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La Ilustración Liberal

España

La paradoja catalana: de la sociedad abierta al páramo tribal

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El 22 de septiembre del 2013 Mario Vargas Llosa publicó en el diario El País un artículo titulado "El derecho a decidir" cuya argumentación, rigurosamente documentada y razonada, provocó la reacción iracunda y denigrante de algunos popes del secesionismo. Después de descalificar a los ultraderechistas que atacaron la librería Blanquerna de Madrid, Vargas Llosa afirmaba:

Al nacionalismo no hay que combatirlo desde el fascismo porque el fascismo nació, creció, sojuzgó naciones, provocó guerras mundiales y matanzas vertiginosas en nombre del nacionalismo, es decir, de un dogma incivil y retardatario que quiere retrotraer al individuo soberano de la cultura democrática a la época antediluviana de la tribu, cuando el individuo no existía y era solo parte del conjunto, un mero epifenómeno sin vida propia. (…) Y por eso el nacionalismo está reñido con la libertad del individuo, la más importante conquista de la historia, que dio al ciudadano la prerrogativa de elegir su propio destino –su cultura, su religión, su vocación, su lengua, su domicilio, su identidad sexual– y de coexistir con los demás, siendo distinto a los otros, sin ser discriminado ni penalizado por ello.

Un fenómeno extraño

Lo que más irritó a los secesionistas, incapaces de polemizar civilizadamente, fue que Vargas Llosa recordara:

Viví casi cinco años en Barcelona, a principios de los setenta –acaso, los años más felices de mi vida–, y en todo ese tiempo creo que no conocí a un solo nacionalista catalán. Los había, desde luego, pero eran una minoría burguesa y conservadora sobre la que mis amigos catalanes –todos ellos progres y antifranquistas– gastaban bromas feroces.

Oriol Pi de Cabanyes arremete con vehemencia (LV, 7/10):

¿Por cuánto tiempo más habrá que recordar a los sembradores de ignorancia o confusión que en aquel tiempo se vivía bajo una dictadura? ¿Que no era viable hacer política sino en clandestinidad? (…) Uno de esos invisibles del nacionalismo político y cultural catalán resistente a la dictadura es Josep Benet. Este hombre, que tenía tan poco de burgués y de conservador, fue el gran estratega de la recuperación nacional de Catalunya en la posguerra, el gran planificador de realidades culturales o políticas de gran alcance (de la nova cançó a la Assemblea de Catalunya).

Preocupado por las deserciones que se producen en el frente secesionista, Pi de Cabanyes advierte que las élites "harían bien en meditar, hoy, por ejemplo sobre la distinción que Benet hace entre lo que es una burguesía emprendedora y una burguesía decadente y conservadora". ¿Hizo esta distinción en un boletín ciclostilado que se repartía sigilosamente por aulas y talleres? Pues no. Explica Pi de Cabanyes: “Convendría releer, en este sentido, la conferencia de Benet en el Círculo de Economía el 21 de marzo de 1962”. Extraño fenómeno: según los críticos de Vargas Llosa, este no conoció nacionalistas durante su estancia en Barcelona (1970-1974) porque la dictadura los obligaba a ocultarse –como les sucedía a los liberales, los socialistas y los comunistas en toda España–, pero si hubiera acudido en 1962 al Círculo de Economía de Barcelona podría haber escuchado al “gran estratega de la recuperación nacional de Catalunya”. Y si hubiera llegado en 1946 también lo habría encontrado muy activo, haciendo sus pinitos de agitador nacionalista, a la sombra de la abadía de Montserrat.

Montserrat era, para Benet, "el centro espiritual de nuestra tierra (…) es como siempre, nuestro Sinaí". Hoy es el pal de paller del secesionismo político y del cisma religioso dentro de la Iglesia, con apéndices estrafalarios como la secta de la monja benedictina Teresa Forcades. Podría crear la Iglesia nacional de una Cataluña independiente, similar a la que en China sirve al régimen comunista. Josep Tarradellas, catalanista insobornable, desconfiaba con razón de este centro de poder en la sombra y orientaba su sentimiento religioso hacia el monasterio de Poblet.

