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Yo, el lápiz

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Publicado por primera vez en The Freeman en 1958.

Soy un lápiz de grafito, el típico lápiz de madera tan conocido por todos los chicos, chicas y adultos que saben leer y escribir. Escribir es al mismo tiempo mi vocación y mi distracción, eso es todo lo que hago. Ustedes se preguntarán por qué debo trazar mi árbol genealógico. Bueno, para empezar, mi historia es interesante. Y además soy un misterio, mayor aún que el que puede representar un árbol, un atardecer o un relámpago. Lamentablemente, quienes me utilizan dan por sentado que soy un mero incidente, carente de todo pasado. Esta actitud me relega al nivel de algo meramente trivial. La humanidad cae así en una especie de penoso error, en el que no podrá persistir mucho tiempo sin peligro.

Yo, el lápiz, si bien en apariencia soy algo sencillo, merezco su asombro y admiración, por las razones que más adelante daré. En realidad, si logran entenderme –lo que realmente es mucho pedir–, si consiguen darse cuenta del milagro que vengo a simbolizar, podrán ayudar a salvar la libertad, que desgraciadamente poco a poco se va perdiendo. Tengo una gran lección que enseñar. Y puedo transmitirla mejor que un automóvil, un aeroplano o un lavaplatos, al ser aparentemente algo muy simple. ¿Simple? Sin embargo, ni una sola persona sabe cómo hacerme. Suena fantástico, ¿no es cierto? Especialmente cuando se toma conciencia de que entre cien y cien millones y medio de unidades como yo son producidas en los Estados Unidos cada año.


Tómenme y obsérvenme. ¿Qué es lo que ven? Sus ojos no encontrarán gran cosa: hay un poco de madera, barniz, la etiqueta, la mina de grafito, algo de metal y una goma de borrar.

Innumerables precursores

Así como a ustedes les sería casi imposible trazar su árbol genealógico por completo, también lo es para mí citar y explicar todos mis precursores. De cualquier manera, desearía mencionar algunos, a efectos de impresionarles con mi riqueza y complejidad.

Mi árbol familiar comienza con lo que en los hechos es precisamente un árbol: un cedro de fibra que crece en el norte de California y Oregón. Reparen ahora en todo lo que se requiere para cortar un árbol y transportar el tronco hasta el ferrocarril: sierras, camiones, sogas y muchos otros pertrechos. Piensen en todas las personas y en las innumerables técnicas que intervinieron en la extracción del mineral, la obtención del acero y su conversión en sierras, ejes, motores; en el cultivo del cáñamo y su paso por todas las etapas hasta llegar a la soga pesada y resistente; en los campamentos de los obreros, con sus camas y comedores. ¡Miles de personas han intervenido solamente en cada taza de café que beben los leñadores!

Los troncos son transportados hacia un aserradero de San Leandro, California. ¿Pueden hacerse una idea de la de individuos que participan en la fabricación de los vagones, los rieles, los motores del ferrocarril, así como en la instalación de los sistemas de comunicación? Hay legiones de personas entre mis precursores.
Consideren las tareas que se llevan a cabo en el aserradero de San Leandro. Los troncos de cedro son cortados en pequeñas láminas de menos de un cuarto de pulgada. Que son secadas y entintadas por idénticas razones por las que las mujeres se ponen rouge en el rostro: la gente prefiere que yo luzca hermoso y no de un blanco pálido. Las láminas de madera son enceradas y secadas en un horno. ¿Cuántos conocimientos intervinieron en la fabricación de la tinta y de los hornos, en la generación del calor, la luz y la energía; en la confección de las poleas, los motores, y en todas las cosas que una fábrica requiere? ¿Incluimos a los que realizan las labores de limpieza en la fábrica entre mis precursores? Sí, ¡y también a quienes vertieron el concreto para edificar la represa hidroeléctrica con la cual la Compañía de Gas y Electricidad del Pacífico suministra de energía a la fábrica!

Tampoco pasen por alto a aquellos que han participado del transporte de sesenta vagones de carga con planchas de madera a lo largo del país. Una vez en la fábrica de lápices –cuatro millones de dólares en maquinaria e instalaciones, todo capital acumulado por frugales y ahorrativos parientes míos–, se trazan ocho surcos mediante una compleja máquina sobre cada lámina, después de lo cual otra máquina coloca una punta en cada una, aplica pegamento y ubica otra lámina sobre ella, formando una especie de sándwich. Entonces, siete hermanos y yo somos mecánicamente tallados.

