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El rincón de los serviles

Idealizadores del Buen Salvaje

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Los idealizadores del buen salvaje reaparecen periódicamente en el mundo civilizado y sobre todo en España, que por razones históricas tuvo con este hipotético tipo humano un trato privilegiado a partir de 1492. Los festejos del quinto centenario del Descubrimiento de América se convirtieron en un óptimo pretexto para que estos enredadores vertieran su bilis contra los protagonistas de aquella epopeya y sus descendientes. Y cada 12 de octubre vuelven a desahogar sus fobias mediante arengas soeces y difamatorias que los colocan de espaldas a la realidad. La alcaldéspota de Barcelona, Ada Colau, exhibió su típica arbitrariedad y rozó la blasfemia al asociar la fecha con un genocidio, banalizando de paso un término que se acuñó con precisión para designar los crímenes de los nazis y también de los comunistas, con los que confraterniza desprejuiciadamente y con cuya ideología ella tiene evidentes puntos de contacto. No menos obsceno fue el exabrupto del ignaro alcalde de Cádiz, José María González, Kichi.

Optar por la barbarie

La tergiversación tiene raíces profundas. El ensayo América Latina. Una agenda de libertad 2012, dirigido por Miguel Ángel Cortés y Alberto Carnero (FAES, 2012), señala que la obra de los autores liberales de América Latina

no ha podido obviar dos conceptos devenidos sustanciales a la realidad latinoamericana: civilización y barbarie. Conceptos que empleados por primera vez por Domingo Faustino Sarmiento para explicar las causas del atraso del que la República Argentina adolecía a mediados del siglo XIX siguen plenamente vigentes en la actualidad.

El ensayo explica, a continuación, los mecanismos que llevan a optar, paradójicamente, por la barbarie, en la controversia sobre el Descubrimiento y el desarrollo posterior de las sociedades americanas:

Un afán diferenciador inspirado por la obra de autores como Jean-Jacques Rousseau, que imaginaron un hombre puro, libre y feliz en un estado de naturaleza previo al contrato social. Una teoría que parecía ajustarse perfectamente a la historia del continente americano, donde el buen salvaje, esto es, el amerindio, vivía feliz, dichoso y en perfecta armonía con el medio hasta el desembarco de Colón en Guanahaní. De esta manera, y como sucedió más tarde con el marxismo, las tesis que provenían de Europa se empleaban para reivindicar las culturas y formas de vida precolombinas, así como para denunciar su destrucción, supuestamente deliberada, a manos de los conquistadores.

Tribalismo atrabiliario

Las diatribas de Colau y Kichi se inscriben, por ahora, en el último capítulo de una larga secuencia de denigraciones variopintas, formuladas alternadamente por demagogos, por radicales y, ¡sorpresa, o no!, por eclesiásticos. Adolfo Pérez Esquivel, belicoso Premio Nobel de la Paz, publicó en el Corriere Della Sera (12/12/1988) un artículo titulado "Ma, l' America fu scoperta o conquista?" en el que afirmaba:

Una cultura hegemónica, conquistadora (la europea) no podía encontrarse con una cultura colectivista y comunitaria. No ha habido un encuentro entre dos culturas sino un exterminio de una cultura por parte de la otra.

En vísperas del Quinto Centenario, los obispados de Tarragona, Vic y Solsona publicaron un editorial conjunto en la hoja parroquial cuyo contenido anticapitalista, antiimperialista y antieuropeo habría entusiasmado a Colau y la CUP. Informó La Vanguardia (9/10/1992):

Los tres obispados opinan que el descubrimiento significó "la desarticulación del tejido social autóctono, expoliación sistemática de las riquezas, dominación de las culturas, lenguas y religiones y la infravaloración de los indígenas". El texto también desaprueba "la actuación dominadora constante de los países occidentales respecto a América Latina durante estos cinco siglos".

Un guiñol en el que no podía faltar la pirueta histriónica de Baltasar Garzón (LV, 2/4/2002), impulsor de un tribalismo atrabiliario que culmina con la segregación de los indígenas en comunidades semejantes a los bantustanes del caduco apartheid sudafricano. Allí debe regir el

derecho a una organización social y a la costumbre jurídica. Es decir, al derecho consuetudinario y a la resolución de sus conflictos dentro de esas normas de uso y por sus autoridades tradicionales.

