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La Ilustración Liberal

Varia

El legado de Antonio Maura

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Este texto es el epílogo del más reciente título de su autor, Maura. La política pura, publicado por la editorial Gota a Gota.

La historia de su país ha convertido a Antonio Maura en una categoría. Lo fue ya en vida. No se llega a decir que "las comas de mis proyectos son cuestión de gabinete", como dijo, si no se tiene esa ambición. Desde temprano, esta tensión se plasmó en la actividad política. Resulta difícil imaginar otra, aunque la jurisprudencia ocupó en su vida un papel relevante. También es una profesión relacionada con la palabra, aunque la palabra, en Maura, siempre está al servicio de un proyecto y en relación con un interlocutor. Es palabra política por naturaleza, y es la política la que infunde su sentido a un personaje de dimensión monumental.

Maura consiguió centrar todo el debate político de la época. En un momento en el que España podía haber seguido la senda de otras monarquías europeas, representó la política reformista que preconizaba la democratización sin rupturas del régimen constitucional. Como todos los personajes que logran sintetizar en su palabra, en su gesto y en su nombre una elección significativa para toda una nación, sobre Maura se acumulan las perspectivas más diversas y contradictorias. Maura ha sido al mismo tiempo liberal y conservador, clerical y aconfesional, revolucionario y partidario del orden, caudillista y demócrata, monárquico y movilizador de las masas, reaccionario y defensor de la ciudadanía…

Por otra parte, el repertorio de sus frases, salido del gusto por el concepto propio de nuestra literatura y del latín clásico, ha pasado a formar parte de nuestro vocabulario común. Suyas son "Luz y taquígrafos" y “Por mí no quedará”, entre otras varias que pocos le atribuyen ya. Sin saberlo, mucha gente sigue comprendiendo parte de la realidad española en términos que en su origen, y en su auténtico significado, vienen de Antonio Maura.

Por otra parte, Maura no ha caído en el olvido. Las personas que lo conocieron, los que se interesaron por su figura, los periodistas, los historiadores y los académicos han ido aclarando el terreno. Aunque queda mucho por investigar y por aclarar, hoy podemos establecer algunos de los problemas internos en los que el proyecto de democratización de Maura encalló. También están en la base de algunas de las explosivas divergencias que suscitó en su momento.

Siendo un liberal en el sentido más profundo de la palabra, no parece haber sentido ni siquiera la necesidad de cambiar la relación del Estado con la Iglesia católica. Su respeto casi religioso por la ley no le impidió forzar esta en su acción contra el terrorismo. La sensibilidad y el apego a las diversas formas de ser español le llevó a una visión demasiado optimista del nacionalismo catalán conservador, que era algo muy distinto de lo que su proyecto de descentralización había imaginado. La clara conciencia de que el desarrollo gradual de la democracia es universal, duradero y escapa al poder humano, como la Providencia, no le empujó, ni siquiera después de la quiebra del consenso de la Monarquía constitucional, a articular un partido político moderno que hubiera podido sustentar una forma renovada, democrática, del régimen. Resulta evidente, por otra parte, que su gusto por el debate y su convicción de que en la discusión abierta se encuentra ya el germen de la propia reforma, resultaban fáciles de interpretar como una provocación. Maura no se hurtó a ninguna batalla política. Suscitó adhesiones apasionadas pero presentaba debilidades fáciles de aprovechar. La seguridad en sí mismo, finalmente, no podía dejar de ser interpretada como arrogancia.

Nada de todo esto debe impedirnos comprender su acción y su legado. Un siglo después, los problemas de nuestro país son muy distintos, pero de Maura se puede recordar, en primer lugar, su confianza en la sociedad española en un momento de crisis que abocó a un pesimismo de orden patológico. Maura no se engañaba acerca de la profundidad de los males de su patria, males de los que él mismo fue víctima en más de una ocasión, desde que cerraron la vía reformista que proponía para Cuba hasta que lo vetaron cuando más útil podía ser. Aun así, nunca cedió al cansancio ni al derrotismo. Maura pensaba que la sociedad española tenía recursos suficientes para modernizarse, reformar la administración y enfrentarse a la nueva situación. El nihilismo que acabó prevaleciendo en los círculos estéticos, intelectuales y políticos de su época ni siquiera le rozó. Sin duda le ayudó en aquel trance la fe católica, tan firme, y también la profunda comprensión de la naturaleza de su país. En pleno naufragio, muchos de los mejores abrazaron la egolatría o la exaltación nacionalista –ya fuera tradicionalista o de intención fundadora– como el último salvavidas. Maura, en cambio, veía su obra como la continuación de una historia de la que conocía los muchos defectos, pero cuyo fruto no se empeñaba en negar. Aquí es donde Maura aclara que lo más importante que puede hacer es procurar la preservación y la continuidad de un legado. Cuando el espíritu español decidió suicidarse, Maura demostró que esa no era la única actitud posible.

Maura también afirmó la vigencia del liberalismo en el momento mismo en el que el liberalismo parecía acabado. Para Maura, liberalismo era el respeto a lo que nosotros llamamos derechos humanos, y también el régimen que en España se traduce –y se sigue traduciendo– en Monarquía, constitucional y parlamentaria. Maura estaba convencido que era posible transitar de la primera a la segunda. La clave era preservar las instituciones, en particular la Corona. En tiempos de crisis, las instituciones son lo más valioso que tiene un país. La Monarquía era la única garantía para realizar aquella transición que debía llevar del liberalismo sin democracia a la democracia liberal.