Mi punta en sí misma es harto compleja. El grafito es extraído de Ceilán. Tengan presentes a los mineros y a todos aquellos que produjeron sus diversas herramientas, y a los que elaboraron las bolsas de papel en las cuales el grafito es transportado, y a quienes fabricaron las cuerdas con las cuales se atan las sacas, y a aquellos que las cargaron en los barcos, y a los que fabricaron esos barcos. Incluso los encargados del faro que guía a las naves y los operarios del puerto participaron de mi nacimiento.

El grafito es mezclado con arcilla proveniente de Mississippi. En el proceso de refino se utiliza hidróxido de amonio. Posteriormente se añaden agentes humectantes como el sebo sulfurado, que es grasa animal químicamente tratada con ácido sulfúrico. Luego de pasar por numerosas máquinas, la mezcla finalmente luce como salida de una picadora de carne y pasa a ser cortada a medida, secada y horneada durante varias horas a una temperatura de 1010ºC. Para aumentar su resistencia y suavidad, las puntas son tratadas con una mezcla caliente que incluye cera procedente de México, parafina y grasas naturales hidrogenadas.

La madera de cedro recibe seis manos de esmalte ¿Tienen idea de cuáles son los ingredientes del esmalte? ¿Se le ocurriría a alguien pensar que ahí interviene el aceite de castor? Pues así es. Al mismo tiempo, el proceso a través del cual se logra que el esmalte tenga un atractivo color amarillo involucra a más gente de la que nadie podría llegar a enumerar.

Observen la etiqueta. Esa película se forma aplicando calor a una combinación de carbón negro con resinas. ¿Cómo se producen las resinas y qué queremos decir con "carbón negro"? Mi pequeña porción de metal está hecha de cobre. Piensen en todos aquellos que se dedican a la extracción del zinc y del cobre, y en quienes conocen las técnicas para producir finas y brillantes láminas con dichos elementos naturales. Los negros anillos que se observan en mi cuerpo son de níquel negro. ¿Qué es el níquel negro y cómo se aplica? A su vez, la historia completa de por qué el centro de mi cuerpo no posee níquel negro demandaría páginas enteras de explicación.

Luego llega el momento de mi coronación, a la que poco elegantemente se la conoce en el mundo comercial como "la arandela", la parte que los individuos utilizan para borrar aquellos errores que cometen conmigo. Un ingrediente llamado factice es lo que constituye esa parte de mi ser. Es un producto de características similares al caucho, hecho con un aceite procedente de las Antillas Holandesas, mezclado con cloruro sulfurado. La llamada "goma", contrariamente a la opinión popular, se utiliza solamente para pegar.

Existen también numerosos agentes vulcanizadores y aceleradores. Por ejemplo, la piedra pómez viene de Italia, y el pigmento que le otorga a la arandela su color es cadmio sulfurado.

Nadie lo sabe

¿Quiere alguien desafiar mi afirmación inicial de que nadie sabe cómo fabricarme? En realidad, millones de seres humanos han participado de mi creación, cada uno de los cuales conoce sólo una pequeña parte del proceso. Podrán decir tal vez que voy demasiado lejos al incluir a quienes cosechan café en el Brasil y a quienes elaboran alimentos en cualquier otra parte del mundo como partícipes de mi nacimiento. Pueden incluso llegar a sostener que se trata de una posición muy extrema.

Pese a ello, debo mantener mi aserto anterior: no hay un sólo individuo entre todos esos millones, incluido el presidente de la compañía lapicera, que contribuya a mi elaboración más que con una infinitesimal parte de conocimiento o know-how. La única diferencia que existe entre el minero que extrae el grafito en Ceilán y el leñador de Oregón está en el tipo de know-how que poseen. Ni el minero ni el leñador pueden ser dejados de lado.

He aquí un hecho pasmoso: ni el minero que extrae el grafito, ni quienes manejan o fabrican los barcos, trenes y camiones, ni quien pone en funcionamiento la máquina que talla mis partes metálicas realizan su tarea porque me quieran. Ellos me quieren tal vez aun menos de lo que puede llegar a hacerlo un alumno de primer grado. En realidad, entre esta vasta multitud existe algo en común, que nada tiene que ver con la circunstancia de que alguna vez hayan visto un lápiz o aun de que sepan o no como utilizarlo. Su motivación es algo que está más allá de mi propia existencia. Quizá sea algo como esto: cada uno de estos millones de individuos observa que puede intercambiar su pequeña parte de conocimiento respecto de cómo se produce un lápiz por aquellos bienes y servicios que necesita o desea, y yo puedo encontrarme o no entre los referidos bienes.

