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Vladimir Tismaneanu y los demonios del siglo XX

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Este texto es el prólogo de la edición de El diablo en la Historia, de Vladimir Tismaneanu, que ha publicado la editorial Stella Maris de Barcelona en noviembre de 2015.

Vladimir Tismaneanu es un intelectual rumano que consiguió escapar a Occidente en 1981 (cuando acompañaba a su madre, excombatiente de las Brigadas Internacionales en nuestra guerra civil, a un viaje por España), llegó a EE.UU. vía Venezuela y, tras trabajar unos años como comentarista de Radio Europa Libre y La Voz de América, se consagró en diversas universidades norteamericanas como uno de los más destacados expertos contemporáneos en la historia del régimen comunista. Su Stalinism for All Seasons (2003) es considerada la obra definitiva sobre el periodo de Ceausescu. Quienes tengan cierta edad recordarán cómo en los 70 y primeros 80 el régimen nacional-comunista del sátrapa rumano llegó a gozar de una aureola positiva ante cierta izquierda occidental que, rendida a regañadientes a la evidencia de la impresentabilidad del modelo soviético, todavía buscaba desesperadamente el "verdadero socialismo", el socialismo de rostro humano, compatible con el pluralismo y la libertad, o al menos con las manos limpias de sangre. Y, en un delirio de wishful thinking, creía encontrarlo unas veces en los barbudos de Sierra Maestra, otras en la autogestión yugoslava, cuando no en la megalomanía del conducator transilvano o hasta en la vesania del Vietcong o los khmers rojos (recuerdo –como ejemplo especialmente deprimente– un texto setentero de la teóloga Dorothee Sölle que se refería a Hanoi como "la capital mundial de la dignidad humana"). El régimen rumano mereció ese honor porque, desde finales de los 60, Ceausescu impostó cierta autonomía frente a Moscú, a la manera de un segundo Tito, pero sin abandonar el Pacto de Varsovia. En realidad, como demuestra Tismaneanu, el ceausesquismo no fue sino una reedición tardía del estalinismo (en un periodo en que la URSS, tras el discurso secreto de Kruschev al XX Congreso del PCUS en 1956, había entrado en una fase que cabría calificar de post-totalitaria, aunque ciertamente no democrática ni liberal) con ciertos rasgos originales, relacionados con la adopción de un fuerte lenguaje nacionalista, el hostigamiento de las minorías húngara y alemana, etc. Es decir: rasgos fascistoides. El ceausesquismo tuvo algo de híbrido fascio-comunista.

La relativa homología –que no perfecta identidad– entre comunismo y fascismo es en cierto modo el hilo conductor de El diablo en la historia. Ambos son hijos de esa catástrofe seminal –madre de todos los desastres del siglo– que fue la Primera Guerra Mundial. No habría habido comunismo sin la Gran Guerra: el movimiento obrero había encontrado un cauce satisfactorio de influencia en la presión sindical y la legislación de protección social; las mejores cabezas del socialismo internacional –los Eduard Bernstein, Karl Kautsky o Jean Jaurés– no esperaban ya la "gran jornada" revolucionaria, apostando en la práctica por la acción parlamentaria y las reformas legales graduales ("la meta no es nada, el camino lo es todo"); los salarios subían y las condiciones de trabajo mejoraban; hasta la atrasada Rusia parecía haber entrado en una vía de rápida industrialización y modernización, con las reformas de ministros ilustrados como Witte o Stolypin[1]. Habían pasado siete décadas desde el Manifiesto comunista, y la revolución apocalíptica, que Marx había profetizado como inminente, no había tenido lugar en ningún sitio. Cuando el marxismo ortodoxo parecía a punto de ser enterrado por la socialdemocracia evolucionista (el "revisionismo" de Bernstein o el socialismo fabiano de los Webb), recibió in extremis una última oportunidad histórica con la debacle de las tropas zaristas en Tannenberg y los Lagos Masurianos. Derrocado el zar, los bolcheviques secuestran en enero de 1918 la asamblea constituyente y se alzan con el poder absoluto. Por fin se ha producido una "revolución socialista" justo en el lugar en el que, en buena teoría marxista, era imposible que se produjera: la Rusia que, todavía semifeudal, no había tenido tiempo de experimentar "la agudización de las contradicciones del capitalismo"[2].

Pero no importa: la Revolución rusa será interpretada por muchos como la demostración de que, después de todo, Marx tenía razón; media izquierda europea, ya firmemente encauzada en la vía pacífica del gradualismo y las reformas, retrocede al maximalismo revolucionario del todo o nada. Un maximalismo que es alentado, no sólo por la victoria bolchevique, sino también por la bancarrota moral que ha supuesto la Primera Guerra Mundial para un Occidente que parecía tan sensatamente orientado en la belle époque: progreso científico y económico, democratización, Estado de Derecho, parlamentarismo…

Tismaneanu comparte la tesis de François Furet: el parentesco secreto entre comunismo y fascismo tiene que ver con el hecho de que ambos son hijos de la Primera Guerra Mundial. La carnicería inútil –con un coste en vidas tan desproporcionado respecto a la nimiedad de sus causas, muy pronto olvidadas- desacredita a la civilización liberal-burguesa del siglo XIX. La incorporación definitiva de las masas al escenario político tendrá lugar, no a través de los votos y los debates parlamentarios, sino a través de las trincheras. Esos poilus de cuya sangre dispone el Estado liberal tan pródiga y estúpidamente se sentirán con derecho a cuestionar su legitimidad, autorizados a rediseñar la sociedad desde su base[3] (Mussolini habla en 1918 de una "trincherocracia": los excombatientes tienen derecho a dirigir el país porque "han sacrificado más")[4]. Los ingredientes de las ideologías totalitarias germinarán en el infierno de las ametralladoras y los alambres de espino. Por ejemplo, la desvalorización de la vida humana, cuya sacralidad se desvanece en el contexto de la masacre bélica cotidiana. Los seres humanos, convertidos en simples números –fungibles como cabezas de ganado- en los mapas militares de Joffre o Ludendorff, lo seguirán siendo en los planes de colectivización agraria de Stalin o en los proyectos hitlerianos de Drang nach Osten genocida. Pero también el colectivismo: el constante peligro de muerte sella una fraternidad muy especial entre los combatientes; tanto el fascismo italiano como el alemán surgirán de grupos de soldados desmovilizados. Así como el odio a "los politicastros" (culpables de la "puñalada en la espalda" que habría puesto de rodillas a una Alemania aún capaz de luchar, según la interpretación que terminará haciendo fortuna entre los soldados alemanes que pronto alimentarán las filas nazis) y el consiguiente desprecio del parlamentarismo. Y el irracionalismo, y la exaltación de la violencia. Y el culto al líder carismático. Todo empezó en las trincheras. De las trincheras -y del ejemplo soviético- surgirá una izquierda retornada al sueño revolucionario, que parecía ya abandonado. Y también surgirá algo de lo que no había precedentes: una derecha revolucionaria.

La inmensa fascinación que ejerce la idea de revolución –especialmente en tiempos de bancarrota espiritual como los que siguieron a la Gran Guerra- se debe probablemente a la forma en que vampiriza el prestigio de la ciencia, la moral y la religión, combinándolas en un sucedáneo paradójico[5]. La revolución socialista usurpa el prestigio de la ciencia porque es –según el marxismo- el resultado necesario de leyes históricas "científicamente" escrutadas. Marx no se considera un moralista que denuncie la injusticia del capitalismo, sino un científico social que analiza las contradicciones internas de éste[6], profetizando su desmoronamiento, su colapso [Zusammenbruch] violento: "El comunismo no es para nosotros un estado que ha de ser establecido, ni un ideal con arreglo al cual haya de comportarse la realidad. Llamamos comunismo al movimiento real que suprime el estado de cosas vigente. Las condiciones de ese movimiento se derivan de las premisas existentes en la actualidad" (La ideología alemana). Ahora bien, aunque de un lado el materialismo histórico desprecie los ideales morales (a los que considera meros elementos de la "superestructura": una excrecencia del modo de producción; las ideas morales son "condensaciones nebulosas que se forman en el cerebro de los hombres", "sublimaciones necesarias de su proceso material de vida", escribe Marx en La ideología alemana), de otro lado instituye implícita y paradójicamente una nueva moral: la ética revolucionaria. Aunque Marx ponga más el acento sobre la prognosis científico-histórica que sobre la valoración moral, su obra está impregnada de una descalificación tácita del capitalismo, condenado como injusto y explotador. Si el capitalismo es inicuo, su destrucción se convierte en el objetivo supremo de los que tienen hambre y sed de justicia. La revolución y la posterior construcción del socialismo se convierten en fines sagrados, fines cuya consecución justifica cualesquiera medios. La nueva moral revolucionaria considera superadas tanto la ética cristiana, con su énfasis en el valor supremo de cada individuo[7], como el fair play jurídico-político del liberalismo decimonónico ("no era posible llevar a cabo la revolución con las reglas del cricket", apuntará Arthur Koestler, reflexionando sobre su etapa comunista)[8]. "Hemos sido los primeros en reemplazar la ética liberal del siglo XIX, basada sobre el juego limpio, por la ética revolucionaria del siglo XX; hemos introducido el neomaquiavelismo en nombre de la razón universal: ésta es nuestra grandeza", afirma el Rubachov de El cero y el infinito[9].

