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La Ilustración Liberal

Los intelectuales orgánicos del nacionalismo

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En estos días en que los valores constitucionales y democráticos y el propio sistema constitucional en su conjunto sufren un nuevo ataque combinado del terrorismo nacionalista y del nacionalismo exculpador del terror, parece oportuno examinar uno de los factores menos aparentes, pero no por ello menos letales e insidiosos, de esta ofensiva disgregadora dirigida al corazón mismo de la Nación. Me refiero a la obra pertinaz y extensa de los intelectuales orgánicos del nacionalismo, figuras que sin militancia política explícita o con militancia durmiente, y bajo la cobertura de una aparente objetividad au dessus de la mélée, colaboran sin descanso con las fuerzas particularistas de base identitaria suministrándoles en abundantes artículos, libros, conferencias, declaraciones a los medios, dictámenes, discursos académicos o trabajos eruditos en revistas de pensamiento, todo tipo de argumentos históricos, jurídicos, políticos y, en el colmo del refinamiento, hasta morales, para dar cobertura a su proyecto divisivo. No constituyen, por suerte, un grupo demasiado numeroso, pero desarrollan una intensa actividad al servicio de sus protectores, que les jalean, consultan, instrumentan, elogian, exhiben y premian con extático arrobo.

Un análisis cuidadoso de sus planteamientos, motivaciones, trayectorias y propósitos, con el fin de desenmascararlos y neutralizar su corrosiva labor, es una tarea tan necesaria como pendiente, y voy a intentar a continuación un esbozo rápido, incompleto y misceláneo de este preocupante fenómeno. Mi única y modesta aspiración es, de momento, llamar la atención del público sobre esta especie sinuosa, contribuyendo así a estimular estudios y refutaciones más completos que, por lo menos, hagan su confortable vida algo menos plácida hostigándoles en sus doctos y acolchados refugios. Si la ciudadanía aprende a identificarlos, a detectar sus trampas ya sortear sus perfidias, podrá protegerse mejor de los nocivos efectos del disolvente licor teórico que segregan.


Tautologías oligofrénicas y otras falacias

No se crea, sin embargo, que tan privilegiadas cabezas no cometen a veces deslices notables. Permítaseme citar dos hermosas perlas de dos de los más conspicuos representantes de la intelectualidad orgánica sometida a eso que Gabriel Cisneros, con la estupenda exuberancia léxica que le caracteriza, ha llamado "la raíz genesíaca de lo aborigen". La primera, fruto de la profundidad de análisis de un prolífico historiador, incansable promotor del consenso, reza así: "El nacionalismo como doctrina supone predominio de los valores de la Nación". Una vez asimilado, tras varias jaquecas, tan clarividente aserto, se supone que el lector queda preparado para opinar autorizadamente sobre cualquier tema relacionado con el nacionalismo. El nacionalismo, que suele apoyarse a menudo en tautologías beligerantes -Jordi Pujol es un reputado especialista- también recurre en ocasiones, como en este caso, a las tautologías oligofrénicas.

La segunda, emanada del lujosamente amueblado cerebro de un ponente constitucional famoso por su modestia, pontifica solemnemente: "Lo nacional eslo particular, lo general es el Estado". O sea, que lo nacional no puede ser general y está condenado a la exacerbación de la diferencia. De acuerdo con tan amplia visión, nada que admita el calificativo de nacional está capacitado para aspirar a la trascendencia o a la grandeza, y circunscribe necesariamente su ámbito de actuación a las cercanías del campanario más próximo al lugar en que uno ha nacido. A partir de aquí, se entiende que este sabio consejero aúlico de jefes tribales reclame para su invento la denominación de "la España grande". Como España, según su ambiciosa construcción doctrinal, carece de cuerpo nacional, es un mero Estado, y, en consecuencia, henchida de generalidad, puede alcanzar un tamaño apreciable. Lo particular, que es lo nacional, queda para los pequeños secesionismos rabiosos que, lógicamente, son las piezas inconexas de ese objeto indefinible y deslabazado, pero eso sí, muy grande. Un cuadro irresistiblemente estimulante y de una impecable consistencia conceptual que nos proporciona la base sólida para llevar adelante un atrayente proyecto común. No es extraño que su impulsor haya merecido el Premio "Sabino Arana". Al fin y al cabo, que un experto en Derecho Constitucional reciba un galardón con ese nombre equivale a recompensar a un pediatra con el Premio "Herodes" o a un ecologista con el Premio "Marea negra". Pero ya se sabe que cada uno encuentra sobre su frente los laureles que se ha buscado.


