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Estanislao Figueras, el federalista orgánico

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Estanislao Figueras (Barcelona, 13.11.1819 - Madrid, 11.11.1882) fue el primer presidente de la República de 1873. Este abogado y burgués catalán puede considerarse uno de los patriarcas del republicanismo federal en España. Fue uno de sus primeros diputados, aún bajo el reinado de Isabel II. Tras la revolución de 1868 dirigió el periódico La Igualdad, que se convirtió en órgano del partido. Hábil y pragmático, supo hacerse con las riendas del grupo parlamentario federal, al tiempo que mantenía buenas relaciones con el Partido Radical, lo que le aupó a la Jefatura del Estado cuando Amadeo I de Saboya dejó el país. El miedo a un golpe de Estado en Madrid de mano de los cantonalistas le llevó a huir a París en junio de 1873. En ese exilio voluntario estuvo hasta septiembre, momento en el que se unió a Salmerón y a Pi y Margall para derrotar a Castelar en la noche del 2 al 3 de enero de 1874. Ya con la Monarquía restaurada encabezó su propio partido, que abogaba por un federalismo orgánico, contrario al pimargalliano. Sin éxito en su vuelta a la política, murió casi en el anonimato.

De la escuela católica al republicanismo

Estanislao nació en Barcelona, un 13 de noviembre de 1819. Cursó humanidades en la Escuela Pía. Sus padres le internaron allí durante cinco años, muy en consonancia con la fe católica que profesaban ellos, y que le acompañó toda la vida. Estudió también en Cervera y en Tarragona. En junio de 1842 consiguió terminar Jurisprudencia, que inició en la Universidad de Barcelona y finalizó en la de Valencia. El perfil es muy similar al de muchos políticos del XIX, tanto monárquicos como republicanos, que transitaron de la abogacía a la política. Las leyes y el periodismo eran las dos fuentes de las que se nutrían los partidos políticos.

En los años universitarios, Figueras mostró simpatías por el Partido Progresista, ya que se trataba del más avanzado del momento. La expulsión de la regente María Cristina en 1840 y el inicio del mandato de Espartero abrieron un tiempo de explosión de las nuevas ideas. Aparecieron los grupos republicanos, agrupados en torno a sociedades y periódicos, como El Huracán, y cobraron fuerza en Barcelona. Figueras, según sus pocos biógrafos, se adhirió entonces al republicanismo. Debió entonces atraerle la pasión esparterista, por lo que condenó la rebelión de 1842 en Barcelona contra la dictadura de Espartero, quien llegó a bombardear la ciudad. Poco se sabe de esos años en la vida de Figueras, pero es significativo que, tras la caída del Regente, viajara a Trivisa, en Tarragona, el pequeño pueblo donde vivía su madre.

Revolucionario, pero sin coger un arma

Durante los años de dominio moderado, entre 1844 y 1848, Figueras se alejó de la política, dedicándose a ejercer la abogacía. Castelar, en la biografía que escribió del personaje, asegura que los republicanos le nombraron "comisionado" en Madrid en 1848 "para organizar el movimiento" revolucionario. El alzamiento fue fácilmente sofocado por el Gobierno de Narváez, y sus participantes huyeron o fueron capturados. No obstante, su participación en aquel acontecimiento no debió de ser muy señalada, porque Figueras volvió a Tarragona para seguir su vida de abogado.

En 1851 fue elegido diputado por el primer distrito de Barcelona en la coalición que entonces formaron los liberales opuestos al Gobierno moderado. Consiguió 252 votos de un total de 1.348. En aquel Congreso formó grupo con José María Orense, verdadero patriarca de la democracia española, Lozano y Jaén. Estos años le sirvieron para cobrar la experiencia que luego le colocó al frente del grupo parlamentario en un momento más importante: las Cortes de 1869.

Participó en la revolución de 1854; pero no en las barricadas, que fueron pocas, sino en la Junta de Tarragona. Es claro que ya entonces era una de las figuras más destacadas de la ciudad, lo que le valió para salir elegido diputado a las constituyentes de 1854 en las filas del Partido Demócrata. Solo votó la mitad del electorado, apenas 4.000 personas, de las que obtuvo la confianza de 3.498. "Fue uno –escribió orgulloso Castelar– de los veintiuno que el 30 de noviembre de 1854 votaron contra la monarquía".

