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La Ilustración Liberal

Aznar y el poder

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Al conocer los resultados de las elecciones de Marzo de 2000, que daban a su partido una holgada mayoría absoluta, José María Aznar López dijo en voz alta a los que le rodeaban: "Ha terminado la Guerra Civil". ¿Se había vuelto loco el presidente en funciones y candidato triunfante? ¿Había perdido el seso por culpa de la tensión electoral y se creía Francisco Franco el primero de abril de 1939? ¿Iba a provocar semejante desvarío la lógica desconfianza entre su gente? Pues no. La política española es tan peculiar que el supuesto disparate era absolutamente razonable. Todos entendieron que Aznar podía muy bien felicitarse por el fracaso de la estrategia del principal partido de la Oposición, el PSOE, y de su padrino mediático, el grupo de comunicación presidido por Jesús de Polanco, que habían recurrido una vez más durante la campaña electoral al fantasma de la Guerra Civil. Baste un ejemplo: en su programa de fin de semana en la Cadena SER, Fernando Delgado dijo que la victoria del PP sería la de los asesinos de García Lorca. Y no fue una improvisación desdichada o un exceso verbal del que la radio polanquista le obligara a arrepentirse. Lo repitió el fin de semana siguiente, ya con los ciudadanos al borde de las urnas. Así que, vistos los resultados electorales, o bien hay diez millones de asesinos virtuales de Lorca en la España del año 2000, o bien los españoles tienen una infinita capacidad de asimilar majaderías cainitas.

En realidad, desde las elecciones de 1993, convocadas por González en pleno escándalo de la financiación ilegal de su partido (caso Filesa), el "felipismo" político y periodístico había identificado machacona y sistemáticamente el posible acceso del PP al Gobierno no con una razonable alternativa democrática después de tantos años de aplastante hegemonía socialista, sino con la implantación de una dictadura de derechas, con la vuelta del franquismo e incluso, subliminalmente, con el mismísimo régimen nazi, a través de un célebre vídeo de propaganda que identificaba a Aznar y al PP con un feroz doberman. No se trató de la exageración propia de la pugna política ni de un temor real de los socialistas a un supuesto autoritarismo del PP, sino de una estrategia electoral deliberada y fríamente calculada que, por otra parte, se reveló muy eficaz. Cavando nuevamente la trinchera de las dos Españas, cultivando el recuerdo manipulado de la Guerra, invocando rencores y terrores casi olvidados, los socialistas trataban de impedir o dificultar la fuga de votos de la Izquierda a la Derecha dirigida por José María Aznar. Y lo consiguieron. Pudieron dilatar tres años su salida del Gobierno y preparar concienzudamente su paso por los juzgados para responder de los muchos delitos cometidos en sus años de poder.

Era, pues, la probada eficacia de esa estrategia propagandística, el efecto devastador para la alternancia democrática que la apelación guerracivilista tuvo en las elecciones de 1993 -que a pesar del escándalo ganó cómodamente González- y en las de 1996 -donde sólo perdió por 300.000 votos-, lo que motivaba la frase de Aznar, mezcla de amargura y alivio: "Ha terminado la Guerra Civil". Si la campaña del PSOE en 2000 fue, en términos políticos, desvaída y caótica, con un candidato llamado Almunia que tan pronto aparecía de compañero de viaje de los comunistas como de testaferro del anticomunista Felipe González, la campaña periodística contra Aznar, protagonizada fundamentalmente por los medios de Polanco, fue decidida, implacable, feroz. Y culminó con una cascada de comentarios editoriales insultantes contra el Presidente del PP por haberle negado en el cierre de campaña una entrevista al diario "El País". No es que ese gesto de Aznar, a quien las encuestas vaticinaban una victoria ajustadísima, careciera de valor y de significación. Al contrario: desafiar al grupo de comunicación más poderoso y supuestamente influyente de España negándole la posibilidad de maquillar su animadversión con una entrevista de trámite al final de la campaña añadía un valor muy especial a la mayoría absoluta. El propio Aznar comentaba en privado pocos días después de su victoria que la decisión de no hablar con los grupos de Polanco la tomó personal y exclusivamente él, contra la opinión horrorizada de todos sus asesores electorales. Y lo recordaba con indisimulable satisfacción, como si esa hubiera sido su auténtica y más difícil victoria política. ¿Acaso no es así? ¿Qué significa ese "final de la Guerra Civil" en la España de hoy?


Derecha e Izquierda en la lucha por el poder

Hay que recordar que la guerra civil de 1936-39, aunque suela presentarse manipuladamente como una rebelión de la derecha cerril, fascista y militarista contra una bucólica II República, ilustrada y democrática, fue en su origen una lucha a la desesperada de la derecha religiosa, política y social para evitar su aniquilación por una izquierda sectaria y decididamente revolucionaria. La guerra civil comienza de hecho en Octubre de 1934, cuando el PSOE, el PCE, los anarquistas y los nacionalistas catalanes, que se niegan a aceptar su salida del Poder en un régimen que consideraban de su exclusiva propiedad, tratan de impedir mediante la violencia la llegada al Gobierno de la derecha democráticamente vencedora en las urnas. Esa revolución de la izquierda y el nacionalismo separatista contra el Gobierno legítimo, derrotada dentro de la legalidad republicana por la derecha democrática de Lerroux, siguió siendo reivindicada, incluso después de su fracaso, por republicanos de izquierdas, socialistas, comunistas y nacionalistas.

Ese mismo bloque revolucionario, agrupado tras las siglas del Frente Popular, vencedoras en las elecciones de Febrero de 1936, no sólo elogiaba y amnistiaba el terrorismo revolucionario de dos años atrás, sino que, en boca del líder socialista Largo Caballero, el "Lenin español", propugnaba la implantación de la dictadura del proletariado al modo soviético. De hecho, tras el parcialmente fallido alzamiento militar del 18 de Julio, el Gobierno del propio Largo Caballero destruyó cualquier forma de legalidad republicana sustituyéndola por un régimen de terror revolucionario. La dictadura en el bando republicano y en el nacional, la represión en las retaguardias, las infinitas atrocidades de la guerra civil no fueron sino expresión de una durísima y sangrienta lucha por el Poder que la Izquierda creyó ganar y acabó perdiendo. El régimen franquista, que nace de la Guerra y que ha marcado indeleblemente la vida y la sensibilidad política de tres generaciones de españoles, se consideró en perpetua guerra civil contra la que llamaba y se llamaba España Roja. También, en la propaganda de la dictadura y en la realidad del nacionalismo vasco y catalán, la "Antiespaña".

