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La Ilustración Liberal

Estados Unidos

Samuel Huntington, el penúltimo profeta

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Pocos científicos sociales han sido objeto de tantas controversias como Samuel P. Huntington, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Harvard y miembro del Consejo de Seguridad Nacional durante la presidencia del demócrata Jimmy Carter. Las claves de su éxito fueron tres: 1) su capacidad para acuñar conceptos fáciles, útiles y concisos, alejados de la oscuridad, la indefinición y la falsa originalidad tan caras a tantos sociólogos y politólogos contemporáneos; 2) su rebeldía ante las simplificaciones oportunistas y su énfasis en la paradoja y en la continuidad a la hora de analizar los fenómenos políticos, desafiando así dicotomías engañosas; 3) su empeño por convertir la ciencia política en una herramienta no sólo descriptiva, también explicativa y, por tanto, capaz de profetizar el futuro mediante el análisis empírico de las tendencias dominantes y las contratendencias, igual de influyentes que las primeras. Por lo demás, no renunció a la vertiente normativa de su disciplina y a la crítica, a veces severa, de los políticos del momento, con lo que pretendía advertir sobre las consecuencias negativas de determinadas decisiones lesivas para la paz, la democracia y la libertad e influir en la conversación política. Sin embargo, la popularización de sus hallazgos también le hizo objeto de numerosas distorsiones, interpretaciones interesadas y sesgadas y descalificaciones simplistas, basadas en juegos de palabras convertidos en vacuas consignas ideológicas.

Nada más alejado de la realidad que el retrato caricaturesco y maniqueo que muchos han pintado de Huntington, un investigador caracterizado por su lucha continua contra los consensos fáciles y los relatos unidireccionales, tanto optimistas como catastrofistas, y los dualismos, que tan útiles resultan a algunos políticos pero que tan nefastos resultan a largo plazo, cuando las falsas promesas se tornan sonoros fracasos y dejan un amargo poso de decepción y cinismo entre sus fingidos valedores.

Soldados y caudillos

Samuel Huntington, que había servido en el ejército de los EEUU durante la Segunda Guerra Mundial, publica su primer libro en 1957: El soldado y el Estado. Era el fruto de su tesis doctoral en la Universidad de Harvard. En él, el joven profesor analiza el papel desempeñado por las fuerzas armadas en la cultura política cívica norteamericana. El de cultura política cívica era un concepto que bajo distintas denominaciones comenzaba a abrirse paso en la Ciencia Política, y que seis años después se desarrollaría en la obra de Almond y Verba La cultura cívica: estudio sobre la participación política democrática en cinco naciones. El carácter republicano e igualitarista de los EEUU, y la creación de este país por oposición y como alternativa a los sistemas aristocráticos europeos, convirtió las academias militares norteamericanas en auténticas escuelas de patriotismo y de elites respetuosas con la separación de poderes y la subordinación de las fuerzas armadas al poder civil.

Al contrario de lo que sucede en buena parte del resto del continente americano, donde los militares se presentan como salvadores de la nación y únicos garantes de su supervivencia y modernización, en los EEUU la existencia de unas instituciones políticas estables hace innecesaria la intervención del ejército como poder arbitral. Por otra parte, el hecho de que el poblamiento de amplias zonas del país se llevase a cabo sin intervención militar, la descentralización que conlleva el federalismo y la resistencia de los norteamericanos a la imposición de determinados sistemas políticos y religiones han evitado que los EEUU hayan sufrido dictaduras militares y caudillismos como los que se suceden en México y en la mayor parte de América Central, del Sur y el Caribe. Las dictaduras militares no son por tanto la solución, sino parte del problema en esas sociedades atrasadas, que si bien carecen de una poderosa tradición democrática, tampoco la forjarán si el poder reside en una elite que desconfía de los civiles y que dista de ser el socio ideal para los países democráticos en su lucha contra el comunismo.

Las tesis de Huntington, reiteradas a lo largo de la década de los sesenta del siglo pasado, armaron un gran revuelo entre muchos politólogos y analistas de diversas persuasiones ideológicas, ya que, por una parte, cuestionaban algunas premisas sobre las que se fundaba el realismo político norteamericano y, al mismo tiempo, presentaban una importante objeción a la confianza que numerosos expertos izquierdistas habían depositado en las fuerzas armadas un como agente de progreso y democratización de América Latina capaz de acabar con regímenes oligárquicos y excluyentes. El fracaso de los experimentos peruano y ecuatoriano en la década posterior, así como los resultados catastróficos de sistemas similares en África y Asia, y el subsiguiente cambio de opinión respecto al potencial de los regímenes militares socializantes en el Tercer Mundo por parte de varios socialdemócratas europeos y norteamericanos, dieron la razón a Huntington, cuyos aciertos acrecentaron el interés de muchos políticos extranjeros por las relaciones cívico-militares y por las políticas que alejasen a los militares de los centros de poder político y económico.

El precio de la libertad

Este tema reaparece en Orden político en las sociedades en cambio (1968), donde Huntington se enfrentaba a quienes consideraban que algunas sociedades no estaban hechas para la libertad, pues pensaba que el inmovilismo era contraproducente, ya que podía allanar el terreno a la sustitución de los dictadores pro-americanos por regímenes revolucionarios de izquierdas.