A partir de la elección de 1854, Figueras se instaló en Madrid y abrió despacho de abogado, lo que no le impidió salir diputado por Barcelona tiempo después. Siempre retraído, no participó en ninguno de los pronunciamientos ni rebeliones contra la monarquía de Isabel II. Prefería apartarse y volcarse en su profesión. No fue nunca un hombre de acción, lo que en cierto modo le dejó fuera en el momento más revolucionario y violento de su época: 1873. Conspiró y mantuvo contacto con los más arrojados contra el régimen borbónico, pero jamás tomó un arma. No pasó desapercibido al Gobierno, y fue detenido el 12 de mayo de 1867. Pisó la cárcel del Saladero, en Madrid, durante dos días, hasta que fue traslado a Pamplona. En octubre de ese año se le levantó la pena el destierro porque el Gobierno no le creía peligroso.

Tampoco intervino directamente en la gestación y resolución de la revolución de septiembre de 1868, pero formó parte de la Junta de Madrid como parte del Partido Demócrata. Su participación en las reuniones públicas en Madrid, en octubre y noviembre de 1868, para decidir si el partido era monárquico o republicano, y si unitario o federal, no contaron con una participación muy activa de Figueras. Respaldó a Orense y a Salmerón, que fueron quienes, a despecho de Nicolás María Rivero y Cristino Martos, llevaron al republicanismo a abrazar un federalismo indefinido. La confusión tras esas reuniones fue tal que Orense susurró a Morayta: "Ya vendrá Castelar y arreglará todo esto".

Jefe, que no líder

El 11 de noviembre de 1868 nació el primer número de La Igualdad, dirigido por Figueras. El periódico se convirtió en órgano del partido republicano federal al definir su doctrina y su comportamiento, y encumbró a su director. Surgió entonces un buen número de cabeceras federales en provincias, que copiaban lo dictado desde el diario madrileño, que dio cuerpo a La Federal como una utopía política y social, basada en el pacto para una federación territorial, y en la asociación de productores agrícolas e industriales. Tal ideario respondía al elaborado por Pi y Margall y la democracia socialista desde la década de 1860. Los republicanos lo presentaron conscientemente como una "utopía", es decir, una realidad alternativa, deseable para ellos en este caso, ubicada en un futuro indefinido, que precisaba cierta dosis de exageración –así lo confesaban Castelar, Figueras, o el propio Pi y Margall– y de movilización. Toda medida que acercara a esa "utopía", decían, sería positiva para el progreso del género humano. El error de predicar lo imposible a sabiendas dio al traste con toda posibilidad de proclamar la República en España con el asentimiento de la mayoría de los partidos y de la sociedad.

Los federales quisieron afrontar entonces las elecciones dotándose de una organización, y formaron un comité nacional compuesto por Orense, Castelar, Pi y Margall y Figueras. La estructura se basó en cinco pactos regionales que concluyeron en julio de 1869 con un pacto nacional. Fue un momento trágico para la idea republicana, porque el federalismo de provincias se hizo pimargalliano; es decir, apostaba por la federación de España partiendo del "derecho de insurrección" y del pacto voluntario entre entidades, lo que suponía una dosis importante de violencia para luego llegar a acuerdos, pasando por la división de la soberanía nacional en un número indefinido de sujetos soberanos. 

Mientras tanto, Figueras se convirtió en el jefe del grupo parlamentario. Esto determinó la estrategia a seguir, el discurso que debía pronunciar cada cual y el sentido de la votación. El dominio que Figueras tenía del reglamento del Congreso le sirvió en muchos casos para torear a la Mesa de la Presidencia. Fue Figueras el que inauguró en España el obstruccionismo parlamentario. Lo llevaba a cabo a través de los resquicios técnicos que dejaba la norma. Por ejemplo, se reservó las respuestas al Gobierno, mientras que a Castelar le encomendaron los largos discursos doctrinales, y a Pi y Margall los económicos. La prolongación de las alocuciones, a diferencia de lo que se ha creído hasta ahora, no era a mayor gloria del orador, sino para prolongar las sesiones parlamentarias tanto como fuera posible e impedir que la labor legislativa del Gobierno tuviera buen ritmo. Figueras, como buen abogado y parlamentario, movilizaba a sus diputados para que presentaran el mayor número posible de proposiciones y de mociones de censura, tantas que sumaron hasta nueve entre febrero de 1869 y enero de 1871. Usaban también, a instancias de Figueras, las menciones a otros diputados para que intervinieran en la sesión, con lo que agotaban los turnos, y la aprobación de cualquier medida era larguísima. A esto sumaban la petición de votaciones nominales, en las que se citaba uno a uno a los parlamentarios, haciendo que ocuparan casi una sesión entera. Con un gesto, Figueras sacaba a sus diputados de las Cortes y evitaba que hubiera quorum. Llegó a obstruir la marcha del Parlamento incluso a través de discusiones forzadas, insultos insólitos y otras argucias que detenían la sesión.