La transición democrática después de la muerte de Franco consistió básicamente en que media España renunciaba a su ya lejana victoria en la Guerra Civil a cambio de que la otra media renunciara a la derrota, esto es, a la revancha. Se entiende o se entendía entonces que no cabía renunciar a los hechos históricos, ya irreversibles, sino a la legitimidad de las razones de ambos bandos para seguir haciéndose la guerra y para mantener indefinidamente la división en dos Españas. En realidad, la aceptación común de que se trataba de dos Españas, y no de una España y una Antiespaña enfrentadas interminablemente, abría el camino a la paz. Ese acuerdo nacional, implícito y explícito, tuvo el respaldo abrumadoramente mayoritario de la sociedad española y se mantuvo como discurso político desde el poder durante los gobiernos de Suárez y Calvo Sotelo (1977-82), incluso en circunstancias tan dramáticas como el golpe de estado del 23-F y el largo juicio militar posterior. Duró hasta la autodestrucción de UCD y la victoria del PSOE por una mayoría aplastante, diez millones de votos y 202 escaños, en 1982.

Pero con la llegada del PSOE de Felipe González al Gobierno, el sectarismo y el revanchismo se impusieron. La división entre los supuestos herederos de los "rojos" y los "fachas" -ambos términos recuperados por la izquierda en el Poder- se reprodujo a escala funcionarial y administrativa. La revisión de la Historia se convirtió en reescritura y sistemática falsificación. Los valores de la izquierda, sorprendente e incondicionalmente aliada desde los años 70 en medios intelectuales y políticos, aunque no en su base social, con el nacionalismo catalán y vasco (casualmente o no tan casualmente los mismos aliados del 34 y de la Guerra Civil) se identificaron abusivamente con los de la democracia y la libertad. Y siempre sobre el fondo de una guerra civil que, según la falsificación "progresista" hoy todavía en vigor, habría ganado una Derecha que era sólo fascismo y analfabetismo a una Izquierda que era todo cultura y amor a la libertad.

Lo curioso es que la derecha franquista, que trajo la democracia en 1977 y entregó el poder a la izquierda con exquisita cordialidad en cuanto ésta gano las elecciones, tuvo desde el principio un complejo de origen ante la izquierda que el PSOE utilizó ya implacablemente contra Suárez y Fraga y que no ha dudado en esgrimir igualmente desde el poder contra quien, como Aznar y el actual grupo dirigente del PP, no había tenido, por simples razones de edad, ninguna responsabilidad política durante el franquismo. En realidad, cuanto más lejos quedan la guerra y el franquismo, no ya de la derecha política -que ha tenido, insistimos, un comportamiento impecablemente democrático durante las cuatro legislaturas consecutivas de gobiernos socialistas- sino de la propia sociedad española, más se empeñan en resucitarlas el PSOE y los nacionalistas para arrinconar al PP. En el último año del gobierno del PP en minoría se han votado en las Cortes a propuesta del PSOE y el PNV sendas resoluciones sobre el bombardeo de Guernica y el alzamiento de Julio de 1936 que no tenían otro objeto que tratar de identificar al PP con la Guerra Civil y la dictadura franquista. Naturalmente, para deslegitimarlo, aunque el Sistema democrático quedara así indirectamente dañado.

Se comprende, pues, que Aznar estuviera especialmente sensibilizado en la noche del triunfo electoral. Pero no era sólo por los sucesos recientes ni por el irritante contratiempo que provocaba esa utilización de la Guerra Civil por sus adversarios. En rigor, para Aznar y para los políticos liberales o liberal-conservadores de su generación, a la que pertenezco, la idea de España y la creación de un régimen de libertades, de un estado democrático y de derecho plenamente incorporado a Europa y Occidente, están íntimamente ligados a la resolución del conflicto moral y político que supuso la Guerra Civil. Sólo sacando correctamente las lecciones de aquel terrible suceso cabe fundar una relación de los españoles con el poder político que no sea a vida o muerte y que merezca figurar bajo el nombre de ciudadanía o civilización. Por eso, estudiar la idea del poder que tiene Aznar, la visible en su biografía política y la que ha defendido como deseable para todos los españoles frente a la del PSOE gobernante, tiene un significado especial después de esas elecciones de 2000 a las que llegó con un ejercicio del gobierno políticamente notable y económicamente muy eficaz, pero con una base parlamentaria tan escasa que le ha obligado a continuos equilibrios para mantenerse en el poder.

Como primera providencia, tuvo que archivar su programa político en espera de tiempos mejores y de una más favorable correlación de fuerzas. Esos tiempos han llegado. El Gobierno de Aznar tiene todo el poder que una vez soñó. Ahora, pues, que ha conquistado la mayoría absoluta, que ha vencido la propaganda de la Izquierda, que ha declarado, a efectos simbólicos y políticos, que "la Guerra Civil ha terminado", es el momento de examinar de cerca su idea de España, su idea de la libertad y de la vida pública, porque de ellas ha de salir una nueva situación política, mejor o peor pero, en todo caso, definida por la relación del ciudadano con el poder. Hoy, el poder político en España se llama José María Aznar. Pero, realmente, ¿cómo entiende Aznar el Poder?


Biografía de un superviviente

Para empezar, José María Aznar, por razones estrictamente biográficas, sólo puede entender el poder político de una forma dramática y providencialista, como la lucha y prevalencia de la suerte contra la muerte. Con sus hijos, van ya cuatro generaciones sucesivas de Aznar viendo a sus cabezas de familia sobrevivir de milagro al terror izquierdista. El abuelo, Manuel Aznar, encarcelado en una "checa" madrileña (Las Cuatro Fanegas) y condenado a muerte, pudo evadirse gracias a un amigo anarquista que lo sacó de la checa y de Madrid. Tras pasar a Francia, volvió a la zona nacional por Zaragoza, fue detenido, enviado a Valladolid y de nuevo condenado a muerte, escapando del fusilamiento por la intercesión directa del General Yagüe. Volvió a marcharse a Francia y regresó para convertirse en historiador militar de Franco, de quien era amigo y admirador desde la guerra de África, y en uno de los periodistas más influyentes del régimen.

