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América

El comunismo amancebado con Videla

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La muerte del dictador Jorge Rafael Videla en la cárcel donde cumplía la sentencia de prisión perpetua –dictada inicialmente durante la presidencia de Raúl Alfonsín, había sido anulada por el peronista Carlos Menem y recuperada por el peronista Néstor Kirchner– sirvió de pretexto para volver a poner en circulación las tergiversaciones y simplificaciones maniqueístas a las que son tan aficionados los formadores de opinión y los militantes sectarios. Hubo pocas excepciones, y entre ellas sobresalió un periodista argentino acostumbrado a desenmascarar corruptos y a cantar verdades políticamente incorrectas. Escribió Jorge Lanata (La Vanguardia, 22/5/2013):

Recordar hoy la última dictadura militar como un plato volador que aterrizó para sojuzgar a millones de argentinos honrados y pluralistas es mentira. Videla fue un asesino, pero un asesino emergente de su época, su cultura y su país. (…) El Partido Militar contó con el apoyo de toda la clase política local: según las épocas, ya los radicales, los comunistas, los socialistas, como los mismos peronistas, llamaron con pasión a la puerta de los cuarteles. Hasta la propia guerrilla lo hizo, en la convicción de que una dictadura sangrienta haría que el pueblo apoyara los "ejércitos populares". Mientras los Kirchner remataban departamentos en Santa Cruz, el Partido Comunista local sufría una división interna: estaban los que creían que “matando a diez mil” esto se arreglaba, y estaban los que creían que “eran necesarios cien mil al menos”. El apoyo de Moscú a la dictadura fue general: las diferencias estaban entre apoyar a Videla o a Massera y Viola.

El caudillo decrépito

No era extraño que la sociedad estuviese madura para el golpe de Estado. El gobierno de Isabel Perón era un tinglado valleinclanesco desquiciado por la crisis económica, el latrocinio rampante y el enfrentamiento sanguinario entre el demonio guerrillero y el demonio de la Triple A. Según el balance que aparece en el libro Los hombres del juicio, de Pepe Eliaschev (Sudamericana, 2011), entre 1969 y 1979 la subversión, decidida a implantar una dictadura de matriz castrista, cometió 1.748 secuestros y 1.501 asesinatos, además de 551 robos de dinero, 589 robos de vehículos, 2.402 robos de armamento y 36 robos de explosivos. A partir de 1973, y según las precisiones de la Cámara Federal, el terrorismo provocó la muerte de 521 uniformados (militares y policías) y 166 civiles, entre los que había 54 empresarios y 24 sindicalistas.

El mismo libro reproduce la opinión de Julio Strassera, que en su condición de fiscal fue una figura clave en la condena de Videla y los restantes miembros de la Junta Militar:

La amenaza, el robo, la extorsión, el secuestro y el asesinato constituyeron el leitmotiv del accionar guerrillero, pero con la particular característica de que si, por la vía de hipótesis, se suprimieran los mensajes y panfletos que acompañaron sus operativos, resultaría imposible diferenciarlos de aquellos llevados a cabo por la delincuencia común, en sus expresiones más crueles y despiadadas. Y así comienzan apenas instalado el gobierno constitucional los asesinatos de civiles y militares, indistintamente, los ataques a guarniciones, cuarteles y establecimientos industriales, y los secuestros con fines extorsivos algunas veces, y las más con resultado de muerte.

La ruptura de Perón con sus secuaces Montoneros y otras organizaciones armadas de la misma orientación quedó en evidencia cuando el caudillo decrépito regresó definitivamente a Argentina, el 20 de junio de 1973. Entonces los Montoneros quisieron hacer una demostración de fuerza ante su líder, en el aeropuerto de Ezeiza, pero allí los acribillaron a balazos otros sicarios del mismo líder. Esa matanza y otras muchas que la siguieron llevaron el sello de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), cuyo cabecilla era José López Rega, el Brujo, ministro de Bienestar Social que con sus hechicerías tenía subyugado al matrimonio Perón. Esos verdugos de izquierda y derecha fueron los que crearon el ambiente propicio para que la sociedad clamara por la restauración del orden. El remedio fue una mutación corregida y aumentada de la misma enfermedad.