Anquilosamiento dogmático

Otro detractor de Vargas Llosa fue Joan B. Culla i Clarà (El País, 27/9). Después de incurrir en el despropósito de equiparar las manías involucionistas de sus cofrades con el patriotismo humanista de Roosevelt, Havel, Mandela y otros prohombres, y de repetir la falacia de que Vargas Llosa no tomaba en cuenta la represión franquista, Culla i Clarà exhibe su anquilosamiento dogmático cuando le reprocha su evolución ideológica desde el castrismo hasta el liberalismo. Los secesionistas marchan, prietas las filas, tras un líder como Oriol Junqueras que, víctima de una precoz interrupción del desarrollo cognitivo, "a los ocho años ya tenía muy claro que estaba contra la Constitución española" (LV, 12/11/12), y por eso no entienden la maduración intelectual de los Albert Camus, Karl Popper, Bertrand Russell, George Orwell, Raymond Aron, Arthur Koestler, Octavio Paz y otros maestros del pensamiento. Ellos, los secesionistas, pueden vivir abrazados hasta la eternidad a sus mitos identitarios. Si fueran católicos, serían lefebvrianos, si fueran musulmanes serían wahabíes, si fueran judíos serían ultraortodoxos. Acertó Vargas Llosa al añadir en su artículo:

El nacionalismo no es una doctrina política sino una ideología y está más cerca del acto de fe en que se fundan las religiones que de la racionalidad que es la esencia de los debates de la cultura democrática.

El recuerdo del boom cultural de los años sesenta y setenta eclipsará de aquí en adelante los vestigios del páramo tribal que nos ha tocado conocer y también los nombres de quienes son los mediocres protagonistas del infortunado experimento. No obstante la presencia ubicua de la represión franquista, en aquella época Barcelona y sus aledaños se convirtieron en un modelo de sociedad abierta. En el páramo tribal, no hubo ningún acto oficial para recordar que se cumplían cincuenta años de aquel boom. ¿Cómo iba a haberlo con un consejero de Cultura ágrafo, para el que "la historia de España es un hecho anómalo"? Sí hubo simposios sobre el tema en ocho ciudades españolas: Madrid, Ciudad Real, Logroño, Murcia, Málaga, Granada, Valladolid y Alicante, con la presencia de más de cuarenta críticos y escritores. Escribió Xavi Ayén (LV, 6/11/2012):

Aunque, curiosamente, no haya ningún acto previsto en Barcelona, fue esta la capital indiscutible del boom, con la agente literaria Carmen Balcells y el editor Carlos Barral como catalizadores necesarios, además de ser el lugar de residencia de Gabo [García Márquez], Vargas Llosa y [José] Donoso.

Vargas Llosa habló en el acto que se celebró en Madrid para recordar ese cincuentenario, en presencia de los Príncipes de Asturias (LV, 6/11/2012):

Se refirió a la Barcelona de los años sesenta y setenta como "el lugar donde nació la idea de que había un movimiento de nuevos narradores, la ciudad que tomó el relevo de París en los sueños de los latinoamericanos que queríamos ser escritores, el lugar al que había que ir, la ciudad española más cercana a Europa". Fue claro al dictaminar que ni él ni García Márquez habrían venido a vivir a Barcelona “de no ser por las tajantes órdenes de Carmen Balcells, un vendaval con faldas”. Y habló de las labores titánicas de Carlos Barral para dar a conocer la modernidad “y a la vez sortear la censura”.

Y no era solo Barcelona. Joaquín Luna pone el foco en Calafell (LV, 26/9/2012):

Era una corte literaria y estival muy de los años sesenta cuya mera mención invita a reflexionar (…): Vargas Llosa, García Márquez, Bryce Echenique, Gil de Biedma, Marsé, Octavio Paz, Jorge Edwards, González Ledesma, Cortázar… Y sin embargo esto no es California, porque si ayer un visitante atraído por las menciones a Calafell que todos y cada uno de los citados tienen en alguna de sus obras hubiera buscado su huella, se habría desengañado con el cartel de "cerrado" del municipal museo Casa Barral, el poeta y editor que reinaba en esa corte estival, una personalidad indisociable de Calafell.