Pero su tesis más atractiva es la de que la democracia no será posible mientras los políticos no renuncien a comprar las voluntades de sus conciudadanos con quimeras. No podemos crear demócratas a golpe de subsidio, déficit y ayudas del FMI: en eso se resume un argumento que le granjeó la desconfianza de socialistas y populistas de distinto pelaje, pues uno de sus corolarios es que las transiciones democráticas deben hacerse de forma lenta y sin engañar al pueblo. El Estado de Derecho no viene con una barra de pan debajo el brazo, aunque es la institución que mejor y de forma más justa facilita que cada uno se gane la vida.

En este libro Huntington acuña uno de los conceptos más influyentes de la ciencia política en los últimos 40 años: gobernabilidad. Partiendo de que "la distinción política más importante entre los países no es su forma de gobierno, sino su grado de gobierno", el profesor se centra en aquéllos donde los gobiernos "no gobiernan" debido a que la comunidad política aparece "fragmentada contra sí misma". El retraso de las instituciones políticas respecto de los cambios sociales y políticos crea unas tensiones que derivan en violencia. Por tanto, no es que la libertad sea imposible, sino que no puede florecer sin un orden público legítimo capaz de adaptarse a las nuevas realidades y de absorber la creciente complejidad inherente a las sociedades en cambio, en cuyo seno surgen nuevos grupos que reclaman voz y voto en la arena pública. En conclusión, la modernización crea nuevos conflictos, derivados en parte del sentimiento de privación relativa, económica y cultural, de las clases emergentes.

Es por esto que el aumento de las desigualdades económicas y de la corrupción son aspectos temporales, aunque inevitables, de la modernización, y que nada hay más peligroso para la democratización que las falsas promesas de igualdad y equidad, que sólo añaden la corrupción de los pobres a la ya existente corrupción de los ricos. Por consiguiente, las burocracias estatales no deben expandir sus poderes, sino hacer más bien lo contrario, autolimitarse, dejar que las cosas se desarrollen de forma natural y que el paso de una sociedad tradicional a otra moderna y democrática siga su propio ritmo. Sólo así evitaremos la instauración de regímenes políticos pretorianos como alternativa a la frustración causada por el populismo.

Huntington aconseja a los políticos reformistas la adopción de lo que denomina "estrategia fabiana", consistente en el reforzamiento de la unidad nacional para después llevar a cabo los cambios políticos y económicos pertinentes animando el debate y la discusión. El contraste entre el éxito del turco Kemal y los reiterados fracasos de los reformistas latinoamericanos, más interesados en aumentar la participación que en crear un marco institucional capaz de contrarrestar las tendencias violentas que conlleva cualquier cambio, puso el dedo en la llaga y tuvo una influencia fundamental en los procesos de transición llevados a cabo en América Latina en los años posteriores. La reforma y la ruptura pactada se abrieron paso como las sendas más confiables a la hora de dotar a las naciones de Iberoamérica de sistemas políticos democráticos. Como veremos a continuación, el abandono de estos principios en aras de la movilización permanente dio al traste con las esperanzas de este proceso, que en los años ochenta del siglo XX se denominó "la tercera ola", gracias al título de otro libro de Huntington.

La tercera ola

Para explicar el aumento del número de sistemas políticos no autoritarios registrado en las últimas décadas del siglo XX, Huntington popularizó en 1991 el concepto de tercera ola, que según él comenzó en 1974 con el derrocamiento de la dictadura del portugués Caetano. Cuando el número de transiciones a regímenes democráticos es superior al de transiciones a regímenes no democráticos, y cuando además se produce una paulatina liberalización global, entonces podemos hablar de ola. La primera comenzó en el siglo XIX y se extendió hasta la Gran Guerra. La siguiente se produjo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando el número de democracias volvió a aumentar, aunque el fenómeno sufrió una marcha atrás entre 1958 y 1975.

Al ignorar el énfasis de Huntington en los procesos de reversión democrática, muchos comentaristas distorsionaron gravemente su trabajo y, como se dice vulgarmente, arrimaron el ascua a su sardina idealista. Entre ellos cabe citar a Francis Fukuyama, quien utiliza la hipótesis explicativa de Huntington de la tercera ola, es decir, el aumento de la riqueza, las reformas introducidas por el Concilio Vaticano II –la popularmente conocida como alianza de la cruz y el dólar–, la política de promoción activa de la democracia llevada a cabo en los EEUU y Europa a través de distintas agencias estatales, como el National Endowment for Democracy, una institución creada en 1982 y que debe mucho a la labor de Huntington como asesor de Jimmy Carter, para predecir el fin del autoritarismo en el mundo. Un error de visión de consecuencias funestas para todos.

Mientra la URSS caía, los ideólogos y académicos partidistas de uno y otro lado se esforzaron por presentar el hundimiento del socialismo real como fruto, bien de las políticas de Reagan y Thatcher, bien del apaciguamiento llevado a cabo por algunos gobiernos socialdemócratas europeos. Lo que ninguno quiso ver es que el proceso había comenzado mucho antes, y que sus causas fueron no sólo económicas, sino culturales, y mucho más impersonales y globales que el liderazgo de un político determinado. Tampoco repararon en el hecho de que un frenazo en la capacidad de la economía mundial para crear riqueza tendría consecuencias letales para las jóvenes democracias si no aplicaban la separación de poderes y el imperio de la ley y no contaban con políticos responsables y un mercado autónomo de los gobernantes, de forma que los vaivenes económicos no afectaran a la legitimidad de la democracia.