Pero, además de pseudo-ciencia y pseudo-moral (moral neomaquiavélica que permite todos los medios en aras de la consecución de la meta socialista suprema), el marxismo es pseudorreligión[10]: "es una manera de reciclar las aspiraciones de la religión mediante la política, pues la revolución es una búsqueda de la salvación" (Furet)[11]. El marxismo implica la Verdiesseitung, la inmanentización del reino de Dios, la secularización de la esperanza trascendente. Incapaz ya de creer en la beatitud y la justicia ultraterrenas, el marxista transfiere su anhelo de absoluto al horizonte histórico: el proletariado es el mesías "por cuyas llagas hemos sido curados" (la explotación del proletariado crecerá hasta estallar en la revolución: sus sufrimientos traerán la catarsis); la sociedad socialista (el "reino de la libertad" que sucede al "reino de la necesidad"; la sociedad sin clases en la que ya no habrá "explotación del hombre por el hombre") es el cielo en la tierra; la Historia es la divinidad que garantiza el sentido y éxito final del esfuerzo revolucionario[12]; Marx es el Moisés que escruta las leyes de la historia y las revela a los fieles; el Partido, finalmente, es la iglesia infalible fuera de la cual no hay salvación.

Ahora bien, al antiliberalismo marxista le va a surgir en los años 20 un competidor inesperado: el antiliberalismo fascista. Gran parte de El diablo en la historia está dedicada al análisis de la sutil relación de amor-odio entre los dos totalitarismos: la que Tismaneanu llama "su intimidad mutua negativa". Enfrentados a muerte en 1934-39 y en 1941-45, habrán colaborado inopinadamente, sin embargo, en 1939-41, los años del pacto nazi-soviético (ya en 1922-30, tras el tratado de Rapallo, la URSS cooperó con una Alemania todavía democrática, pero en la que el nazismo germinaba rápidamente).

El importante nexo de afinidad entre comunismo y fascismo viene dado por el hecho de que ambos consideran periclitado y decadente el individualismo liberal. "Si el siglo XIX fue el siglo del individuo (liberalismo significa individualismo), podemos pensar que el siglo actual es el siglo de lo colectivo", escribe Mussolini en El fascismo (1929)[13]. El Estado de Derecho, las libertades individuales (despreciadas como "formales", es decir, engañosas, sin sustancia), el mercado capitalista y el afán de lucro, son despreciados con parecida intensidad por comunistas y fascistas. Se trata del mundo "burgués" del siglo XIX, que se ha suicidado con la Primera Guerra Mundial: ahora hay que reconstruir la sociedad desde cero con valores nuevos. Ya en 1844 había condenado Marx en La cuestión judía los derechos humanos proclamados por la Declaración de 1789 y las constituciones liberales: "Se trata de la libertad del hombre como mónada aislada y replegada sobre sí. [...] [Este] derecho del hombre a la libertad no se basa en el vínculo del hombre con el hombre, sino más bien en el aislamiento del hombre respecto del hombre. Es el derecho a dicho aislamiento, el derecho del individuo limitado: limitado a sí mismo"[14]. La libertad de expresión, religiosa, de pensamiento, la propiedad privada, la libertad económica… no serían sino patentes de corso para el egoísmo: consagrarían el derecho a atrincherarse en la ciudadela privada, el derecho a inhibirse de la empresa comunitaria.

Pero también el fascismo comparte ese desprecio de la "mezquindad" de la vida burguesa, como puede comprobarse en cualquier discurso de Hitler o Mussolini ("no nos engañemos: nuestra burguesía es despreciable e incapaz de ninguna empresa noble", proclama Hitler en 1933)[15]. En cierto sentido, tanto el fascismo como el comunismo son reacciones neorrománticas frente al prosaísmo de la burguesía, cuyo estilo de vida parece chato a estos espíritus anhelantes de tareas heroicas y emociones fuertes. La burguesía tiene la curiosa habilidad de atraer el odio tanto de la vieja aristocracia (que considera parvenus a los burgueses) y los nostálgicos del Antiguo Régimen como de los nuevos antiliberales de izquierda y derecha, sedientos de totalidad, a los que el razonable mundo burgués –y sus valores de orden, previsibilidad, ahorro- les resultan mediocres y asfixiantes. La clave está, quizás, en que la sociedad liberal se basa en reglas "penúltimas", que intentan simplemente organizar la convivencia en forma aseada, garantizando a cada ciudadano una parcela lo más amplia posible de libertad (religiosa, económica, política). Para el liberal, la política no es lo último, sino lo penúltimo[16]. Lo último –los fines que prestan sentido a la vida- deberá ser buscado de manera individual: unos lo encontrarán en la religión, otros en la familia, o el amor, o la filosofía, o en todo ello a la vez. Pero el carácter penúltimo de las normas liberales aparece como "mediocridad" a quien necesita grandiosas empresas colectivas; quien ya no cree en un absoluto trascendente, y se empeña por tanto en encontrar el cielo en la Historia: su absoluto será el heroico combate anticapitalista y la construcción del socialismo, o bien el renacimiento nacional y la forja de una Volksgemeinschaft en la que los individuos se entreguen incondicionalmente a la redención de la patria y a su expansión imperial[17]. El programa del Partido Alemán de los Trabajadores (precursor del partido nazi), escrito por Hitler y Anton Drexler, partía del principio "el bien común debe prevalecer siempre sobre el interés privado"[18].

Igualmente comprometidos con una finalidad sagrada, superadora del egoísmo burgués (en un caso, la emancipación del proletariado y la construcción del socialismo; en el otro, la fusión de todas las voluntades en una gran comunidad nacional) e igualmente despreciadores de las garantías liberal-democráticas, nazismo y comunismo desarrollarán al unísono los rasgos típicos –e históricamente inéditos- de los regímenes totalitarios. Robert C. Tucker los describe así: "Compartían el Führerprinzip [principio del caudillaje]; la confusión del Estado con el partido único, que no tolera oposición y extiende sus tentáculos a todas las organizaciones sociales; el uso de los medios de comunicación de masas para mantener a la población siempre galvanizada; el desarrollo del terror como sistema de poder por medio de los campos de concentración"[19], etc. Son regímenes revolucionarios, que intentan mantener la incandescencia subversiva una vez asentados en el poder: "revolución postrevolucionaria"[20] o "revolución permanente" (y, cuando pierden el ímpetu ideológico, se convierten en "estrellas apagadas"[21], monstruos burocráticos fríos, destinados a la implosión). Se consideran en guerra constante contra enemigos exteriores e interiores: el "cerco capitalista", las potencias plutocráticas, los "elementos contrarrevolucionarios", la burguesía, los kulaki, los "saboteadores", los "desviacionistas", los judíos… La institucionalización de esta lógica bélica implica la eliminación física de los adversarios políticos[22]. O ellos, o nosotros. Un régimen totalitario ni concede ni espera cuartel. Tanto Lenin como Hitler desembocan en una interpretación bélica de la Historia, la cual consistiría fundalmentalmente en guerra de clases o guerra de razas. Lenin llegó a escribir que el criterio básico de interpretación de una sociedad es "¿quién le hace qué a quién?"; o sea, quién oprime, encarcela, elimina a quién. Y definió el Estado democrático como "la organización destinada a promover el uso sistemático de la violencia de una clase contra la otra, de una parte de la población contra la otra"[23].