El Partido Comunista, subordinado a Moscú se adhirió, como recuerda Lanata, al golpe presuntamente restaurador del orden. Con una salvedad reveladora: su facción disidente pro china, el Partido Comunista Revolucionario, que había mantenido una relación privilegiada con López Rega y su aparato criminal, se apresuró a denunciar que el golpe contaba con el apoyo de la URSS, al mismo tiempo que, siguiendo las instrucciones de Pekín, buscaba congraciarse con la dictadura de Pinochet. Son las miserias del internacionalismo proletario sujeto a los imperativos de la geopolítica.

Explorar los entresijos

Para explorar los entresijos del amancebamiento entre el Partido Comunista argentino y la dictadura de Videla, inseparable de la cohabitación diplomática e incluso militar de esta última con los jerarcas del Kremlin, es indispensable sumergirse en la caudalosa información que brinda el libro El oro de Moscú, de Isidoro Gilbert (Planeta Argentina, 1994). Gilbert, corresponsal de la agencia soviética Tass en Argentina durante 30 años, y antiguo cuadro dirigente del PCA, introduce al lector en el mundo subterráneo donde se ocultan los secretos de los trapicheos políticos, los enjuagues diplomáticos, las conspiraciones militares y las actividades clandestinas de los servicios de inteligencia que mueven el mundo. Y reproduce las conversaciones del autor con muchos de los protagonistas argentinos y soviéticos de la historia reciente.

El documento que difundió el PCA un día después del golpe ya daba la pista de lo que iba a ser la línea táctica posterior, que había sido trazada con mucha antelación. En él se daba crédito a las palabras de la Junta Militar que

justifican su acción expresando que tienen el deber de salvar a la Nación. Esa no es su tarea privativa, sino la de todos los argentinos, civiles y militares (…)

Para hacer viable una plataforma de emergencia nacional, se requiere llegar a un Convenio Nacional Democrático, que sirva de fundamento a un gobierno cívico-militar (…) Si la Junta Militar es una transición al tipo de gobierno que el país necesita, se habría dado un paso adelante.

Gilbert reproduce un extenso documento extraído de los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores de la URSS, documento que sintetiza la opinión transmitida a la embajada por los dirigentes del PCA y filtrada por los expertos de dicho ministerio. He aquí algunas perlas de su contenido:

En su caracterización del pronunciamiento del 24 de marzo del 1976, el PCA subrayaba que la Junta Militar, a pesar de las fuertes influencias de la derecha, no tomó el camino de Pinochet, y que muchos fines enunciados por los militares coincidían en cierto modo con los intereses del pueblo. Simultáneamente los comunistas expresaron la esperanza de que el tiempo de los militares en el poder fuera transitorio, que podría llevar a la creación de un gobierno cívico-militar sobre la base de la coalición y el restablecimiento de la democracia.(…)

Alrededor de Videla se nuclearon los "profesionalistas ocultos" de la Armada, encabezados por el almirante Emilio Massera. (…) Los oficiales que seguían a Massera estaban a favor del respeto a la Constitución y la subordinación de los militares al gobierno. Pero en la Armada había muchos oficiales reaccionarios.

(…) En la Junta Militar, alrededor de Videla (Jefe de la Junta), prevalece la línea centrista moderada, pero en el gobierno los puestos más importantes los recibieron los liberales y los conservadores. Los principales partidarios de Videla en la jefatura del Ejército, los generales Roberto Mario Viola y Carlos Dalla Tea, conservaron sus puestos después del golpe de Estado. La base principal de la línea nacionalista moderada es la masa de jóvenes oficiales del Ejército que está a favor de reformas profundas y de la independencia y el curso democrático del gobierno. Los hombres fuertes de la Junta son Videla y Massera, que tienen autoridad sólida entre los ministros y enlaces con distintos círculos políticos.