La ola anti-democrática

Fue precisamente en 1986, un año antes de que, ante la Puerta de Brandeburgo, el presidente Ronald Reagan instase a Gorbachov a derribar el Muro de Berlín y dos antes de que Chile, una de las últimas dictaduras que quedaban en América Latina, iniciase su transición a la democracia, cuando Huntington publicó Desarrollo político y deterioro político[1], un texto con el que se adelantó a su tiempo. Como hiciera en 1968 en Orden político y haría en 1991 en La tercera ola, Huntington advertirá del desequilibrio observado entre las altas tasas de movilización y participación y la pobre organización e institucionalización de algunas jóvenes democracias. De nuevo, desconfía de la visión del desarrollo político como proceso irreversible y señala las fuerzas que pueden no sólo paralizarlo, sino revertirlo.

En primer lugar, la rigidez de las organizaciones políticas impulsoras de la transición a la democracia y su resistencia a abandonar el poder pueden llevarlas a adoptar actitudes cada vez más autoritarias. Por otro lado, la falta de una división de poderes real, o "gobiernos complejos", es fuente incesante de inestabilidad. Por último, la poca autonomía del sistema político frente a los intereses de grupos sociales determinados y la falta de consenso respecto a los procedimientos para dirimir las disputas pueden ocasionar un deterioro institucional y dar lugar a sistemas políticos corruptos –de alta participación y baja institucionalización– o primitivos –de baja participación y baja institucionalización– que deriven en auténticas tiranías lideradas por demagogos. Entre los ejemplos y citas que Huntington selecciona para ilustrar este problema cabe destacar un editorial publicado por un periódico de Quito en 1943:

No somos, o no representamos, una nación respetable (...) no porque seamos pobres, sino porque estamos desorganizados. Con una política de emboscada y de desconfianza constantes, (...) no (...) podemos organizar una república como es debido.

Poco parece haber cambiado desde entonces Ecuador, cuya incapacidad para formar y sostener un sistema de partidos nacionales y respetar los cauces institucionales y pacíficos a la hora de resolver los conflictos políticos y sociales ha desembocado en un nuevo Gobierno autoritario y personalista encabezado por Rafael Correa, quien va camino de destruir la democracia instaurada tras la dictadura militar de los años 70 del siglo pasado.

Frente a estos peligros, Huntington recomienda retardar la movilización social –especialmente en los países donde existen múltiples fracturas sociales susceptibles de traducirse en divisiones políticas–, crear instituciones políticas que puedan contrarrestar el caudillismo, el mesianismo y la corrupción asociados a las dictaduras –aun a riesgo de postergar algunas reformas económicas y sociales– y primar a los partidos sobre los líderes carismáticos y los jefes militares optando, al principio, por un sistema electoral que fomente el bipartidismo.

Al contrario de lo que algunos pretenden hacernos creer, las preocupaciones del profesor de Harvard no estaban contaminadas ni por una ideología anti-democrática ni por la miopía etnocentrista, sino motivadas por un interés genuino en la consolidación de sistemas de ciudadanos libres y responsables y políticos con poderes limitados. Una buena muestra de ello es que, coincidiendo con la publicación de Desarrollo político y deterioro político, el politólogo italiano Leonardo Morlino, conocido por sus tendencias izquierdistas, publicaba en el número 35 de la Revista Española de Investigaciones Sociales (REIS) un artículo titulado "Consolidación democrática. Definición, modelos e hipótesis", en el que mostraba su preferencia por modelos de transición a la democracia que podríamos denominar de ruptura ordenada. A juicio de Morlino, la "ampliación" de la legitimidad del régimen es una "condición necesaria, pero no suficiente" para la consolidación, y, al igual que Huntington, incide en la adaptación como una de las características fundamentales de la consolidación democrática. Si bien considera que un alto grado de movilización y el multipartidismo son fenómenos positivos en la fase inicial de un proceso de transición, después deben remitir y dar paso a un sistema controlado por los partidos y caracterizado por los acuerdos explícitos, la división de poderes, la evitación de divisiones políticas basadas en diferencias étnicas, raciales o lingüísticas y el liderazgo de los moderados; esto es, a una cultura política poco radicalizada con una sociedad civil autónoma y compleja en la que los grupos empresariales privados vean "garantizados sus intereses".

