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Cuba y la nueva política norteamericana

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Conferencia pronunciada por el autor en el Club Siglo XXI de Madrid el pasado 26 de enero.

El 17 de diciembre pasado el presidente Barack Obama y el general Raúl Castro anunciaron simultáneamente un cambio en las tensas y hostiles relaciones que ambos países habían tenido durante más de medio siglo. No voy a detenerme en detallar en qué consiste el cambio, porque la prensa lo ha descrito cuidadosamente, pero puedo afirmar que Estados Unidos hizo una serie de concesiones unilaterales, pese a que el Gobierno de Obama, una y otra vez, hasta la víspera del anuncio, insistió en que no haría nada semejante, a menos de que el régimen de los Castro moviera ficha en dirección de la democracia y el respeto por los derechos humanos.

Mentira.

No fue un gesto diplomático discreto, sino engañoso. La Casa Blanca incluso engañó al senador demócrata Bob Menéndez, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, como éste se ha encargado de denunciar en un tono justamente airado.

¿Por qué el presidente Obama hizo algo así?

El argumento alegado es que había que ponerle fin a una política fracasada que en más de medio siglo no había dado resultados, es decir, no había logrado desplazar del poder a los Castro. A lo que se agrega un razonamiento tan extendido como dudoso: la afirmación de que el fortalecimiento de una red privada de microempresas puede acabar fomentando la democracia en la Isla.

Se olvida que hasta 1968 existieron en Cuba, aun dentro del régimen comunista, unas 60.000 microempresas privadas, que en ese año fueron intervenidas y confiscadas durante una acción estalinista a la que llamaron Ofensiva Revolucionaria. Ésa, por cierto, fue una de las épocas más represivas y violentas de la historia de la dictadura cubana.

Retomemos la decisión de la Casa Blanca. ¿Acaso Obama canceló la vieja estrategia porque deseaba intentar una nueva manera de lograr el objetivo de destruir al régimen cubano? No lo creo. Lo que Obama desea es poner fin incondicionalmente a la vieja relación de hostilidad existente entre los dos países.

¿Por qué? A mi juicio, en Estados Unidos existen tres grupos notables de personas que deseaban ese cambio de política cubana, pero por distintas razones. En primer lugar están los exportadores y negociantes que desean vender productos o realizar transacciones beneficiosas. Son empresarios que defienden sus intereses. No tienen color político ni creen en cuestiones de valores. Pero luego existen dos categorías ideológicas que están de acuerdo con lo que ha hecho el presidente Obama. Los hay convencidos de que, aunque Cuba sea una dictadura despreciable, el Gobierno de una sociedad abierta y libre como es Estados Unidos no debe decir a sus ciudadanos qué países pueden visitar o con quién deben comerciar. Piensan que les corresponde a los individuos tomar esas decisiones libremente. Esta es la posición, por ejemplo, de los libertarios del Instituto Cato. Son antiembargo por razones de principio, aun cuando sean anticomunistas. Coinciden con ellos, pero por la otra punta del razonamiento, quienes tienen una visión procastrista, aunque no necesariamente quieran para Estados Unidos un modelo de gobierno como el que existe en la Isla.

Muchas de estas personas están convencidas de que la sociedad cubana anterior a la revolución era una pocilga corrupta, controlada por los gángsters y explotada por el imperialismo yanqui, y aunque Fidel y Raúl Castro hayan establecido una dictadura comunista el resultado –una población educada y dotada de un amplio sistema de salud—es preferible a lo que existía. Es esa gente que admira al Che Guevara porque murió defendiendo sus ideales sin detenerse a pensar el daño que hizo en vida ni los objetivos totalitarios que perseguía. Para ellos, además, los exiliados son "los de Miami", una plaga de personas derechistas, resentidas e insensibles, generalmente batistianas, que fueron privadas de sus bienes por una revolución igualitaria.

¿Quiénes piensan así? Es frecuente encontrar esa percepción en las universidades, en las instituciones académicas y en medios de comunicación como The Nation. Muchos liberals, en el sentido estadounidense del término, sostienen ese criterio, bastante frecuente en el ala más radical del Partido Demócrata americano.

A mi juicio, es a través de ese prisma elemental y falso, pero muy extendido, como el presidente Barack Obama y su secretario de Estado, John Kerry, ven el problema cubano, y es por esa razón ideológica por lo que han puesto punto final a una estrategia que sobrevivió a diez presidentes antes de que al actual inquilino llegara a la Casa Blanca.

Al fin y al cabo, Obama es el más izquierdista de los presidentes norteamericanos en toda la historia del país, y Kerry, con sus conocidas simpatías por el primer sandinismo, coincidía con este punto de vista.