El padre de Aznar, primogénito del célebre periodista y llamado igualmente Manuel, tenía veinte años cuando estalló la guerra y también fue detenido, pasó por otra checa madrileña distinta de la de su padre (Siete Fuegos), pero pudo salir vivo, se marchó al otro lado y acabó la Guerra como alférez provisional. Muchas familias vieron cómo padres, hijos e incluso nietos eran fusilados en Madrid, capital de la supuesta legalidad republicana, sin más delito que el de estar identificados con "las derechas". Los Aznar sobrevivieron. El hecho sería importante en cualquier país y en cualquier época, salvo en la España actual, donde no resulta historiográficamente de interés. Entre los libros sobre Aznar, sólo el primero, "El vuelo del halcón" de Graciano Palomo (Temas de Hoy, Madrid, 1990), investigó con detalle -y no precisamente a favor del entorno- ese ámbito biográfico, clave en la forja de la personalidad de cualquiera y mucho más en la delimitación de las ideas, los valores, las filias y las fobias de un político importante.

Por otra parte, lo que podríamos llamar "la suerte de los Aznar" salvó al actual presidente del Gobierno de morir asesinado por la banda ETA, síntesis de los dos enemigos tradicionales de la derecha española: el izquierdismo y el separatismo. Por una décima de segundo se libró de la bomba que los terroristas hicieron estallar al paso de su coche blindado cuando aún era jefe de la oposición. Otro signo del destino: Aznar nació en la calle Claudio Coello, la misma en la que veinte años después el presidente del Gobierno de Franco, almirante Carrero Blanco, fue asesinado por los terroristas de ETA mediante una bomba que hicieron estallar bajo su coche blindado. Carrero voló hasta el tejado de un edificio próximo. Aznar salió del coche por su propio pie, con un leve corte en la mejilla. La derecha, naturalmente.

En los días que siguieron, el propio Aznar y su esposa Ana Botella hacían bromas sobre el carisma cuya falta se había reprochado a menudo al líder del PP y que, al menos entre sus votantes y simpatizantes, le habría conferido el atentado. El humor suele ser una forma de evadir el susto reciente y nadie podría reprochárselo en tales circunstancias. Pero tiene además cierto morbo histórico buscar la filiación de ese carisma entre la barakka que suele atribuirse al militar al que las balas respetan y la suerte que acompaña al político en peligro de muerte, ya que de lo primero es ejemplo legendario Francisco Franco, y de lo segundo, en nuestros días, José María Aznar. Sobre ese pasaje absolutamente esencial en su vida personal y política, aunque se haya evitado cualquier utilización política, ni el entonces jefe de la oposición, por pulcritud moral, ni el gobierno del PSOE, que tuvo un comportamiento sencillamente miserable tras el fallido magnicidio, han vuelto a hablar nunca. Y, sin embargo, es una experiencia de la que nadie puede salir como entró.

En aquellos días, los que se acercaban a Aznar y a su esposa en los mítines, muchas veces con lágrimas en los ojos, les decían que rezaban mucho por ellos, que los habían puesto bajo la protección del santo o la virgen de su predilección y trataban de tocar, besar y acariciar a la pareja como si fuera realmente sagrada, como un bulto familiar de significado trascendente. Ana Botella se emocionaba más que Aznar al ver esas muestras de cariño, pero también entre los colaboradores políticos más próximos y entre los que seguían más de cerca su carrera caló la evidencia de que el sobrevivir al atentado etarra sellaba una especie de pacto de sangre entre Aznar y su electorado. Tanto, que desde entonces dejó de hablarse de posible sustitución en el liderazgo de la derecha. Aquel hombre tan reservado, discreto y tímido había demostrado que no sólo no le temía al indestructible e hipercarismático Felipe González, sino que tampoco se asustaba ni perdía la sangre fría ante la mismísima muerte. Hubo ahí, en torno a la fosa vacía, un momento de confirmación afectiva, un punto de no retorno en la alianza invisible del líder y la masa que, por más que no se haya utilizado políticamente, sería un error minusvalorar en el pasado inmediato y en el inmediato futuro. Hay cosas que no suceden impunemente. En los mítines de 1996, por ejemplo, el candidato era recibido entre aclamaciones y al grito de "¡Torero, torero!" Ese providencialismo que divertía y halagaba a Aznar, esa superstición mucho más extendida y eficaz de lo que pudiera pensarse sobre el liderazgo político, que marcó toda la época de Franco como "salvador de España", de una parte físicamente sustancial de ella y de la propia idea nacional para un gran número de españoles, de algún modo se transmitió al líder que más eficazmente ha trabajado por la supervivencia política de la derecha desde 1936.


El franquismo sociológico

Los medios de comunicación felipistas han insistido mucho, de forma tan sectaria como desenfocada, en una supuesta proclividad juvenil del joven Aznar hacia la Falange Auténtica, grupo o tendencia numéricamente irrelevante y en la línea de lo "social" del Movimiento Nacional. En realidad, las ideas políticas de aquel universitario eran tan poco claras como las de toda su generación, que es la mía. Probablemente la diferencia entre izquierdas y derechas se resumía en tener mucha, muchísima ideología -la izquierda- o desconfiar de toda ideología -la derecha. Si los izquierdistas se apuntaron al comunismo, al nacionalismo y al socialismo -apenas existía la socialdemocracia en el horizonte ideológico juvenil de los primeros años 70-, la derecha se refugió entonces en lo que ha sido su verdadera base durante el siglo XX: la vida familiar, el proyecto profesional, la tradición moral religiosa y una desconfianza casi patológica, que se explica por el sufrimiento de la Guerra Civil, hacia todas o casi todas las ideas políticas. Tras el adoctrinamiento brutal, forzado y forzoso, de la inmediata posguerra, el franquismo tardío y desarrollista difundió entre su base de apoyo social una desideologización casi suicida. Por cierto, muy parecida a la que padeció la derecha española desde los años 20, que la dejó totalmente a merced de la izquierda y la mantuvo errática y a la defensiva hasta la Guerra Civil. En la pleamar colectivista y la crisis liberal de los años 30, sólo la Iglesia o, más bien, el sentimiento religioso, la defensa de la familia y de la propiedad privada, así como el berroqueño sentimiento nacional español sobrevivieron en la crisis de un enorme sector social -lo que genéricamente llamaban "las derechas"- que aun venciendo en la Guerra quedó escayolado en el terreno de las ideas y abonado casi a perpetuidad a una conciencia política providencialista, es decir, de fondo claramente catastrofista.