Sin embargo, fue el multiculturalismo y la llamada democracia participativa o radical –que tacha los modelos anteriores de reaccionarios y prima la igualdad de resultados y la corrección mediante la discriminación positiva de situaciones de injusticia real o imaginada, la movilización permanente como rasgo definitorio de ciudadanía y la multiplicidad de actores políticos sobre otros elementos como la igualdad ante la ley y el Estado de Derecho– lo que se impuso entre los politólogos, especialmente los más jóvenes, dispuestos a cambiar el mundo a golpe de declaraciones de derechos. Así, durante los años 90 del siglo XX se redactaron constituciones, como la colombiana de 1991 y la ecuatoriana de 1998, que profundizan en los llamados derechos sociales e incluyen muchos de los denominados derechos de última generación, tales como los culturales y los colectivos. La consiguiente ampliación de la esfera estatal, incapaz de satisfacer todas las exigencias planteadas por esos textos constitucionales, y la restricción de la libertad de instituciones como el mercado, que deben someterse a un número creciente de limitaciones impuestas por agentes no económicos y derivadas de los nuevos derechos, crearon un círculo vicioso: las sociedades generaban cada vez menos riqueza para un Estado sobrecargado de demandas. El desenlace: frustración, ruptura de los consensos, aparición de una oposición desleal y, finalmente, reaparición del populismo y del autoritarismo, no debería haber sorprendido a nadie, pues hace más de 20 años que expertos como Huntington y Morlino, pertenecientes a familias políticas bien diferentes, habían dado la voz de alerta.

En 2004, en la conferencia inaugural del segundo congreso de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política (Alacip), el politólogo alemán Dieter Nohlen invitó a los participantes a volver a conceptos clásicos como los de gobernabilidad, estabilidad y Estado de Derecho y a reflexionar sobre el impacto negativo que las nuevas teorías sobre la participación habían tenido en las democracias del continente. Sus palabras fueron acogidas con una mezcla de sorpresa, indignación y burla por parte de numerosos asistentes, que tildaron a Nohlen de "conservador" y "ultraconservador" y se vieron compelidos a abrir sus intervenciones en las distintas ponencias y mesas redondas con una declaración de principios en la que denunciaban la preocupante deriva de algunos investigadores foráneos hacia posiciones inaceptables.

Desde entonces he leído en las páginas de varios periódicos y revistas españoles y latinoamericanos artículos en los que se sus autores, los mismos que en 2004 clamaban contra la presunta derechización de la ciencia política, manifestaban su firme oposición a políticos como Hugo Chávez y Evo Morales y se preguntaban por las razones del declive de la libertad en América Latina. Su ceguera les impide aceptar lo que, poco a poco, algunos ya han aceptado: que Huntington tenía razón, y que más les valdría haber tomado nota de sus profecías antes de arrojarlas al cubo de la basura.

En noviembre de 2008 Leonardo Morlino, en una intervención en el seminario internacional Partidos Políticos y Calidad de la Democracia, organizado en la capital mexicana por el Instituto Federal Electoral, defendió la conocida como democracia mínima, es decir, las "elecciones libres, competitivas, recurrentes y correctas" y el Estado de Derecho como condiciones, o sea, elementos irrenunciables e intocables de las sociedades libres. La cooperación, la lealtad y la institucionalización de áreas deliberativas en el interior de los partidos, más que la puesta en marcha de mecanismos de democracia directa –que a menudo nada hacen a la hora de disminuir el clientelismo–, son para este politólogo los caminos que conducen a la mejora de la calidad democrática de las sociedades.

A lo largo de los años 90 del siglo XX y a principios del XXI Huntington siguió incidiendo en el peligro de una ola anti-democrática en textos publicados en revistas especializadas como Journal of Democracy. En dos artículos, publicados en 1996 y 1997, instó a los dirigentes políticos a pensar en el largo plazo, a renunciar al populismo y al intervencionismo como mecanismos de perpetuación en el poder y a permanecer atentos a las nuevas fuentes de conflicto cultural que podrían minar la democracia.

En 2000 edita, junto a Lawrence E. Harrison, un libro titulado Culture Matters (La cultura importa), en el que autores como Michael E. Porter y Carlos Alberto Montaner señalan la dependencia económica del Estado y la cultura de la corrupción como factores que inhiben la consolidación democrática. La obra incide en la importancia que tienen tanto el cambio cultural como la supervivencia de algunas creencias premodernas, enraizadas por ejemplo en ideas religiosas, como factores que impiden la eficiencia económica. Ser conscientes de ellas para luego reemplazarlas o adaptarlas de forma no violenta es la táctica auténticamente progresista a la hora de consolidar la democracia y la paz y prevenir las dictaduras y las guerras. Por desgracia, la moda neo-hegeliana, que elimina el mercado de la sociedad civil, y el predominio del enfoque de la llamada democracia deliberativa, que busca dotar a los representantes de los intereses generales encarnados en los movimientos sociales fomentados por los agentes estatales de un papel rector y planificador de la economía, no han hecho sino acrecentar los conflictos culturales irresolubles, al mismo tiempo que han minado las bases sobre las que se asienta la prosperidad económica, que asegura la independencia real de los ciudadanos frente a sus gobernantes al no hacerles deudores de los favores dispensados por los políticos.

La creciente atención prestada por Huntington a la cultura como elemento explicativo de las instituciones políticas y el papel que desempeña en los conflictos internaciones sería el asunto de su libro más polémico, en el que su unidad de análisis se traslada de los ciudadanos dentro de los estados a los estados mismos como integrantes de las distintas civilizaciones.