Una segunda circunstancia histórica vino a poner viento en las velas de los totalitarismos comunista y fascista: el crack de 1929 y la consiguiente Depresión de los 30. Casi todos –desde el presidente Roosevelt al Papa Pío XI, desde Laski a Calvo Sotelo, desde Mounier a Drieu de la Rochelle- interpretaron la recesión como la confirmación del fracaso del libre mercado y de la "anarquía de la producción", concluyendo que la solución estribaba en la ordenación de la actividad económica desde el poder político (bien mediante estímulos keynesianos al estilo del New Deal, bien mediante la planificación total). Los Planes Quinquenales y la colectivización agraria de Stalin excitaron la fibra constructivista que duerme en todo intelectual: ¡por fin alguien "racionalizaba la producción", en lugar de abandonarla al juego caótico de las fuerzas del mercado! La Gleichschaltung económica de Hitler[24], los sindicatos verticales y corporaciones mussolinianas, el Istituto per la Ricostruzione Industriale, la Carta del Lavoro, etc., apuntaban exactamente en la misma dirección, aunque sin llegar a la estatalización total. Jonah Goldberg ha relatado cómo incluso la izquierda norteamericana se vio tentada por el virus autoritario-colectivista[25]. Koestler explica cómo gran parte de la intelectualidad de la época cayó presa de la "mística del Plan Quinquenal"[26]. La fábrica de tractores de Jarkov o la presa del Dnieper (las más grandes del mundo) inspiraban poemas[27]. En su viaje por la URSS en 1932-33, Koestler desdeña monasterios y pinacotecas, prefiriendo visitar plantas siderúrgicas y granjas colectivas. El gigantismo industrial del Plan excita la imaginación y facilita la propaganda: mediante un titánico esfuerzo colectivo, el pueblo soviético se dispone a quemar etapas históricas y adelantar en pocos años a las decadentes plutocracias occidentales. En Rusia se construye –material y políticamente- la sociedad del futuro: "Ah, compañero Stalin: de un pueblo de mendigos/ has hecho un pueblo de hombres que sacuden la frente,/ y la cárcel ahuyentan, y prodigan los trigos/ como a un inmenso esfuerzo le cabe: inmensamente" (Miguel Hernández)[28]. Hoy conocemos la otra cara del "gran salto adelante" (que en realidad no fue tal, pues en 1932 la producción industrial seguía siendo inferior a la de 1913): las legiones de esclavos construyendo el canal del Mar Blanco; las aldeas ucranianas rodeadas por las tropas, mientras millones de campesinos morían de hambre en ellas a resultas de la fracasada colectivización agraria; los kulaki cazados como conejos campo a través[29]

Su objetiva afinidad antiliberal y constructivista-planificadora no impidió que los movimientos comunista y fascista se vieran mutuamente como enemigos mortales (sin dejar al mismo tiempo de admirarse secretamente, ni de copiarse invenciones: Hitler toma de Lenin la idea de los campos de concentración; el ejemplo de la Noche de los Cuchillos Largos y la liquidación de las SA de Röhm anima en 1934 a Stalin a ordenar el asesinato de Kirov e iniciar el periodo de las grandes purgas). Ambos buscan trascender el "egoísmo burgués" mediante la disolución del individuo en un gran proyecto comunitario, pero la comunidad a la que remiten es distinta: en el marxismo, se trata de la humanidad en su conjunto (en primera instancia apela sólo a una fracción de humanidad, la clase trabajadora; pero, al destruir el capitalismo, los trabajadores liberarán a toda la sociedad); en el caso del fascismo, se trata de la nación o la raza[30]. Es cierto que ha triunfado la tesis estalinista del "socialismo en un solo país"; pero, desde Moscú, la Komintern trabaja por la exportación de la revolución a todo el orbe, manejando como disciplinados peones a los partidos comunistas nacionales. Esta referencia universalista confiere al marxismo cierta ventaja teórica frente al fascismo, permitiéndole aparecer como heredero del universalismo ilustrado-liberal[31]; de hecho, pensadores socialistas como Hermann Cohen o Ernst Bloch[32] enfatizaron mucho esa supuesta continuidad: la revolución de 1917 habría completado la tarea emancipatoria que la de 1789 dejó a medias, truncada por la reacción termidoriana de la burguesía.

Esta diferencia –junto a la convicción de que la democracia liberal tiene los días contados, y que ambos totalitarismos tendrán que competir entre sí para ver cuál de ellos la sucede- explica que comunismo y fascismo se enfrenten a muerte, con la excepción del bienio 1939-41 (armisticio que, por cierto, habría continuado indefinidamente en lo que a Stalin se refiere; el dictador soviético estaba muy satisfecho con las anexiones territoriales conseguidas merced al pacto Ribbentrop-Molotov, y se negó a dar crédito a los informes de inteligencia que advertían de los preparativos de la Operación Barbarroja). El fascismo se legitima como anticomunismo, y el comunismo como antifascismo. Hitler conjugará ambas fobias –la antiburguesa y la antimarxista- en su antisemitismo: misteriosamente, el judío es a un mismo tiempo el alma del gran capital internacional (judeo-plutocracia) y el muñidor del comunismo (judeo-bolchevismo).

Y, sin embargo, los comunistas habrán sido cómplices objetivos del ascenso del nazismo en la Alemania de los años 20, con su política antisistema socavadora de la república de Weimar. Por ejemplo, en 1925 la insistencia del Partido Comunista en presentar candidato propio (Ernst Thälmann) a las elecciones a la presidencia de la república termina facilitando la victoria del mariscal Hindenburg, monárquico, escéptico frente al régimen de Weimar, propiciador a partir de 1930 de gabinetes autoritarios de derecha (Brüning, Von Papen) y finalmente comparsa de Hitler. La inhibición comunista en 1925 habría permitido el triunfo del socialdemócrata Wilhelm Marx. Pero la consigna del Komintern en la época era tildar a los socialdemócratas de "social-fascistas", metiéndolos en un mismo saco "fascista" junto a la derecha civilizada y los nazis emergentes. Los comunistas deseaban el hundimiento del régimen de Weimar tanto como los nazis. Los socialdemócratas –autores y sostenedores de la república democrática- se vieron cogidos entre dos fuegos. Cuando, suprimidos los partidos de Weimar, nazis y comunistas se enfrentaron por fin directamente en 1933, los segundos fueron aniquilados.

Esta estrategia (los comunistas solos frente a todos) cambiará decisivamente a partir de 1934-35, con el informe de Dimitrov al VII Congreso Mundial de la Internacional Comunista: de la posición según la cual es "fascista" todo el que no sea comunista (social-fascistas, liberal-fascistas, católico-fascistas, etc.) se pasará a otra que reserva el término "fascista" para quien realmente lo es, y busca ahora la alianza antifascista con socialistas y liberales. Es la hora de los Frentes Populares, en Francia y en España. Los socialistas ya no son fascistas encubiertos, sino aliados imprescindibles en la gran coalición democrático-antifascista. Por supuesto, el objetivo de los comunistas sigue siendo la revolución y la dictadura de partido (mientras en Occidente la Komintern forja Frentes Populares "democráticos", en la URSS Stalin liquida a un millón de personas en sus purgas); pero esa meta final es encubierta bajo toneladas de retórica "por la paz", "por la democracia", o "contra el fascismo". Es un giro propagandístico magistral –sabiamente puesto en escena por Willi Münzenberg, genio del agitprop, que sin embargo terminará cayendo en desgracia ante Moscú y será asesinado en 1940- que proporcionará al comunismo impagables réditos de imagen[33]. De hecho, es la estrategia que, una vez concluido el desconcertante interludio de amistad nazi-comunista de 1939-41, utilizará preferentemente el comunismo hasta su final en 1989: infiltrar y vampirizar causas más amplias y fácilmente publicitables (el pacifismo, el ecologismo, la descolonización, la democracia, la lucha contra las dictaduras…). España será por dos veces escenario privilegiado de este libreto: en 1936-39 los comunistas terminan haciéndose con el control casi absoluto del bando republicano en nuestra Guerra Civil (apareciendo ante la opinión pública mundial, no como esbirros de Moscú, sino como abnegados brigadistas que combaten "contra el fascismo" y "por la libertad"); en los 60 y primeros 70, el PCE se erige en fuerza hegemónica dentro de la oposición al franquismo: de nuevo, disimulando su perfil específicamente marxista bajo una más genérica y confesable lucha "por la democracia". Los comunistas dispondrán todo ese tiempo de un eficaz mecanismo intimidatorio: quien se muestre "visceralmente anticomunista" se hace automáticamente sospechoso de fascismo. Este mecanismo explica parte de la indulgencia –frente a los crímenes comunistas- de muchos que, sin ser comunistas, temían por encima de todo ser tomados por "fascistas"[34]. Con su contribución decisiva a la victoria aliada en 1945, el comunismo podrá reclalmar los galones de campeón por antonomasia del antifascismo; el incómodo recuerdo de 1939-41, cuando Hitler y Stalin se repartieron amigablemente media Europa oriental, será convenientemente censurado.