Intenciones espurias

Es evidente que sobre esta tergiversación de la realidad sólo se podía levantar un edificio de expectativas falsas, apropiadas para justificar proyectos políticos desatinados, cuando no suicidas. Sin embargo, detrás de la tergiversación se agazapaban intenciones espurias. El general Roberto Mario Viola no se recató de confesarle al mismo Gilbert:

Gran parte del Proceso fue la lucha contra el comunismo. Por supuesto, no se podía pretender una relación estrecha con Moscú. Pero a pesar de esto, las circunstancias mundiales obligaban a tener una relación adecuada. Además, los poderosos intereses económicos que entonces teníamos con Rusia, que se convertía en nuestro principal comprador, llevaban a sostener un tipo de relación. Esta no era óptima, porque no se gozaba de simpatías íntimas, pero no se podía ser más papista que el Papa. (…) Desde el punto de vista propagandístico, el PC era el principal aliado del Proceso, era el motor a la convocatoria cívico-militar; pero eso no tenía nada que ver con el comercio con la URSS. Le aseguro que la convocatoria cívico-militar no fue un arreglo con el PC; estoy convencido de que fue su voluntad –sincera o no, eso lo puede determinar el Partido Comunista–. A muchos dirigentes seguramente no les gustaba un pepino esa posición. El sentido fundamental era para mí que querían mantener intactas sus estructuras para, en un momento oportuno, volver a intervenir.

El general Carlos Dalla Tea, secretario general del Ejército, fue otro de los entrevistados por Gilbert que se destacó por su franqueza:

Hubo consenso en que al PC había que suspenderlo y no ilegalizarlo, para que la juventud que estuviera insatisfecha se canalizara a través de este partido de izquierda y no fuera a la acción violenta. (…) Se conversaba, y lógicamente había jefes que se preguntaban por qué no se marginaba totalmente al PC. Pero este partido era el más moderado, el más equilibrado de la izquierda; las posiciones más duras estaban contra las organizaciones de izquierda armadas, y no contra las organizaciones políticas de izquierda.

Alianza mafiosa

Otro libro útil para internarse en el complejo entramado de las relaciones entre la dictadura militar y la Unión Soviética, con sus repercusiones sobre el PCA satélite, es Los socios discretos, de Aldo César Vacs (Sudamericana, Buenos Aires, 1984). Vacs aborda este tema desde el punto de vista del intercambio comercial, pero también explica, ratificando lo dicho por Dalla Tea:

Luego del golpe se prohibió la existencia y se confiscaron los bienes de una amplia gama de grupos y partidos políticos de izquierda y se dio comienzo a una encarnizada persecución a los mismos. Simultáneamente se declararon suspendidas las actividades del resto de los partidos políticos tradicionales argentinos que adhieren a posiciones que van de la derecha a la centro-izquierda. Sugestivamente, la única excepción notoria dentro de este cuadro de situación la constituyó el PCA, que quedó incluido dentro de este último grupo. Esto le posibilitó conservar sus bienes y desarrollar, al igual que el resto de los partidos legales, actividades escasamente encubiertas, dando a conocer declaraciones, captando nuevos miembros, organizando campañas de recolección de fondos, consolidando su unidad interna y estableciendo relaciones con el resto de las fuerzas que participaban de la limitada vida política nacional.

Vacs recuerda, como Gilbert, que el PCA sufrió secuestros, desapariciones y asesinatos de sus militantes, ataques a sus locales partidarios y clausuras de sus periódicos, atropellos que también había padecido durante los dos primeros gobiernos de Perón (1946-1956) y durante el tercero y el de su esposa (1973-1976), así como durante algunos de los intermedios. Además, insiste Vacs, la represión tampoco perdonó, a lo largo de aquellos años de plomo, a militantes de partidos tradicionales, periodistas conservadores, sindicalistas moderados y aun a representantes diplomáticos de la dictadura militar, como el embajador en Venezuela, Héctor Hidalgo Solá, veterano dirigente de la Unión Cívica Radical. Las luchas por el poder dentro del mosaico de la dictadura –entre las que sobresalía la que libraba el almirante Massera, empeñado en tejer una alianza mafiosa con los Montoneros– dejaron un tendal de víctimas colaterales.