El choque de civilizaciones y la paz en nuestro tiempo

En 1993, un año después de la publicación de El fin de la historia, de Francis Fukuyama, y año y medio después de la firma del protocolo de Alma-Mata, que marcó el inicio de la rápida disolución de la Unión Soviética, y cuando, tras la llegada a la presidencia norteamericana del demócrata Bill Clinton, políticos y economistas se afanaban por gestionar el anunciado "dividendo de la paz", una especie de maná que brotaría de la irreversible disminución de los gastos de defensa de todo el mundo y que se aplicaría a la resolución de problemas como el hambre y el analfabetismo, Samuel P. Huntington se sitúa de nuevo contracorriente enviando a Foreign Affairs un texto que, en palabras de los editores de la revista, provocó en tres años más discusiones que las causadas por cualquier otro artículo publicado en esas páginas en cuarenta años.

"El choque de civilizaciones", germen de un libro homónimo publicado tres años después, es una severa crítica a la política exterior de Bill Clinton que cada uno leyó a su manera, subrayando lo que le convenía y ocultando el resto. Tanto progresistas como neoconservadores lo consideraron un manual de guerra, cuando en realidad es una propuesta de paz basada en alianzas económicas y defensivas y acercamientos culturales para evitar los enfrentamientos entre visiones del mundo mutuamente excluyentes. "El choque..." no sólo arremete contra el multiculturalismo, sino que advierte de los riesgos de una política exterior norteamericana intervencionista, sea de carácter humanitario, como propugnaban entonces los asesores del presidente demócrata, o de carácter civilizador-imperialista, como prefieren los neoconservadores.

Ante la constatación de que la política se reconfigura a lo largo de diferencias culturales y de que la modernización no implica necesariamente occidentalización ni democratización, o, en otras palabras, ante el triunfo de la política de la identidad en todo el mundo, Huntington cuestiona la euforia de Fukuyama y la "ilusión de armonía" creadas por el fin de la Guerra Fría y llama la atención sobre el creciente caos y la importancia de las afinidades culturales y de civilización a la hora de redibujar las nuevas fronteras nacionales y las alianzas internacionales. Definida como "el conjunto de valores, normas, instituciones y modos de pensar a los que las generaciones sucesivas de una sociedad dada adscriben una importancia primordial" (Braudel), o como "un tipo de entorno moral que engloba a cierto número de naciones, cada una de las cuales es una forma particular del todo" (Durkheim y Mauss), la civilización debe ser entendida como una totalidad con límites borrosos.

Huntington enumera las civilizaciones existentes en nuestro planeta: la china, la japonesa, la budista, la hindú, la islámica, la ortodoxa, la latinoamericana, "la africana (posiblemente)" y la occidental. La separación de América Latina y Occidente, de Europa Occidental y Europa Oriental, y de China y el Tíbet, Mongolia y el sureste asiático levantó ampollas en muchos lugares y entre numerosos expertos, que acusaron al norteamericano de arrogante, racista e ignorante. Frases como: "En algún lugar de Oriente Medio media docena de jóvenes en pantalones vaqueros que beben Coca-Cola y escuchan música rap podrían, entre rezo y rezo en dirección a La Meca, estar preparando una bomba para hacer explotar el avión de alguna compañía norteamericana" (conviene recordar la fecha de publicación de esta obra: 1996), despertaron la ira y la indignación de no pocos liberales que, como quien firma este artículo, habían confiado y aún confían en la cultura popular y de masas como factor de acercamiento, diálogo y convivencia pacífica entre los diferentes pueblos de la Tierra. Sin embargo, y a nuestro pesar, los atentados islamistas que a partir de 2001 se han registrado en Estados Unidos, España y Gran Bretaña confirman de forma prácticamente literal la intuición de Huntington.

Por otra parte, se observa un aumento en el número creyentes en alguna religión, así como de la intensidad con que se expresan. La revancha de Dios, descrita por Gilles Kepel en 1991, no puede ser ignorada, como tampoco sus efectos, especialmente en el interior de la civilización islámica, donde el auge del fundamentalismo provoca una reacción violenta contra las civilizaciones que la circundan, especialmente la occidental. Junto a ello, el declive de Occidente, no sólo en términos de población sino en capacidad defensiva, y la indigenización de la población en numerosos países con elites occidentalizadas marcan lo que Huntington denomina "el fin de la era progresista", que en buena medida había desmentido en el largo plazo la infundada profecía de T. S. Eliot ("Si no tienes Dios, deberías rendir tus respetos a Hitler o a Stalin").

¿Qué hacer para conservar la civilización occidental, la que ha brindado un mayor grado de libertad y oportunidades de progreso material a sus miembros, que se ve amenazada por un islamismo cada vez más hostil, y al mismo tiempo evitar una nueva conflagración mundial que acabe con las vidas y esperanzas de millones de personas en todo el mundo? Esta es la verdadera pregunta que subyace a El choque de civilizaciones, y no otras que desde la izquierda y la derecha se han hecho quienes han preferido proyectar sus temores y anhelos sobre uno de los libros más debatidos y, a juzgar por algunos de los comentarios que se han hecho, menos leídos de las últimas décadas.

