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La Ilustración Liberal

Libro pésimo

Curiosidades milenaristas

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El profesor Luis Perdices de Blas ha editado una curiosa y amena monografía sobre correspondencias entre literatura y economía. La pasarela ha sido más transitada de lo que atestiguaría una memoria lectora de tamaño mediano, en una rápida consulta. Desde que el señor Thomas Carlyle acuñara el célebre estigma de "ciencia lúgubre" sobre la frente de los señores Roberto Malthus y David Ricardo, una larga, fecunda e influyente entente de economistas y escritores ha compartido la irresistible fascinación por el género milenarista: empezando por el eminente señor Carlos Marx, que profetizó el sacrificio del capitalismo en el altar de la Historia, y concluyendo (por ahora) con el señor Al Gore, guionista de éxito del fin del mundo, toda una tradición admonitoria ha incitado a las mentes supremacistas de políticos, arbitristas y poetas a compartir tan ricamente los charcos del lenguaje, visiones de plagas y los avisos de tétricas expiaciones.

A la burbuja de ámbar milenarista pertenece, como uno de sus fósiles más desconchados y pertinaces, el libro del señor José Luis Sampedro que hoy nos ocupa y divierte. Básicamente, se trata de artículos y conferencias sobre el inminente colapso del capitalismo en los vómitos de su propia inmundicia, un tema que le adscribiría injustamente a la nómina de los escatológicos si no fuera porque la profecía de nuestro autor desemboca invariablemente en una luminosa perspectiva de gobierno mundial y colectivismo socialista que redimirá a la raza humana de su pecado de leso individualismo. La economía humanista del título consiste en la superación del "capitalismo anacrónico" mediante la mundialización –léase gobierno mundial– de la técnica y el saber al servicio de "una organización social, a los distintos niveles, en que lo colectivo prevalezca sobre lo individual".

El señor Sampedro, catedrático de Estructura Económica, que es el nombre rumboso que se dio durante un tiempo en los planes de las facultades de Economía al arbitrismo de toda la vida, tan caro a las esencias castizas que hacen de todo español un seleccionador de fútbol, un tertuliano y un estadista nato, emitía este tipo de vaticinios en 1975, y tres años después, muerto y bien muerto el ominoso dictador que le mantuvo en su cátedra y cuya Administración opresora le encargó los más diversos arbitrios, se crecía declarando: "Ha terminado la era smithiana en que el orden nacional resulta de integrar los intereses individuales en el mercado".

En 1978 proclamó: "El mercado es el gran corruptor. De cosas y de valores. Del pobre, obligándole a sacrificar su vida al dinero. Hasta del rico, porque le reduce a ser su propio administrador". Su evaluación de doscientos años de capitalismo industrial y más de mil de institucionalización de la propiedad como un derecho natural es implacable: "Mientras el sistema capitalista empujaba a la Historia, sirvió también al hombre estimulando las artes y el pensamiento. Pero desde que empezó a resultar un freno, ¡qué impotencia la suya para la belleza y la vida!". Un análisis que verifica en la "decadencia" de los Estados Unidos de América, para que no falte de nada en este festival de consignas: "¿Qué ha dado de sí, para nuestro vivir y en comparación con otras culturas, ese coloso paradigmático del capitalismo tardío?", se pregunta. "Hasta el cine y el jazz le han venido de fuera; y no digamos el automóvil, la astronáutica o la bomba atómica. Sinceramente, ¿cuándo perdería más la humanidad: amputándole esos doscientos años o borrando solamente cien de la pequeña Atenas, de la Florencia de los Medicis, de la Venecia vivaldiana, del mundo germánico del siglo XVIII o el siglo V de Confucio y Buda?".

Como buen profeta, trae su propia redención para elevar de nuevo al género humano sobre los detritus de su propia corrupción. "Si en otros tiempos fue la hora del capitalismo, hoy lo es la del socialismo", escribe en 1978; un modelo en el que la contradicción entre autoridad planificadora y libertad individual dejará de ser insoluble gracias a un nuevo equilibrio entre "el poder necesario para la organización que conduce a la eficacia y la libertad indispensable para sentirse vivir", y que nuestro arbitrista del milenio cifra en la siguiente fórmula definitiva de la felicidad: "Trabajar con disciplina y vivir con libertad". Será, por supuesto, "la sociedad", encarnada en la autoridad central omnisciente, la que asigne el "mínimo de libertad indispensable para sentirse vivir"; y es que "no hay libertad sino en sociedad", y dentro de las "reglas y el respeto individual a ellas", que "se moldearían también por la sociedad".

Todo un humanista, nuestro catedrático no se corta y define la libertad con la bonita metáfora de "una cometa sujeta por un hilo invisible"; por supuesto, sujeta por una mente super-humanista que dirige nuestras cabriolas en el aire con portentoso conocimiento de lo que somos capaces y de lo que necesitamos.

Ésta es la clase de saber hoy rescatado como una gema reluciente, fresca y eterna de nuestra Academia. El magnífico rector de la Universidad Complutense, señor Carlos Berzosa, se responsabiliza de la selección de artículos de su "maestro" en el prólogo de esta edición: una antología con la que "se aprende no sólo sobre nuestro pasado, sino sobre cómo afrontar el análisis de la realidad", y un acervo "importante (...) para reivindicar" la importancia del señor Sampedro "en la formación de economistas y en lo que su contribución ha supuesto en la difusión y en la transmisión del conocimiento económico, tanto oral como escrito".

El señor Hayek bajó de la parra nuestra fe en el racionalismo constructivista y nos recordó, respecto de la pretensión de conocer las infinitas motivaciones individuales, algo parecido a lo que nos dice el Eclesiastés, que "quien acumula ciencia, acumula dolor", vanitas vanitatis, y así en este plan sobre la "fatal arrogancia" de los socialistas de todos los partidos y todas las épocas. El señor Guillermo Röpke nos descargó de inútiles fuentes de información indicando que nos concentrásemos en los precios como "mecanismo de armonización" de las motivaciones de los que producen y los que compran. Y el señor David S. Landes llega a la conclusión, al final de su monumental estudio sobre La riqueza y la pobreza de las naciones, que el factor clave que explica la diferencia entre unas y otras es la cultura y, más concretamente, la cultura del trabajo, la tenacidad, el optimismo, la estabilidad institucional y una moral fuerte basada en el respeto de la propiedad y los contratos libres entre la gente. Una actitud moral positiva, emprendedora y fiel, que Adam Smith ya describió como el único arbitrio que cabe esperar de los economistas.

Sin embargo, el optimismo, la libre cooperación y la continuidad de las instituciones son ingredientes demasiado sosos para la imaginación romántica. Los escritores que se han interesado por la economía y los economistas que se han metido a inventores de fábulas no han dudado, en general, en sacrificar la verdad por la profecía, casi siempre equivocada; y el escepticismo por la política, normalmente de consecuencias calamitosas. Lo cual no obsta para que, 35 años después de sus propias profecías y arbitrios milenaristas, el señor José Luis Sampedro siga acariciándolas como un objeto digno de la inteligencia y la casa editora presuma, sin el menor pudor, de que "el papel utilizado para la impresión" ha sido elaborado según "los más altos estándares ambientales", que convierten este libro de curiosidades fósiles en un "amigo de los bosques".

José Luis Sampedro, Economía humanista, Debate, Barcelona, 2009, 429 páginas.

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