Contra la Constitución, hacia el Estado plurinacional

Pero volvamos al caudaloso historiador y examinemos con afán no exhaustivo pero sí ilustrativo algunas de sus falacias más palmarias. Comencemos por aquella que, con motivo de la frondosa polémica que en torno a la reforma de la enseñanza de las Humanidades ocupó nuestra ágora pública a lo largo del evocador año de 1998, presenta a la intelectualidad española escindida en dos bandos ferozmente contrapuestos, uno defensor intransigente del patriotismo constitucional y denigrador despiadado de los nacionalismos periféricos y otro, víctima indefensa del primero, comprometido con las reivindicaciones de los nacionalismos democráticos vasco, gallego y catalán.

Tal como se pinta a estos dos equipos empeñados en tenaz torneo, el propiciador de la vigencia de la Constitución de 1978, es decir, el partidario de mantener una sensata cohesión nacional española compatible con la pluralidad, representa al unitarismo a ultranza y, tras su astuta apelación a valores universales, se oculta el castellanismo más rancio y la negativa sistemática a comprender, aunque sea parcialmente, las razones de la otra parte del litigio. Las voces que se alzan a favor de las tesis pujolianas y arzallucianas son vistas, en cambio, como merecedoras de una mayor atención y de una cierta protección, débiles cañas dobladas por el rugiente vendaval españolista. Además, y ésta es la componente más sutil de la falacia, si se enfrentan dos luchadores irreconciliables, es aconsejable buscar un justo término medio que sirva de receptáculo para un conciliador encuentro. y como lo que los nacionalistas discuten es el fundamento mismo de la vigente Constitución, a saber, la soberanía indisoluble de la Nación española, se trata, en aras del armisticio, de desplazar el fiel de la balanza hacia las pretensiones fragmentadoras contenidas en la Declaración de Barcelona y en el Pacto de Estella. Dicho en otras palabras, lo que hay, es decir, el actual Estado de las Autonomías, concebido como la organización descentralizada del poder adecuada para una Nación plural, no es la síntesis armonizadora que permite la convivencia, sino un polo afilado de una dicotomía insoportable, ergo hay que avanzar sin vacilaciones hacia el Estado plurinacional. En este contexto, no cabe duda de que el papel de los árbitros que soplan sin cesar el silbato del consenso que calme por fin el "conflicto político", emerge notablemente airoso.


El concepto étnico de nación

Otra pieza capital del cuerpo de pensamiento afanosamente articulado por los intelectuales orgánicos de los nacionalismos centrífugos, consiste en cultivar sutilmente una huidiza confusión terminológica que dificulta enormemente una controversia mínimamente rigurosa, por el agotamiento que produce la descripción de un paisaje perpetuamente cambiante. Locke nos advirtió que el "uso dudoso e incierto de las palabras" podía estropear cualquier intento de comprensión mutua hasta convertirlo en un choque intemperante. Pues bien, resulta poco menos que imposible que la brigada académica pro-nacionalista especifique con claridad qué significa en su discurso la palabra "nación". y es precisamente de este empleo deliberadamente oscuro de dónde deriva gran parte de la tensión asociada a este debate. Si bien, tal como nos reconviene paternalmente el ponente constitucional de marras, es altamente peligroso valerse de vocablos con "garras y pico", todavía lo es más escudarse tras términos que tornasolan proteicamente su contenido según convenga.