Y así pasaba los días esperando que la Monarquía fuera imposible y pudiera proclamarse la República. Sin embargo, ya lo dijo Prim en las Cortes: no podía haber república en un país sin republicanos. Las elecciones de febrero de 1869, quizá una de las elecciones más libres del XIX, les reportaron algo más de 70 diputados, aunque solo acudían a las Cortes con regularidad entre 40 y 50. Eso no era suficiente. Figueras confiaba en la creencia de los demócratas y progresistas de izquierda, que formaban la mayoría de la coalición de gobierno, en la accidentalidad de las formas de gobierno, y en que el hacer imposible la monarquía les decantaría por la república.

El debate de la Constituyente fue intenso, y finalmente, el 1 de junio de 1869, se aprobó la Constitución. Figueras, al igual que Castelar, la firmó. Otros no lo hicieron, como Pi y Margall. Esto no varió el ánimo de Figueras, que consideraba que con tan solo cambiar unos artículos del texto podía llegarse a la República. El sucesivo fracaso de los candidatos, como Fernando Coburgo, Tomás de Génova o Espartero –el preferido por los republicanos, por su avanzada edad y su falta de descendencia–, parecía acercar la posibilidad de llegar a la República como la única solución posible a la interinidad.

Sin embargo, los carlistas se levantaron en julio de 1869, y Sagasta, ministro de la Gobernación, envió una circular a los gobernadores civiles para que reprimieran toda manifestación contraria a la Constitución. Esto provocó que los federales entendieran que se violaban los derechos individuales, y se levantaron en varias ciudades, como Valencia. En Tarragona fue asesinado de la autoridad civil en una concentración federal, lo que hizo que el Gobierno Prim suspendiera las garantías constitucionales. Esta fue la señal para un levantamiento general de los republicanos –se calcula que unos 40.000–. La minoría republicana protestó por la represión y se retiró de las Cortes.

Existe cierta controversia al respecto sobre la participación de Figueras en la insurrección. Liderar una revolución no iba con su personalidad, y él sabía que el levantamiento estaba llamado al fracaso y que enterraría para mucho tiempo la idea de una República tranquila. Fue José María Orense el que marchó a Andalucía a movilizar a los federales. Castelar publicó un manifiesto en nombre de la minoría republicana anunciando la retirada de sus diputados de las Cortes, y la abstención en las elecciones como supuesta medida de protesta por la suspensión de las garantías constitucionales. En realidad se trataba de permanecer en un inútil punto intermedio entre la condena a la represión de los federales y su adhesión al movimiento. La posición de Figueras y de Castelar, aún unidos, se fue haciendo con el tiempo más suicida porque alimentaba a los mismos federales que hacían de la República algo inaceptable para la mayoría de los españoles.

Las ideas que dividieron el republicanismo

Figueras sostuvo ideas que eran típicas de la democracia federal de entonces; es decir, derechos individuales ilegislables, instituciones constituidas por el sufragio universal, separación de la Iglesia y el Estado, libertades económicas, atención a la cuestión social y descentralización, que se confundía con la federación. No era un ideario muy extremista para la época, ni muy original. En realidad, salvo por ese federalismo indefinido y corrosivo, podía haberse sentado junto a Cristino Martos y a Nicolás María Rivero al objeto de asentar la democracia.

No creía en la violencia ni en el denominado derecho de insurrección, pero lo citaba en sus discursos como un salvoconducto que le permitía seguir formando parte de la tribu republicana. Alimentó La Federal como utopía política y social, constituida por cantones y federaciones de productores agrícolas e industriales, lo que no encajaba con la ideología que había demostrado en la década de 1860. En los dos debates que se celebraron entonces –el primero entre el socialista Fernando Garrido y el individualista José María Orense, y el segundo entre Emilio Castelar y Pi y Margall– Figueras se mantuvo entre los liberales de la democracia española, rechazando las ideas socializantes que ponían en riesgo las libertades básicas.

