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La Ilustración Liberal

Reseñas

Actualidad de Revel

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(I)

En las primeras páginas de su libro La gran farándula, Jean-Francois Revel apunta: "A pesar de que ya no se "aplique", el comunismo se condena cada vez menos. A pesar de verse universalmente condenado, el liberalismo se "aplica" cada vez más. La antítesis interiorizada entre la idea y la realidad, principio fundador del pensamiento totalitario, se reconstruye con otro vocabulario y, sobre todo, en el vacío, ya que ha desaparecido el comunismo "real". (pág;11).

Éstos son los temas que recorren todo el libro. Pero si el comunismo sobrevive -más como propaganda y nostalgia demagógicas que como ideología de combate- en muchos países del mundo, empezando por España, la idea de que el liberalismo se condena pero se lleva a la práctica, se refiere más particularmente a Francia, como muchas otras referencias de este libro. Es cierto que Francia es aún el país más centralizado y estatal de Europa, y tanto la derecha, sobre todo la gaullista, como la izquierda, defienden el papel todopoderoso del Estado en todos los terrenos: economía, enseñanza, cultura, sanidad y hasta la vida privada, sin hablar ya de su papel "histórico" en materia de Justicia, Ejército, Policía, etc. Fue a principios de los noventa, con el gobierno de "cohabitación" de E. Balladur, cuando se inició un giro algo más liberal en contraposición con la política ultra burocrática y estatal de la era mitterandista. En un país donde el capitalismo de Estado era ya muy fuerte, nacionalizaron los bancos, las compañías de seguros, etc, creando un mamut estatal jamás conocido en ningún país, salvo en los comunistas, donde todo estaba en manos del partido-Estado.

Privatizar, pero menos

Balladur, pues, inició el viraje y se puso a privatizar. Los resultados fueron los suficientemente positivos como para que los socialistas continuaran en esa dirección. Pero, como escribe Revel, lo hicieron hipócritamente: en todas las conferencias nacionales, europeas e internacionales, como en la Internacional Socialista, continuaron denunciando furiosamente el liberalismo "neo" o "ultra", y siguieron privatizando. Son hipócritas hasta en el lenguaje, porque niegan que privaticen y declaran limitarse a realizar "aperturas del capital". En algunos casos, eso es hasta cierto punto verdad, ya que mantienen al Estado como accionista principal o dotado de una minoría suficiente para ejercer su control, como ocurre en empresas como "France-Telecom", Renault u otras. Son algo más liberales de lo que dicen, pero negándolo. Pero si lo son a medias en ciertos sectores industriales y financieros importantes, no lo son en absoluto en la enseñanza, la cultura, el trabajo, la iniciativa empresarial privada y lo social, incluidas la familia y la sexualidad. Como si quisieran compensar lo que sueltan con una mano, endureciendo el control con la otra.

Por otra parte, encontramos también en toda Europa a aquéllos que, declarándose abiertamente liberales, no lo son, o lo son muy poco. ¿Puede decirse, por ejemplo, que la Comisión europea - no electa- es liberal, cuando tan a menudo intenta imponer de manera autoritaria medidas absurdas? Otras medidas, en cambio, que tienden a suprimir monopolios burocráticos estatales y nacionales, pueden definirse como más liberales que lo que existía hasta hace poco.

Como Revel denuncia el sistema que yo califico de subvención-sumisión en las actividades artísticas y culturales, el vocerío de los partidarios de un sometimiento absoluto a los Ministerios de Cultura, ha sido estruendoso. Hay que recordar que estos engendros fueron obra de los totalitarismos: los primeros Ministerios de cultura fueron creados en la Italia fascista y la Alemania nazi, así como en todos los países comunistas. Pero en países como Francia y España, la existencia relativamente reciente de dichos ministerios está tan aceptada, que cuando digo que hay que suprimirlos me miran como si dijera que hay que suprimir la cultura, como si la cultura no hubiese existido antes de 1958 en Francia, o de finales de los sesenta en España.