El Ejército fue esa escayola política que al tiempo que salvaba la pierna derecha de España la dejaba tan inmóvil como la izquierda y, a la larga, mucho más raquítica y enclenque bajo el duro yeso. Al morir Franco, la derecha española no tuvo más remedio que despabilarse y, como de costumbre, improvisó a partir de las instituciones clásicas. Al Ejército se añade, otra vez, la rescatada Monarquía Parlamentaria, con la Iglesia acompañando y bendiciendo el cortejo de la dictadura hacia la fosa y de la democracia a la pila bautismal. Como es público y notorio, la Transición, sobre un cañamazo genuinamente canovista, es decir, pendiente de la colaboración de la Izquierda, salió bastante bien. Mejor incluso de lo que parece en lo que a la Derecha respecta, porque bajo la caótica UCD, especialmente en su sector liberal, empezó un rearme ideológico que ha concluido por llevar al poder a una derecha tan lejos del franquismo como del socialismo. Sin el triunfo y el naufragio de UCD no es posible entender la llegada al poder de José María Aznar. Pero tampoco basta la política para explicar ciertas cosas. Hay que bucear en el franquismo sociológico y en el psicológico.

Sorprende también y al tiempo revela la manía ideologista de la izquierda española que se le haya querido buscar una filiación ideológica franquista a quien, como Aznar, sólo la tiene sociológica, pero en grado superlativo, casi caricaturesco. Nace en el mismísimo centro de la sociedad tardofranquista: Madrid, Barrio de Salamanca, clase media, familia amplia, formación religiosa, rigor moral, estudios en el selecto Colegio del Pilar... y, como la inmensa mayoría de sus compañeros, no es fascista, ni siquiera autoritario o conservador. Hay un elemento formativo que en el silencioso y reservado hijo pequeño de los Aznar podría explicar muchas otras cosas: los libros; un despertar político que se resuelve en la lectura y siempre bajo el signo de la Guerra Civil como tragedia nacional. El autor de más éxito en los años sesenta, José María Gironella, le dedica "a su lector más joven", un tal José María Aznar López, que tiene sólo once años, la trilogía novelesca "Un millón de muertos", que marcó a toda una época y que permitió el acercamiento de la derecha social de la posguerra a la izquierda social y política de antes de la guerra. Sólo tiene una cosa reprochable, ideológicamente hablando, la obra de Gironella: busca el entendimiento humano de la España en guerra por encima del conflicto político, lo cual elimina el odio social, pero de esa forma oculta la verdadera raíz ideológica de la violencia civil de los años 34-39.

Tampoco cabe reprochárselo demasiado. Era tan enorme el conflicto moral de aquella España que, cuando había empezado a vivir bien, veía el derrumbe de unas instituciones políticas de tipo excepcional, las de la Dictadura, que quizás sólo podía abordarlo desde una perspectiva ética, con trasfondo religioso. Pero eso acarreó la interiorización por parte de la joven derecha posfranquista y democrática de una mala conciencia bastante absurda con respecto a la izquierda, que no llevó a cabo nunca, como tampoco los nacionalistas, un proceso paralelo de autocrítica y depuración de su herencia y de su conciencia guerracivilista. El resultado ha sido una hiperlegitimación injustificable de los vencidos en el 39, acuñada muchas veces por los hijos izquierdistas de la derecha franquista (Sánchez Ferlosio, Pradera, Semprún y otros muchos fascinados por el comunismo o por el fascismo arrepentido y la resistencia estética de Ridruejo). En paralelo, se produce una deslegitimación permanente de la derecha democrática española -la izquierda sólo salva, hasta el día de hoy, a la derecha antiespañola de los nacionalismos catalán, vasco y demás- que ha producido una situación escabrosa, siniestra y de nefastos resultados entre 1977 y el año 2000.

¿Por qué ese complejo de superioridad en unos y de inferioridad en otros? Una de las interpretaciones posibles es que la reflexión política de la juventud que vivió la muerte de Franco estuvo básicamente dirigida por la Iglesia Católica, es decir, guiada por la propia mala conciencia política y social de la Iglesia que sale del Concilio Vaticano II, escorada dramática y a veces caricaturescamente a la extrema izquierda. En la formación de la generación de Aznar pesaron mucho, además de Gironella y entre otros, autores como los sacerdotes José Luis Martín Vigil, luego rumoreado homófilo, o Francisco García Salve, luego uno de los dirigentes más estalinistas del PCE. Pero sus libros no estaban prohibidos como alguno de León Felipe o tantos de los "rojos" de la Guerra y el Exilio. En realidad, eran regalados por los padres de derechas a sus hijos el día de su santo, para que fueran enterándose de las cosas de la vida... sin escayola.

Seguramente para la Derecha española este factor de autocrítica, o más bien de mortificación retrospectiva, ha resultado moralmente saludable. Acabó con la parte más hiriente de clasismo y de desprecio Pero políticamente ha sido extremadamente peligroso, porque sembró la desconfianza hacia los propios valores, enfeudó sus ideas a las dominantes de la época, que eran colectivistas, y aceptó hasta extremos de masoquismo delirante la supremacía intelectual de la izquierda en los medios de comunicación. Era fatal que finalmente sucediera lo que sucedió: que de la pretendida superioridad moral de las ideas de Izquierda en el presente se pasara a promulgar la superioridad moral absoluta en el pasado, incluyendo en primer lugar la Guerra Civil y acabando con el gran pacto explícito e implícito que hizo posible la Transición. Era también una tentación irreprimible la reedición del sectarismo izquierdista que desembocó en la rebelión contra las urnas de 1934 y en el Alzamiento, la Revolución y la guerra sin cuartel de 1936 a 1939. Si en los años treinta el sectarismo izquierdista llevaba a excluir del Gobierno a la Derecha aunque ganara las elecciones, ahora, a lo largo y ancho de los años noventa, se boicoteó la alternativa democrática negando los gravísimos casos de corrupción protagonizados por el PSOE en el Poder y minimizándolos ante el "peligro" de la llegada de la Derecha al Poder, porque iba a liquidar -estaría en su maligna naturaleza ideológica, política y social- con la democracia, las libertades y demás logros de la sociedad española de los años setenta, que la Izquierda expropiaba y se apropiaba en exclusiva con pasmosa desvergüenza.


La forja ideológica de la derecha aznarista

La pugna desde el Poder, pero con sincera vocación de compartirlo, contra la izquierda socialista y comunista, tan ilegalizada como idealizada, marca a la derecha española después de Franco. Pero si esa época es la del bautismo político, será la lucha contra una izquierda aplastantemente hegemónica desde la victoria del PSOE en el 82 lo que marca a la futura derecha del Partido Popular. Esa fuerza llamada a terminar en el PP vadeó bajo las siglas de AP la orfandad en que la dejó un Adolfo Suárez tan simpático como patético, capaz de hacer la Transición luchando al mismo tiempo contra el golpismo y el terrorismo, pero dramáticamente ayuno de toda idea política fuera del paraguas protector del Poder que, en cierto modo, prolongó durante la democracia ucedea la escayola franquista.