El episodio se repitió en mayo de 1870, tras la insurrección federal de finales del 69, y la necesidad de centrar y definir la República. Figueras y Castelar encabezaron una tímida rebelión negándose a que se reorganizaran los pactos regionales, con su ideario pimargalliano. Un grupo de diputados y periodistas publicaron el 7 de mayo de 1870 la Declaración de la prensa republicana de Madrid, para alejar de la idea republicana el federalismo pactista y el derecho de insurrección, y que su partido pareciera de gobierno, no de barricada. El pactismo, decían, era anacrónico, medieval, y al socialismo lo tachaban de enemigo de la libertad. Figueras, a pesar de estar de acuerdo con las ideas del texto, no lo firmó. Podía entonces haber abanderado una opción liberal y plausible de república, dentro de la locura política del Sexenio, pero prefirió dar un paso atrás, esconderse, y los firmantes quedaron marcados para los federales intransigentes. Tampoco se significó demasiado cuando el 4 de septiembre de 1870 se proclamó la III República en Francia y parte de su partido quiso marchar al país vecino a pedir dinero para iniciar otra insurrección en España. A pesar de las ilusiones federales hispanas, Keratry, embajador francés, llegó a España en globo para entrevistarse con Prim, no con ellos. El presidente del Gobierno español se negó otra vez a levantar una república. Keratry conferenció luego con Figueras, Castelar y Pi para decir que sin el general de Reus era inútil cualquier intento.

Figueras, de momento acompañado de Castelar, intentó apaciguar a la masa federal diciendo que la República llegaría a España no con un acto de fuerza, sino a través del ejercicio de los derechos y del voto. Convocaron el 8 de septiembre en la Plaza de Oriente a unas 20.000 personas, según el republicano La Discusión, y se limitaron a dar vivas a La Federal.

La elección de Amadeo de Saboya como rey de España, el 16 de noviembre de 1870, supuso la resurrección de Figueras como líder de su grupo, jugando al obstruccionismo hasta que el Gobierno decidió gobernar por decreto y nombrar una comisión legislativa que sorteara las dificultades legales establecidas por los republicanos. La distancia entre los revolucionarios y los parlamentaristas de Figueras y Castelar era ya evidente. Una muestra de esta diferencia era que, frente a diputados como Paul y Angulo, insultante y retador, que llamaban a las armas continuamente desde El Combate y sus escaños, estaban los que preferían la labor política legal.

Días después, al ser asesinado Prim, Figueras fue comisionado por la minoría republicana para condenar "altamente" el asesinato y declaró: "No tenemos más que una bandera, la de la moralidad y la de la legalidad"; y el que no actuara bajo dicha bandera no era "hombre republicano". La opinión, ajena a tales palabras, señaló a los federales como autores del crimen, mientras Amadeo desembarcaba en España.

Pi y Margall se volcó en el adoctrinamiento del partido en provincias, y Castelar marcó la estrategia del grupo parlamentario, "la benevolencia", que consistía en apoyar en el Congreso al Partido Radical –compuesto por progresistas y demócratas– para atraerlo a la República y torpedear su coalición con el Partico Constitucional –la vieja Unión Liberal y la derecha progresista–. Fuera de las Cortes, los republicanos se coaligaron electoralmente con todos: radicales, moderados y carlistas. La idea era hacer ingobernable el régimen y arrinconar a los constitucionales de Sagasta y Serrano. Su discurso se basaba en que la revolución se les había hurtado eligiendo a un monarca, cuando lo consecuente hubiera sido, decían, proclamar la República.

Figueras había dado alas a una utopía, La Federal, que finalmente sería su tumba, porque la utopía necesita de una dosis inicial de violencia política y social para su establecimiento. Y Figueras no era un hombre violento en su discurso ni era capaz de encabezar una revuelta callejera. La posibilidad del establecimiento de La Federal, de la utopía por la que tanto había trabajado, fue en consecuencia su propio fin.

Amadeo de Saboya cayó por la imposibilidad de radicales y constitucionales de ponerse de acuerdo en unas reglas de juego y respetarlas. El Partido Radical se alió con los republicanos y llamó a la revolución si no se les entregaba el poder. El Partido Constitucional amañó las elecciones y luego abandonó al Rey. Los radicales de Ruiz Zorrilla, a su vez, despreciaron a Amadeo, ninguneándolo incluso cuando estuvieron en el Gobierno, y le forzaron a sancionar proyectos sin contar con su criterio, como la absurda disolución del Cuerpo de Artillería. Amadeo de Saboya se sintió un títere en manos de todos y abandonó el país. La República no la trajeron los republicanos, sino la necesidad de llenar el hueco político dejado por el fracaso de la Monarquía de Amadeo I.