Una pléyade irrepetible

El nombre de Carlos Barral también es indisociable de aquella sociedad abierta de la que Vargas Llosa y una pléyade irrepetible de pensadores, escritores y editores disfrutaron en Cataluña mientras lidiaban contra la represión y la censura del franquismo. Más aun, fue uno de los precursores que allanaron el camino para que aquella sociedad se fuera abriendo paso a paso. El profesor Laureano Bonet suministra las claves de aquel proceso de apertura en su meduloso ensayo "Laye y la Escuela de Barcelona (1950-1954): hacia la construcción de una nueva mentalidad cultural" (en Revistas literarias españolas del siglo XX (1919-1975), Ollero y Ramos, Madrid, 2005). El primer número de Laye apareció en Barcelona en mayo de 1950 y la revista estaba encuadrada en la Delegación de Distrito de Educación Nacional de Cataluña y Baleares. Su contenido fue volviéndose gradualmente contestastario por la presencia de jóvenes escritores como Manuel Sacristán ("en plena desintegración, ya, su ideario falangista"), Carlos Barral, José María Castellet, Juan y José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, Juan Ferraté, Ramón Carnicer, y otros. Destaca Bonet:

La compleja idiosincrasia del profesor Fuentes Martín –sumiso al poder franquista y, a la par, muy generoso con los jóvenes redactores de Laye– hará posible que, en medio de sobresaltos más y más dramáticos, nuestra revista pudiera sobrevivir hasta finales de 1954.

Después de referirse al nacimiento de "la no menos mítica Biblioteca Breve", otro vástago del genio creador de Carlos Barral, Bonet concluye:

Laye, así, se convierte para el lector del siglo XXI en insoslayable cartografía que permite, con insólito rigor, adivinar la navegación generacional de un núcleo de narradores, poetas, críticos, artistas plásticos, editores que han protagonizado con gran brillo la cultura española de estos últimos cincuenta años. En sus páginas seminales anidan, pues, datos, esbozos, querencias, mitos que van dibujando un programa o, mejor dicho, una escala de valores que poco a poco tomarán cuerpo en el triple plano de la escritura literaria, el ejercicio civil y la acción industrial (o editorial), como en alguna ocasión ha puesto de relieve Luis Goytisolo, miembro junior de este grupo.

Refundar la cruzada nacionalista

Esta corriente intelectual de matriz cosmopolita entreabrió la puerta para que entrara en la sociedad catalana una bocanada de aire fresco que poco a poco se fue convirtiendo en un vendaval creativo. Su competidor, impregnado de componentes religiosos, fue el que convenció a Vargas Llosa de que en los años 1970 el nacionalismo era patrimonio de una minoría burguesa y conservadora. Jordi Amat describe con lujo de detalles (suplemento "Cultura/s", LV, 9/10) los entresijos del movimiento nacionalista y católico que resurgió de las cenizas en el seno de la abadía de Montserrat después de la debacle de la Guerra Civil. Así como los jóvenes escritores iniciaron su singladura gracias a la tolerancia de un jerarca falangista, los refundadores del nacionalismo aprovecharon los privilegios que la dictadura había otorgado a la Iglesia.

En marzo de 1946 el financiero Fèlix Millet i Maristany puso en marcha el proyecto de construcción de un nuevo trono para la Moreneta y de la fiesta con que se celebraría su entronización.

La fiesta, celebrada el 27 de abril de 1947 y escenificada como un acto de masas equiparable a los del nacionalcatolicismo, se convirtió, religando patria y fe, en el embrión civil del catalanismo.