Es imposible señalar un momento exacto o una única circunstancia como decisivos en el rápido pero tortuoso proceso de democratización de la derecha sociológica española y de su evolución hacia el liberalismo, que Aznar y otros vástagos de la derecha "de toda la vida" acaban viviendo más como un retorno a la ideología de los abuelos que como una negación de la de sus padres. En el caso de José María Aznar López es exactamente así, sin metáforas: vuelve al liberalismo del abuelo, primer director de "El Sol" y amigo, luego enemigo, de Azaña y Prieto, olvidando, aunque no negando, el franquismo sin retranca liberal del padre, aunque éste, según los que trabajaron con él en la SER y Radio Nacional, era hombre tolerante y nada fanático. Pero por utilizar el viejo cliché orteguiano, lo que tienen primero y más claro los jóvenes derechistas que llegan al Congreso en el 82 no son tanto ideas como creencias, o ideas muy sentidas, heredadas y arraigadas.

Existe un anticomunismo nítido, elemental, y una fascinación indudable, no exenta del paletismo nacional, por las democracias europeas. Aparte del rearme moral y liberal con Thatcher y Reagan de la Derecha en todo el mundo, que también cala hondo en España, lo que quizás distingue al grupo de Aznar desde que en el 86 se abre la sucesión de Fraga, es un empeño obstinado, diríase biográfico, en diferenciarse nítidamente tanto del franquismo como del socialismo. El centrismo, un tanto retórico pero anclado en la reciente experiencia política de su generación, será la fórmula impetrada para acceder democráticamente al poder. Y el liberalismo, algo más económico que político, su alternativa a la izquierda en general y a la socialdemocracia felipista en particular.

Pero hay un hecho que marcará decisivamente a Aznar en su formación como líder, algo muy distinto de la simple formación política, y es que de los jóvenes cachorros fraguistas con nostalgia ucedea podría decirse, como de los soldados de Napoleón, que "llevaban en su mochila el bastón de mariscal" porque todos querían ser presidente del gobierno. A veces sólo eso. Y para llegar a conseguirlo él y sólo él Aznar ha hecho, por lo civil, algo parecido a lo que hizo Franco por lo militar nada más comenzar la Guerra civil: el Decreto de Unificación.

Aznar triunfa del caos fraguista gracias a una férrea disciplina en Alianza Popular y una depuración a fondo y sin contemplaciones del PP que refunda Fraga, pero que realmente sólo existe desde que Aznar lo toma en 1989. Puede pensarse en una falta de ideas, pero lo cierto es que todo el programa político de las elecciones de1 93, del 96 y del año 2000 está ya en el Congreso de Sevilla de 1990. Tan claro tiene el liberalismo, el centrismo, la idea de España, la incorporación a Europa y la confianza en el futuro, en su futuro, que bien puede decirse sin exagerar demasiado que la verdadera tarea de Aznar no fue definir el programa del partido, sino definir el partido capaz de llegar al poder para gobernar con ese programa. Por eso es un disparate muy propio del autismo de la izquierda española achacar al PP de Aznar una especie de "programa oculto" autoritario, despótico, extremista, neofranquista y aristocrático que se pondría en marcha una vez accediera al poder o, puesto que una vez que llegó no hizo nada que permitiera pensarlo, si lograba una mayoría absoluta. Ahora la tiene. Repasemos, pues, ese capítulo de reticencias que limitado a lo ideológico es absurdo, pero que por el flanco caudillista ofrece más serios peligros.


El "Programa secreto" y las ideas públicas del PP

Es un lugar común achacar al adversario político la existencia de un "programa secreto" ocultado por su impopularidad a los electores pero que, una vez instalado en el Poder, el Gobierno desarrollaría de forma implacable. La derecha imputa a la izquierda, a menudo con razón, no haber renunciado a su "programa máximo" de naturaleza colectivista, enemigo de la propiedad privada y de las libertades individuales. La izquierda imputa a la derecha, con razón o sin ella, un "programa secreto" de liquidación del Estado de Bienestar y privatizaciones sin cuento en beneficio de "los ricos" o de una clientela política de nuevos ricos. En el caso español y según el PSOE, esa nueva plutocracia sería la de "los amigos de Aznar". En realidad, ese designio de crear una clase financiera y empresarial políticamente enfeudada al PSOE fue tan evidente bajo los gobiernos de González que es casi una confesión de culpa o un rasgo de sinceridad achacar un propósito similar al PP. No cabe tampoco descartar por principio que Aznar haya tenido, tenga o pueda concebir un proyecto de control social muy similar al del PSOE, siquiera para desalojar a los socialistas "emboscados" en las grandes instituciones. Pero ¿sería un proyecto político o una necesidad de Gobierno? ¿Trataría el PP de apropiarse del Estado o de liberarlo de la apropiación felipista?

Aparte de las tentaciones abusivas inherentes al ejercicio del Poder, lo cierto es que el PP se presentó a las elecciones del 96, antes a las del 93 y antes todavía a las del 89, siempre con Aznar de candidato, con un programa nítidamente diferenciado del de los socialistas pero que la escuálida victoria de 1996 desactivó por falta de apoyo parlamentario. En buena lógica, al conquistar la mayoría absoluta, debería tratar de poner en marcha desde el Gobierno el proyecto congelado. Por tanto, en Aznar coinciden dos hechos: la imputación que le hacen el PSOE y los nacionalistas de tener un programa oculto y la posibilidad de un programa de Gobierno obligadamente inédito. Unos piensan que Aznar nunca tuvo intención de llevar a cabo un proyecto seriamente liberal y nacional. Otros creen que sí, pero que lo ha guardado hasta disipar la desconfianza de los ciudadanos sobre su capacidad y sus intenciones, cosa que finalmente ha conseguido. En cualquier caso, lo primero que cabe establecer es si existen esas ideas de Aznar. Más claro aún: ¿tiene realmente ideas la derecha española o atribuírselas equivale a difamarla?