Presidente a la fuga

El 10 de enero de 1873 todo el mundo sabía que Amadeo se iba. Figueras dijo en sede parlamentaria que lo más acertado era declarar sesión permanente para salvar la situación y proclamar la República. Pero Figueras no dedicó grandes discursos a la cuestión porque era más prudente ser comedido. Habló Castelar para prometer que su partido que mantendría la integridad del territorio y el orden social. Era una promesa gratuita porque el poder de los diputados republicanos sobre los federales intransigentes no sobrepasaba el hemiciclo.

La mañana del 11 de febrero, varios grupos de federales sitiaron el Congreso. Pedían la proclamación inmediata de la República. Figueras salió a una ventana y les tranquilizó. Rivero y Serrano habían pensado proclamar una República conservadora, pero el Partido Radical se revolvió y lo impidió. La única solución posible era un Gobierno de coalición de radicales con republicanos, bajo la presidencia de un federal moderado, que no podía ser otro que Figueras. El Poder Ejecutivo de la República fue elegido aquel día por 256 diputados y senadores, de los cuales 244 dieron su confianza a Figueras como presidente.

El Ejecutivo duró doce días porque los radicales de Martos, presidente de la Asamblea Nacional, intentaron hacerse con el poder. Martos ordenó al gobernador de Madrid que dispusiera a la Guardia Civil en varios ministerios y en el Parlamento, y que convocara a la milicia afecta a su partido, Además, Martos nombró capitán general de Castilla la Nueva a su amigo el general Moriones. La intentona fracasó y Figueras cesó a los ministros golpistas, sobre los que no recayó el peso de la ley. Viendo la suavidad del presidente, los federales de Barcelona quisieron convertirse en un Estado de la Federación Española a principios de marzo de 1873. Figueras tuvo que desplazarse hasta su ciudad para calmar a los insurrectos. Consiguió que desistieran en sus propósitos como es habitual en estos casos: les ofreció unos cargos y prometió una biblioteca y un local público.

Por si fuera poca la presión que sufría Figueras, el 20 de abril murió su mujer, lo que le hundió en una profunda tristeza, lógicamente, y a buen seguro influyó en sus decisiones políticas y en su dramática huida. A los tres días del fallecimiento se produjo un nuevo intento de golpe de Estado, de la mano de Martos y el general Serrano. La torpe intentona fue sofocada por Pi y Margall, quien, atribuyéndose facultades que no tenía, disolvió por la fuerza la Comisión Permanente de la Asamblea Constituyente, donde tenía mayoría el Partido Radical. Los federales se quedaron entonces solos al frente de la frágil República.

A primeros de mayo, Figueras tomó de forma interina las riendas del Ministerio de la Guerra, lo que facilitó que fueran los "oficinistas" de dicha institución, a juicio del escritor pimargalliano Vera y González, los que verdaderamente lo dirigieran. El objetivo de Figueras era, según declaró, "llegar a las constituyentes sin trastornos". Pero ya era tarde para eso. Los vientos de La Federal sembrados desde 1868 trajeron los lodos cantonales de 1873. Los generales Contreras y Pierrad, federales intransigentes, prepararon un golpe de Estado en Madrid. Al conocerlo, Figueras encargó al también general Socías que lo investigara. En pleno ataque de ansiedad y paranoia, creyendo que todos estaban contra él, y temiendo por su vida, en la noche del 9 al 10 de junio huyó a Francia.

Castelar y Pi y Margall fueron a buscarle a su casa. "El señor hizo la maleta anoche, y se fue a tomar el tren". El vacío de poder fue aprovechado por los golpistas. Tuvo lugar en Madrid una semana de tensión, con la toma de ministerios, su desalojo y la elección de Pi como presidente de la República. Claro que, al día siguiente, el nombramiento del nuevo Ejecutivo hizo creer a los federales que había llegado su momento y levantaron cantones por media España. Empezaba la rebelión cantonal, que fue la puntilla a un régimen rechazado por la mayoría de la sociedad. La presidencia de Figueras se ha visto como un tiempo muerto. Sin embargo, tuvo que enfrentarse a dos golpes de Estado, a la animadversión violenta de los suyos, a la muerte de su mujer, en medio de la construcción de una utopía descabellada, La Federal, que él había ayudado a crear durante cinco años.