No era extraño, entonces, que algunos grupos más afines a la corriente ultraderechista de las Fuerzas Armadas rompieran la barrera de tolerancia que amparaba al PCA.

Los derechos humanos

"Los poderosos intereses económicos que teníamos con Rusia" a los que se refirió el general Viola en su encuentro con Gilbert desempeñaron un papel de primer orden en la consolidación de los lazos entre la Unión Soviética y los militares encarnizadamente anticomunistas, y propiciaron, además, el amancebamiento de estos con un Partido Comunista anquilosado y fragmentado como era el argentino. Pero hubo algo más.

Pocos meses después de que Jimmy Carter asumiera la presidencia de Estados Unidos, el tema de los derechos humanos saltó a la palestra. El secretario de Estado, Cyrus Vance, y su nueva asistente para Derechos Humanos, Patricia Derian, iniciaron una campaña de presión sobre las dictaduras latinoamericanas para obligarlas a dar información sobre desaparecidos y presos políticos. También empezaron a recoger y transmitir denuncias sobre torturas y asesinatos.

Martin Andersen cuenta en Dossier secreto (Planeta Argentina, 1993) que Patricia Derian visitó Buenos Aires varias veces, "apabulló a los generales y habló con firmeza sobre la necesidad de retomar el camino de la ley". El presidente Carter tomó personalmente cartas en el asunto. Durante la firma del acuerdo del Canal de Panamá en Washington entregó a Videla una lista de personas desaparecidas y lo apremió para que se ocupara del tema. Dos meses después, añade Andersen, Cyrus Vance le dijo a Videla que llevaba consigo una lista de 7.500 personas desaparecidas. Un joven funcionario de la embajada de Estados Unidos, Franklin Tex Harris, se ocupaba, siempre según Andersen, de ayudar a los familiares y amigos de los desaparecidos, por lo cual "se convirtió en una leyenda para los políticos, los activistas de derechos humanos y los líderes religiosos". Harris también colaboró con las Madres de Plaza de Mayo antes de que estas se convirtieran en apologistas de ETA y las FARC, en servidoras de las dictaduras castrista, chavista y jomeinista y en socias de la lucrativa cleptocracia kirchnerista.

Trapos sucios

Tanta preocupación por los derechos humanos era anatema para los jerarcas soviéticos, cuyos representantes ante la ONU se apresuraban a vetar las condenas a los crímenes de la dictadura argentina. Y estas muestras de solidaridad entre déspotas confabulados para ocultar sus trapos sucios se sumaron a los intereses económicos y cimentaron una asociación contra natura.

Extraigo los datos que siguen de mi libro Carta abierta de un expatriado a sus compatriotas (Sudamericana, 1983). El general Roberto Mario Viola, entonces comandante en jefe del Ejército y más tarde presidente de la Junta Militar en sustitución de Videla, se lamentó (La Nación, Buenos Aires, 28/1/1980):

Argentina está sola en su lucha contra el marxismo. No es lógico lo que sucede. Hay algo que anda mal cuando los países del bloque socialista o los del tercer mundo nos apoyan cuando nos plantean la cuestión de los derechos humanos. En cambio los ataques provienen del mundo occidental.

El mismo general Viola había condecorado en Buenos Aires, el 22 de agosto de 1979, a la primera delegación militar soviética que visitaba Argentina. Al recibir la condecoración, y después de entregar a Viola la maqueta de un tanque soviético, el teniente general Ivan Jakovich Braiko manifestó:

Recibimos estas condecoraciones como un símbolo del profundo respeto que sentimos por este pueblo y sus fuerzas armadas. (…) El intercambio de delegaciones militares entre la Unión Soviética y Argentina permitirá reforzar y mejorar la formación de sus oficiales superiores.