El factótum de esta movilización y de los trabajos posteriores encaminados a refundar la cruzada nacionalista fue, como lo subrayó Oriol Pi de Cabanyes, Josep Benet, "el gran estratega de la recuperación de Catalunya", cabeza de la agrupación de antiguos monaguillos y responsable de la revista Germinàbit. En 1959 esta publicación se fusionó con Serra d´Or, que en su segunda época abrió sus páginas a jóvenes escritores en catalán como Montserrat Roig, Baltasar Porcel, Terenci Moix y… Oriol Pi de Cabanyes. Aun entonces, a pesar de la dictadura, la sociedad catalana estaba lo suficientemente abierta como para que todas estas actividades religiosas, cívicas, periodísticas y literarias se desarrollaran en catalán. Aquí reside la paradoja: mientras bajo la dictadura se abría un resquicio de libertad para la cultura catalana, los protagonistas de aquella resistencia y sus herederos exhiben con orgullo un programa rupturista y discriminatorio precisamente cuando todos los ciudadanos deberían gozar de las libertades obtenidas durante la Transición. Una involución deleznable: de la sociedad abierta al páramo tribal.

Delirios irredentistas

Un ejemplo del travestismo que convierte a las víctimas en opresores y a los efímeros defensores de la convivencia plural en promotores de la esterilidad endogámica lo encontramos en esa organización que enmascara su sectarismo retrógrado tras el nombre de Òmnium Cultural. Cuando se celebró, en el 2011, el cincuentenario de este club en el opulento Palau Dalmau de Barcelona –con delegaciones de la Catalunya Nord francesa y el Alguer italiano para reforzar los delirios irredentistas–, su presidenta recitó el memorial de agravios y enumeró los objetivos a conquistar como si de la cima de una montaña se tratara. La escalada abarcaría tres etapas: la "independencia cultural", con una inmersión lingüística invulnerable a “acciones particulares”; la “independencia fiscal”, impuesta mediante la “objeción fiscal”; y, ya tocando el cielo, “el ejercicio irrenunciable y efectivo del derecho a la autodeterminación”. La aplaudieron el alcalde de Barcelona, Xavier Trias; la presidenta del Parlamento, Núria de Gispert; y los consejeros de Cultura, Ferran Mascarell; Economía, Mas-Colell, e Interior, Felip Puig.

Josep Maria Sòria aprovechó el acontecimiento para ofrecer una reseña nada objetiva de la historia de Òmnium Cultural (LV, 10/7/2011). Sòria hace hincapié en la dura represión de la dictadura franquista contra la cultura catalana, aunque confiesa "que de vez en cuando era autorizado algún libro, siempre severamente controlado por la censura y en condiciones de auténtica heroicidad, como hizo Josep Pla en la colección Selecta". La censura, hay que repetirlo, controlaba el contenido y no la lengua, y prohibía sin contemplaciones libros heterodoxos escritos en castellano. Pero aun así, según explicó Ferran Soldevila en Que cal saber de Catalunya, en 1942 aparecieron 4 libros en catalán; en 1946, 12; en 1947, 53; y así sucesivamente, hasta llegar a 208 en 1963; 294 en 1964 y 453 en 1965.

Tildado de "traidor"

En 1960 "cinco patricios catalanes" –como los define Sòria–, encabezados por Fèlix Millet i Maristany, crearon el premio de novela catalana Sant Jordi, dotado con 150.000 pesetas, para competir con el Nadal, aunque llegaron tarde: en 1948 Maria Aurelia Capmany ya había recibido el premio Joanot Martorell de novela catalana por El cel no és transparent. Más tarde lo recibieron, entre muchos otros: Josep Pla (1951), Josep Maria Espinàs (1953 y 1961), Manuel de Pedrolo (1954 y 1962) y Mercè Rodoreda (1966). Aunque desde 1959 el Joanot Martorell ya se denomina Sant Jordi. En 1960 Josep Maria de Sagarra recibe la Orden de Alfonso X el Sabio tras la publicación de sus Memories en catalán. Y se prolonga una larga lista de premios y distinciones en el terreno de la literatura y el teatro catalanes, aunque no de la política disidente, vedada a castellanohablantes y catalanohablantes por igual. En 1966 Antonio Comas, catedrático de Lengua y Literatura Catalana de la Universidad de Barcelona, recibió el Premio Nacional de Literatura Catalana Jacinto Verdaguer.