En un debate por televisión, un escritor anónimo y subvencionado declaró, para rebatir las tesis de Revel, que gracias a la política cultural estatal habían surgido como hongos teatros subvencionados en los arrabales de París, en lugares donde antes no existía ninguno. No es difícil matizar esta afirmación. Ningún liberal puede negar el derecho de un municipio y de sus habitantes a abrir un teatro, una sala de conciertos y danza, un cine-club, etc. Pero la centralización burocrática actual hace que sea el Ministerio quien decida dónde se instalan, y quien nombre a los directores de los centros dramáticos nacionales, de las "casas de la cultura", de los organismos culturales de París y de toda Francia. Es el Ministerio también el que decide el presupuesto y, muchas veces, hasta los programas. Los municipios acatan las decisiones del Ministerio y se limitan a participar en algo de la subvención estatal. Dato voluntariamente ignorado por nuestro anónimo subvencionado es que por lo general estas salas "estatales", están vacías. Hace algunos años, cuando un actor o una actriz actuaba en un teatro estatal -en Francia se les llama "nacionales"-, decía: "Voy a la oficina", señalando así la ausencia de riesgo y de placer. De todas formas, lo mejor que pueden hacer los gobiernos, o más bien lo único que tendrían que hacer, en el necesario marco de una disminución general de los impuestos, sería suprimirlos en lo que a creación artística se refiere, a fin de abaratar al máximo el precio de las entradas de teatro, cine, conciertos, etc, así como el de los libros, en vez de imponer el precio único, que es el precio caro.

Un brillante director de teatro, Patrice Chereau, que se está convirtiendo en un discutible director de cine, proclamó hace pocos años, en una airada defensa del teatro estatal, que sin él jamás hubiera existido Bernard-Marie Koltés. Esta afirmación categórica no es convincente. Koltés hubiera existido de todas formas, y Chereau se olvida, además, de que gracias al teatro privado, y en condiciones a menudo picarescas -fui testigo de algunas-, fueron descubiertos y puestos en escena por primera vez autores como Ionesco, Beckett, Adamov, Audiberti, Dubillard, Arrabal y muchos otros que dieron al París de la posguerra una fama mundial y merecida, mucho mayor que el cine, por ejemplo. Ahora esta fama va desapareciendo al compás del aumento de las subvenciones y de la burocratización del teatro. Lo mismo ocurre con el cine: ultra protegido, subvencionado, estandarte de la "excepción cultural francesa" y argumento de venta de la política cultural estatal, el cine francés está en crisis profunda, estructural, por un motivo sencillo: no tiene público. Si el número de espectadores aumenta estos últimos años, sólo un 15% va a ver películas francesas, porque pese a los alaridos de los ministros de turno y de sus escribidores, las películas francesas no gustan, y yo añadiría que los espectadores llevan toda la razón, son pésimas.

Los muertos vivientes del marxismo

La persistencia en Europa de un marxismo-leninismo, a la vez sectario y desconcertado, en las mentes, en la enseñanza, en los medios de información, en las editoriales, en los discursos políticos, así como en la cultura protegida y controlada, se da al mismo tiempo y casi sin relación con el derrumbamiento en cadena de los sistemas totalitarios. Este fenómeno, por desconcertante que pueda parecer, no significa solamente que el fanatismo puede subsistir cuando la realidad social que lo sustentaba desaparece. Si así fuera, podríamos esperar pacientemente a que se fueran desinflando y callando, uno tras otro, los heraldos del comunismo, ya que no cuentan con el apoyo de las grandes potencias, como la URSS, o China, ni de sus divisiones acorazadas, ni de sus subvenciones. Pero resulta que el problema es más complejo, y en esta supervivencia de la mentira y de la ideología totalitaria, hay que denunciar una maniobra política perfectamente organizada y calculada de la socialburocracia, que pretende utilizar lo "bueno" del comunismo en beneficio propio.