Nos guste o no, el "¿De qué lado estás?" ha sido reemplazo por el "¿Quién eres?" como criterio de alineamiento político no sólo entre los países, sino en el seno de no pocas naciones occidentales. Así, el multiculturalismo y algunas de sus respuestas, como la llamada a la segunda evangelización de Europa, la derecha cristiana en los EEUU y algunas posturas políticas que echan leña al fuego de la confrontación entre civilizaciones, caso de la actitud de El Vaticano en las guerras de la ex Yugoslavia, empeoran la situación. También lo hacen el suicidio cultural de Occidente y la erección de los derechos colectivos como alternativa a los individuales. Si a lo anterior le sumamos la vulnerabilidad de los países solitarios –aquellos rodeados de naciones pertenecientes a otras civilizaciones– y de los países grieta –aquellos por cuyas tierras discurren fronteras civilizacionales–, así como el potencial desestabilizador de los estados desagarrados, cuyos líderes los empujan hacia una civilización rechazada por la población local, el panorama resulta poco menos que desolador.

No obstante lo anterior, existe una posibilidad de preservar la libertad en Occidente sin recurrir a la guerra, una oportunidad que pasa necesariamente por el realismo y la renuncia a la arrogancia, error occidental señalado por Huntington y que sus críticos izquierdistas suelen obviar. Hay que fortalecer las alianzas internas y la cooperación con las civilizaciones amenazadas por el Islam. Rusia y los países balcánicos temen por igual a Turquía, aunque Occidente no puede entorpecer la relación de Ucrania, país grieta, con Rusia. Por otra parte, la falta de cohesión en el seno de la civilización islámica debe ser aprovechada para prevenir acciones agresivas y concertadas por parte de los países musulmanes. En Asia, la asertividad china, que choca con la intolerancia islámica, debe ser compensada con un acercamiento entre Occidente y Japón, por una parte, y Occidente e India –nación especialmente complicada debido a su carácter central y al mismo tiempo solitario, dividido y en ocasiones desgarrado–, por otra. La cooperación tecnológica y militar y la inexcusable apertura comercial a India y los indios deben ser tareas prioritarias, pues de otra forma esta nación se vería abocada a graves conflictos internos y externos que desencadenarían un choque de civilizaciones de consecuencias incalculables. En el caso de los EEUU, la integración de la población de origen latinoamericano constituye una ventaja excepcional que mejoraría las relaciones de Occidente con América Latina y acercaría esta civilización a la occidental (principio de los elementos comunes).

Estas son algunas de las tácticas recomendadas por Huntington para parar las guerras que se producen a lo largo de las líneas de división entre civilizaciones y evitar las futuras.

Occidente, una civilización al borde de la decadencia, y no en decadencia, debe trabajar para que sus valores se expandan de forma pacífica, aunque lenta, por aquellas regiones del globo que más tengan que ganar con ello en términos de seguridad y supervivencia. La tesis de la universalidad de la cultura occidental es "falsa, inmoral y peligrosa". Asimismo, los occidentales debemos trabajar para revertir la actual situación de "declive moral, suicidio cultural y desunión política" y evitar el florecimiento de enclaves culturales anti-occidentales en el seno de nuestras sociedades sin recurrir al separatismo ni socavar el carácter laico de los gobiernos y la separación entre religión y Estado.

Poco tienen que ver estas ideas con el plan de batalla o de dominación universal con que algunos han caricaturizado El choque de civilizaciones. Igualmente alejadas están las tesis de Huntington de los sueños de dominación norteamericana e intervencionismo de los neoconservadores. A este respecto, el profesor señala que "la intervención occidental en los asuntos de otra civilización es probablemente la fuente potencial más peligrosa de inestabilidad y conflicto global", y aconseja a Occidente aplicar la regla de la abstención e intentar ocupar la posición del mediador en los conflictos internacionales.

De aquí provienen buena parte de las críticas de Huntington a la retórica del presidente Bush y de sus colaboradores, y el desprecio y el silencio con que el establishment neocon ha tratado sus aportaciones, así como el interés de la izquierda por enterrar los conceptos de Huntington mediante la acuñación de otros aparentemente alternativos, tales como alianza de civilizaciones; como si la propuesta de Huntington no consistiese precisamente en eso. (De la misma forma, a la alianza de civilizaciones podríamos rebautizarla la rendición de Occidente, dado que hasta la fecha su único fruto ha sido la represión de las críticas contra el Islam).

En un artículo-obituario sobre Huntington publicado el 29 de diciembre de 2008 en el diario El País, el profesor Fernando Vallespín resume de esta forma la tesis de El choque de civilizaciones:

La preocupación fundamental de Huntington no reside en afirmar una supuesta superior capacidad de Occidente por haber sido capaz de vislumbrar principios dotados de valor universal.

Su interés es exclusivamente estratégico. No se trata de extender el "universalismo occidental" a otros lugares del mundo. Lo que se busca es más bien lo contrario: que la protección de la identidad y seguridad de Occidente –sus "intereses de civilización"– no se vea amenazado [sic] por los dos movimientos que supuestamente más lo desafían: el afán por intervenir en áreas culturales distintas a la occidental para potenciar los derechos humanos. Y, en segundo lugar, el continuo proceso de "multiculturización" interna.

