

Ayaan Hirsi Ali ha dejado Europa, pero no ha renunciado a seguir luchando por aquello en lo que cree: Occidente tiene que darse cuenta de que debe defender sus valores democráticos si no quiere caer en las garras del totalitarismo islámico. Desde el pasado mes de septiembre, Ayaan Hirsi Ali, o Hirsi Magan, trabaja para el American Enterprise Institute de Washington.

La vida de Ayaan no ha sido nada fácil. Sin embargo, no muestra en este libro de memorias rencor hacia casi nadie. Es capaz de criticar el islam con sorprendente frialdad, seriedad y racionalidad; al mismo tiempo, habla con enorme cariño y comprensión de todos aquellos familiares y amigos musulmanes con los que compartió su infancia y juventud.

Ayaan dice que el islam necesita un Voltaire. Es posible, pero lo que sí es seguro es que Occidente necesita personas como ella, valientes y dispuestas a pensar y a expresar en voz muy alta su pensamiento. Lo que le ha ocurrido a Ayaan en Holanda no es más que la muestra del temor y la esquizofrenia que un enemigo, hasta ahora desconocido, ha sembrado en todos los países occidentales.

Resulta verdaderamente admirable que Ayaan Hirsi Ali haya desarrollado un individualismo que en nuestro tiempo y en nuestro mundo había casi desaparecido. Demuestra una confianza y un respeto hacia el individuo, hacia su capacidad de pensar, de mejorar las cosas, de convencer, que resultan sorprendentes. Se trata de ese individualismo que ya Hayek echaba de menos en la Europa de hace 60 años, y del que decía que nada tiene que ver con el egoísmo, sino con aquello que, en oposición a cualquier tipo de colectivismo, se logró por vez primera en el Renacimiento y se extendió después a la civilización occidental. Aquello cuyos rasgos esenciales son "el respeto por el hombre individual qua hombre, es decir, el reconocimiento de sus propias opiniones y gustos como supremos en su propia esfera, por mucho que se estreche ésta, y la creencia en que es deseable que los hombres puedan desarrollar sus propias dotes e inclinaciones individuales" (F. Hayek, Camino de servidumbre, Alianza, 1995, página 42).

Ayaan Hirsi Ali, Mi vida, mi libertad, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2006, 490 páginas.

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