Muchos comunistas, como extraterrestres muertos que se apoderan de cuerpos humanos para renacer y sobrevivir, conducen o participan en esa operación mágica que pretende fundir las ilusiones, los fanatismos, las nostalgias comunistas, en una práctica socialburocrática que tiene un objetivo preciso y satisfactorio para todos: el ejercicio del poder. La falsa religión de la mentira comunista persiste y es utilizada en aras de una política concreta, la socialburócrata, que ya no es exactamente lo que fue la socialdemocracia ni el comunismo "real", sino un nuevo engendro inspirado en ambas experiencias, pese a sus históricos conflictos, con un objetivo común, el poder; y una forma de ejercerlo a través del Estado y la burocratización de la sociedad. No es el totalitarismo con sus masacres, su Gulag, sus censuras, pero se inspira hasta cierto punto en el totalitarismo, en su intento de controlar y dirigir toda la vida política, económica, cultural y hasta privada. Para ello, hay que negar la catástrofe absoluta del comunismo, limitar su crítica a ciertos "excesos" o errores, exaltar en cambio sus supuestas virtudes, y negarse a realizar el análisis consecuente de la deshumanización radical de la sociedad alcanzada por los totalitarismos nazi y comunista. En esta óptica, el enemigo central no puede ser más que el liberalismo, y claro que lo es, ¡y a mucha honra!

Analizando con detalle estos fenómenos, la ceguera voluntaria y persistente de tantos políticos europeos -y no europeos-, en relación con la monstruosidad de los regímenes comunistas, Revel comenta y arremete con brío contra muchas de las actividades en las que participaron también políticos e intelectuales de derechas. Valga este ejemplo: cuando Lionel Jospin, actual primer ministro, era primer secretario del PS, organizó la selección de textos de una "Pequeña bibliografía socialista", para uso y formación de los militantes del PS. Los maestros del socialismo francés allí señalados eran, claro, Marx y Engels, pero también Lenin, Rosa Luxemburgo, Gramsci, Mao Tse Tung, y ... Fidel Castro. (¡Castro teórico, cosas veredes mio Cid!). En cambio, brillaban por su ausencia teóricos de la socialdemocracia como Karl Kautsky, Otto Bauer, E. Bernstein,, etc. Pero es que a estos líderes socialdemócratas Lenin los trató de traidores, por lo tanto...consecuente consigo mismo, Jospin, convertido en Primer ministro, instaló a cuatro comunistas en su gobierno.

Y ahora podemos, perfecta y sobradamente, adaptar los comentarios de Revel a la realidad española. Tomemos el caso de El País. Dista mucho de ser el único, pero tratándose del diario más leído en España, es significativo. Los "teóricos" del periódico, Javier Pradera, Antonio Elorza y otros, se ajustan a la perfección a lo que acabo de señalar escuetamente. Reivindican como absolutamente positiva toda la historia del PCE, hasta... ¿Hasta cuando? Aparentemente hasta Anguita (Pradera llegó incluso a negar a Anguita el derecho a reivindicar la gloriosa tradición "pecera"), pero en realidad, hasta que, siguiendo el ejemplo de sus Jefes, Claudín, primero, Carrillo, después, se pusieron a colaborar con o a adherirse al PSOE. Antes, la historia del PCE durante la guerra civil, la dictadura franquista y los inicios de la democratización, fue, según ellos, ejemplar. Luego, cuando Anguita se negó a convertirse en terrón de azúcar y a disolverse en el tazón de la "izquierda unida", pero dirigida por el PSOE, y no por el PCE, se puso a estorbar, a convertirse en sectario inútil. ¡Todo por la patria socialburócrata! Por mucho que se vistan de seda, no pueden disimular su pasado y su mentalidad estalinistas.

Para realizar esta operación, consistente en afirmar que todo el pasado positivo del comunismo español se ha volcado en el PSOE, y que los que quedan fuera son traidores, enemigos, agentes de la reacción y por lo tanto del PP, es absolutamente indispensable mentir, y mentir mucho, porque la historia del PCE es la historia más criminal de la de todos los PC occidentales.