Pues bien, sí, las tiene. Al margen de la voluntad actual de Aznar o de la capacidad de su Gobierno para ponerlas en práctica, esas ideas existen. En realidad, nunca la derecha democrática española ha tenido un proyecto político tan moderno, coherente y seriamente elaborado como el del Partido Popular bajo la dirección de Aznar. Sólo la aversión de los votantes por los largos y plúmbeos programas electorales y, sobre todo, la de los periodistas por las ideas políticas permiten ponerlo en duda, porque el supuesto "programa oculto" del PP y las verdaderas ideas "centristas" de Aznar son cualquier cosa menos ocultos. Dos libros del reelegido presidente del Gobierno: "España. La segunda transición" (Espasa, 1994) y "La España en que yo creo. Discursos políticos 1990-1995" (Noesis, 1995) explican con absoluta claridad tanto las ideas como incluso los sentimientos personales que han guiado la trayectoria política de Aznar y en especial durante la forja de un partido capaz de conquistar del poder tras años de intensísima lucha. La insistencia de Aznar en una serie de ideas básicas en todos sus escritos y discursos desde 1990 hasta el 2000 es abrumadora, casi obsesiva. Otra cosa es que la forma de conseguir el Poder pueda anticipar el modo de ejercerlo y conservarlo. Ese sí es el verdadero peligro del aznarismo, si llegase a cuajar en torno a Aznar como cuajó el felipismo en torno a Felipe González.


El segundo 1 de Abril de la Derecha española

Si el aznarismo se convirtiera en régimen y, como tal, comenzara a datar las vueltas del mundo desde su calendario particular, debería bautizarse el día de la clausura del X Congreso del Partido Popular, en Sevilla, el 1 de Abril de 1990, es decir, exactamente sesentaiún años después de aquel 1 de Abril de 1939 en el que Franco redactó en su estilo lacónico, adusto y anémico aquel Parte de Guerra que resolvía en cuatro líneas la sangrienta lucha por el Poder en España desatada por la Izquierda pero ganaga por la Derecha: "En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, las tropas nacionales han conseguido sus últimos objetivos militares. La Guerra ha terminado". Aquel 1 de Abril lo era también del I Año Triunfal del nuevo régimen, vagamente identificado con una Revolución Nacional-Sindicalista que resumía buena parte de los disparates políticos y económicos de la derecha española y europea de los años treinta, una mezcolanza de estatalismo, planificación socialista, corporativismo laboral y, salpimentando el guisote, mucha policía política. Lo único que aquella cosa no era, y así lo proclamaba con celo, era liberal. Por eso vale la pena recordar, junto a la anécdota de la fecha, el cambio categorial.

El título del discurso del nuevo Presidente se titula "Centrados con la libertad", lema del Congreso, y significa la vuelta definitiva de la Derecha española al liberalismo después de setenta años de proteccionismo y estatalismo, que alcanzaron su paroxismo en el régimen autoritario, militarista y clerical que nace el 1 de Abril de 1939. Pero supone también la asunción de la experiencia democrática de la Derecha desde la Transición, tanto en el Gobierno de UCD como en la oposición de AP. El factor democrático se apoya en el concepto o, más modestamente, en el término "Centro", que es una fórmula electoral con difuso y confuso contenido doctrinal, más un conjuro de la Guerra Civil que un proyecto nacido de la nueva sociedad española. En todo caso, Aznar se presenta como continuación y síntesis de las dos grandes fuerzas de la derecha democrática creadas tras la muerte de Franco: AP y de la desaparecida UCD. Pero además del elemento democrático, de un proyecto esencial y necesariamente electoralista, una nueva versión la "mayoría natural" de Fraga (UCD+AP) que no pasó nunca de ensoñación por los complejos ideológicos y los enredos democristianos de UCD, lo importante del discurso de Aznar es la ideología liberal que se adueña por completo de ese proyecto democrático. En rigor, ese cambio se apunto ya en el congreso de AP en Barcelona, con Miguel Herrero como ponente. Pero recuérdese que en el congreso extraordinario de AP para elegir democráticamente el sucesor de Fraga, Herrero llevaba como número 2 de su lista, que perdió ante la populista de Hernández Mancha, al entonces poco conocido José María Aznar.

¿Cuál es el factor que distingue la línea liberal de Herrero y la de Aznar? Con un poco de perspectiva, creo que esencialmente el factor nacional, la reivindicación de España como ámbito político frente a la disgregación, sea terrorista sea plebiscitaria, que plantean los nacionalismos. Herrero, tras perder democráticamente su oportunidad de encabezar la derecha española y resistirse a la instalación de Aznar, que a su vez lo defenestró implacablemente, ha desarrollado para sobresalto y posterior indignación del partido que por unos meses fue suyo, un discurso de comprensión, justificación y hasta apología de los nacionalismos vasco y catalán. Ha llegado al extremo de recibir el Premio "Sabino Arana" que otorga el PNV a sus amigos, precisamente cuando el PNV abandonaba cualquier cautela democrática y se echaba en brazos de ETA.

Este es un episodio de más importancia de lo que a primera vista parece, porque muestra cómo aunque la demolición de la idea nacional española ha sido básicamente responsabilidad de la izquierda, en alianza con los nacionalistas desde el Pacto de San Sebastián que precedió a la República, también desde los últimos años del franquismo, en tiempos de UCD y, sobre todo, en los de la hegemonía del PSOE, ha sido también una opción muy seria en destacados personajes de la Derecha. Pero pocas veces se ha visto tan claro como durante la primera legislatura de Aznar. Mientras el PP se convertía en el partido de los mártires de la libertad, mientras el asesinato del concejal popular Miguel Angel Blanco provocaba la mayor movilización de masas de la historia española, el PNV, temiendo que la derrota política del terrorismo arrastrara la del nacionalismo vasco en general, se enfeudó completamente a ETA a través del Pacto de Estella. Y precisamente en esas circunstancias, dos personajes importantes de UCD, Miguel Herrero y Javier Tusell, que aspiraron a serlo todo en AP-PP después de la salida de Fraga y que, especialmente Tusell, remolonearon en torno a Aznar buscando cargos y prebendas, han desarrollado en las páginas de "El País" y otros medios de Polanco, una apología reiterada, monótona, incondicional de Arzallus y Pujol frente al partido y al Gobierno de Aznar. Lo de Tusell pertenece a la picaresca vanidoso-monetaria del gremio profesoral. Lo de Herrero es peor, porque representa una posición no por inconfesada menos cierta de ciertos poderes fácticos tradicionalmente asociados a la Derecha -la Iglesia, la Banca, medios empresariales y de comunicación- dispuestos a abandonar España como concepto y lo español como referente político a cambio de una alianza con los nacionalismos periféricos. En realidad, más que de una estrategia de oposición al PSOE, con el que acabaron estrechamente unidos precisamente en los últimos años de corrupción, se ha tratado de una resistencia muy dura a una política nacional de la Derecha, que incluía necesariamente la lucha ideológica y política contra los nacionalismos vasco y catalán, fuertemente anclados en intereses e instituciones de signo conservador y democristiano.