El apogeo del comunismo –digamos hacia 1950, con Stalin en la cúspide de su poder, Europa oriental bolchevizada, el Gulag más rebosante que nunca, China recién basculada al bando soviético, los partidos comunistas italiano y francés exultantes, etc.- fue, sin embargo, muy breve. Una de las sugerencias más interesantes de Tismaneanu es que el proyecto comunista empezó a morir en 1956, y en cierto modo fue un cadáver ambulante en sus tres últimas décadas (aunque hasta finales de los 70 el bando soviético seguirá ampliando su esfera de influencia en Africa y Asia). En febrero de 1956 expone Nikita Kruschev su célebre "informe secreto" al XX Congreso del PCUS. El informe desvela –tímida y selectivamente- los crímenes de Stalin, muerto en 1953. Se intenta aislar la infección, atribuyéndola al "culto a la personalidad": el estalinismo como desviación pasajera de una ideología que sigue siendo verdadera y justa; bastaría un cambio de rumbo hacia la dirección colegiada (de hecho, ni Kruschev ni ninguno de sus sucesores tendrán ya el poder absoluto del que disfrutó el déspota georgiano) y la atenuación del terror (tras la ejecución de Beria en 1953, los dirigentes soviéticos parecen sellar un pacto implícito de no volver a matarse entre sí: cuando Kruschev caiga en desgracia en 1964, por ejemplo, no será liquidado). La desestalinización no es descomunistización, sino "retorno a Lenin", ocultando que Lenin fue tan criminal como Stalin[35]. El informe es muy selectivo en su condena: aprueba, por ejemplo, la eliminación de Bujarin o Trotski, aunque lamenta las purgas masivas de 1936-38. Pero, por tibia que sea la autocrítica del Partido, lo cierto es que abre una brecha de falibilidad y duda en lo que hasta entonces era un bloque monolítico de certezas[36]. He aquí que el líder supremo de la revolución mundial era un criminal. ¿Cómo podría no quedar herida de muerte la cosmovisión por él representada? Es como si un Papa revelara urbi et orbe que su antecesor se dedicaba al envenenamiento y la pederastia.

La prueba de que las revelaciones del XX Congreso hirieron en lo más profundo la autoconfianza del movimiento es que se extendió rápidamente en los países satélites una atmósfera de audacia revisionista y una ilusión de reversibilidad del comunismo, que dará lugar a los experimentos aperturistas de Gomulka en Polonia y de Nagy en Hungría. El primero será reconducido con maniobras palaciegas, dejando a Gomulka en el poder; el segundo, reprimido con una intervención militar soviética, como ya lo había sido el levantamiento berlinés de 1953. Pero, cada vez que recurre a los tanques –como hará de nuevo en Checoslovaquia en 1968- la credibilidad del comunismo como proyecto emancipatorio sufre una nueva sangría. ¿Qué decir de la erección del Muro de Berlín en 1961? Como señaló Jean-François Revel, aunque todo el mundo asocia el hundimiento del comunismo con la caída del Muro en 1989, lo que representó realmente su bancarrota moral fue su construcción tres décadas antes[37]. El sistema reconocía que tenía que encarcelar a su propia población para evitar su huida del paraíso proletario.

Y sin embargo, mientras el corazón ideológico del comunismo dejaba de latir en el centro del imperio, el marxismo conocerá una inopinada segunda juventud en las universidades occidentales de los 60 y 70, pobladas por los hijos aburridos del Wirtschaftswunder y de los "treinta gloriosos" (1945-73)[38]. Cuando ya no quedaban verdaderos creyentes marxistas en el bloque soviético, en las escalinatas de la Sorbona ondeaban los retratos de Lenin, Mao o el Che[39]. "La idea comunista vivió más tiempo en el espíritu de la gente que en los hechos; en el Oeste que en el Este de Europa" (Furet)[40]. El maoísmo occidental es un episodio especialmente desolador, pues Mao representaba de hecho una involución a los peores años de Stalin: los treinta millones de muertos de su Gran Salto Adelante (1959-61) son el equivalente chino del Holomodor de 1932-33, y el millón de muertos de su "revolución cultural" (1966-76), el trasunto asiático de la Gran Purga soviética de 1936-38. Y, sin embargo, los estudiantes occidentales, que ya no podían creer en una URSS que aplastaba la Primavera de Praga, dieron en rendir culto a esta forma oriental de estalinismo paradójicamente antisoviético (China y la URSS habían roto a comienzos de los 60).

Aunque su corazón estuviera seco, aunque ni la nomenklatura (oni, "ellos", título de un célebre libro de entrevistas de Teresa Toranska con burócratas del comunismo tardío: "ellos" eran una casta, un mandarinato, con tiendas, casas e indumentaria específicas y una jerga oficial característica) ni las sociedades a ella sometidas creyeran ya una sola palabra del "gran relato" marxista que hacía las veces de religión de Estado, el régimen soviético parecía todavía capaz de sobrevivir muchas décadas, atrincherado en su Politburó y sus ojivas nucleares. Aún controlaba medio planeta; la primavera de Praga (1968) y la eclosión de Solidaridad en Polonia (1980-81) habían sido reprimidas; los pueblos parecían resignados a la eternidad del comunismo. El sovietismo había perdido su incandescencia ideológica y parte de su ferocidad represiva (a los disidentes ya no se les enviaba al Gulag o a la Lubianka, sino a "clínicas psiquiátricas"; Solzhenitsin y otros pudieron incluso pasar a Occidente; en tiempos de Stalin habrían sido liquidados sur le champs, sometiéndoles antes a tortura para arrancarles autoacusaciones falsas)[41], para adquirir más bien un tono de aburrida mediocridad burocrática, quizás comparable al del tardofranquismo. "Nosotros hacemos como que trabajamos, y ellos (oni) hacen como que nos pagan".

Pero entonces, en 1985, llegó Gorbachov. Nada hace pensar que quisiese liquidar el comunismo: sin duda era más sinceramente comunista que sus predecesores gerontocráticos (los Breznev, Andropov, Chernienko…). Precisamente porque él todavía creía en ello, intentó desembarazar al comunismo de su rutina y su esclerosis burocrática. Las famosas políticas aperturistas de perestroika y glasnost venían a suponer una reedición del experimento de "socialismo con rostro humano" de Dubcek en la Checoslovaquia de 1968, pero esta vez en el centro mismo del imperio soviético. Esta vez fue la metrópoli la que contagió el virus renovador a los países satélites, para contrariedad de sus gerontócratas (Honecker, Kadar, Husak, Jaruzelski, Ceausescu, Yivkov), que tenían bien domesticados a sus países respectivos. El nuevo viento de apertura que soplaba desde Moscú fue el que reavivó las cenizas de la machacada Solidaridad polaca en 1988; y, a partir de ahí, la sucesión incontenible de grilletes que iban saltando: la "mesa redonda" entre el gobierno comunista polaco y Solidaridad en los primeros meses de 1989; las elecciones relativamente libres en Polonia, con aplastante victoria de Solidaridad (junio de 1989) y consiguiente formación de un gobierno presidido por un no comunista (Tadeusz Mazowiecki); la rehabilitación de Imre Nagy (el primer ministro -comunista pero desestalinizador- rebelde a Moscú en 1956, fusilado secretamente en 1958 y enterrado en una sepultura anónima –la fosa 301- que se convirtió en 1989 en santuario del nuevo movimiento por la liberación nacional) en Hungría el 16 de Junio[42]; la apertura de la frontera austro-húngara y el éxodo masivo de alemanes orientales a través de esa primera grieta en el Telón de Acero (agosto de 1989)…

Pero ni siquiera cuando la perestroika –extendida desde la URSS a los países satélites- dejó paso a un rumbo abiertamente revolucionario retrocedió Gorbachov en su política de laissez faire. Hubo dos momentos decisivos: el 8 de octubre de 1989, un Gorbachov en visita oficial a la RDA le dice públicamente a Erich Honecker (ya acosado por las "manifestaciones de los lunes" de Leipzig) que "la vida misma castiga a los que se quedan rezagados", y a continuación le comunica en privado que no espere apoyo de las tropas soviéticas para reprimir la revolución incipiente[43]. Y un mes más tarde transmite un mensaje similar al tambaleante gobierno comunista checoslovaco.

Gorbachov fue un nuevo Dubcek, un comunista sincero y bienintencionado, que creía en la posibilidad de reformar el sistema, de abrirlo y dinamizarlo, de edificar por fin el "socialismo con rostro humano", compatible con la libertad. El fracaso de su experimento demuestra definitivamente que el comunismo no es reformable. No existe el "socialismo con rostro humano". "El bolchevismo –escribió Furet- no admite ninguna flexibilidad en materia de ideología y de libertad política: sólo puede reinar por la mentira y el temor"[44]. La izquierda occidental asistió con tanta simpatía y expectación a la perestroika porque soñaba que allí se podría materializar la "tercera vía", el tan esperado mirlo blanco de un sistema socialista en lo económico pero democrático-liberal en lo cívico-político (libertad de prensa, religiosa, de enseñanza, etc.). Y, de hecho, en las primeras semanas de las "revoluciones de terciopelo" parecía que se tanteaba una especie de híbrido. Pero, cuando se permitió expresarse abiertamente a los ciudadanos, resultó que no querían "socialismo con rostro humano", sino el paquete occidental completo: economía capitalista, pluralismo político y libertades cívicas. Una elocuente pancarta en las manifestaciones de Leipzig: "¡Cuarenta años de socialismo, y seguimos sin papel higiénico!" (según David Remnick, la causa principal de incendios domésticos en la URSS en los 80 eran "los televisores soviéticos que explotaban espontáneamente")[45]. La gente quería libertad… y papel higiénico. Querían el capitalismo[46].