Como en los naufragios hay que tirar trastos por la borda para mantenerse a flote, los comunistas occidentales tiran trastos ajenos, concediendo ciertos errores y algún crimen a los soviéticos, chinos, jemeres rojos, comunistas rumanos, etc. Su idolatrado, hasta extremos inconcebibles hoy, Stalin, se convierte a veces en el malo de la película, pero eso lo hacen para mejor exaltar el sendero luminoso de los partidos occidentales, aquéllos que, por decir las cosas claramente, al no estar en el poder, no podían matar ni deportar, sólo mentir, hacer propaganda a favor del crimen y "preparar la revolución". Cuando, como el PCE durante nuestra guerra civil, lograron no el poder, pero sí mucho poder, asesinaron a granel. Esta exaltación del nacionalcomunismo es históricamente falsa, porque todos los PC del mundo obedecían ciegamente a Moscú, -salvo los que se dividieron con motivo de la disidencia maoísta-, hasta que comenzó la "decadencia del Imperio". Pero también es falsa, y ambas cosas están estrechamente relacionadas, en lo que se refiere a su supuesto historial de lucha antifascista y democrática. Ningún partido comunista en el mundo fue jamás democrático. Intentaron, eso sí, utilizar las bondades de la democracia para su "asalto al cielo". Ahora, claro, anoréxicos y minoritarios, sobreviviendo gracias a subvenciones estatales, no pueden plantearse seriamente la revolución bochevique, aunque rezume por doquier su nostalgia y su rabia por haber perdido el inmenso potencial que tuvieron.

¡También "Federico Sánchez"!

Manifestaciones de esta maniobra de los extraterrestres comunistas, que renacen en el seno de la socialburocracia, hay muchísimas, pero citaré como muestras el libro Queridos camaradas de Antonio Elorza, sus artículos en El País, o los de Javier Pradera, quien en uno reciente se sumía de nuevo en las delicias del culto a la personalidad, en este caso de la siniestra Dolores Ibárruri. Para los enterados, resulta sumamente cómico, pero es sintomático de la actuación de nuestros extraterrestres. El caso de la plañidera vengativa Haro Tecglen es algo diferente, ya que éste sigue considerando a los "sociatas" como socialtraidores, y recientemente escribía que el Libro negro del comunismo era un libro inicuo, comparable al falso documento, redactado por la policía política zarista para justificar la represión antisemita, El protocolo de los sabios de Sión.

Uno de los maestros del blanqueo del comunismo es un tal Federico Sánchez, que se ha reencarnado en el cuerpo y verbo de un escritor famoso. Este blanqueo es evidente en sus libros "políticos", pero llegó a un grado de perfección absoluta en una reciente entrevista de dos horas largas para la TV francesa. Afirmó no haber sido nunca estalinista, sólo un glorioso combatiente antifascista y antifranquista, cuando no se podía ser un responsable del PCE sin ser estalinista hasta la médula. Exculpó a los PC de Francia, España e Italia de toda complicidad con los "errores" que hayan podido cometerse en la URSS u otros países comunistas. En una palabra, defendió la tesis, tan difundida hoy, de un buen nacionalcomunismo, que jamás existió. Cuando la mentira llega a tales extremos, se convierte en ideología. Tratando, de paso, del proceso Slanski, en Praga, uno de tantos procesos estalinistas de las Democracias Populares, allá por los años cincuenta, declaró que él había conocido en Buchenwald a uno de los condenados y fusilados como supuesto agente de la Gestapo, y que sabía que era mentira, que no podía haber sido agente de la Gestapo ya en Buchenwald, que era absolutamente imposible. Por lo tanto, declaró, le entraron dudas sobre la veracidad de las acusaciones en dichos procesos. Esto es lo que dice hoy, pero lo que nos decía entonces a nosotros, sus imbéciles "soldados", era que, precisamente por haberle conocido en Buchewald, sabía que era culpable, un agente de la Gestapo, y que ese dato, junto a todos los demás, demostraba que los procesos, todos los procesos estalinistas, eran justos y necesarios. En una palabra, tan revolucionarios como humanistas. Si consideráis que este ejemplo, entre otros, no apesta, peor para vosotros.