En todo caso, para el régimen cubano el cambio de Washington es una victoria en toda la regla. Por una parte, envía a la sociedad cubana el mensaje de que, finalmente, han ganado la partida a Estados Unidos sin necesidad de hacer ninguna concesión, y eso tiene un enorme valor simbólico en el terreno político. Por otra, confirman que los problemas de Cuba son el resultado de los conflictos de la pequeña isla con un gigante abusador, el matón del barrio, quien, finalmente, se ha visto obligado a rectificar.

Queda probada la tesis de los Castro: los problemas de Cuba, de acuerdo con la percepción que se desprende de la nueva actitud política de Washington, no se derivan de un sistema de gobierno profundamente improductivo y abusador, sino de los atropellos del cruel imperialismo, que le han costado a Cuba miles de millones de dólares a lo largo de más de 50 años de "bloqueo", como pomposamente la dictadura cubana llama a las restricciones al comercio entre los dos países.

Obviamente, esto quiere decir que los demócratas de la oposición han quedado sin verdaderos aliados políticos en la Casa Blanca –algo especialmente grave en esta época del postsovietismo–, a pesar de la afirmación de Roberta Jacobson, subsecretaria de Estado para los Asuntos del Hemisferio Occidental, de que Estados Unidos no dejará a los opositores cubanos que luchan por la democracia "abandonados" y que recibirán como hicieron recientemente en La Habana a los opositores.

Durante los ocho años de Bill Clinton –cuando se firmó la Ley Helms-Burton–, más los ocho de George W. Bush y los primeros seis de Barack Obama, estaba establecido que el régimen cubano debía, como condición previa al arreglo con Washington, emprender una negociación con la oposición cubana, ampliar los márgenes de participación de la sociedad civil de la Isla y dar los primeros pasos en la dirección de la transición. Ya eso no es verdad. Cuba puede ignorar olímpicamente a la oposición porque nada tiene que ganar sentándose a la mesa con ella. Ya obtuvo, unilateralmente, lo que buscaba con tenacidad.

Y tan grave como esa falta de solidaridad con la oposición es
la percepción general de lo ocurrido. Digámoslo claramente: el gesto de Obama ha sido, en general, muy bien recibido. Una parte sustancial de los cubanos, incluso de quienes aborrecen al Gobierno de los Castro, están satisfechos porque suponen que, aunque se fortalezca la dictadura, tal vez ellos vivan un poco mejor. Sueñan, y es normal que así sea, con mejorar su calidad de vida. Muchos latinoamericanos, que tienen una visión superficial de los asuntos de la Isla, también creen que ha sucedido algo conveniente para todos.

Lo mismo ocurre en Estados Unidos y Europa.

En España no puede extrañar un fenómeno como éste. Tras la Segunda Guerra mundial existió un bloqueo diplomático internacional contra la dictadura de Franco y toda la oposición democrática estuvo de acuerdo en que esas denuncias y acoso, pese a las bravuconadas nacionalistas, debilitaban al régimen. Sin embargo, a principios de la década de los 50, como consecuencia de la Guerra Fría, Estados Unidos y las democracias occidentales modificaron esa política y llegaron a un acuerdo con el régimen de Franco. Entonces, quienes defendieron el cambio de actitud dijeron que ese acuerdo, esa política de acercamiento, contribuiría a traer la democracia al país, dado que habían fracasado las medidas de hostilidad.

Todo era mentira.

Objetivamente, el abrazo y la apertura de las democracias no trajeron la libertad a los españoles, sino que fortalecieron a la dictadura franquista, que poco a poco superó la crisis sin hacer la menor concesión a los demócratas españoles. Tuvo que morir Francisco Franco, prácticamente un cuarto de siglo más tarde, para que la democracia llegara a España.

Esto es exactamente lo que nos sucede a los cubanos. Nunca la esperanza de la libertad ha estado más lejana. Para intentar revertir esa posibilidad pedimos al Gobierno español:

  • que mantenga el compromiso con la democracia. Plantéense construir un grupo de amigos de la sociedad cubana junto, por ejemplo, a Estados Unidos, México y otros países europeos;

  • que abra la embajada española en La Habana a los disidentes y demócratas de la oposición y que en las visitas a Cuba incluya encuentros con ellos;

  • que piense que es una mala idea eliminar la Posición Común europea, tan cercana a la Cláusula Democrática del Parlamento Europeo, mientras el régimen cubano no dé muestras de moverse en dirección a la democracia.

Muchas gracias.

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