Por ejemplo, el primer ministro democristiano Tadeusz Mazowiecki estaba fuertemente influido por la doctrina social de la Iglesia, y especialmente por las encíclicas "terceraviarias" de Juan Pablo II, Laborem exercens y Solicitudo rei socialis. Parecía orientado hacia alguna forma de socialismo cristiano. Sin embargo, tras pocas semanas de ejercicio del cargo, afirmó: "¡Estoy buscando a mi Ludwig Erhard!". Erhard encarriló la economía alemana de postguerra en una senda cabalmente liberal, desdeñando equidistancias capitalista-socialistas, y consiguiendo así el "milagro económico" de los 50. El Erhard polaco de 1989 fue el economista Leszek Balcerowicz, afín a la Escuela de Chicago de Milton Friedman[47].

Los últimos comunistas revisionista-perestroikistas (Gorbachov, Poszgay, Nemeth, Horn) e incluso los líderes de las revoluciones de terciopelo, en la primera fase de éstas (Walesa, Havel, Geremek, Michnik, Kis), hablaban de "socialismo de mercado", "legalidad socialista", "democracia socialista". Pero, cuando pusieron manos a la obra, comprobaron que no existen un mercado, una legalidad o una democracia "socialistas". Sólo la democracia, el imperio de la ley y el mercado sin adjetivos[48]. Y las masas que tomaron las calles en octubre y noviembre de 1989 no estaban ya para más experimentos: querían el modelo occidental sin más[49]. Las multitudes checas, por ejemplo, aclamaron el 24 de noviembre en la plaza de san Wenceslao a Dubcek, el hombre de la Primavera de Praga y del "socialismo con rostro humano", recién retornado del ostracismo. Pero le aplaudieron como icono histórico: su lenguaje marxista-revisionista, tan rompedor en 1968, no servía ya para 1989. Eligieron presidente de la república a Havel, no a Dubcek.

Los capítulos cinco y seis de El diablo en la historia contienen una decidida reivindicación de las revoluciones de terciopelo (las revueltas que acabaron con el comunismo en Europa oriental en el otoño de 1989). Estoy de acuerdo: esas revoluciones pacíficas fueron una página dorada en la historia del siglo XX, y entusiasman a cualquier amante de la libertad. El comunismo era el reino de la mentira[50], como denunciaron los escritos de Vaclav Havel: la retórica acartonada, en la que nadie creía ya; la contradicción entre el lenguaje oficial y la realidad social: una falsedad que todos veían pero simulaban ignorar. Y la revolución de 1989 supuso el triunfo de la verdad y de la palabra. En Checoslovaquia, los ciudadanos desarmados que derribaron el comunismo marchaban bajo pancartas con el viejo lema hussita Pravda Vitezí (en versión latina: magna est veritas et praevalebit): "La verdad vencerá". Los manifestantes no tenían otra arma que la verdad; a veces, retorciendo irónicamente contra sí misma la langue de bois oficialista (por ejemplo, en la RDA, donde todo lo institucional era "popular" –policía popular, parlamento popular, república popular- los subversivos empezaron gritando "¡nosotros somos el pueblo!", para pasar semanas después a "¡somos un pueblo!", connotando ya el deseo de reunificación con la RFA: wir sind das Volk, wir sind ein Volk).

Los gobiernos comunistas tenían todavía la policía, el control informativo total, el ejército… Pesaban en la memoria los antecedentes represivos de Berlín 1953, Hungría 1956, Praga 1968, Polonia 1981. Y, en pleno desarrollo del proceso, el comunismo chino abortó brutalmente su propia "revolución de terciopelo", con miles de muertos, el 4 de junio de 1989 ("Tiananmen" era una palabra susurrada con escalofrío entre los manifestantes cada vez que se acercaban a un cordón policial). De hecho, se utilizó la fuerza contra las primeras manifestaciones, tanto en la RDA como en Checoslovaquia. Pero la policía no disparaba, como habría hecho en 1956 o 1968: se limitaba a los medios antidisturbios (sólo en la Rumanía de Ceausescu la cosa degenerará en baño de sangre en diciembre de 1989). Y, en cierto momento –el 9 de octubre en el caso alemán, el 17 de noviembre en el checo- la gendarmería ya no fue capaz de seguir golpeando. No creían ya en su derecho a reprimir. Timothy Garton Ash lo explicó insuperablemente: "[La clave en las revoluciones de terciopelo fue] la pérdida por parte de la élite gobernante de la creencia en su propio derecho a gobernar. Unos jóvenes salieron a la calle y lanzaron algunos gritos. La policía les pegó. Los jóvenes dijeron: ¡no tenéis derecho a pegarnos! Y los gobernantes, los poderosos jerarcas comunistas, respondieron: "es verdad, no tenemos derecho a pegaros". No tenemos derecho a mantener nuestro poder por la fuerza"[51].

Las revoluciones de 1989 muestran que las ideas importan, que la legitimidad importa, que las sociedades no se basan sólo en la fuerza y las relaciones de poder. Los gobernantes comunistas no creían ya en su propia legitimidad: por eso no fueron capaces de usar la fuerza seriamente[52]. Incluso ellos demostraron tener un remanente de dignidad y moralidad; sólo Ceausescu quiso morir matando. Y las masas revolucionarias fueron ejemplares: no hubo violencia, saqueos ni venganzas contra los antiguos amos. 1989 no fue una revancha de 1917: no se asaltó el Palacio de Invierno, no se fusiló a los zares rojos. Precisamente, con esta revolución limpia, los demócratas conseguían la definitiva victoria intelectual y moral sobre el comunismo[53]. Pues la ética bolchevique se basaba en el principio neomaquiavélico de que el grandioso fin socialista justifica cualesquiera medios, aunque cuesten millones de muertos. Los debeladores del comunismo quisieron ser exquisitos en sus medios: sabían que así refutaban el núcleo conceptual mismo del sistema que les había oprimido durante cuatro décadas.

¿Murió definitivamente el comunismo en 1989? Sigue vivo en Corea del Norte, Cuba, y en cierto modo China (que oficialmente sigue gobernada por el Partido Comunista, aunque su exitosa apertura al mercado hace muy difícil contarla aún como un país comunista). En buena lógica filosófico-histórica, sus desastres del siglo XX deberían haber desacreditado para siempre al comunismo. Recordemos que Marx no reconocía –more hegeliano- otro tribunal que la Historia, y cifraba la cientificidad de su propia doctrina en su supuesta indefectibilidad histórica, que contrastaba con el moralismo impotente de los socialistas utópicos. "Una creencia en la salvación por la historia sólo podía ceder a un mentís radical de la historia", sentenciaba François Furet en 1995, estimando que el sangriento desmentido de 1917-89[54], con sus cien millones de muertos, zanjaba definitivamente la cuestión.

Un vistazo a la actualidad, sin embargo, permite concluir que el cadáver del comunismo todavía no está frío. La etiqueta "comunista" no mancilla como lo hace la de "fascista". No faltan en las universidades, en los periódicos, en los nuevos partidos populistas, en los regímenes bolivarianos de Hispanoamérica, voces que aseguran que los desastres estalinistas, maoístas o pol-potistas no fueron más que accidentes y desviaciones: que aquello no era todavía el "verdadero comunismo", el cual espera aún su realización[55]. O bien se nos recuerda que los comunistas luchaban por la justicia social y que sus intenciones eran buenas, como si eso justificara algo y pudiese devolver la vida a sus víctimas. Habrá que continuar refrescando la memoria –con libros como El diablo en la historia- sobre la realidad histórica del comunismo a nuevas generaciones a las que el siglo XX empieza a parecerles pasado remoto e irrepetible.


[1] "Con los zares (a pesar del carácter bárbaro e ineficaz de su régimen), un ruso amante de la libertad tenía muchísimas más posibilidades y medios de expresarse que durante el gobierno de Lenin y Stalin. Estaba protegido por la ley. Había en Rusia jueces valientes e independientes. El sud [sistema jurídico] ruso era una magnífica institución después de las reformas de Alejandro II, y no sólo sobre el papel. Legal o ilegalmente, florecieron periódicos de diversas tendencias y partidos políticos de todas las clases posibles, y todos los partidos tenían representación en la Duma. La opinión pública fue siempre liberal y progresista" (Vladimir Nabokov a Edmund Wilson, 23 de Febrero de 1948 [citado por Martin Amis, Koba el Temible: La risa y los Veinte Millones, Anagrama, Barcelona, 2004, p. 52]).

