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La Ilustración Liberal

Reseñas

La voz de la desesperanza lúcida

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La izquierda ha sufrido una peripecia a lo largo del siglo XX que puede calificarse de todo salvo de envidiable. Partidaria - o al menos muda - frente a dictaduras tan terribles como la soviética, la china o la cubana, durante las últimas décadas, sus miembros han ido optando masivamente por la defensa contumaz de lo indefendible, el silencio vergonzante frente a lo evidente o - no pocas veces - la entrega con armas y bagajes a otras visiones políticas más rentables. El panorama resulta por ello tan desolador, que libros como el de Gabriel Albiac constituyen un paradigma de cómo pensar desde la izquierda manteniendo siquiera la coherencia intelectual y la decencia moral que obligan, al fin y a la postre, a enfrentarse con esa izquierda y también con la derecha. En sus páginas - que ocasionalmente ejercen en el lector el mismo áspero efecto que un derechazo disparado contra el hígado - , Albiac reparte sus análisis entre cuestiones de ámbito nacional y otras de alcance universal. De entre las primeras, destaca su disección de la perversidad intrínseca del caso GAL, la impudicia amoral del PSOE en el poder, o el linchamiento institucional y mediático de Javier Gómez de Liaño. Especialmente brillante resulta el análisis - seco y doloroso como un trallazo - de la manera en que Felipe González y sus gentes intentaron convertir España en un remedo del sistema mejicano. Corruptos ya dispuestos en los setenta a venderse a los servicios de inteligencia extranjeros o a pactar con los golpistas del 23-F, los gonzalistas llegaron al poder en los ochenta con la única intención de perpetuarse en él. Valiéndose de armas como el PER y de Leviatanes como PRISA, estuvieron a punto de conseguirlo acabando con el más mínimo resquicio de sistema democrático.

En paralelo a esos análisis de temas nacionales, Albiac al mismo tiempo desnuda con manos de cirujano hábil la fábrica de sueños que significó el marxismo y su puesta en funcionamiento. Así, muestra cómo el silencio frente al sistema soviético que deportaba por millones, que encerraba a millones y que asesinaba a millones constituye uno de los peores crímenes de omisión que ha conocido la Historia universal. Al final, la cercanía entre fascismo y comunismo se ha revelado espantosamente innegable, una circunstancia que ya supo denunciar en los años veinte Boris Pasternak, y que el autor de estas líneas se ha permitido recordar recientemente trazando el paralelo exterminador que existe entre Marx y Nietzsche. Como muy bien señala Albiac, "Hitler no lo cita, pero también en el campo de los campos de concentración y de exterminio programado la enseñanza de Stalin había de serle preciosa. En 1933, la URSS poseía ya una experiencia piloto". Es verdad y debe además añadirse que la Alemania de Hitler nunca hubiera podido rearmarse ni convertirse en una gran potencia militar sin la ayuda de la Unión soviética, y que ambas potencias fueron fieles aliadas durante dos años - verano de 1939 a verano de 1941 - en el curso de los cuales devoraron a dentelladas y en comandita naciones enteras. Como indica muy lúcidamente Albiac, "Hitler es un don nadie. El verdadero Hitler, el sólido y fuerte, es Stalin. El verdadero nacional-socialismo es el bolchevique".

Las páginas de Albiac - que se leen bien no porque no duelan, sino porque sugestionan - recuerdan el contenido de una botella de ajenjo. Son amargas pero reales, y por eso mismo tienen un contenido que puede revelarse letal. La conclusión final del libro - verdadero florilegio de reflexiones lúcidas - es más que una presa de la incertidumbre, un reo del pesimismo. En sus últimas líneas, Albiac termina haciendo referencia a la contemplación de la muerte de Dios, del Hombre, del Progreso y de la Historia que demuestra supuestamente que somos los pobladores de un mundo sin sentido. Es, sin duda, una forma razonable de ver las cosas y, en su caso, esa forma está expuesta con una solidez incuestionable. Sin embargo, también existe una lectura alternativa, aquella que afirma que si la especie ha sobrevivido a las trincheras del 14 y a Auchswitz, al Gulag y al bolchevismo, quizá es porque todo tiene un sentido que no por escapársenos deja de ser más real que nosotros mismos.

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