Es en otro terreno, ya no el de la ignominia, donde se pueden y se deben rebatir las tesis de políticos e intelectuales como el ex Federico Sánchez, cuando intentan salir del atolladero en el que se encuentran, inventándose una leyenda para ciertos partidos en ciertas circunstancias y, al mismo tiempo, reivindicando como siempre vigente una parte de la tradición teórica del marxismo y el marxismo-leninismo. En este aspecto, los extraterrestres ex comunistas coinciden ampliamente con los socialburócratas. Marx y Engels no sólo siguen siendo genios imperecederos, portadores de valores eternos, sino que nada tienen que ver con el comunismo "real": el totalitarismo. Algunos, más atrevidos, siguen defendiendo la revolución bolchevique de 1917, y por lo tanto a Lenin y su partido, y opinan, pero con pies de plomo, que tal vez si hubiera proseguido la NEP, si se hubiera escuchado a Bujarin, etc, las cosas hubieran tomado otro cariz. Desgraciadamente, autores como Martín Malia han demostrado rotundamente que si se continuaba con la NEP, se habría llegado al capitalismo, lo cual hubiera sido beneficioso para los rusos y demás pueblos sometidos, pero nada tiene que ver con una posibilidad malograda de "comunismo de rostro humano". En cuanto a los intentos para hacer de Bujarin un héroe positivo frente a Stalin, basta con leer su carta a este último, escrita en la cárcel poco antes de ser asesinado (Le débat. Diciembre 1999), para darse cuenta de la catadura moral de ese siniestro personaje. No sólo aplaude y justifica el terror, sino que se arrastra por los suelos de forma tan patética como repugnante, suplicando a Stalin, su Jefe tan amado, que no le mate, que él hará todo lo que le pida, que Stalin nunca se ha equivocado, que es tan genial como bondadoso... Repugnante. Desde luego, el miedo justifica muchas cosas, pero no todo.

El empeño en salvar a Marx

Muchos ensayistas, empezando por el propio Revel y siguiendo por François Furet, Martín Malia, y antes Hannah Arendt, entre otros, han analizado la relación evidente de las teorías de Marx con la práctica del totalitarismo. Recordaré brevemente algunos de los principios teóricos del marxismo, efectivamente aplicados por el comunismo real, el de Lenin, Stalin, Mao Tse-Tung, Pol Pot, Ho Chin Ming, Kim II Sung, etc. No es inútil repetir que en todos los países comunistas esta aplicación fue semejante y parió los mismos monstruos: liquidación de la propiedad privada, conquista del poder por la violencia y ejercicio del poder por la violencia mediante la dictadura del proletariado, de su vanguardia (Marx), de su partido de vanguardia (Lenin); papel todopoderoso del Estado, liquidación de la burguesía, de la democracia "formal", de la cultura e ideología burguesas, cultura proletaria, etc., etc. Claro, siempre se puede intentar dar contenidos diferentes a las mismas palabras, pero para Marx, el eje esencial de la revolución es la liquidación de la propiedad privada y la dictadura violenta, así que me parece difícil exculparle de la práctica del totalitarismo

(II)

Por todo ello, yo no entiendo muy bien por qué Revel, apoyándose en Claude Lefort, critica a François Furet, y ésta es prácticamente mi única reserva a su libro. Escribe Revel: "Clásicamente, argumenta (Furet) que, según Marx y Lenin, la revolución: "prepara el cumplimiento de una promesa democrática a partir de la emancipación de los trabajadores explotados". Sorprendente, por parte de un espíritu tan agudo, esta caída en la confusión entre la promesa y los actos" (pág. 231). Para mí no hay la menor confusión en el libro de Furet. A lo largo de su Pasado de una ilusión, me parece que distingue perfectamente entre las ilusiones que haya podido despertar el comunismo en ciertas ocasiones, sus dogmas teóricos y "promesas democráticas", y la realidad práctica y concreta del horror totalitario, que no se oculta en absoluto. En cambio Lefort, cuyo análisis crítico y despiadado del totalitarismo soviético es de lo más inteligente que he leído sobre el tema, considera como extravagante que de alguna forma pueda relacionarse ese horror con las ideas de Marx. Como ya he publicado en esta revista (nº 2) algo sobre el libro de Lefort y su polémica injusta y póstuma con Furet, no insistiré, para no dar la lata.