Cuando el historiador-consensuador o el ponente constitucional-arqueólogo antes aludidos hablan de "naciones" y las contraponen a los "Estados", y aseguran que en el mundo existe una pléyade de Estados que no son Estados-Nación, sino Estados en cuyo interior bullen más o menos inquietas varias naciones, se atienen sistemática, pero siempre elípticamente, al concepto étnico de nación, o sea, a la nación entendida como un colectivo humano esencial y primigenio definido selectiva y arbitrariamente por la raza, la lengua, la religión, determinadas tradiciones o costumbres, o el recuerdo húmedo de soliviantadores mitos remotos. No admiten que sus oponentes dialécticos, sean éstos el Foro de Ermua, el Foro Babel, Convivencia Cívica Catalana, o Mario Vargas Llosa, puedan entender la nación de otra manera, y que al insertar esta palabra en una frase se refieran a otra cosa muy distinta y, desde luego, superior, a la amasada con la pasta del Volksgeist. De esta manera, garantizan que un testigo no avisado de la polémica la perciba como suscitada entre los adalides de identidades étnicas distintas y no superponibles ni congruentes, y en la que los autodenominados "constitucionalistas" son en realidad españolistas furibundos empeñados en imponer a las bravas la identidad dominante y prepotente castellano-imperial a las oprimidas nacionalidades periféricas.

Ignorando de mala fe que haya quien entienda por "nación" la envolvente cívico- racional de la pluralidad étnica, capaz de delimitar un único espacio de convivencia armónica configurado por un conjunto de leyes de aplicación general, un sistema de ayuda mutua, la toma de decisiones colectivas mediante la regla de la mayoría con respeto a las minorías, y la garantía de derechos fundamentales y de. libertades civiles y políticas para todos los individuos sin excepción un ámbito, en suma, civilizador y civilizado en el que distintas lenguas, religiones, colores de piel o hábitos de vida puedan compartir fecunda y pacíficamente metas comunes y habitar en una sola polis que les proporcione un nivel ético-político superior y superador de diferencias morfológicas, sentimentales o culturales que nada o poco significan a la hora de reconocemos unos a otros ante todo como seres humanos merecedores de respeto y sujetos inalienables de valores morales universales, haciendo oídos sordos en fin a las reiteradas apelaciones de los estigmatizados como anti-nacionalistas, o, lo que es peor y más peligroso, como anti-catalanes o anti-vascos, a alumbrar otra idea de nación, una idea que cohesione en vez de separar, que reúna en vez de dispersar, que articule en vez de desconyuntar, que rezume afecto en vez de odio, que incluya en lugar de excluir, que abra en vez de cerrar, y que se proyecte hacia delante sin olvidar los errores del pasado para no repetirlos, los intelectuales orgánicos de los nacionalismos secesionistas alimentan ciegamente la hoguera que afirman querer apagar, y nos arrastran irresponsablemente hacia el abismo. Resulta estremecedor comprobar hasta qué extremos personas pretendidamente cultivadoras del método científico pueden sacrificar el rigor de su pensamiento en aras de la soberbia, el resentimiento, la codicia o el puro y simple miedo.


Pluralismo ideológico frente a la horda

Un dato que debiera llamar a reflexión a los predicadores de soluciones imaginativas para el contencioso nacionalista español contemporáneo, consistentes básicamente en la dinamitación del gran pacto civil de 1978, pero un dato que por desgracia sólo les desconcierta o les irrita, es la asombrosa transversalidad ideológica de la animosa hueste constitucionalista.