Pues bien, en ese segundo Primero de Abril de la Derecha, el liberal, Aznar presenta en Sevilla un decálogo que resume su programa político. Y comienza así:"1º.- España es una nación plural a la que se puede entender de distintas y variadas maneras. Pero la más importante es tener el objetivo común de entenderla y practicar el esfuerzo común de desarrollarla.". "Desde una política de plena lealtad con la Constitución", Aznar defiende el desarrollo autonómico, pero añade "es compatible la defensa de cada una de las Comunidades Autónomas y su propia identificación con el proyecto de España como nación".(...)"Y que no se utilicen nunca más agravios de unos contra otros para intentar justificar privilegios o plantear cuestiones de familia. España diversa, y España como nación plural. Con desarrollo autonómico, pero, sobre todo una gran nación en torno a una gran ambición de futuro."

Dentro de la Derecha, esto supone negar decididamente las tesis de España como "nación de naciones" que ha desarrollado, por ejemplo, Carlos Seco Serrano, maestro de Tusell, y que impregna al sector democristiano de UCD, luego en el PDP y PP. Pero lo que diferencia este proyecto de los anteriores es que en Aznar y la parte de la derecha que protagoniza el ataque al poder socialista en sus "tres principios capitales: la hegemonía ideológica, el llamado bloque social de progreso, y el poder político", la idea nacional es inseparable de la idea liberal. Por eso el Punto 2º del "decálogo" de 1990 dice: "Nosotros no desconfiamos de los españoles. Frente a la apatía, frente a la resignación creemos en la vitalidad de este pueblo y creemos que ha de decir: fuera intervenciones, fuera mordazas, fuera amenazas, fuera intentos de control. Y tiene que resurgir plenamente la capacidad de iniciativa individual y social de los españoles. Y creemos en la capacidad de la sociedad para organizarse a sí misma, para tener iniciativas libres, que son tan justas como puedan ser las iniciativas públicas. Pero las iniciativas libres no pueden ser cercenadas por las iniciativas públicas. Y no aceptamos la resignación de que no se puede hacer. Queremos devolver el protagonismo a los ciudadanos antes que a la sociedad. Y a la sociedad antes que al Estado. Y queremos que los españoles recuperen esa confianza en torno a su gran nación y a ese gran y ambicioso proyecto de futuro."

Tras proponer la recuperación de las instituciones y la eliminación de proyectos socialistas como la LOGSE, en el Punto 5 Aznar inscribe el proyecto del PP en un movimiento liberal internacional: "Europa ni va a ser social-demócrata, ni socialista ni nada que se le parezca. Va ser la gran Europa Popular, la gran Europa liberal, la gran Europa del centro-derecha, la gran Europa de la competencia y de la libertad. Libertad frente a intervensionismo. Libre desarrollo frente a burocracias dirigistas, y eficacia frente a cualquier fórmula demagógica".

El Punto 6 insiste (recuerdo que estamos en el 1 de Abril de 1990, con el PSOE en el ápice de su Poder y la derecha en la sima de su desconcierto, faltan seis años para que el PP deba gobernar supeditado a la alianza con los nacionalistas) en el centrismo entendido al modo liberal, como moderación en el Poder: "Un nuevo estilo político y de gobierno, basado en el diálogo, en la moderación, en la tolerancia, como le corresponde a una sociedad plural y abierta en la que nosotros creemos".

Pero al final vuelve, en un tono y un estilo que la derecha española había olvidado durante casi un siglo, a la proclamación de la Libertad: "Una sociedad libre, una sociedad que por ser mayor de edad ni necesita ser tutelada ni necesita ser dirigida ni necesita ser salvada. Dejemos a los ciudadanos y a la sociedad española que vivan, se expresen, trabajen y se desarrollen en libertad. El Estado debe estar siempre al servicio de los ciudadanos y de la sociedad. Pero no se puede pretender que sean el ciudadano y la sociedad los que estén al servicio del Estado. Y libertad para todos como modelo esencial de un proyecto. Desde la educación hasta la conciencia, desde la información a la sanidad. Nunca tendrá este partido ni ofrecerá a los ciudadanos españoles una política que suponga miedo a la libertad. No hay que tener nunca miedo a la libertad, sino al contrario, fomentarla, expandirla: nunca hay que tener miedo a la libertad".

Ese discurso político, no sólo en lo que tuvo de fundación política sino de opción ideológica y moral, agrupó en torno a José María Aznar o, para ser precisos, en torno al proyecto que presentaba Aznar a cierto número de intelectuales con vocación política y de políticos con inquietud intelectual que él consiguió vincular directa o indirectamente a una fundación de feísmo nombre, Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, más conocida por sus siglas FAES, y que reunía a todas las fundaciones de signo liberal, democristiano y conservador ligadas a los grupos que confluyeron en el PP. Fundaciones y subvenciones. Y aunque su sentido era integrador de las distintas familias ideológicas de la Derecha, el componente básico y el núcleo rector de la FAES era liberal. Miguel Angel Cortés, luego Aleix Vidal Quadras, después Esperanza Aguirre dan testimonio de que esa era la voluntad de Aznar, porque indudablemente FAES tuvo desde el principio una identificación con el PP en general y con Aznar en particular. Lo que primaba entonces era la aportación de ideas para la lucha política contra el felipismo y tanto en medios académicos como periodísticos se fue creando una efervescencia que aparentemente tenía más de rebelión intelectual y moral que de proyecto político, al menos en su sentido profesional. Digo aparentemente porque luego ha salido de la cantera de colaboradores de FAES, que a veces parece la chistera de Aznar, un altísimo, casi milagroso número de importantes cargos de Gobierno. Casi todos los que han tenido arte y parte en el inquilinato de Aznar en el Palacio de la Moncloa han dirigido cursos y seminarios en la FAES o han participado en ellos. La lista de patronos y fundadores es un vademécum de la fortuna empresarial y política de 1996 al año 2000. "No concebimos mejor modo de trabajar por España que a través de nuestros principios particulares. Yo sé que todos ustedes comparten esa idea, que es la esencia del pluralismo demoliberal", dijo Aznar en la presentación de la FAES el 13 de Mayo de 1992 en el Casino de Madrid. Nadie entendió por entonces el rico juego semántico y la variada interpretación a que se prestaban dos frases tan aparentemente sencillas.