El fin: de héroe a villano orgánico

Figueras estuvo en Francia hasta septiembre de 1873. La enemistad entre Castelar, Pi y Salmerón era notoria y dañina. Estos dos últimos criticaban la política de orden de Castelar, que había dado mandos militares a monárquicos e intentaba normalizar las relaciones con la Santa Sede. Al comienzo, Figueras intentó mediar. El 24 de diciembre de 1873 propuso a Salmerón y a Castelar aplazar ocho meses la reunión de las Cortes –lo que deseaban los castelarinos– y a cambio modificar el Gobierno dando entrada a cuatro salmeronianos. No fue posible. Tres días después hizo lo propio con Salmerón y Pi y Margall, que solo coincidieron en que era necesario derribar a Castelar y formar un Gobierno de transición que se centrara en concluir la guerra carlista y en la discusión del proyecto constitucional.

Y así lo hicieron en la sesión del 2 al 3 de enero de 1874: echaron abajo el voto de confianza de Castelar. Durante la suspensión de la sesión para formar nuevo Gobierno, Figueras se reunió con Salmerón, Pi y otros diputados. El cambalache de puestos fue el habitual. El elegido para presidir la República fue Eduardo Palanca, que, emulando a Figueras, ya estaba en la estación para coger un tren rumbo a Málaga. Lo detuvieron sus amigos, y le llevaron a las Cortes.

La sesión se reanudó a las siete menos cinco minutos de la mañana del 3 de enero. En una de las dos versiones que se manejan sobre los acontecimientos –la creada por los republicanos que fueron entonces derrotados y el testimonio de los testigos–, al parecer fue Figueras el que entró en el Salón y anunció a Salmerón, presidente de la Asamblea, que las fuerzas de Pavía rodeaban el Congreso. No lo creo. Es más probable que fuera el Carbonerín, un revolucionario profesional que salvaguardaba en esos momentos el carácter federal del nuevo Gobierno, el que diera el aviso. Todo acabó en pocos minutos: sin caballo de Pavía –figura propagandística falsa–, con mucha carrera por miedo y la Guardia Civil acompañando a los pocos diputados que quedaron en el hemiciclo. Y todo acabó. El 12 de enero de 1874 capitulaba el último cantón, el de Cartagena.

Durante ese año Figueras intentó unir a los gerifaltes del republicanismo. Eran las conferencias de la calle Chinchilla, donde estaba su casa, pero no tuvo éxito. Figueras siguió defendiendo el federalismo; ahora bien, no como el resultado de un pacto de abajo arriba, como sostenía Pi y Margall, ni por un acto de fuerza, sino como una fórmula descentralizadora. Era el "federalismo orgánico", consistente en la formación de "autonomías" como partes contratantes de la federación, cuyas facultades e intereses no podían en ningún caso chocar con la voluntad unitaria prefigurada. A su entender, España era una realidad preexistente a sus estados federales, y estos no podían, por tanto, tener el derecho a ser independientes. El federalismo orgánico de Figueras contemplaba el mantenimiento de una única soberanía, la española, y la descentralización igualitaria, sin atender a nacionalismos ni identidades distintas a la española.

Figueras, como hiciera muchas veces en su juventud, volvió a su casa y a la abogacía. Contrajo matrimonio otra vez, y tuvo dos hijos. Volvió a la política intentando la unión republicana, que en realidad nadie quería, y acabó creando su propio partido en 1881, el federal orgánico. Lo presentó en Valencia el 8 de mayo de ese año, ante 400 personas, y lo hizo con una diatriba contra Pi y Margall.

Aquejado de una enfermedad pulmonar, murió el 11 de noviembre de 1882. Quizá la descripción más ajustada del personaje, aquel primer presidente de la República de 1873, se pudo leer en el periódico castelarino El Globo:

¡Descanse en paz! Pocos hombres habrán tenido como él tanto don de gentes, tanta delicadeza de sentimientos, y una inteligencia tan viva, tan penetrante, tan clara y tan flexible. Esto, unido a su cultura, le permitía tratar y cultivar el ánimo de sus conocidos, fuesen hombres de sociedad, fuesen los más díscolos y atrabiliarios demagogos. ¡Lástima que a tales dotes no hubiera acompañado una más grande amplitud de miras, una mayor solidez de ideas, y sobre todo, una superior energía de carácter, para bien de la República y de la patria.

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