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La Ilustración Liberal

Historia

El fracaso de la República de Weimar

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Años después de que acabara el nazismo, seguía diciendo [mi madre] que siempre había que mantenerse alerta ante el mal. Es totalmente impredecible. Eso es lo que le había enseñado la vida. Se suele presentar con apariencia afable, como flirteador, bienhechor, halagador y hasta como una especie de dios. Los hombres caen como moscas en él. (Joachim Fest).

Lo increíble puede suceder

El 14 de septiembre de 1930 una gran parte de los ciudadanos alemanes se quedaron sorprendidos al conocer que el partido nazi, nombre abreviado del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), con un 18,3% de los votos se había convertido en la segunda mayor fuerza política de su Parlamento (Reichstag).

El 31 de julio de 1932 se celebraron nuevas elecciones. En esta ocasión el NSDAP consiguió el 37,3% de los votos. Desde el inicio de la República de Weimar, en 1919, nunca un partido político había obtenido un respaldo electoral tan grande. Seis meses más tarde, el 30 de enero de 1933, el presidente de la República, mariscal Von Hindenburg, nombraba a Hitler canciller de Alemania.

Así fue cómo, en menos de treinta meses, lo que para muchos parecía imposible se había convertido en una aterradora realidad: Hitler ocupaba el poder.

El escritor y periodista húngaro Arthur Koestler (1905-1983), según nos cuenta en sus memorias, llegó a Berlín precisamente aquel 14 de septiembre de 1930,

el día en que se proclamó el principio del fin para la República de Weimar y el comienzo de la barbarie en Europa (…) Cuando todo había pasado la gente se preguntaba: ¿cómo pudimos ser tan imbéciles para quedarnos con los brazos cruzados cuando el resultado era tan evidente?

Koestler se afilió al partido comunista en diciembre de 1931 y, siete meses después, decidió dejar Berlín para marcharse a Rusia. Como militante comunista, estuvo en España durante la guerra civil. Más tarde se convertiría en uno de los intelectuales más acérrimos detractores del comunismo. Flecha en el azul (1952) y La escritura invisible (1954) son los títulos de los libros que componen su autobiografía.

Historia de un alemán. Memorias 1914-1933 es el título de un libro publicado en Alemania en el año 2000. Su autor, Sebastian Haffner (1907-1999), fue un alemán ario que, junto con su novia judía, huyó de Berlín en 1938 y se instaló en Londres. Haffner escribió estas memorias en 1939 con la intención de alertar al mundo sobre la personalidad y las intenciones de Hitler. Poco faltaba para que estallara la Segunda Guerra Mundial y Europa se comportaba como la Alemania de 1933, nadie quería pensar que lo imposible pudiera suceder. El libro, traducido al inglés con el fin de que fuera publicado en Inglaterra, no llegó a ser editado en vida del autor.

Haffner pensaba que hasta el día en que Hindenburg nombró canciller a Hitler cualquier alemán podía decir que había vivido determinados acontecimientos históricos, pero que, en realidad, hasta entonces nadie se había visto obligado a tomar decisiones que "apelaran a su conciencia". El 30 de enero de 1933 todo cambió, "un terremoto acababa de comenzar en la vida de sesenta y seis millones de personas".

Joachim Fest (1926-2006), autor del libro en que se basó la película de El hundimiento, que narra el fin de Hitler y de sus colaboradores más allegados, tenía solo seis años aquel fatídico 30 de enero de 1933. Su padre, funcionario del Estado y militante del partido llamado de centro católico (Zentrum), perdió su condición de funcionario por negarse a transigir con las imposiciones del nazismo. En un libro titulado Yo no. El rechazo del nazismo como actitud moral, publicado en el año 2006, Joachim Fest recordaba las penalidades económicas que tuvo que pasar su familia a causa de la actitud política de su padre.

Fest fue soldado en la Segunda Guerra Mundial. En su libro de memorias explica cómo, en enero de 1943, terminadas las vacaciones de Navidad, él y todos sus compañeros de clase fueron llamados a filas. Al terminar la guerra trabajó como periodista y escritor en Alemania.