Ahora bien, esa voluntad reafirmada de salvar a Marx -y a cierta extrema izquierda, más o menos marxista, pero antitotalitaria-, del naufragio absoluto del comunismo, no sólo es, a mi modo de ver, errónea, sino que está siendo utilizada por comunistas y poscomunistas marxistas, por sectores de la socialburocracia, por todos esos extraterrestres ya citados y algunos más. Claro, no compartirán del todo la crítica feroz del totalitarismo soviético realizada por Lefort, pero como salva lo esencial, el núcleo revolucionario marxista, pueden fingir ser tolerantes y disimular al máximo lo que dicha critica pueda tener de incómodo para sus proyectos y su práctica socialburócrata. Además, hay que decirlo -o repetirlo- tajantemente: Marx se equivocó rotundamente, tanto en lo que concierne a la propiedad privada, como a la muerte anunciada del capitalismo, y, a decir verdad, en todas las cuestiones esenciales de su obra. Ni siquiera las misteriosas técnicas del vudú lograrían dar apariencia humana a ese cadáver.

Uno de los más viejos tabúes impuesto por el pensamiento único después de la Segunda Guerra Mundial, que se va, pero muy poquito a poco, resquebrajando, es la imposibilidad que existió, durante decenios, de realizar un análisis comparativo serio sobre los dos totalitarismos: el nazi y el comunista. Eso que fue totalmente censurado en Europa, comienza ahora a estudiarse sin tapujos, pero sólo en ciertos círculos minoritarios. Los propios autores del Libro Negro del Comunismo siguen enzarzados en una polémica sin fin, con aspectos a veces esotéricos, para saber si la comparación en sí misma es sacrílega o no. Siguiendo a la precursora Hannah Arendt (que publicó en los USA), Raymond Aron, Martín Malia, François Furet y el propio Revel en este libro, tratan del tema seriamente y sin complejos ni autocensuras. En todas estas discusiones, se confunden muchas veces las palabras con los hechos. Siendo también el comunismo la Gran Mentira del siglo, confundir sus dogmas, sus discursos, su propaganda, con su praxis, sería evidentemente una estupidez, en la que caen todos los adversarios de la patente similitud entre ambos totalitarismos. En cambio el nazismo hacía lo que decía, había infinitamente menos distancia entre sus dogmas y su praxis. Pero los hechos, el sometimiento total, la censura total, la destrucción del individuo, de la sociedad civil; el partido único y todopoderoso, el culto al Jefe, la policía política hasta en la sopa; el control estatal de toda vida política, económica, privada, cultural; los campos de concentración, la liquidación de toda democracia "formal" y algunas cosas más, eran exactamente los mismos. Y si no los mismos, iguales. Esto, que se dice a veces en cenáculos, libros y revistas, la inmensa mayoría de la clase política, de izquierdas, pero también de derechas, lo niega en redondo. Los más importantes medios de información, también. Para todos ellos, el nazismo fue el mal absoluto. Punto. Lo siento, pero el comunismo también.

Soy muy consciente de que los que están convencidos -y los medios de información se lo repiten machaconamente a diario-, de que el liberalismo es culpable de todo: la miseria, las guerras, las tormentas, los accidentes de ferrocarril, el sida, etc, y de que por lo tanto "algo hay que hacer", si no exactamente lo mismo que los bolcheviques, por lo menos algo parecido, despreciarán estas líneas y se irritarán prodigiosamente con el libro de Revel. En este sentido, abundan los ejemplos. Seamos optimistas, sin embargo. Esperemos que los menos fanáticos se convenzan poco a poco de que el liberalismo no sólo es libertad, sino también progreso.

Jean François Revel da dos explicaciones a su título La grande Parade. La primera es la que he elegido de "farándula", y la segunda se refiere a un término de esgrima, el gesto para defenderse de la estocada del adversario, lo que simboliza la contraofensiva de la izquierda marxista para contrarrestar su derrota. Pero en ningún caso se trataría en castellano de una parada de autobuses, como algunos han creído, al traducir en la prensa La gran parada.

Un inciso: Marx, pese a ser judío era tan antisemita como Stalin (Lenin, no), como lo recuerda Revel, citando párrafos del folleto de Marx, La cuestión judía.

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