Ninguna mente maestra

Existe aún un hecho más pasmoso: la ausencia de una mente maestra, alguien que dicte o dirija por la fuerza todas estas incontables acciones que me permiten cobrar vida. Ni el más mínimo rastro de tal clase de persona puede encontrarse. En cambio, hallamos a la Mano Invisible trabajando. Este es el misterio al cual me refería al principio. Se ha sostenido que "solamente Dios puede crear un árbol". ¿Por qué solemos convenir en ello? ¿Será tal vez porque somos conscientes de que nosotros no podemos? ¿Podemos realmente describir cómo es un árbol? No, no podemos hacerlo, excepto de una forma muy superficial. Podemos decir, por ejemplo, que una determinada configuración molecular se manifiesta como un árbol. Nada más. Yo, el lápiz, soy una compleja combinación de milagros: un árbol, zinc, cobre, grafito, etc. Pero a todos estos milagros que se ponen de manifiesto en la naturaleza se le ha añadido uno aún más extraordinario: la configuración de creativas energías humanas, de millones de saberes dando forma a una natural y espontánea respuesta a una necesidad y a un deseo humano... ¡y en ausencia de cualquier clase de mente maestra!

Partiendo de la base de que solamente Dios puede crear un árbol, insisto en que solamente Dios puede hacerme. Los hombres no pueden dirigir esos millones de saberes que me permiten nacer más de lo que son capaces de unir las moléculas que componen un árbol. A eso me refería antes con aquello de "Si consiguen darse cuenta del milagro que vengo a simbolizar, podrán ayudar a salvar la libertad, que desgraciadamente poco a poco se va perdiendo". Si alguien es consciente de que todo ese know-how se armonizará natural y automáticamente, dando forma a actividades creativas y productivas en respuesta a las necesidades y demandas de los individuos, y en ausencia de toda mente maestra gubernamental y coercitiva, esa persona poseerá un ingrediente absolutamente esencial para la libertad: la fe en la libertad individual. La libertad es imposible sin esa fe. Una vez que el Estado toma para sí el monopolio de alguna actividad creativa, como por ejemplo el servicio de correos, la mayoría de los individuos creerán que la correspondencia no podrá ser eficientemente despachada por particulares actuando libremente. He aquí el motivo: cada uno admitirá que por sí mismo no puede conocer todas las facetas que involucra la entrega de correspondencia. Será consciente también de que ningún otro individuo sabe cómo hacerlo. Estas percepciones son en realidad correctas. Nadie posee suficiente know-how para desarrollar un servicio nacional de correos, del mismo modo que nadie posee los suficientes conocimientos como para poder fabricar un lápiz. Ahora bien, ante la falta de fe en la libertad individual, ante el desconocimiento de que millones de pequeños saberes natural y milagrosamente confluirán para satisfacer una necesidad del mercado, la opinión pública arribará a la errónea conclusión de que el correo únicamente puede ser repartido por un mente maestra estatal.

Si yo, el lápiz, fuera el único ítem que pudiera ofrecer testimonio acerca de lo que los hombres y mujeres pueden llegar a alcanzar cuando se les permite comerciar libremente, entonces quienes tienen poca fe tendrían razones para ello. Sin embargo, observamos que el despacho de correspondencia es algo relativamente simple si se lo compara, por ejemplo, con la fabricación de un automóvil o de una calculadora, o con decenas de miles de otras cosas. ¿Despachar? En áreas donde los individuos han sido dejados en libertad, trasladan la voz alrededor del mundo en menos de un segundo, hacen llegar imágenes en movimiento hasta el hogar de cualquier persona al mismo tiempo en que está ocurriendo; mandan a 150 personas desde Seattle hasta Baltimore en menos de cuatro horas; acarrean gas desde Texas hasta New York a tarifas increíblemente bajas y sin ninguna clase de subsidios; ¡transportan cuatro libras de petróleo desde el Golfo Pérsico hasta la Costa Oeste –media vuelta al mundo– por menos dinero del que cobra el Estado por despachar una carta simple hasta la vereda de enfrente!

La lección que tengo para transmitir es esta: déjese a las energías creativas fluir libremente. Simplemente organícese a la sociedad para que actúe en armonía con esta lección. Procúrese que la organización jurídica remueva todos los obstáculos posibles. Permítase que los conocimientos surjan libremente. Téngase fe en que los hombres y mujeres libres responderán a la Mano Invisible. Esa fe será ampliamente confirmada. Yo, el lápiz, aparentemente tan simple, ofrendo el milagro de mi creación como testimonio de que esa fe resultará muy práctica, tan práctica como lo son el sol, la lluvia, un cedro, la buena tierra.

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