Son solo tres ejemplos de los muchos testimonios de quienes, entre sorprendidos y asustados, vivieron los treinta meses del terremoto político que cambió la vida de los alemanes y que cambiaría la de toda Europa. Tres personas que hicieron frente al horror de manera muy distinta y que, una vez pasado todo, se hacían las mismas preguntas. Preguntas que hoy en día se siguen haciendo todos los que se acercan a la historia de la Alemania de aquellos años: ¿cómo fue posible que Hitler pudiera pisotear todas las garantías constitucionales sin que hubiera la más mínima resistencia? ¿Cómo un pueblo civilizado como el alemán pudo enloquecer de esa manera? ¿Cómo la gente de buena voluntad no fue capaz de darse cuenta de lo que se le venía encima?

Para Koestler, si los alemanes no reaccionaron fue porque durante aquellos 30 meses la gente ni siquiera imaginó que aquello podría terminar en un trágico desastre. Él, por su parte, abandonó a los socialistas, a quienes culpaba del fracaso de la República de Weimar, para abrazar el comunismo. Años más tarde explicaría su actitud porque él, "como la mayoría de los intelectuales progresistas alemanes", en 1930 pensaba que la revolución bolchevique era "el gran experimento" y no existían aún razones para rechazarlo. Por otra parte, después de las elecciones de septiembre de 1930, "la resistencia activa contra los nazis solo parecía posible dentro de las filas de los socialistas o de los comunistas". Dado que los primeros "habían traicionado el bien que se les había encomendado", solo quedaba la segunda opción.

Más tarde, cuando ya había abandona el comunismo, escribió en sus memorias:

Fui hacia el comunismo como quien va a un manantial de agua fresca y abandoné el comunismo como quien sale arrastrándose de un río emponzoñado por los despojos de las ciudades inundadas y los cadáveres de los ahogados. Esta es mi historia desde 1931 a 1938, desde los 26 a los 33 años.

A comienzos de 1933 Sebastian Haffner, según él mismo cuenta, "era un joven de 25 años bien alimentado, bien vestido, bien educado, (…) el producto medio de la burguesía alemana culta" que había estudiado Derecho y que por consejo de su padre iba camino de convertirse en "un funcionario culto". Se consideraba a sí mismo "más bien de derechas", pero sin "ninguna convicción política definitiva". En Historia de un alemán relata la conversación que sostuvo con su padre el mismo día que Hitler fue nombrado canciller, cuando todavía pensaban que sería un Gobierno efímero y que sus votantes era gente inculta y engañada por la propaganda que "se disgregaría tras la primera decepción".

Para el padre de Joachim Fest, la equivocación principal en que habían incurrido él y sus amigos era "el haber creído sin reservas en la razón, en Goethe, Kant, Mozart y toda la tradición que venía de entonces". Y es que los que, como él, habían votado siempre al Zentrum, hasta que vieron los resultados de las elecciones de 1932, "habían confiado en que un pandillero como Hitler nunca alcanzaría el poder en Alemania".

Joachim Fest no podía entender por qué la gente, mientras pudo votar, no lo hizo a los partidos democráticos, ya fueran de izquierdas o de derechas. Recordaba la irritación de su familia cuando, una vez terminada la dictadura de Hitler, se extendió el argumento exculpatorio de que, tras la elecciones de 1930, solo había dos posibilidades de elección, votar a los nazis o votar a los comunistas, y que la gente se decidió por Hitler como mal menor. Y es que, como él escribió:

Ya en los años treinta, el comunismo y su imitador, el nacionalsocialismo, deberían haber puesto en guardia a todo observador imparcial frente a los radicalismos. Las atrocidades resultantes de las fórmulas de interpretar el mundo del uno y del otro eran demasiado evidentes. Pero muchos no podían resistirse a la seducción de una utopía muy alejada de la realidad.

Joaquim Fest decía que la experiencia de los primeros años de su vida y la educación recibida le habían enseñado a ser "desconfiado en política, especialmente frente a las ideologías en alza en cada momento". Ese "orgullo por la discrepancia" que aprendió de la actitud de su padre frente al nazismo le vacunó contra la tendencia izquierdista de su época y no sucumbió como muchos de sus amigos a la tentación del comunismo. Como escribe en las últimas páginas de su libro de memorias,

no hay que olvidar que el comunismo ha conseguido evitar a la larga que se le compare con el nacionalsocialismo. Ese ha sido y es el mayor éxito de su propaganda.