Pero lo que entonces primaba era el espíritu de la Segunda Transición, anunciada por Aznar en el Hotel Eurobuilding en febrero de 1991, casi un año después del discurso fundacional de Sevilla. Tardará aún tres años en aparecer el ya citado libro "España. La segunda transición", que aunque firmado, revisado y reescrito parcialmente por el propio Aznar es obra de un grupo escogido de los principales ideólogos de la alternativa popular, luego marginados del Gobierno, como si para Aznar una cosa fueran las ideas, otra su ejecución y otra muy distinta la flexibilidad política y la obediencia personal, idea suprema pero por lo general poco acorde con el rigor intelectual. No obstante, entonces Aznar fulgía como severo doctrinario. En la presentación de la Memoria de la FAES en el Palacio de Cristal del Retiro, el 13 de Mayo de 1994, en un discurso titulado "Política y valores", decía: "sólo está legitimado a aspirar al Gobierno de su país aquél que sabe sobre qué principios se propone ejercerlo y cuáles son los valores que mediante su acción piensa difundir y defender." Y pasando de lo particular a lo general: "Si socialismo es aquello que hacen los socialistas, es decir, si socialismo es despilfarro, ineficacia y corrupción, pues que lo hagan, pero que lo hagan ellos y que nos dejen hacer a los demás lo que nos parezca, dentro del respeto a la ley y del cumplimiento de nuestros deberes de solidaridad."

No se trataba de generalidades de orden moral sino de una dramática apelación a la opinión pública tras la victoria de González en 1993 y tal vez por eso mismo Aznar concretaba vertiginosamente a continuación: "Hemos de reconstruir grandes espacios de formación de la opinión que no estén sujetos al control directo o indirecto de la mayoría parlamentaria de turno, para que la alternancia en el poder y su crítica objetiva sean posibles y los ciudadanos no queden inermes frente a los abusos de los elegidos para gobernar. La tentación de conformar, desde los medios de comunicación públicos o a través de holdings multimedia teledirigidos, los puntos de vista y las tomas de decisión de los españoles ha de ser resistida y vencida mediante una legislación apropiada y la instauración de códigos de conducta escrupulosos en la relación entre la Administración y la prensa. El saludable principio de que el Gobierno debe de atenerse a la opinión de la mayoría tiene sentido si dicha opinión es independiente del Gobierno". ¿Ha hecho honor José María Aznar en el Gobierno a lo que tan nítidamente proclamaba desde la Oposición? ¿Es la política aznarista en materia de medios de comunicación -en definitiva, de opinión pública- acorde o siquiera remotamente congruente con el discurso que hacía entonces y que le comprometía personal y políticamente ante toda la nación? Evidentemente, innecesariamente, quizás dramáticamente, la única respuesta posible es no. O como hubiera dicho el Aznar ciudadano y liberal de entonces, no, no y no. Probablemente la doctrina liberal es la única fiable en la defensa de las libertades y la más duradera para la resistencia cívica ante cualquier Gobierno, pero es una rémora temible para cualquier gobernante que llega al Poder con un discurso liberal. Creemos que la recuperación del liberalismo para la derecha española ha sido el gran acierto de José María Aznar. Pero decir, como hizo él en 1995 al presentar "Nación y Estado en la España liberal", libro de ensayos sobre el canovismo, " me considero heredero de la tradición liberal y constitucional española" obliga a mucho cuando se llega al Gobierno. Obliga, sobre todo, a dejar de proclamar el liberalismo y demostrarlo.


Recelos y posibilidades

Pasar de un apoyo minoritario, poco más de un centenar de escaños en 1989, hasta derrotar electoralmente al todopoderoso Felipe González necesitó de la creación de un discurso político que, sin enajenarse el apoyo de la derecha tradicional, incorporase nuevas claves intelectuales de signo liberal capaces de anular el ascendiente del PSOE sobre la joven clase media urbana. En síntesis, como hemos tratado de explicar, esas claves eran tres: la regeneración de las instituciones democráticas, un cambio de política económica y, acaso lo esencial, la recuperación de la idea nacional de España frente al nacionalismo en general y al terrorismo separatista en particular. Que esas ideas siguen siendo las de Aznar parece indudable. Que las comparte su electorado y el de izquierda que no es suyo, también. Sin embargo, hay un fantasma que gravita sobre el modelo liberalizador y es la propia experiencia práctica de Aznar en el partido y en el Gobierno, marcada por un ejercicio implacable de la autoridad y coronada por un éxito político abrumador. Una sociedad no puede dirigirse como un partido. La libertad en ella ha de ser real, nunca concedida o controlada. Y ese ejercicio de laissez faire no la ha hecho nunca Aznar. La desconfianza le ha sido rentable, el recelo le ha hecho fuerte, el aislamiento le ha blindado, la suerte le ha favorecido. ¿Es lógico que cambie? ¿Es deseable? ¿Es posible?

Es posible. El eclipse de Felipe González del primer plano de la escena política y la llegada a la secretaría general del PSOE de un joven político desconocido, Rodríguez Zapatero, hacen que la enigmática personalidad de Aznar, su promesa de renunciar a un tercer mandato, su indudable apetito de grandeza y ese proyecto ideológico liberal y nacional que encandiló y sigue ilusionando a tantos españoles permitan albergar, cuando menos, la esperanza.. Sin embargo, hay que constatar que las incógnitas son tan poderosas como las constataciones. El desafío nacionalista, terrorismo incluido, es de una gravedad difícil de exagerar. Y en esa batalla, hoy por hoy, el PP está rigurosamente solo. No hay más fuerzas políticas realmente nacionales ni partidos nacionalistas que, de uno u otro modo, no respalden y refuercen el desafío etarra. Tampoco el Partido Popular, pese a su heroico comportamiento frente al terrorismo, está permitiendo y alentando la puesta en marcha de una dinámica social poderosa y autónoma, al margen y por encima de la acción de Gobierno. En el terreno de los medios de comunicación, esenciales para configurar una nueva cultura política, la situación es objetivamente peor, más enrarecida, no menos politizada y tampoco más plural que en tiempos de Felipe González. Pero explicar esto, que puede sorprender a muchos y que sin embargo es rigurosamente cierto, excede claramente los límites de este ensayo. Lo haremos en otro número de La Ilustración Liberal.

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