Fue precisamente el hijo de Josep Maria de Sagarra, Joan de Sagarra, quien matizó con su habitual ironía el relato épico de Sòria (LV, 17/7/2011). Señaló Joan de Sagarra que Fèlix Millet i Maristany fue tildado de "traidor" por sus cofrades de la catalanista y clandestina Benèfica Minerva, más tarde llamada Agrupació Cultural Minerva, cuando la abandonó en 1961 para fundar Òmnium Cultural con la ayuda de un grupo de burgesos catalanistes. Joan de Sagarra evocó un encuentro que él y Terenci Moix tuvieron con Pau Riera, viejo miembro de la Benèfica Minerva y a la sazón presidente de Òmnium Cultural, para pedirle, inútilmente, que esta institución concediera a Josep Pla el Premi d'Honor de les Lletres Catalanes. Este fue el argumento de Joan de Sagarra:

Teniendo en cuenta que muchos de los miembros de la Benèfica Minerva y de Òmnium, sin ser declaradamente franquistas, sí están relativamente satisfechos con el franquismo (como el mismo Fèlix Millet, amigo personal de Carceller, el ministro de Finanzas de Franco), y teniendo en cuenta que su adscripción a la Benèfica y a Òmnium (como era el caso del señor Pau Riera) obedece, ante todo, a su interés por preservar y levantar la lengua y la cultura catalanas, no entiendo cómo le niegan el premio a Pla, quien probablemente se ha beneficiado menos con el franquismo que algunos prohombres de la Benèfica y de Òmnium Cultural. (…) Pero todo eso ya es historia. Pau Riera y Josep Pla están muertos, y hoy Òmnium Cultural organiza gigantescas manifestaciones y lanza proclamas políticas.

Catalán de pura cepa

La negativa de Òmnium Cultural a entregar a Josep Pla el premio de honor a las letras catalanas también forma parte del ADN de los ideólogos del páramo tribal. Pla era un catalán de pura cepa pero no encajaba en los esquemas de la tribu. Valentí Puig lo retrata con conmovedor realismo en su premiada biografía L´home de l´abric (Destino, 1998). El "siglo de la megamuerte", o sea de las feroces matanzas perpetradas por el nazismo y el comunismo, convirtió a Pla en un conservador por su escepticismo y en un escéptico por su conservadurismo. Las utopías y las revoluciones, incluida la francesa, sólo le evocaban la imagen de la guillotina. Respecto de España:

Toda la trayectoria política de Pla como escritor político había consistido precisamente en buscar fórmulas para sustituir la guerra civil como método hispánico tradicional. Su mundo se había ido desmoronando en tiempos de la república, abocado a la catástrofe. El desorden ganaba terreno; la política de las realidades decaía; triunfaba la política verbalista. La crisis de la autoridad se volvía crónica. Nuevamente mataban gente por las calles. Desde la revolución de Asturias y los hechos de octubre, la legalidad republicana había sufrido una gran erosión. Era la guerra civil, atroz manera de hacer política por otros medios.

Junto a su jefe político, Francesc Cambó, Pla se sumó al bando de los sublevados. Pero a continuación Puig puntualiza:

Josep Martinell, uno de los confidentes más discretos de Pla, sugiere que Cambó y Pla veían a Franco como el prototipo del general del siglo XIX. "Un Pla franquista es tan inverosímil como un Pla comunista. A escala internacional, Pla era anti-Hitler y anti-Mussolini y se puede asegurar que trabajó, sin ser miembro, con el Servicio de Inteligencia británico para que los aviadores ingleses y aliados que huían de Francia pudiesen llegar clandestinamente a Lisboa sin correr peligro, para continuar la guerra contra Hitler".

Es interesante destacar que Pla, clarividente, alabó el sistema autoritario turco liderado por Mustafá Kemal Ataturk, que dinamitó la Turquía "tradicional, alcoránica, despótica, corrompida y arcaica (…) El grupo de amigos de Kemal formó una oligarquía de primer orden, dotada de compenetración, de sentido del trabajo en equipo, de coherencia y de continuidad. Sin este grupo, Turquía se habría desmembrado".