Joachim Fest terminó de escribir sus memorias de infancia y juventud, Yo no, en el año 2006, poco antes de morir. En las últimas páginas del libro recuerda la insistencia de su madre en que escribiera la historia del nazismo, para que la gente supiera que es preciso mantenerse siempre alerta ante mal. Porque el mal, decía aquella noble mujer,

se suele presentar con apariencia afable, como flirteador, bienhechor, halagador y hasta como una especie de dios. Los hombres caen como moscas en él.

En estos tiempos de confusión, en los que parece que todos los valores democráticos occidentales en los que hemos creído se tambalean y vemos surgir por doquier políticos populistas, vendedores de falsas utopías, el terrorífico final de la República de Weimar nos puede enseñar que las democracias no se mantienen solas y que exigen el esfuerzo responsable de todos y de cada uno de los ciudadanos. Que debemos vivir alerta porque la libertad de la que disfrutamos se puede perder poco a poco, sin que apenas lo notemos. De Weimar podemos aprender que, a la hora de elegir a nuestros gobernantes, es preciso votar con la razón y no dejarse llevar por los sentimientos ni por las promesas de engañosas utopías. De Weimar podemos aprender que la única prevención posible para que una crisis no termine en un desastre es que cada cual asuma sus responsabilidades y actúe según los dictados de su propia conciencia y sus propios análisis racionales, sin dejarse llevar por la corriente de opinión de la mayoría.

La historia no se repite nunca pero debe conocerse para aprender de ella y no caer en errores en los que otros cayeron. La República de Weimar, aunque puede parecer lejana, resulta hoy una buena lección de historia y, sobre todo, una importante lección de política. Eso fue lo que, en 1985, llevó al historiador alemán Horst Möller (1943) a escribir La República de Weimar. Una democracia inacabada. La historia de Weimar, escribe Möller, además de ser una lección de historia contemporánea alemana, es "una lección de formación política de permanente actualidad sobre las potencialidades y los riesgos de una democracia". El libro, que ha sido reeditado posteriormente varias veces en Alemania, fue publicado por primera vez en España en el año 2012.

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La República tuvo dos presidentes, Friedrich Ebert y Paul von Beneckendorff und von Hindenburg. Uno encarnó las potencialidades, el otro los fracasos (Horst Möller)

El fin de la guerra y el mito de "la puñalada por la espalda"

En el verano de 1918, y tras cuatro años de guerra, la imposibilidad de una victoria alemana se había hecho evidente. Sin embargo, no solo el alemán medio, que nunca se había planteado seriamente la posibilidad de la derrota, sino incluso los propios dirigentes militares y políticos seguían soñando con un final victorioso o, al menos, con una honrosa paz negociada.

El último fin de semana del mes de septiembre Erich Ludendorff, jefe adjunto del Estado Mayor General a las órdenes del mariscal Paul von Hindenburg, convencido ya de la inutilidad de continuar los combates, decidió tomar la iniciativa y poner en marcha un plan para evitar que cayera sobre el ejército la carga de la derrota.

Ludendorff convenció a Von Hindenburg y al propio káiser Guillermo II de la necesidad de instaurar una democracia parlamentaria que asumiera la responsabilidad de izar la bandera blanca, librando así al ejército de la vergüenza de la rendición. Con esta idea, el káiser nombró canciller al príncipe Max von Baden, cuya principal misión debía ser la negociación de la paz.

El nuevo canciller tomó posesión de su cargo en la última sesión del Parlamento del Reich, celebrada el 22 de octubre de 1918. En aquella sesión Friedrich Ebert, portavoz del Partido Socialista Alemán (SPD), que desde 1912 ostentaba la mayor representación en el Parlamento, se puso a disposición del príncipe y le ofreció la colaboración de su partido.

El káiser se resistía a la abdicación, el armisticio no llegaba y por todas partes se detectaban focos de revolución. En Kiel, el 4 de noviembre, se amotinaron los marineros en solidaridad con los compañeros que habían sido detenidos por haberse negado a participar en un desesperado plan de la Marina alemana para atacar Gran Bretaña. El día 7, en Baviera, había estallado un movimiento revolucionario dirigido por el socialista Kurt Eisner. Ebert hizo entonces saber al príncipe Max von Baden que, muy a su pesar, si el káiser no abdicaba de inmediato, la revolución social sería inevitable.

En la mañana del día 9 de noviembre Von Baden recibía la noticia de que la temida revolución había estallado en Berlín. Ebert no había podido, o no había querido, evitar que la cúpula del SPD llamara a la huelga general. Los más radicales del partido habían lanzado a sus militantes con armas para tomar las calles de Berlín. Los insurrectos exigían la dimisión del Guillermo II y la democratización de las instituciones.