De forma a mi juicio igualmente acertada se referirá The Economist al politólogo norteamericano un día después:

Huntington se convirtió en un personaje odiado por la izquierda y en un héroe para muchos conservadores. Sin embargo, sus ideas políticas eran mucho más complejas (...). Fue un fiero oponente de los neoconservadores, que pensaron que podrían trasplantar los valores americanos a Mesopotamia. Creía que era vital mezclar el idealismo progresista con el pesimismo enraizado en la lectura conservadora de la historia. Rechazó el reduccionismo económico que alimentó el Consenso de Washington e insistió en que las personas eran producto de la cultura (...). Huntington fue quien más acercó a predecir el 11 de Septiembre y la "guerra contra el terrorismo" con sus descripción de las "fronteras sangrientas" del Islam. También predijo la agonía norteamericana en Irak.

Nada que ver con "El choque de la ignorancia", título del artículo que Edward W. Said publicó en el número de octubre de 2001 de la revista The Nation, en el que distorsiona los textos de Huntington hasta el punto de achacarles la ignorancia, el simplismo y la arrogancia que el norteamericano había denunciado. Lo que a mi parecer subyace a esta y otras críticas hechas tanto desde la izquierda como desde ciertos sectores liberales es la negación de Huntington de cualquier tipo de reduccionismo económico y su hipótesis webberiana de que la economía, y en especial el mercado, tiene unas bases reales en la visión del mundo suministrada por una cultura determinada. A este respecto, la reivindicación de Said de la complejidad y la variedad interna de la civilización islámica olvida que fue precisamente en aquellas zonas donde el elemento islámico convivió con otros, por ejemplo el occidental y el ortodoxo en el Levante (Líbano), que se produjeron las mayores cuotas de libertad, variedad y pluralismo, y que estos fenómenos desaparecieron cuando el Islam se impuso al resto de las religiones presentes en la zona.

¿Quiénes somos? El futuro de los EEUU

Coherente con su preocupación por la identidad y la cultura, Huntington dedicó algunos de los últimos años de su vida a la aplicación de los conceptos pergeñados en obras anteriores a su país, los EEUU. Liderando un grupo multicultural de jóvenes investigadores, a los que como en libros anteriores menciona y agradece en las primeras páginas, el profesor desarrolla en ¿Quiénes somos? (2004) inquietudes ya planteadas respecto a otros países, como por ejemplo el papel desempeñado por las divisiones raciales y étnicas en la política nacional y la posibilidad de afirmar un credo común sobre el que asentar una cultura política cívica y democrática.

De entre los peligros para la cohesión de los norteamericanos, Huntington señala el de la identidad transnacional y las lealtades divididas como el más importante. La fuente de este problema es ni más ni menos que la forma en que los flujos migratorios, y en especial el procedente de México y otros países latinoamericanos hacia EEUU, se han producido en las últimas décadas. La entrada ininterrumpida de un número cada vez mayor de trabajadores procedentes del sur, agrupados en zonas que configuran mosaicos en varios estados de la Unión, la afirmación de ciertos valores que chocan no sólo con los occidentales sino con los protestantes y la posibilidad ofrecida por las nuevas tecnologías y el abaratamiento del transporte de mantener vínculos íntimos con las comunidades de origen llevan a la aparición de una sociedad bifurcada que puede desembocar en situaciones de intolerancia racial y en un nivel de conflictos intergrupales simplemente insostenible. La convergencia cultural anunciada en El choque... no sólo no se ha producido, sino que la parte occidental de América corre el riesgo de sufrir un proceso de cambio civilizatorio regresivo.

La solución a este problema es, de nuevo, compleja y requiere cautela y realismo. Si el objetivo es evitar disputas basadas en características adscriptivas y por tanto no fungibles, entonces no queda otro remedio que fomentar la unidad cultural alrededor de elementos tales como "la etnicidad [entendida como modo de vida], la lengua, la nacionalidad, la religión y la civilización". Cómo conseguir esto sin minar la pluralidad y la variedad, fuentes de la vitalidad demostrada por los EEUU desde su fundación, es el gran dilema.

En primer lugar, hay que aceptar el carácter híbrido de la identidad americana, que proviene tanto del credo recogido en sus principios fundacionales como de las aportaciones hechas por sucesivas oleadas de inmigrantes, que renunciaron a crear nuevas sociedades y se integraron en la existente. Hasta 1990 los componentes étnicos y raciales habían desempeñado un papel progresivamente menor en la identidad americana, mientras que los políticos iban ganando terreno a otros. Sin embargo, la reducción de la influencia de la cultura a partir de ese momento sobrecarga el sistema político y lastra el funcionamiento del mercado, ajeno al color de la piel, el género y la orientación sexual de sus participantes. El resultado es que esta nación fundada por un grupo de personas que se rebelaron contra la traición a los valores ingleses de las autoridades de Gran Bretaña ve cómo sus instituciones republicanas, basadas en la igualdad y en la responsabilidad de los gobernantes, son incapaces de mantener el orden.