La voluntad de salvaguardar el valioso patrimonio ético, social y político adquirido durante la transición a la democracia hace un cuarto de siglo, ha producido curiosas coincidencias y colaboraciones que sí son imaginativas, además de reconfortantes. Plataformas cívicas en las que gentes partidarias de modelos sociales y económicos muy variados trabajan hermanados sin ningún complejo en defensa de una sociedad abierta; personas inequívocamente adscritas al pensamiento de izquierdas que apoyan públicamente a notorios liberal-conservadores en actos de homenaje y viceversa; iniciativas ciudadanas impulsadas al alimón por militantes e incluso dirigentes de los dos grandes partidos nacionales, que aparecen juntos en ecuménicas fotografias que rompen estereotipos y saltan barreras de siglas encarnizadamente adversarias; desplazamientos heterodoxos de porcentajes apreciables de votantes de un color hacia otro y del otro hacia el uno como reacción frente a los excesos coactivos de los nacionalismos identitarios, fenómenos inéditos que demuestran la gravedad de la amenaza que se cierne sobre nuestro sistema de convivencia.

Cuando se postula el divorcio entre el Estado y la Nación y se señala la dificultad de construir ambas entidades en paralelo, se sigue insistiendo en el concepto étnico de nación. Mientras la nación se defina por un manojo de instintos primitivos y preracionales, el odio al extraño, la identidad individual indistinguible de la grupal, o la incapacidad de compartir derivada de la lucha por la subsistencia en un medio natural hostil, y mientras el Estado se asimile a un frío caparazón jurídico-político-administrativo de quita y pon desprovisto de alma, jamás se apaciguará el desasosiego nacionalista.

Hemos de liberamos de este enfoque en el que nos tienen encerrados los intelectuales orgánicos de los particularismos segregadores. Es la nación, la nación cívica y constitucional, y no exclusivamente el Estado, la que no tiene por qué ser culturalmente homogénea; no es la nación, es la horda la que no tiene otro remedio que asumir su monocromatismo onomatopéyico, pero ¿quién quiere a estas alturas del devenir de la Humanidad corretear por la selva en pequeños tropeles de cazadores-recolectores? El Estado liberal y democrático actual no es la máquina unificadora y laminadora de la pluralidad cultural y lingüística interna que tuvo su apogeo en la segunda mitad del siglo XIX. Muy al contrario, procura la compatibilidad entre unidad y diversidad, pero a condición de rescatar a la Nación de la sima tenebrosa de la prehistoria. Las grandes organizaciones unificadoras supranacionales, tales como la Unión Europea, son la culminación esplendorosa de este positivo proceso de dilatación y complejización de las identidades.


Nacionalismo étnico y nacionalismo cívico

Nuestro historiador-mediador ha llegado a escribir, en su deseo de exculpar y dignificar a los micronacionalismos independentistas que agrietan los Estados democráticos, que dado que todo nacionalismo tiene como sustento un factor étnico y siempre ha de pretender estar dotado de un elemento cívico, la distinción entre nacionalismo étnico y cívico carece de sentido. Brillante conclusión, que basta, ella sola, para deshonrar, salvo contrición posterior, toda una trayectoria académica. Porque, ¿cómo no vamos a separar un nacionalismo que, en sus versiones extremas, mata, secuestra y vandaliza en nombre de la identidad nacional, y que, en sus modalidades blandas, ahoga los derechos individuales en los campos cultural y lingüístico para imponer un estereotipo consagrado dogmáticamente como el auténticamente "nacional", de otro que pacifica, armoniza e integra las diferencias bajo el manto de valores morales superiores como la libertad, la igualdad, la solidaridad y la justicia? ¿Cómo se puede sentar semejante tesis cuando la experiencia histórica ha demostrado inapelablemente, tal como ilustran siniestramente los carteles insultantes que manchan esta noche las paredes de esta venerable casa, que es precisamente en el momento en que el nacionalismo étnico aplasta al nacionalismo cívico cuando las sociedades humanas son asoladas por la barbarie más abyecta?