Max von Baden sabía que cualquier intento de solución pasaba por la abdicación del káiser. Ante la pertinaz negativa de este, el mismo día 9 el canciller le presentó su dimisión y dejó a Ebert como sucesor. Al llegar la noche el káiser Guillermo traspasaba el mando militar al mariscal Von Hindenburg y, aprovechando la oscuridad, huía a Holanda. La abdicación llegaría tres semanas después.

Friedrich Ebert, hombre clave en aquellos convulsos días de noviembre, había nacido en Heidelberg en 1871 en el seno de una familia de trabajadores artesanos que le educaron en el catolicismo. Después de la escuela primaria, Friedrich aprendió guarnicionería artesanal en una escuela de oficios. Más tarde trabajó como temporero en Bremen. Desde muy joven militó en el partido socialista. En 1900 entró a formar parte del Parlamento de Bremen y en 1905 fue nombrado secretario general del partido.

Durante los primeros años de guerra Ebert compartió liderazgo con Hugo Haase, abogado y representante del ala izquierdista del SPD. En abril de 1917 las diferencias entre los dos líderes terminaron con la ruptura del partido. El ala radical se separó del SPD formando dos nuevos partidos, el Partido Independiente Socialista Alemán (USPD), presidido por Haase, y la Liga Espartaquista, de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, constituida con un objetivo explícitamente revolucionario. En el mes de diciembre de 1918 la Liga se transformó en el Partido Comunista Alemán (KPD).

Cuando en noviembre de 1918 Ebert se vio convertido en sucesor del canciller Von Baden, comprendió la necesidad de recuperar el apoyo del sector más revolucionario de su partido. El ala más izquierdista del SPD, el USPD y los espartaquistas defendían un sistema de consejos formados según los distintos sectores sociales (soldados, obreros, agricultores, funcionarios…). Los consejos representaban la voluntad de sus electores, pero no tenían libertad de decisión sino que debían rendir cuentas y someterse al mandatario político correspondiente. El modelo estaba tomado de los consejos (soviets) de la revolución rusa de octubre de 1917, que habían sido concebidos como vehículo para llegar a la dictadura del proletariado.

Ebert, que en absoluto era un revolucionario y que desconfiaba del modelo de los consejos, comprendió que algo tenía que ceder si quería llegar a un acuerdo con los radicales. Logró unificar las dos facciones socialistas, el SPD y el USPD, prometiendo que instauraría un sistema de consejos presidido por el Consejo de Comisarios del Pueblo, que funcionaría a modo de Consejo de Ministros. Constituido el Gobierno el 10 de noviembre de 1918, pudo finalmente firmarse el armisticio el 11 de noviembre y convocarse elecciones generales para el 19 de enero de 1919.

Pese a la convocatoria de elecciones, la revolución continuaba su marcha. El 5 de enero comenzó en Berlín el que se llamó "levantamiento espartaquista". El socialista Gustav Noske, responsable de Defensa, fue el encargado por el Consejo de Comisarios del Pueblo de sofocar los focos de revolución. Además de miembros del Ejército, Noske utilizó los Freikorps[1], batallones de jóvenes soldados que al terminar la guerra se habían quedado en paro. La lucha en las calles berlinesas duró varios días. El crimen más brutal, atribuido a los soldados de Noske, fue el doble asesinato, el 15 de enero, de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.

Al parecer, meses después, en el otoño de 1919, el jefe adjunto del Estado Mayor General alemán, Erich Ludendorff, se entrevistó con el general inglés Neil Malcolm, y este le pidió su opinión sobre las causas de la derrota alemana en la guerra. Ludendorff le habló de la influencia que en los ciudadanos de la retaguardia habían ejercido pacifistas, revolucionarios y especuladores. Malcom le preguntó: "Do you mean, General, that you were stabbed in the back? ("¿Quiere usted decir, general, que recibieron una puñalada por la espalda?"). A lo que Ludendorff respondió: "Sí, eso fue exactamente lo que pasó, recibimos una puñalada por la espalda".

Así fue como se creó el mito de la "puñalada en la espalda", que relevaba al Ejército de su responsabilidad en la derrota y que sirvió de pretexto a ciertos grupos de excombatientes para oponerse desde el primer momento a la República de Weimar. Lo asombroso es que fuera el propio Ludendorff, organizador del plan de rendición, el artífice de la leyenda.