Poco después le tocó al general José A. Montes, comandante de Institutos Militares, retribuir la visita. Durante un agasajo que le ofreció el general V. Macaror, el general Montes se explayó sobre

el Ejército que luchó y aniquiló al terrorismo apátrida, ese mismo terrorismo que asesinó vilmente a muchos de nuestros hermanos y pretendió imponernos ideologías extrañas a nuestra tradición. Ese es el Ejército que hoy os visita a través de nuestra presencia.

Es difícil que semejante arenga hiciera parpadear al anfitrión soviético, que seguramente tenía experiencia en parecidas tareas de aniquilamiento, ejecutadas en otros territorios y en nombre de otra ideología, pero con idéntico desprecio por los valores y los derechos humanos.

Rapaz y sádico

Isidoro Gilbert se ocupa en su libro de los turbios tejemanejes del almirante Emilio Massera, el miembro más rapaz y sádico de la Junta Militar, y al mismo tiempo el más predispuesto a dejar de lado cualquier escrúpulo moral o ideológico con tal de satisfacer sus ambiciones de poder hegemónico. La funcionaria de la embajada argentina en París, Elena Holmberg, por ejemplo, pagó con su vida el haber descubierto las transacciones y contubernios que concertaban en esa ciudad el represor Massera y el capo montonero Mario Firmenich. Narra Gilbert:

La postura antisoviética de Massera era sobre todo eso, una postura. En 1976 me hizo saber por medio del entonces secretario de Prensa, el capitán de fragata Carlos Corti, que el almirante tenía muchas expectativas en que la URSS concretara efectivamente su proyecto para la represa del Paraná Medio, que era uno de los objetivos más acariciados por Moscú. Quería enviar un mensaje de simpatía. O más aun: si querían hacer esa obra, habría que tratar con él. Una audacia.

El 21 de noviembre de 1977, informa Gilbert, el secretario de Estado Cyrus Vance mantuvo una tensa reunión con Massera, en la que afloró el tema candente de los derechos humanos. También se habló de la cooperación militar, y entonces el almirante anunció que Argentina no participaría ese año en el operativo conjunto Unitas de defensa del Atlántico Sur, de importancia capital en el marco de la Guerra Fría. Massera argumentó:

La Argentina no desea liderar un movimiento antinorteamericano en Sudamérica. Pero cuando los EEUU cortan la ayuda y la cooperación militares, entonces la Argentina se ve colocada en una difícil situación y tiene que actuar para proteger sus intereses.

Poderosos intereses económicos

Aparecieron entonces en escena "los poderosos intereses económicos que teníamos con Rusia" a los que se refirió Viola en su conversación con Gilbert. Las relaciones comerciales de Argentina con la URSS habían sufrido oscilaciones a lo largo de los años, pero fue durante la dictadura militar cuando experimentaron un crecimiento espectacular. La revista Testimonio Latinoamericano, la menos sectaria –sin dejar de serlo– que publicaron expatriados argentinos en España, divulgó en diciembre de 1981 un ilustrativo informe sobre este tema: "URSS-América Latina: Business first!", de François Gèze.

Gèze aporta, de entrada, una cifra contundente: el boom de las importaciones soviéticas de cereales provenientes de Argentina se refleja en el salto de 430.000 toneladas en 1977 a entre 12 y 15 millones en 1981. El factor desencadenante de este boom fue el embargo al envío de cereales a la URSS que Estados Unidos impuso en enero de 1980 como respuesta a la invasión de Afganistán. La Junta Militar, irritada por la política de defensa de los derechos humanos que desarrollaba Estados Unidos tanto en sus relaciones entre los dos gobiernos como en los organismos internacionales, vio en el rechazo del embargo una oportunidad para activar su decaído comercio exterior al mismo tiempo que daba una prueba de independencia respecto del big brother.