La nueva Constitución de Evo Morales reconoce la vigencia del derecho consuetudinario aplicado por autoridades tradicionales, y en las aldeas donde rige dicho sistema avalado por Garzón se bate el récord de linchamientos (La Razón, 13/12/2014). Cristina Fernández de Kirchner es otra detractora del Descubrimiento. Cuando su compadre Hugo Chávez le recriminó, textualmente, que detrás de la Casa de Gobierno se levantara un monumento al "genocida Cristóbal Colón", donado por la colectividad italiana en 1910, ella ordenó derribarlo y lo hizo reemplazar por la estatua de Juana Azurduy, heroína de la Guerra de la Independencia, donada por el infaltable Evo Morales. Lo que no impide que en los pueblos indígenas del Norte de Argentina se sucedan las muertes de niños desnutridos (El Mundo, 3/2 y La Nación, Buenos Aires, 10/9).

El broche de oro lo puso el contestatario papa Francisco cuando pidió perdón en Bolivia "por los crímenes contra los pueblos originarios (sic) durante la llamada conquista de América" (El País, 10/7).

Una terapia de cordura

Después de transitar por este cúmulo de insensateces, será bueno someterse a una terapia de cordura. El ensayista argentino Juan José Sebreli desmonta, con erudición enciclopédica, en El asedio a la modernidad (Ariel, 1992), la idealización del buen salvaje y el mito del ilusorio edén precolombino. He aquí algunos fragmentos:

Tampoco debe olvidarse que tanto los aztecas como los incas eran pueblos invasores que oprimían a otros pueblos vencidos, y esta constituye la gran contradicción de los indigenistas y tercermundistas que hacen del imperialismo su principal lucha, olvidando que los pueblos precolombinos eran tan imperialistas como los europeos. Los aztecas habían venido del norte y masacraban a los pueblos que vencían en la guerra. (…) A la llegada de los españoles, para muchos indígenas mexicanos los imperialistas eran los aztecas y Hernán Cortés fue visto en un primer momento como un libertador, y para los propios aztecas era el retorno del vengador Quetzalcóatl. A los escasos españoles les habría resultado más difícil la conquista de México de no haber contado con la ayuda de cientos de miles de indios tlaxcaltecas que se sumaron al ejército invasor animados por el deseo de venganza contra los aztecas.

(…)

Los incas también habían invadido las tierras que ocupaban; desde la pequeña ciudad insalubre de Cuzco, a la que estaban relegados al comienzo, fueron dominando a sus vecinos por la violencia, los aimará entre ellos, imponiéndoles su lengua, su religión, su cultura. (…) Del mismo modo que Cortés, Pizarro obtuvo el apoyo de tribus rivales para derrotar a los incas, contó con la ayuda de Huáscar para derrotar a Atahualpa.

Otro desmitificador impenitente, Jean-François Revel, ajustó cuentas con los fabuladores indigenistas en su artículo "¡Abajo Moctezuma!" (LV, 28/5/1992):

En cuanto al descenso demográfico indio después de la conquista, su causa hay que buscarla menos en la espada de los conquistadores y más en las enfermedades contagiosas, la viruela y el sarampión, transmitidas por estos a poblaciones carentes de defensas inmunitarias. (…) La mentira demográfica, además, ha engordado las cifras. La América precolombina era casi un desierto: sus dos principales polos de población, Perú y México, no contaban cada uno más de tres o cuatro millones de habitantes y el resto de las dos Américas más o menos otro tanto (léase La population du monde. De l'antiquité à 2050, Bordas, 1991).

En síntesis, la idealización del edén mítico y de los indígenas primitivos, hoy demagógicamente catalogados como "pueblos originarios", está impregnada de prejuicios contra la cultura europea y de tergiversaciones históricas, y por consiguiente tiene tantos componentes irracionales como el fundamentalismo religioso, el nacionalismo identitario y elradicalismo antisistema. Tres lacras que, no obstante sus diferencias y antagonismos, comparten el odio al progreso, a la modernidad y a los valores de Occidente. Hoy están activas en España y no se recatan a la hora de hacer oír sus idealizaciones del buen salvaje, con las que cada cual allana el camino hacia su totalitarismo predilecto.

(Libertad Digital, 23-X-2015)

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