Se puede reclamar un origen común para la democracia y para el nacionalismo con el argumento de que la liberación de los individuos y la asunción por las naciones de su propio destino surgieron simultáneamente en el siglo pasado, e invocar en este aspecto una cierta racionalidad para la idea de nación. Las brutalidades perpetradas en nombre de la pureza racial o del derecho sagrado al lebensraum dimanarían desde esta perspectiva de la divergencia patológica posterior de esos dos conceptos, el democrático y el nacional, que pese a todo vieron la luz juntos y que son naturalmente acoplables. Siguiendo esta línea, está muy bien recordar que Finkielraut ha apuntado que "la democracia necesita un cuerpo" y que Montesquieu descubrió hace más de dos siglos que "incluso la virtud requiere límites geográficos" y que, por tanto, salvo desviaciones excepcionales y, por supuesto, condenables, nación y democracia son dos caras de la misma moneda.

Sin embargo, estas pías consideraciones omiten un detalle fundamental: si la nación erigida es la nación étnica, la democracia se resiente invariablemente, cuando no es destruida sin contemplaciones. En efecto, una nacionalización sobre bases identitarias religiosas, culturales o raciales llevada a cabo en sociedades confesional, cultural o étnicamente heterogéneas colisiona sin remedio con la sustancia misma de la democracia, que es el reconocimiento y el respeto a los derechos de los individuos y de las minorías. La virtud cívica en España ya tiene un sujeto soberano, obviamente no homogéneo ni antropomorfizado, que la practica y la consolida, y es el conjunto del pueblo español, perfectamente delimitado en la Constitución en sus contornos demográficos y geográficos. Si, por poner un ejemplo dolorosamente actual, el País Vasco se separase de España bajo la égida del nacionalismo identitario de sustrato étnico, esa virtud devendría imposible en los tres territorios vascongados, y ya no digamos en Navarra o en el País vasco-francés, dado que el ejercicio pacífico y sin trabas de la pluralidad quedaría vedado a sus ciudadanos no nacionalistas, abandonados a la opresión inmisericorde de ET A y sus aliados "democráticos". Así, la Nación española plural renacida en 1978, solar de libertades civiles y políticas y dotada de un sistema garantista plenamente desarrollado, no sólo no representa ninguna cortapisa para la manifestación de los rasgos específicos de los distintos pueblos que la componen, sino que su integridad territorial y política es un requisito indispensable para que dicha pluralidad no se vea reprimida ni amenazada.


Los falsos "pacificadores"

Pero pasemos a otra de las añagazas favoritas de historiadores equidistantes y de transformadores del Derecho Público en retromoviente máquina del tiempo. Se trata de reprochar ecuánimemente a los dos contendientes en litigio, nacionalistas identitarios y adherentes a la Nación constitucional, la falta de una verdadera voluntad de resolver el conflicto, de no acertar en su correcta definición. El corolario de esta regañina bidireccional, que iguala implícitamente a Josu Ternera con Jaime Mayor ya ET A con la Guardia Civil y los jueces, es la necesidad de un "buen tratado de paz". Hay que aproximar posiciones, se reitera, hay que dialogar incansablemente, incluso intercambiando propuestas políticas en plena violencia vesánica. Nada más debilitador del Estado democrático que esta viscosa mediación, que confunde y desmoraliza a una opinión pública hastiada de muertes in justificables y deseosa de dejar atrás la pesadilla del terror. Este tipo de recetas para relajar tensiones centrífugas equivale a dar solapadamente la razón a los que esgrimen pistolas en lugar de razones.

No hubo medias tintas entre el comunismo y el liberalismo. El colectivismo totalitario fue derrotado sin paliativos, intelectual, económica y políticamente, y la socialdemocracia, cuya versión posmoderna es la tercera vía blairita, no es una síntesis entre comunismo y liberalismo, sino una versión más o menos comunitarista de este último. Igual que lo fue el incorrectamente denominado socialismo real, el nacionalismo identitario, como doctrina social y política, ha de ser vencido democráticamente en el campo de las ideas y de la realidad tangible, porque no se sostiene ni un minuto a poco que se le dedique un análisis racional o un examen objetivo de sus logros históricos o de sus tropelías actuales. No hay que aproximar posiciones con los nacionalismos étnicos, por mucho oxígeno conceptual u ornamentación jurídica bajomedieval con los que se les recubra. Deben ser combatidos sin cuartel con las solas armas de la razón y de la exigencia moral hasta su neutralización definitiva. Me alegra enormemente que el más reciente José María Aznar haya llegado a esta misma conclusión, no por tardía menos certera, que es de esperar sea asimismo un propósito irreversible que no conozca excepciones y no oscile al vaivén de las coyunturas electorales.