Desde 1977, informa Gèze, las ventas de trigo y maíz a la URSS se cuadruplicaron en tres años. En 1979 alcanzaron 1,9 millones de toneladas, o sea el 11 por ciento de las exportaciones argentinas de cereales. Pero en 1980 este coeficiente aumentó al 52 por ciento. El salto cuantitativo se traduce en otro cualitativo: mientras la dictadura militar se sigue definiendo como "prooccidental-cristiana-anticomunista", el número del 4 de abril de Pravda, órgano oficial del Partido Comunista soviético, la califica como un "gobierno independiente que defiende la paz y la cooperación internacional (…) y resiste las presiones del imperialismo".

Lógicamente, el PC argentino, franquicia dócil de la casa matriz soviética, se subordinaba a los intereses de esta, que también eran los suyos: nadie ignoraba que en los intercambios comerciales con la URSS operaban empresas que eran fachadas del PCA y se adjudicaban suculentas comisiones. En julio de 1980 un documento del PCA criticaba duramente el plan económico del ministro José Alfredo Martínez de Hoz, pero advertía: "Sólo un aspecto de la economía nacional ha sido resguardado de la crisis generalizada, el comercio con la Unión Soviética y los países socialistas". En 1981 el secretario general del PC, Athos Fava, destacó:

A pesar de todas las presiones del imperialismo yanqui y de los sectores más comprometidos con su política, Argentina continúa desarrollando sus relaciones con los países socialistas, la URSS en especial (…) se amplían los vínculos y relaciones culturales, deportivas y artísticas con gran repercusión entre las masas (…) Las relaciones argentino-soviéticas no son coyunturales: tienen un proceso y una fundamentación.

Un general liberal

El amancebamiento con Videla se prolongaría con su sucesor Viola, al que el PCA le descubrió insospechadas virtudes. Vacs revela en su libro que en septiembre de 1981 el apparatchik Athos Fava declaró en Hungría que

las provocaciones de la ultraizquierda habían llevado a la Junta Militar a aprovechar la ocasión para golpear a las organizaciones obreras y democráticas, pero que ello no había dado resultado. Agregó que "el fracaso del fascismo para vencer en Argentina como lo hizo en Chile debe agradecerse a la presencia de corrientes conflictivas dentro del Ejército (…) el ala liberal y lo que nosotros llamamos pinochetistas", afirmando que “los comunistas, junto con otras fuerzas democráticas del país, apoyamos al ala liberal de los militares contra los pinochetistas”. Respecto a Viola afirmó que “la elección del liberal general Viola como presidente no es, desde nuestro punto de vista, algo sin importancia (…) Viola se movió de inmediato para realizar un programa que naturalmente sirve a los intereses de la burguesía pero que es aun así beneficioso para el país".

Vale la pena destacar que el tribunal designado por el presidente Raúl Alfonsín para juzgar a los miembros de las Juntas Militares condenó a este personaje alabado por el secretario general del PCA a diecisiete años de prisión e inhabilitación absoluta perpetua por "los delitos de privación ilegal de la libertad, calificado por violencia y amenazas, reiterado en ochenta y seis oportunidades, en concurso real con tormentos reiterados en once oportunidades; en concurso real con robo reiterado en tres oportunidades".

Experiencia orgásmica

La guerra de las Malvinas fue, para los comunistas, una experiencia orgásmica. Poco les importaron las bajas: el comunismo siempre avanzó en el mundo sobre una montaña de cadáveres –cien millones, según cálculos modestos–, y esta no podía ser una excepción.