Desmontar la leyenda negra

Andrés Trapiello fue, tal vez, quien más contribuyó a desmontar la leyenda negra que los maniqueístas habían urdido acerca de –y me remito al título de su libro canónico– Las armas y las letras (Destino, 2010). De su lectura surge una imagen tan apasionada como desprejuiciada de lo que fue la creación cultural durante aquellos años trágicos, con todos los claroscuros propios de la naturaleza humana. Con las semillas de la sociedad abierta y también las del páramo tribal. Desfilan por sus páginas, ya centrados en el tema de este artículo, los catalanes que debieron huir de los grupos bien organizados (de incontrolados, nada) de anarquistas, estalinistas y trotskistas que se proponían asesinarlos; los que murieron víctimas de esos grupos organizados porque no pudieron huir a tiempo; los que fueron víctimas del franquismo en el paredón, en las cunetas o en la prisión; los que se exiliaron para escapar de la barbarie fratricida; y, sobre todo, los de uno y otro bando que se quedaron o regresaron para contribuir a la reconstrucción y la reconciliación de la sociedad martirizada.

Escribió Trapiello, refiriéndose a la trayectoria de estos pioneros (LV, magazine dominical, 27/10/2013):

En aquel libro y todas las veces que he podido, ha dicho uno que acaso el mejor editor del siglo XX fue José Janés. Hizo de su editorial un modelo literario y tipográfico. Algunos saltaron alarmados. "¿Qué está insinuando? ¿Que el franquismo propició la libertad de expresión y la cultura? ¿Es que nadie va a hacer callar a estos fascistas?". No había dicho eso, pero conocemos la maña que se da el Santo Oficio para enredar con procesos. Lo que uno había dicho exactamente es esto: sí, a pesar de la censura y el Régimen, Janés había hecho por la literatura y la tipografía españolas más de lo que había podido hacerse en España hasta entonces. (…) Nadie duda hoy de que algunos de los mejores escritores y poetas del siglo XX fueron Claudio Rodríguez o Gil de Biedma, Cunqueiro o Pla. Todos ellos publicaron sus obras, con o sin censura, durante el franquismo. Incluso las de quienes tuvieron que sortearla en alguna ocasión o publicarse fuera, como algunas de Blas de Otero o Juan Marsé, no son especialmente significativas comparadas con las que ellos publicaron en aquella España franquista.

Esto no era un erial, por suerte para todos. La lista de lo que fue posible entonces es larga, y acaba con la idea de dos Españas, buena la del exilio o la de cierta gauche más o menos caviar, y casposa cualquier otra que no fuese una de esas. Y gracias a que España no fue la que algunos decían, mintiendo, el país llegó a 1975 lo bastante cultivado por gentes como [José] Janés o [Josep]

Vergés o [José Manuel] Lara (oh, sí, Lara, para el que trabajaron sabios como [Martín de] Riquer, [Carlos] Pujol o [José Maria] Valverde, que no fueron ni siquiera "compañeros de viaje") para acometer una transición modélica.

Sutiles vasos comunicantes

La sociedad abierta que germinaba en los subterráneos de la dictadura estaba enlazada por sutiles y fecundos vasos comunicantes con zonas muy próximas a la cúpula del poder. Un caso típico fue el de Fabián Estapé, socialista convicto y confeso que ocupaba un despacho próximo al del almirante Carrero Blanco. Estapé, estrecho colaborador del ministro opusdeísta Laureano López Rodó, con quien "siempre hablaba en catalán", contó en su libro autobiográfico Sin acuse de recibo (Plaza & Janés, 2000):

Cuando se decidió que había que elaborar el Plan de Estabilización, Alberto Ullastres constituyó una comisión de tres asesores, silenciosos y discretos, formada por Joan Sardá, Enrique Fuentes Quintana y yo. La Comisión empezó a funcionar en 1959, pero quiero aclarar que la autoría de aquel plan debe atribuirse únicamente a Joan Sardà, y hoy, en 1999, sigue siendo la operación político-económica mejor imaginada y estructurada que ha vivido la economía de este país durante el presente siglo.