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La presidencia de Friedrich Ebert (1919-1925). Elecciones constituyentes. El Tratado de Versalles y la Constitución de Weimar

El 19 de enero de 1919 se celebraron elecciones generales. Algunos de los partidos que se presentaron ya existían antes de la guerra, como el de los socialdemócratas del SPD o el de los conservadores católicos del Zentrum. La izquierda más radical estuvo representada por el USPD de Hugo Haase. En cuanto a los tres partidos burgueses de convicciones liberales y conservadoras anteriores a la guerra, el liberal, el liberal-nacionalista y el progresista, se refundaron en el Partido Popular Alemán (DVP), el Partido Nacional Popular Alemán (DNVP) y el Partido Democrático Alemán (DDP).

Sólo tres de estos partidos, el SPD, el Zentrum y el DDP, llevaron claramente en su programa electoral el apoyo a la República. En las elecciones, entre los tres reunieron el 76,3% de los votos[2].

El 6 de febrero de 1919 se celebró en la ciudad de Weimar la primera sesión de la Asamblea Nacional; el día 11 fue elegido Friedrich Ebert presidente provisional del Reich, y el 13 se formó un Gobierno de coalición de los tres partidos mayoritarios, SPD, Zentrum y DDP. Este Gobierno, dirigido por el canciller socialdemócrata Philipp Scheidemann, afrontaba la triple tarea de poner fin al caos revolucionario, firmar el tratado de paz y aprobar la nueva Constitución.

La tranquilidad política conseguida con la constitución de la Asamblea Nacional y el nombramiento de Ebert como presidente del Reich no se reflejó en las calles. Los disturbios estaban a la orden del día y, en el ambiente, había claros síntomas de la existencia de una guerra civil latente. El 21 de febrero fue asesinado el líder revolucionario bávaro del USPD, Kurt Eisner; el 22, en Manheim, los socialistas radicales del USPD y los comunistas del KPD declararon la República de los Consejos y, finalmente, el 3 de marzo la revolución llegó a Berlín, iniciándose la Semana Sangrienta. Gustav Noske, ahora ministro de Defensa, fue el encargado de sofocar los focos de sublevación, para lo que recurrió, como ya había hecho en los días del levantamiento espartaquista, a los soldados del Freikorps.

El tratado de paz que ofrecían los aliados, además de limitaciones militares y territoriales, incluía unas reparaciones económicas que resultaban tan inadmisibles para el Gobierno alemán que el canciller Scheidemann se sintió obligado a presentar su dimisión. Fue entonces sustituido por el también socialdemócrata Gustav Bauer, quien, el 28 de junio de 1919, fue el encargado de firmar el Tratado de Versalles, al que desde el primer momento la población alemana llamó "dictado de la vergüenza" (Schanddiktat).

En cuanto a la nueva Constitución, tras muchas deliberaciones y sesiones parlamentarias, el texto quedó listo para su aprobación por la Asamblea en el mes de agosto. Era un texto de compromiso entre los tres partidos de Weimar, de ahí que, aunque se mantuvieran algunos consejos, como, por ejemplo, el de los Trabajadores o el Económico, eran simplemente órganos consultivos que debían ser escuchados antes de que se promulgara una ley. Tras su aprobación por la Asamblea, la Constitución de Weimar fue firmada por el presidente Ebert el 11 de agosto de 1919 y entró en vigor tres días después.

En las calles, los disturbios y los delitos políticos no dejaban de producirse. El 8 de octubre, ante la puerta del Reichstag, fue tiroteado el líder del USPD, Hugo Haase, que moriría un mes más tarde a consecuencia de las heridas. Con él eran ya cuatro los dirigentes políticos de izquierdas asesinados en 1919.

El 13 de marzo de 1920 un grupo de militares dirigidos por Wolfgang Kapp, antirrepublicano de derechas y gobernador provincial de Prusia Oriental, trató de tomar el poder en Berlín. Los golpistas llegaron a ocupar los edificios gubernamentales y obligaron al Gobierno a buscar refugio en la ciudad de Stuttgart. Wolfgang Kapp se autoproclamó canciller y ministro presidente prusiano.