Intelectuales orgánicos de la barbarie

Al conminar al Gobierno a detener la espiral acción-reacción que alimenta la violencia, al tiempo que advierte que la represión dura exacerba el espíritu de lucha de los terroristas, la intelectualidad orgánica al servicio de los nacionalistas invita al Estado democrático a bajar la guardia y colabora indirectamente con la deriva alarmante que nos arrastra desde la España de las Autonomías hacia la Confederación Ibérica, entelequia tan querida por Unió Democratica y por el ilustre exhumador en nuestro país de los Derechos Históricos.

El anhelo de autogobierno siempre ha sido incomprendido en España, empezando por Olivares y acabando por Azaña, se lamentan los pensadores de cámara de Pujol y Arzalluz. Nunca se ha producido un fraternal encuentro entre los que se quieren marchar y los que no están dispuestos a que se vayan y ésta es la gran tarea histórica pendiente, se proclama grandilocuentemente para regocijo de los liquidadores de la Constitución de 1978. Se ha llegado a dar la alarma ante lo que se ha descrito como la inversión de la corrección política imperante a finales de los setenta, cuando los nacionalismos "moderados" eran objeto de toda suerte de halagos y deferencias casi universales, mientras que hoy reciben durísimos varapalos doctrinales y críticas de inusitada dureza procedentes del mundo universitario y periodístico, tanto del afín al centrismo reformista como del próximo a la socialdemocracia de diseño. Este giro agresivo contra sus protectores provoca el disgusto indisimulado de los valedores dialécticos de la identidad excluyente, que se resisten a reconocer que, una vez desaparecido el franquismo, y tras más de veinte años de experiencia atormentada de las hazañas disgregadoras acometidas por los partidos nacionalistas, ya se les empieza a conocer, ya sus intelectuales orgánicos, también.

Y así, de elaboración teórica del Estado de los Fragmentos Yuxtapuestos a llamadas a la claudicación frente a la presión asesina, pasando por retorcidas relecturas pro autonómicas de la Constitución, una laboriosa tropilla de polígrafos, juristas, columnistas, ensayistas, tratadistas, novelistas y poetas que orbitan en torno a la Playa de Sant Jaume o al palacio de Ajuria Enea, ha abandonado la belicosa condición de engagés para descender a la de atrapés, situación que si bien permite poco margen de maniobra a la independencia neuronal, es de suponer que no dejará de proporcionar atractivas compensaciones materiales e inmateriales a los que la han elegido. Por lo menos, la magnitud de las ventajas obtenidas ha de ser suficiente para hacer soportable la incómoda postura de permanente postración ante un ídolo ensangrentado que exige a sus adoradores que cierren los ojos a las Luces de la razón y de la vida para vivir en las tinieblas del instinto y de la muerte.

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comentarios
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Entre nacionalismos anda en juego
Sebastià Moranta

El señor Vidal-Quadras, vocero profesional de las maldades del pujolismo y lo que él denomina "nacionalismo étnico", tiene todo el derecho a seguir luciendo palmito en diversas publicaciones de ideología azul que se autodenominan siempre (qué curioso!) "liberales". Al fin y al cabo el tío sabe escribir, no cabe duda, y para eso le pagan.