[2] François Furet explicaba muy bien cómo la Revolución rusa representó un accidente histórico que saca de sus carriles al siglo XX: "Un putsch triunfante en el país más atrasado de Europa, logrado por una secta comunista dirigida por un jefe audaz, se convierte por la coyuntura en un acontecimiento modelo, destinado a orientar la historia universal, como ocurrió en su época con el francés de 1789. Debido al cansancio general por la guerra y a la cólera de los pueblos vencidos, las ilusiones que Lenin se hace sobre su propia acción son compartidas por millones de personas" (François Furet, El pasado de una ilusión: Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, p. 34).

[3] "Al enrolar a todos los hombres posibles bajo sus banderas, al exigir a todos el sacrificio supremo, la guerra de 1914 hizo de cada uno, hasta del más humilde, un juez del contrato social" (F. Furet, El pasado de una ilusión, cit., p. 73).

[4] Jonah Goldeberg, Liberal Fascism: The Secret History of the American Left, from Mussolini to the Politics of Change, Broadway Books, Nueva York, 2009, p. 45.

[5] "La ideología [marxista] no es la ciencia, por la cual, sin embargo, quiso hacerse pasar; ni es la moral, cuyas claves, sin embargo, creyó detentar, arrogándose su monopolio, al tiempo que se obstinaba en destruir su raíz y su condición: el libre arbitrio individual; ni es religión, aunque tanto se la haya comparado a ella. La religión extrae su significación de la fe en la trascendencia, mientras que el ideólogo pretende hacer perfecto este mundo. La ciencia acepta –yo diría que incluso necesita- la posible refutación experimental, en tanto que la ideología siempre la ha excluido. La moral reposa sobre el respeto a la persona humana, mientras que la ideología no ha reinado más que para romperla" (Jean-François Revel, La grande parade: Essai sur la survie de l’utopie socialiste, Plon, París, 2000, p. 64) [Traduciré al castellano las citas de obras en lengua extranjera].

[6] "[L]a teoría moral de Marx es una teoría moral implícita. […] Hay, sí, referencias morales, expresiones de sentimientos, proposiciones fragmentarias […]. [Hay también una] teoría de la alienación. Esta filosofía [de la alienación] contiene, bajo forma de análisis crítico de la realidad, un esbozo importante de teoría moral. Sin embargo, esta filosofía no da respuesta a la pregunta de cómo realizar, o llevar a la realidad, la crítica de la alienación. Una vez que la atención de Marx se orienta en su madurez, y cada vez más, hacia la respuesta a esta última pregunta [a saber: la revolución, que acabará con la alienación], se desentiende de la discusión moral per se. […] La teoría moral quedará definitivamente implícita en su obra de madurez" (Victor Pérez Díaz, "El proyecto moral de Marx cien años después", en V. Pérez Díaz – Luis A. Rojo, Marx: Economía y moral, Alianza, Madrid, 1984, p. 101).

[7] Como declara Ivanof, uno de los personajes de la novela de Arthur Koestler El cero y el infinito (Darkness at Noon), inspirada por las purgas y juicios-espectáculo de la era estalinista, que Koestler conocía de primera mano por su experiencia como militante comunista: "No hay más que dos concepciones de la ética humana, y las dos son polos opuestos. Una de ellas es cristiana y humanitaria: declara sagrado al individuo y afirma que las reglas de la aritmética no deben aplicarse a las unidades humanas. La otra concepción arranca fundamentalmente del principio de que un fin colectivo justifica todos los medios, y no solamente permite, sino incluso exige que el individuo esté absolutamente subordinado y sacrificado a la comunidad" (Arthur Koestler, El cero y el infinito [1947], Destino, Barcelona, 1986, p. 155).

[8] "Me di cuenta de que [informar a los superiores del Partido Comunista sobre cualquier desviación ideológica percibida en los compañeros de militancia: estas delaciones, en la época estalinista, podían terminar en la eliminación física de los "desviacionistas"] era un deber […], y un crimen contra el Partido dejar de hacerlo, y que sentir repugnancia contra tal código moral era un prejuicio de petit bourgeois sentimental. […] Aprendí que las comunes reglas de honestidad, lealtad y del buen proceder no eran reglas absolutas, sino efímeras proyecciones de la sociedad burguesa. La antigüedad tenía un código de honor, la era feudal otro, la sociedad capitalista otro, que las clases dirigentes procuraban presentarnos como leyes eternas. Pero las leyes absolutas de la ética no existían. Cada clase, al convertirse en dominante en un determinado momento histórico, había reformado esas llamadas leyes de acuerdo con sus propios intereses. No era posible llevar a cabo la revolución con las reglas del cricket. La ley suprema de la revolución es la de que el fin justifica los medios; su guía suprema, la del método dialéctico" (Arthur Koestler, Euforia y utopía [1952], Alianza, Madrid, 1974, p. 31). O, como recita el coro en la pieza de Berthold Brecht Die Massnahme: "¿Cuál es la bajeza que no tendríais que cometer para exterminar la bajeza? Húndete en el fango, admite al hombre sanguinario, pero cambia el mundo, que lo necesita" (citado en A. Koestler, Euforia y utopía, cit., p. 56).

[9] Arthur Koestler, El cero y el infinito, cit., p. 99.

[10] "Si la decadencia del cristianismo creó al fanático político moderno –y originó sus crímenes-, la evaporación de la fe religiosa en las personas cultas dejó en la mente de los intelectuales de Occidente un vacío que fue colmado fácilmente por la superstición secular. No existe otra explicación para la credulidad con la que tantos científicos, acostumbrados a evaluar las pruebas, y escritores, cuya auténtica función era estudiar y criticar a la sociedad, aceptaron por su valor aparente la más torpe explicación estalinista. Necesitaban creer, deseaban que se los engañase" (Paul Johnson, Tiempos modernos [1984], Homo Legens, Madrid, 2007, p. 342). Johnson se refiere a los increíbles informes de personajes como Sidney y Beatrice Webb, Edouard Herriot, Harold Laski, H.G. Wells, Julian Huxley, etc., que tras viajar por la URSS en plena catástrofe alimentaria (producida por la colectivización agraria y el "holocausto ucraniano"), volvían a Occidente asegurando que el nivel de bienestar en la URSS era claramente superior al occidental, que las libertades eran respetadas, etc. Los sutiles mecanismos de autoengaño fueron diseccionados brillantemente por Arthur Koestler en El camino hacia Marx y Euforia y utopía.

[11] F. Furet, El pasado de una ilusión, cit., p. 44.

[12] "Actuar en la historia sin las incertidumbres de la historia, puesto que la acción revolucionaria revela y realiza las leyes del desarrollo. Una vez juntas, la libertad y la ciencia de esta libertad: no hay bebida más embriagante para el hombre moderno, privado de Dios" (F. Furet, El pasado de una ilusión, cit., p. 38).

[13] Citado en J.-F. Revel, La grande parade, cit., p. 133.

[14] Karl Marx, La cuestión judía [1844], Santillana, Madrid, 1997, p. 34.

[15] Cf. David Schoenbaum, Hitler’s Social Revolution: Class and Status in Nazi Germany, Norton, Nueva York, 1980, p. 19.

[16] "Y lo vemos [al burgués] blandiendo en el teatro del mundo la libertad, la igualdad, los derechos del hombre: en suma, la autonomía del individuo contra todas las sociedades de dependencia que habían aparecido antes que él. ¿Y cuál es la asociación nueva que propone? Una sociedad que sólo ponga en común lo mínimo para vivir, ya que su principal deber es garantizar a sus miembros el libre ejercicio de sus actividades privadas y el goce asegurado de lo que han adquirido. Lo demás es cosa de cada quien: los asociados pueden tener la religión que escojan, sus propias ideas del bien y del mal; son libres de buscar sus placeres así como los fines particulares que asignen a sus existencias, siempre que respeten las condiciones del contrato mínimo que los liga a sus conciudadanos" (F. Furet, El pasado de una ilusión, cit., p. 18).

[17] "La historia del totalitarismo es la historia del intento de trascender la condición humana y crear una sociedad en la que nuestra ansia de sentido y destino quedan satisfechos simplemente por el hecho de vivir en ella. Pero eso es imposible" (Jonah Goldberg, Liberal Fascism, cit., p. 21).

[18] Cf. Jonah Goldberg, Liberal Fascism, cit., p. 69.

[19] Robert C. Tucker, "Revolutionary Regimes", en The Soviet Political Mind: Stalinism and Post-Stalin Change, W.W. Norton & Company, Nueva York, 1972, pp. 4-5.

[20] Robert C. Tucker, "Revolutionary Regimes", cit., p. 7.