Rasgos como la desvalorización de la ética del trabajo individual, la exacerbación de la política del moralismo y el cuestionamiento de las peculiaridades norteamericanas minan la unidad de la nación. Como ejemplos de los dos últimos factores Huntington menciona las críticas hechas en el pasado por papas como León XII a los Estados Unidos, una actitud que contrasta con el patriotismo que demuestra la gran mayoría de los obispos norteamericanos en las últimas décadas. Respecto al moralismo, no debemos pensar solamente en la derecha cristiana, sino en otros sectores sólo aparentemente contrapuestos. Por ejemplo, ante el caos universitario de 1968, Huntington afirmó que los estudiantes radicales eran "parte de la tradición recurrente proveniente de los puritanos americanos, honradamente indignados por que las instituciones de su país no estuviesen a la altura de sus principios fundacionales"[2]. Como remedio a estos males Huntington propone la revitalización de la religión cívica que caracteriza el nacionalismo norteamericano, un constructo fruto de la imaginación, como reconoce citando a Benedict Anderson, que posee la ventaja de ser capaz de acomodar a todos, incluidos por supuesto los ateos.

Todo este edificio, que asegura unos niveles de libertad, igualdad y oportunidades inimaginables hace 100 años, puede agrietarse gravemente si el Estado sigue empeñado en animar las identidades subnacionales, tal y como solicita la coalición deconstructivista, mediante políticas como la discriminación positiva y las cuotas raciales, que inflan los precios de numerosos bienes y servicios. La introducción sin debate previo de un nuevo tipo de derechos, los grupales o colectivos, basados en la aceptación de la inexistencia de cualquier noción de bien común, y la marginalización que esto produce da como resultado más intolerancia e incomunicación, actitudes altamente perniciosas para la democracia que erosionan el concepto de ciudadanía.

El remedio de Huntington, que se asemeja a propuestas de carácter republicano formuladas en otros países, como la de Helena Béjar en La dejación de España (2008), pasa por trascender la ideología e impulsar el estudio de la historia común, que debe primar el elemento cultural anglo-protestante sin llegar a los excesos de teo-conservadores como Richard John Neuhaus y Pat Robertson, quienes se quejan sin razón de la poca influencia de la religión en la vida pública, cuando lo cierto es que la presencia de elementos religiosos en el discurso político es ahora mucho mayor que hace un siglo. Sin embargo, esta tendencia en parte responde a los deseos expresados por la mayoría de la población, según demuestran las encuestas, aunque conduce al aumento de la polarización política y de los juegos de suma cero.

Más que con conclusiones definitivas o con un plan político concreto, Huntington concluye ¿Quiénes somos? con un párrafo que apela a la apertura de un debate acerca del futuro de su nación:

Elementos significativos de las elites americanas están favorablemente dispuestos a que América se convierta en una sociedad cosmopolita. Otras elites desean que el país asuma un papel imperial. La gran mayoría del pueblo americano está comprometida con una alternativa nacional y con la preservación y fortalecimiento de la identidad americana como ha existido durante siglos. América se convierte en el mundo. El mundo se convierte en América. América sigue siendo América. ¿Cosmopolita, imperial, nacional? Las elecciones de los americanos configurarán su futuro como nación y también el futuro del mundo.

Conclusión

La obsesión de Huntington con el orden y la estabilidad, su nacionalismo cívico y sus reiterados llamados a la preservación del acervo común y a la conservación de las fórmulas políticas y económicas exitosas, o al menos funcionales, lo sitúan en principio en el ámbito que podríamos denominar netamente conservador, al mismo tiempo que en el aristoteliano justo medio. Sin embargo, su falta de miedo a los cambios, la aceptación de muchas novedades sociales y políticas, su resistencia a mirar hacia atrás y su constante denuncia de la ampliación del ámbito estatal a costa de la sociedad civil y el orden espontáneo lo acercan al liberalismo norteamericano (libertarianism) de los últimos 60 años, que ha hecho suyas algunas propuestas del progresismo en un intento de demostrar que es posible ampliar el ámbito de elección individual en todo sin recurrir a la tutela estatal.

Quizá la dificultad para ubicar a Huntington dentro de una ideología determinada obedezca tanto a su método, empírico y altamente científico (conceptos válidos, hipótesis perfectamente testables y teorías lógicas que permiten la predicción), como a su desconfianza ante los paradigmas impulsados por los políticos y los falsos consensos basados en deseos más que en realidades. Esta actitud, calificada por algunos como "personalista" y "excéntrica", refleja en buena medida el criterio popperiano, que advierte del carácter súbito y poco predecible de muchos fenómenos sociales.

Mientras buena parte de sus colegas se empeñaba en buscar mirlos blancos, Huntington permanecía atento a la aparición de cisnes negros, esas excepciones susceptibles de causar impactos extremos y de acabar de un plumazo con tendencias consideradas irreversibles. Como dice Nassim Nicholas Taleb en The Black Swan. The Impact of the Highly Improbable (2007), un libro en el que su autor anuncia, por ejemplo, la actual crisis económica, el gran error de los científicos sociales consiste en pensar que vivimos en Mediocristán, cuando en realidad el reino de Extremistán es mucho más extenso. Huntington lo sabía.



[1] Este texto fue un capítulo del libro Political System and Change: A World Politics Reader, editado por Lynn I. Kabashima y T. White. En español se publicó (en 1992) en el libro Modernización, desarrollo político y cambo social (Alianza), editado por Teresa Carnero Arbat.
[2] Citado en "What Sam Huntington Taught Me" (Lo que me enseñó Sam Huntington), Newsweek, 3 de enero de 2009.

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