La participación, la competencia de los partidos no era incompatible con el respeto a la libertad y a la conciencia. Su proyecto de hacer de la ciudadanía una dimensión esencial de la nacionalidad española se ha ido cumpliendo con el tiempo, mucho después de lo que él propuso. El concepto, de por sí, no ha perdido actualidad. La ciudadanía es la única forma hasta ahora inventada de vivir en libertad y, como tal, ha de ser enseñada y reinventada siempre, una y otra vez. Los seres humanos estamos dotados del don de recrear nuestro mundo. Desde esta perspectiva, sobra todo su sentido la lealtad patriótica de Maura, que afirma el respeto a la pluralidad como aquello mismo que debe unir a los que comparten una nacionalidad.

Nada de todo eso es concebible si no es desde una afirmación rotunda y clara de la política. Durante la vida de Maura, la acción política sufrió un descrédito radical que llevó a la dictadura de Primo de Rivera. Luego vendrían años más duros todavía. El conjunto de la opinión pública entendió bien, sin embargo, que Maura había quedado al margen del hundimiento. Por mucho que Maura no supiera construir a partir de ahí una propuesta realizable, esta adhesión indica que, a pesar de todo, no se había perdido la conciencia de lo que la acción política significa para los seres humanos: la necesidad de vivir en sociedad, el deseo de justicia, la posibilidad de encontrar fórmulas de entendimiento razonables, el respeto a los demás, la conciencia de la continuidad. Para Maura, la política no era menos que eso. De ahí la conciencia de la dignidad de lo que se había echado a la espalda. La capacidad para hacer explícito y comprensible el sentido profundo de la acción estuvo a la altura del proyecto. Tan densamente urdidos están en Maura el concepto, el argumento y la expresión, que los principales errores que cometió parecen responder sobre todo a debilidades en la aplicación de unos principios que él mismo consideraba –con razón– irrenunciables.

Sea lo que sea, también es cierto que suscitó una oposición furiosa que acabó haciendo del veto a Maura el fundamento mismo de su proyecto. La crisis de 1909 manifiesta la importancia de la opinión pública y la urgencia de reformar el régimen en función de la nueva situación. Ahora bien, tampoco se debe olvidar que la campaña resumida en el ¡Maura, no! es algo muy distinto a la propuesta de una alternativa. La campaña del ¡Maura, no! es la negación misma de la alternativa. Todo se basa en negar la legitimidad del adversario político, en expulsarlo del sistema y en aceptar sólo aquellas formas políticas que acepten la subordinación a quien se hace con el veto. Maura había previsto que aquello no crearía una situación estable, y quienes consiguieron su salida no tuvieron el mismo éxito a la hora de construir algo propio. Claro que había alternativas a la propuesta de Maura, pero la forma en que habían hecho inviable esta hacía también imposible la puesta en práctica de las demás… como no fuera en un régimen ajeno a la libertad y al respeto a quienes piensan de otro modo.

Con frecuencia se ha acusado a Maura de intransigencia, como si su actitud después de 1909 y en particular después de 1913 hubiera frustrado la evolución del régimen. Se le achaca la responsabilidad de una situación construida sobre sus cenizas políticas. Por seguir con una broma de las que le gustaban a Maura, el cadáver podrá ser culpable de muchos crímenes, sin duda, pero es más difícil que lo sea de aquellos cometidos tras su paso a mejor vida, y más aún de lo que le ocurrió a quien fue responsable de esto último…

Y sin embargo, esto es lo que ocurrió. Desde entonces hemos asistido una y otra vez a la proyección de la misma película de fantasmas. Es lógico, porque lo ocurrido en 1909 y en 1913 señaló el nacimiento de la izquierda española moderna. La izquierda podía haber continuado con la línea integradora de Sagasta y Canalejas. Prefirió volver, bajo la guía intelectual de Giner y la Institución Libre de Enseñanza, al radicalismo de tiempos de Isabel II y de la Gloriosa. Luego, todavía en tiempos de Maura, combinó la nostalgia radical con el obrerismo cerril de Pablo Iglesias. En vez de avanzar, retrocedió, y en vez de ofrecer una vía propia para la democratización del liberalismo, bloqueó el intento de democratizar el régimen. Maura quería continuar y profundizar el liberalismo. La izquierda española, que había sido liberal en su día, dictaminó su fracaso y renegó de él.

Muy a pesar de su promotor, la tentativa democratizadora de Maura acabó siendo la única. El resultado fue la quiebra del sistema, la dictadura de Primo de Rivera, y luego el triunfo de la política de exclusión con la Segunda República, un experimento en intolerancia que obtuvo resultados bien conocidos. Como la propuesta conservadora no dejaba de presentar fallos numerosos y profundos, se puede echar la imaginación a volar y soñar con lo que habría dado de sí una izquierda integradora, civilizada, tolerante… europea.

El caso es que desde entonces, el eco del ¡Maura, no! se ha escuchado muchas veces en la vida pública española. La izquierda española, a pesar de lo ocurrido en 1923 y luego entre 1931 y 1936, ha permanecido fiel a la estrategia que le proporcionó un primer éxito, rotundo, sin duda, pero con un coste exorbitante para el conjunto de los españoles. También para ella misma, aunque no quiera darse cuenta. Antonio Maura fracasó en aquel primer y único intento de democratizar el régimen liberal. Sus herederos políticos tardaron mucho tiempo en darse cuenta que a pesar de todo, incluso sin interlocutor, no hay más alternativa que continuar y profundizar la propuesta democrática y liberal. En otras palabras, el ejemplo de Maura mantenía, y sigue manteniendo, la misma vigencia que en su tiempo.

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