[21] Tucker cita la España tardo-franquista de los 60 como un ejemplo de régimen revolucionario "apagado": cf. Robert C. Tucker, "Revolutionary Regimes", cit., p. 13. Es discutible, sin embargo, que el de Franco haya sido nunca un régimen revolucionario, ni siquiera en los años 40. La Falange de 1933-36 sí tenía ingredientes revolucionarios.

[22] "[Para la persecución del fin grandioso] todos los medios son buenos, comenzando por el dolo y el asesinato erigidos en virtudes cívicas. Basta que la víctima pertenezca a la clase mala o al partido opuesto. La denuncia de la mentira "formal" de la legalidad desemboca en el ejercicio "real" del poder arbitrario y el terror. El que tiene el poder se arroga, al mismo tiempo, el derecho de designar al adversario que hay que exterminar" (F. Furet, El futuro de una ilusión, cit., p. 202).

[23] Cf. Paul Johnson, Tiempos modernos, cit., p. 104.

[24] "La división tectónica entre los nacional-socialistas y los comunistas no tenía que ver en absoluto con la economía –aunque había diferencias doctrinales- sino con la cuestión del nacionalismo. La convicción de Marx más ofensiva para Hitler era la idea de que "los trabajadores no tienen patria". […] En todo caso, Hitler no se preocupaba mucho por la economía. Siempre la consideró "secundaria". Lo que le importaba era la política identitaria alemana" (Jonah Goldberg, Liberal Fascism, cit., pp. 70 y 75).

[25] Jonah Goldberg, Liberal Fascism, cit.

[26] "En Occidente, la anarquía del laissez faire hundía al sistema capitalista en el caos y la depresión económica; en Rusia, el Primer Plan Quinquenal transformaba, mediante una serie de gigantescos atrevimientos, el país más atrasado de Europa en el más adelantado. […] [L]a conclusión era evidente: ellos son el porvenir; nosotros, el pasado. […] El paso siguiente consistió en enamorarme del Plan Quinquenal. Sobre una superficie que abarcaba un sexto de nuestro enfermo planeta, había empezado el esfuerzo constructivo más gigantesco de todos los tiempos; allí se construía la Utopía, con acero y hormigón" (Arthur Koestler, El camino hacia Marx [1952], Alianza, Madrid, 1974, p. 117).

[27] "A la brillante luz de la mañana de agosto, la blanca presa [del Dnieper] en semicírculo ofrece un espectáculo sobrenatural. El salvaje río se encabrita y hierve en espuma ahogándose en el apretón de su lazo de cemento; pero sus esfuerzos son vanos: queda dominado, desviado, y tiene que correr a través de las cámaras de presión donde nueve turbinas absorben su furia acumulada y la transforman en fuerza eléctrica. Si esas turbinas se sacaran del agua, se vería que cada una es más alta que una casa de cuatro pisos […]. Cables de alta tensión llevan la corriente eléctrica a una distancia de 965 kms. […] Así llega la energía hasta los nuevos gigantes de la industria que transformarán la Ucrania rural en una base industrial del Continente Rojo" (Arthur Koestler, Euforia y utopía, cit., p. 91). Euforia y utopía es uno de los volúmenes que integran la autobiografía de Koestler, escrita cuando ya había desandado la senda comunista; pero el autor rescata en 1952 este fragmento de un artículo escrito en 1932, cuando aún era un verdadero creyente marxista.

[28] Otra estrofa: "Ayer iban sus ríos derritiendo los hielos,/ quemados por la sangre de los trabajadores./ Hoy descubren industrias, maquinarias, anhelos,/ y cantan rodeados de fábricas y flores" (Miguel Hernández, "Rusia" [en El hombre acecha, 1937-39]).

[29] "La colectivización fue una calamidad de tal calibre como ningún campesinado había conocido desde la guerra de los Treinta Años en Alemania. […] Se indujo a los campesinos más pobres a posesionarse de los hogares de los kulaki expropiados y a perseguirlos a través de los campos. Pero pronto la palabra kulak vino a representar a todos los campesinos que se oponían activamente a la colectivización, y hubo comunidades enteras que se opusieron con desesperación. Fueron rodeadas por la policía y las unidades militares, aplicando métodos que Hitler imitó durante las redadas de judíos, y ametralladas o cagadas en camiones y deportadas. […] Churchill dijo que en Moscú, en 1942, Stalin le reveló fríamente que "se había despachado a diez millones de campesinos"" (Paul Johnson, Tiempos modernos, cit., pp. 337-338).

[30] La nación a secas, en el caso de Mussolini; la nación identificada con la raza aria, en el caso de Hitler. Mussolini no fue racista, ni siquiera antisemita: cf. Meir Michaelis, Mussolini and the Jews, Clarendon Press, Oxford, 1978. "Los judíos estaban sobrerrepresentados en el Partido Fascista Italiano, y siguieron estándolo desde principios de los 20 hasta 1938. La Italia fascista no se parecía en nada a un campo de concentración. Ningún judío –cualquiera que fuese su origen nacional- fue entregado por Italia a Alemania hasta 1943, cuando Italia fue invadida por los nazis [Mussolini cayó en julio de 1943]" (Jonah Goldberg, Liberal Fascism, cit., p. 17).

[31] "[E]l movimiento comunista aparecía como una prolongación lógica de la tendencia humanista progresista. Era la continuación y la realización de la gran tradición judeo-cristiana; una nueva y fresca rama del árbol del progreso europeo, arraigado en el Renacimiento y la Reforma, en la Revolución Francesa y el liberalismo del siglo XIX, que crecía hasta la perfecta consumación socialista" (Arthur Koestler, El camino hacia Marx, cit., p. 123).

[32] Cf. Ernst Bloch, Derecho natural y dignidad humana [1961], Dykinson, Madrid, 2011.

[33] "El antifascismo permitió a los comunistas recuperar los galones "democráticos" sin tener que abandonar nada del acervo de sus convicciones. A la hora del Gran Terror, el bolchevismo se reinventa como libertad en virtud de una negación. […] [I]ntimida a sus adversarios con la sospecha de que el antisovietismo es la antesala del fascismo. Hitler no sólo resulta útil para devolver la salud a la idea del "comunismo democrático", sino también para catalogar al anticomunismo democrático como un crimen" (F. Furet, El pasado de una ilusión, cit., p. 260).

[34] "Todavía en 1975 se consideraba de mal gusto o mezquino ser demasiado inflexible con la Unión Soviética. Nadie quería pasar por "cazarrojos"" (Martin Amis, Koba el Temible, cit., p. 57, nota al pie).

[35] "La Cheka (policía política) estuvo lista en diciembre [de 1917]. Se abrieron campos de concentración a principios de 1918. Luego llegó el terror sin rodeos: las ejecuciones por cupos; la "responsabilidad colectiva", por la que la familia e incluso los vecinos de los presuntos enemigos del pueblo se tomaban como rehenes; y el exterminio, no sólo de los adversarios políticos, sino también de grupos sociales y étnicos, por ejemplo los kulaki, que eran los agricultores acomodados, y los cosacos (la "descosaquización"). Las diferencias entre el régimen de Lenin y el de Stalin fueron cuantitativas, no cualitativas. La única novedad original de Stalin fue el descubrimiento de otro estrato social al que había que purgar: los bolcheviques" (Martin Amis, Koba el Temible, cit., pp. 41-42).

[36] "El "informe secreto" de febrero de 1956 trastorna de un solo golpe, en cuando se da a conocer, la posición de la idea comunista en el universo. La voz que denuncia los crímenes de Stalin ya no proviene de Occidente, sino de Moscú, y lo que es más, del sanctasanctórum de Moscú, el Kremlin. Ya no es la voz de un comunista que ha roto con su bando, sino la del primero de los comunistas del mundo, la del jefe del Partido de la Unión Soviética. […] Por ello esa voz adquiere una fuerza universal, tanto entre comunistas como entre no comunistas" (F. Furet, El pasado de una ilusión, cit., p. 509).

[37] "Desgraciadamente, el mensaje tangible de esta pasmosa confesión de fracaso no fue comprendido más que por una minoría de occidentales. Para la mayoría de los habitantes de los países democráticos, las dos décadas que siguieron a la edificación del Muro de Berlín fueron una edad de oro de las modas y los partidos marxistas, del terrorismo de izquierdas –intelectual y criminal- y de las ideologías revolucionarias. Fueron también, en los partidos liberales, las décadas de la timidez, de los acercamientos sonrojantes a los marxistas, de la détente con la Unión Soviética, de la Ostpolitik, del "compromiso histórico" en Italia, del "eurocomunismo"" (J.F. Revel, La grande parade, cit., p. 32).