Por primera vez, el PC argentino salía de su desamparo para darse un baño de masas, aunque ello implicara una impúdica promiscuidad con peronistas ortodoxos, maoístas y trotskistas furibundos, y filonazis nostálgicos que anhelaban tomarse la revancha y derrotar esta vez a los aborrecidos ejércitos aliados con un puñado de reclutas desarrapados y famélicos, condenados desde el vamos a la aniquilación. "Tengo 400 argentinos muertos –bramó el general Leopoldo Galtieri ante la televisión mexicana, ebrio como siempre de soberbia y whisky escocés–, y si es necesario la Argentina está dispuesta a tener cuatro mil, o cuarenta mil".

El impresentable Athos Fava, que estaba recibiendo instrucciones en Moscú, fijó desde allí la posición oficial del PCA:

Este es un episodio de la lucha antiimperialista, un acontecimiento histórico que dejará hondas huellas en la conciencia nacional. Hay que buscar la solidaridad internacional en los países del bloque soviético para encontrar una solución negociada en el marco de la ONU. Las Fuerzas Armadas no pueden derrotar solas la agresión imperialista, obtener una paz justa y honrosa, y combatir al enemigo dentro del país. Los civiles solos tampoco. Esta es la ocasión para abrir un diálogo sin exclusiones para formar un gobierno de coalición cívico-militar.

Y como business is business, Fava agregó:

Una manera realista de superar esta situación sería incrementar el comercio con los países socialistas, con la Unión Soviética, [ya que] creemos que las relaciones económicas con la URSS han ido desarrollándose bien en años recientes y tienen un brillante futuro.

Hoy, los despojos de aquella aventura suicida siguen alimentando la retórica necrófila de la cleptocracia kirchnerista y de sus acólitos postmontoneros, con el acompañamiento servil del PCA, reducido a una caricatura de lo que quiso ser y, afortunadamente, no fue nunca: una vanguardia revolucionaria. Ese papel lo asumieron, para desgracia de todos, las formaciones terroristas y guerrilleras.

Tres conclusiones

Creo que si renunciamos a tópicos y prejuicios maniqueístas es posible extraer tres conclusiones de esta reseña:

Primera: el golpe militar del 24 de marzo de 1976 contó con un amplio consenso social porque Argentina vivía sumergida en un clima insoportable de terror, generado por el enfrentamiento sanguinario entre dos bandos movidos por ideologías igualmente hostiles a la sociedad abierta y a los derechos humanos: una entroncada en el totalitarismo de derecha y otra entroncada en el totalitarismo de izquierda. Ambas se definían, sin faltar a la verdad, como peronistas. Triunfó el totalitarismo de derecha, con un balance de 9.000 víctimas (no 30.000, como sostienen algunos de los derrotados hostiles a la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y a sus investigaciones). Visto lo que sucedió y sucede en los países dominados por los totalitarismos de izquierda que servían de modelo a los insurrectos, y que los proveían de armas y entrenamiento militar, el triunfo de esta corriente habría dado como fruto más muertos, desaparecidos, torturados y presos.

Segunda: mientras los dos demonios se disputaban encarnizadamente el poder, se movilizaba, con medios precarios y con riesgo para su vida, una tercera Argentina que se comprometía a recuperar los valores de la civilización occidental: libertad, democracia, convivencia pacífica, derechos humanos. Esta tercera Argentina fue la que se impuso finalmente, pero sería utópico imaginar que para lograrlo bastaron los sacrificios de los ciudadanos comprometidos. Ellos solos no podrían haber desalojado del poder a la dictadura. Fue la reacción implacable de Margaret Thatcher frente al desafío de unos matones de pacotilla la que devolvió la normalidad democrática a los argentinos. Algún día tendrán que agradecérselo honrando su memoria.

Y tercero: no obstante el rol despreciable que desempeñó el Partido Comunista teledirigido desde Moscú al amancebarse con Videla y sus sucesores, habrá que reconocerle un mérito: ejerció un papel terapéutico cuando evitó con su moderación, real, fingida o impuesta, que muchos jóvenes que confundían una cosmovisión inmadura con el idealismo justiciero se dejaran captar por los reclutadores totalitarios de carne de cañón. A tout seigneur, tout honneur.

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