El socialista Estapé fue decano de la Facultad de Ciencias Económicas (1962-1965) y rector de la Universidad de Barcelona (1969-1971) y (1974-1976). Recuerda en su autobiografía que durante su primer decanato, cuando se celebraba algún acto reivindicativo en la Universidad, recibía una llamada del gobernador civil, Tomás Garicano, "al que además me unía una gran amistad":

Me llamaba y decía; "Eh, rector, óyeme, que en el patio de ciencias hay una bandera republicana que cuelga de extremo a extremo". “¿Y qué quieres que haga? ¿Crees que tengo algún bedel funambulista para que salte encima de las cabezas de los estudiantes? ¿Qué te parece si lo dejamos correr hasta las dos y cinco?”. “¿Por qué a las dos y cinco?”. “Coño, porque es la hora en que los estudiantes se van a sus casas, a sus pensiones, a sus bares, a comer. Entonces es el momento de subir, tranquilamente, se descuelga la bandera y todos tranquilos”.

Un estado fallido

Este diálogo civilizado entre un representante del poder despótico y otro de la incipiente sociedad abierta es difícil de imaginar hoy, cuando los iluminados y los salvapatrias tienen como único objetivo, sí o sí, segregar a siete millones de ciudadanos en un páramo tribal, decretando que sus otros cuarenta millones de compatriotas, que muchas veces son sus familiares, amigos o socios, deben convertirse implacablemente en extranjeros. Si salen airosos, su proeza más portentosa consistirá en crear un estado fallido, que la irresponsabilidad de sus gobernantes insumisos colocará automáticamente fuera de la ONU, de la Unión Europea y de la OTAN sin necesidad de que lo expulsen. Su proyecto más ambicioso se circunscribe a organizar un torneo de falsedades titulado "España contra Cataluña: una mirada histórica (1714-2014)". Su hito cultural más destacado es un museo de ruinas maquilladas para generar odios y rencores. Su programa educativo se reduce a practicar un experimento de ingeniería social encaminado a sustituir coactivamente la lengua como medio de comunicación por la lengua como signo de identidad y arma de discriminación.

Mientras tanto, Joan Matabosch deja el Liceu y emigra a Madrid para dirigir el Teatro Real, y Oriol Broggi hace otro tanto para dirigir Tirano Banderas, de Ramón del Valle-Inclán, en el Teatro Español. No, no es que Madrid nos robe talentos, sino que el páramo tribal propicia la fuga de cerebros hacia la sociedad abierta. En los años 60 y 70 del siglo pasado fue de Madrid a Barcelona y ahora es a la inversa.

Una dosis de racionalidad

La reconstrucción de la convivencia en España debió vencer obstáculos que parecían insalvables, y no fue desdeñable el trabajo que hicieron, para alcanzar dicho objetivo, a menudo con grandes sacrificios, los representantes de la élite cultural que enumera Andrés Trapiello, junto con políticos, empresarios, maestros, militares, sacerdotes y ciudadanos anónimos. Dinamitar esa obra monumental para satisfacer mezquinos apetitos de poder endogámico es un abuso que roza la demencia. Nos lo recuerda el novelista Javier Cercas (LV, 14/10/2012):

A mí las aventuras me apasionan, pero en los libros. Cuando oigo decir que nos adentramos en territorio desconocido me pongo a temblar. Para los artistas y los científicos es necesario hacerlo para encontrar lo nuevo. Pero los políticos deben saber dónde ponen el pie o nos despeñamos todos. Eso me da miedo. Y reivindico el derecho a tener miedo. Mi padre nos dejó un país muy arregladito y no quiero dejarle a mi hijo un desastre. No soy independentista, no veo dónde nos llevará, y como no lo veo, no lo soy.

Nunca está de más una dosis de racionalidad cuando la alternativa es el páramo tribal.

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