[38] "Como mito político y como idea social [el comunismo] sobrevivió largo tiempo a sus fracasos y a sus crímenes, sobre todo en los países europeos que no sufrieron directamente su opresión: muerto entre los pueblos de Europa del Este desde mediados de los años cincuenta, aún florecía veinte años después en Italia o en Francia, en la vida política e intelectual" (F. Furet, El pasado de una ilusión, cit., p. 11).

[39] "En 1968, el mundo parecía más izquierdista que nunca y fue más izquierdista de lo que sería ya en el futuro. Pero este izquierdismo era el de la Nueva Izquierda: presentaba, o acabó presentando, la revolución como un juego. La clase "redentora" no se encontraba ya en las minas y en las fábricas; se encontraba en las bibliotecas y en las aulas universitarias" (Martin Amis, Koba el Temible, cit., p. 20).

[40] F. Furet, op. cit., p. 13.

[41] "En febrero de 1974, la Cheka moscovita entregó Solzhenitsin una citación. En lugar de firmar el acuse de recibo, devolvió el sobre con una declaración que comenzaba diciendo: "En las circunstancias creadas por la generalizada ilegalidad que gobierna desde hace muchos años en nuestro país […] me niego a reconocer la legitimidad de la citación y no me presentaré para que me interrogue ningún departamento del Estado". Durante aquel momento, la Unión Soviética y Aleksandr Solzhenitsin pesaron aproximadamente lo mismo" (Martin Amis, Koba el Temible, cit., p. 70).

[42] El dinosaurio Janos Kadar –traidor a Nagy y responsable de su ejecución en 1958- ya había sido reemplazado por comunistas "perestroikistas" como Imre Poszgay; y los nuevos dirigentes organizaron un acto de rehabilitación junto a la tumba de Nagy el 16 de Junio de 1989. Ante las cámaras televisivas, un joven Viktor Orban tomó la palabra para decir: "No entendemos que los dirigentes del mismo partido y gobierno que nos obligaron a estudiar libros de texto que falsificaban la historia de la revolución [de 1956, reprimida por los tanques soviéticos] ahora se den empujones para tocar estos ataúdes [de los caídos de 1956] como si fuesen amuletos. No pensamos que haya que estarles agradecidos por permitirnos honrar a nuestros mártires. […] Si confiamos en nuestra alma y nuestra fuerza, podemos poner fin a la dictadura comunista; si mostramos suficiente determinación, podemos obligar al Partido a someterse a elecciones libres […]" (cf. Timothy Garton Ash, The Magic Lantern: The Revolution of ‘89 Witnessed in Warsaw, Budapest, Berlin, and Prague [1990], Atlantic Books, Londres, 1999, p. 51). La multitud estalló en aplausos. La TV nacional lo retransmitió. Y a Orban no le pasó nada. El régimen estaba muerto en pie.

[43] La visita de Gorbachov marcó un punto de inflexión. Sólo dos días antes, el 7 de Octubre, la policía había dispersado brutalmente una manifestación. El 8 de Octubre, Gorbachov hizo sus declaraciones. El 9 de Octubre volvió a convocarse la "manifestación de los lunes" junto a la iglesia de San Nicolás de Leipzig: la asistencia, que había sido de 10.000 a 15.000 personas en las semanas anteriores, saltó a unas 70.000. Y, lo más importante, por primera vez la policía no hizo nada por disolver la protesta. Vid. T. Garton Ash, The Magic Lantern, cit., p. 67.

[44] F. Furet, El pasado de una ilusión, cit., p. 569.

[45] "La Exposición de Triunfos Económicos, una especie de gigantesco Epscot Center estalinista, próximo a la torre de televisión de Moscú, llevaba años exhibiendo las hazañas soviéticas conseguidas en las ciencias, la ingeniería y el espacio, en amplias salas neohelenísticas. La gigantesca escultura de Vera Mujina El obrero y la campesina (pechos y bíceps prominentes, ojos saltones) dominaba la entrada, dando a los ciudadanos la sensación de que ahora formaban parte de una raza de musculosos proletarios gracias a la ingeniería social y genética. Pero a raíz de la glasnost, los directores se volvieron humildes y organizaron una exposición asombrosamente sincera: "La exposición de artículos de mala calidad". Una larga cola de soviéticos avanzaba con solemnidad entre un desconcertante muestrario de fracasos: lechugas podridas, zapatos rotos, samovares oxidados, cazuelas desportilladas, pelotas de bádminton deshechas, latas de pescado aplastadas, y la principal atracción: una botella de agua mineral con un pequeño ratón muerto en el interior. Todos los artículos se habían comprado en almacenes del barrio" (David Remnick, Lenin’s Tomb [citado en Martin Amis, Koba el Temible, cit., pp. 58-59]).

[46] El 21 de Noviembre de 1989, Garton Ash asiste a la "manifestación de los lunes" en la iglesia de San Nicolás de Leipzig (el Muro ha sido abierto doce días antes): "[Uno de los oradores proclama] "El socialismo no ha proporcionado lo que prometía", dijo, y el prometido "nuevo socialismo" tampoco lo haría. Grandes aplausos. "No somos cobayas de laboratorio". Ya habían esperado y trabajado bastante. Todos sabían que la economía de mercado funciona. "Nuestros compatriotas de la República Federal no son extranjeros". Debería haber, por tanto, un referéndum sobre la reunificación" (T. Garton Ash, The Magic Lantern, cit., p. 71).

[47] Cf. Timothy Garton Ash, The Magic Lantern, cit., p. 43.

[48] "Los regímenes comunistas han tenido que ceder el lugar, en pocos meses, a las ideas que la Revolución de Octubre creyó destruir y reemplazar: la propiedad privada, el mercado, los derechos del hombre, el constitucionalismo "formal", la separación de podere; en una palabra, toda la panoplia de la democracia liberal" (F. Furet, El pasado de una ilusión, cit., p. 570).

[49] "Tómese una muestra más o menos representativa de personas políticamente concienciadas [de la Checoslovaquia de 1989]. Agítese la mezcla durante dos días [Es lo que ocurrió en las grandes manifestaciones y asambleas del otoño de 1989]. ¿Y qué se obtiene? El mismo modelo occidental, europeo: democracia parlamentaria, imperio de la ley, economía de mercado. Y se se hiciera el mismo experimento en Varsovia o Budapest, obtendríamos el mismo resultado. Esto no es una Tercera Vía. Es la idea de "normalidad" que parece imponerse en el mundo entero" (T. Garton Ash, op.cit., p. 105).

[50] "[Los bolcheviques] Querían destruir al campesinado; querían destruir a la Iglesia; querían destruir toda oposición y disidencia. Y además querían (como dijo [Robert] Conquest hablando de Stalin) "destruir la verdad"" (M. Amis, Koba el Temible, cit., p. 56).

[51] T. Garton Ash, The Magic Lantern, cit., p. 142.

[52] "Los poetas habían hablado de la fuerza inhumana de la mentira, aunque hay una antítesis de esto: la fuerza humana de la verdad. Ya no se podía imponer la mentira, y el régimen cayó. Los dirigentes eran ya incapaces de recurrir a la crueldad necesaria, la crueldad de Lenin y Stalin, cuya dureza, más que medieval, era prehistórica" (M. Amis, Koba el Temible, cit., p. 58).

[53] "La gran idea nueva de esta revolución […] no fue el "qué", sino el "cómo"; no el fin, sino los medios. La nueva idea de 1989 fue la revolución no revolucionaria. Al evocar aquellos hechos, la palabra "revolución" siempre tiene que ser matizada con un adjetivo –"pacífica", o "autocontenida", o "de terciopelo"- pues los líderes de los movimientos populares buscaron deliberadamente apartarse del modelo revolucionario clásico, tal como se desarrolló desde 1789, 1917, e incluso el levantamiento húngaro de 1956. […] No se pueden separar los fines de los medios. Los métodos que se adoptan predeterminan los fines que se alcanzarán. No se puede mentir para realizar la verdad. Como lo formuló Adam Michnik: "Los que empiezan asaltando Bastillas terminarán construyendo nuevas Bastillas"" (T. Garton Ash, op.cit., p. 163-164).

[54] Cf. Stéphane Courtois (ed.), El libro negro del comunismo: Crímenes, terror y represión [1997], Ediciones B, Barcelona, 2010.

[55] "La represión concentracionaria o de cárcel, los procesos trucados, las depuraciones mortíferas, las hambrunas provocadas acompañan a todos los regímenes comunistas, sin excepción, en su singladura histórica. Y esta asociación constante ¿puede ser fortuita? En cambio, la esencia verdadera del comunismo [según sus reivindicadores] residiría en lo que nunca ha sido en la práctica, lo que nunca ha producido. […] Tendríamos, de un lado, una causa portadora de la más sublime perfección y, de otro, una serie de efectos que figuran entre los más execrables de la historia humana. Eso no es materialismo histórico: es magia negra" (J.F. Revel, La grande parade, cit., pp. 90-91).

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