Lo que no es de recibo es pretender que el meollo ideológico que anima al señor Vidal-Quadras no constituye en sí mismo un NACIONALISMO (fundado, simple y llanamente, en la aceptación y alabanza del mito de la España una e indivisible, servido por la Historia y la Providencia) enfrentado a otro, al "otro", a aquél que se apoya en unas concepciones parecidas, pero cuyo objeto de adoración no constituye "España", sino otra noción/nación territorial, cultural, etc. El señor Vidal-Quadras es tan loable o tan peligroso como el señor Arzalluz, y que sus planes me encandilen o me espanten dependerá, al fin y al cabo, de cual sea mi posición, de dónde me encuentre, de quiénes sean, según mi albedrío, "los míos".

Los del bando azul de Vidal-Quadras son muy listos, cuando menos, en una cosa: han sabido estigmatizar el término "nacionalismo", aunque no les habrá costado mucho, pues los del otro bando lo asumen con orgullo. "Nacionalismo" es un concepto que causa espanto en media Europa, con lo cual ciertos partidos deberían pensar en cómo rebautizar el producto que ofrecen.

En cualquier caso, es lamentable ver cómo los Vidales-Quadras han ido secuestrando toda la "moderación", el "sentido común", el constitucionalismo, el Estado de Derecho... Se han llenado la boca de bellas palabras e intentan pasar la pelota del totalitarismo al otro.

Admiro la equidistancia: me pido un palco para contemplar, con amargura e interés, cómo los dos rebaños nacionalistas (los Vidales-Quadras y los otros) se tiran los trastos a la cabeza. Tal vez ese palco es Internet y tal vez por eso vivo en Alemania, en una suerte de feliz retiro voluntario; me lo decía no hace mucho un amigo: "Olvídate del suroeste de Europa: nada tienes ahí que ganar, y sí mucho que perder."

Ya es hora de que, al próximo que nos sermonee sobre la imposibilidad de la equidistancia, al próximo que nos prevenga de esta presunta "falacia" y nos repita que debemos elegir entre Aznar y los pistoleros, lo enviemos respetuosamente a la mierda.

Siga con su lección, señor Vidal-Quadras. Seguro que en Palencia o en Badajoz le vitorearían más que en su Cataluña españolísima, pero en fin: usted mismo. Por lo visto, lo que a usted le pone es convertir pérfidos catalanes de alma republicana, esos "lobos con piel de cordero". No desespere. ?

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"España que horror, perdón he dicho España"
Muntaner Willians

Señor Vidal Quadras.

Magnifico articulo
Yo soy mallorqu,in de raices catalanas, madrileño de raices vallisoletanas, norteamericano de raices checoslovacas, criado en Madrid, Mallorca e Inglaterra mas en los Estados Unidos.
Vivo ahora en Baleares, aqui es peligroso decir que uno se siente Español en realidad es un anatema, una lascivia esto significa ir en contra el sistema de pequeños politicos corruptos, que viven en su endogamia, xenofoba y pueblerina, retroalimentandose continuamente "Eso si" ellos se mueven, ellos se mofán de los inmigrantes de la peninsula, de gentes de Palencia, Murcia, etc, que viene a ganar su jornal libremente , como ciudadanos Europeos que són, en cambio se doblegan mezquinamente ante el capital Aleman y Britanico.

Jamas me pense que España, acabara siendo una caricatura triste de una pelicula de Berlanga, hoy en dia la palabra España se tiene que decir a sotto voce en bajito y con miedo.
Creaselo o no, en Mallorca el PP practica un refinado apartheid a todo lo foraneo con tufo de castellano parlante, tenemos un PP que en Madrid dice una cosa y aqui practica otra.
Conclusion mejor ser Ucraniano o Moldavo en Baleares, que simplemente llamarse Pablo Perez.

Son los ayuntamientos quienes fomentan el racismo y el auto bombo de pueblos escogidos, que triste es que Baleares sea tan cosmopolita y tan cerrada e excluyente.
Le saludo y le ruego,encarecidamente que necesitamos un nuevo centro politico , que nos libre de estos politicuchos de corruptelas y falta de etica profesional.


Att Un ex votante del PP.
Sr .Muntaner Willians?