Ese mismo día el SPD convocaba una huelga general. Los funcionarios del Reich se negaron a colaborar con los golpistas. El 17 de marzo el golpe se vino abajo. Kapp huyó a Suecia y dos años después, gravemente enfermo, se entregó a la Justicia alemana. El golpista murió antes de que se celebrara el juicio. Aquel golpe, conocido como Kapp-Putsch, supuso la primera acción violenta de un grupo de la extrema derecha contra la República. El golpe trajo como consecuencia un cambio de Gobierno y el nombramiento del socialdemócrata Hermann Müller como canciller.

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Elecciones al primer 'Reichstag' de la República

Las primeras elecciones tras la entrada en vigor de la Constitución se celebraron el 6 de junio de 1920 y supusieron un claro castigo para el Gobierno. Había pasado poco más de un año de las elecciones a la Asamblea Nacional y la coalición gubernamental que había apoyado a la República perdía la mayoría absoluta. Los tres partidos –SPD, con el 21,6%; Zentrum, con el 13,6, y DDP con el 8,3–, que juntos habían sumado el 76,2% de los votos en enero de 1919, obtuvieron solamente el apoyo del 43,5% de los votantes. Mientras que los tres partidos no republicanos, los socialistas del USPD, los populares de DVP y los nacionalistas del DNVP, con un 46,9% de los votos se convertían en ganadores de las elecciones al primer Reichstag de la República de Weimar[3].

Comenzaba una legislatura en la que, hasta las elecciones de 1924, se sucedieron cinco cancilleres con, al menos, siete Gobiernos distintos. Esta inestabilidad gubernamental estuvo motivada por los problemas a los que el Reich debía hacer frente: la continua presión de la política de reparación de Francia, las exigencias de pago de los aliados, una inflación galopante y los levantamientos y delitos por motivos políticos, que no cesaron en los cuatro primeros años de la República.

El 26 de agosto de 1921 el ministro de Finanzas, Matthias Erzberger (del partido de Zentrum), fue asesinado por la extrema derecha. El 24 de junio de 1922 el ministro de Exteriores Walter Rathenau (del DDP) moría víctima de un atentado, de nuevo cometido por la extrema derecha.

Para Möller, con la muerte de Rathenau Alemania perdía una de sus grandes personalidades políticas. Sebastian Haffner fue también gran admirador de este político alemán y en sus memorias de los años de entreguerras llegó a comparar su capacidad de liderazgo con la de Hitler:

Rathenau y Hitler fueron las dos presencias que lograron estimular al máximo la imaginación de la gran masa alemana: uno gracias a su increíble cultura y otro gracias a su increíble maldad.

La situación era tan complicada que el Parlamento decidió aprobar una ley de protección de la República. Según escribe Möller, "Proteger a la República de los enemigos de la Constitución, extremistas de derechas e izquierdas, se convirtió en una tarea permanente durante la época de Weimar"

En represalia porque Alemania no pagaba las deudas de la guerra, el 11 de enero de 1923 tropas francesas y belgas ocuparon la cuenca del Ruhr. El entonces canciller, Wilhelm Cuno, llamó a la resistencia pasiva. Esta decisión, que se mantuvo hasta el mes de septiembre, posiblemente sirvió de vínculo para la población alemana, pero provocó un peligroso cese de la producción y mandó al paro a casi dos millones de trabajadores alemanes.

Poco después de estallar la Guerra del Ruhr se desató una inflación galopante, en unos días la cotización del dólar pasó de poco más de 500 marcos a 20.000. En los meses siguientes el valor del marco siguió bajando.

Sebastian Haffner, en Historia de un alemán, describe la reacción de la gente ante aquella terrible inflación de 1923:

Nadie supo qué había sucedido exactamente. (…) El dólar se convirtió en el tema del día y, de repente, miramos a nuestro alrededor y nos dimos cuenta de que aquel acontecimiento había destruido nuestra vida diaria. (…) Un sueldo de 65.000 marcos traído a casa un viernes, el martes siguiente no llegaba para comprar un paquete de cigarrillos.

Quienes tenían una cuenta de ahorro, una hipoteca o cualquier tipo de inversión vieron cómo desaparecían. Según cuenta Haffner, se desató entonces una especie de locura por comprar acciones. Era la única inversión que podía soportar la velocidad del cambio en el valor de la moneda. El día de cobro la gente compraba acciones y luego iba vendiendo para hacer frente al gasto corriente. Las cotizaciones subían, "la banca nadaba en la abundancia", surgían bancos "como setas". En esta situación, "quienes lo pasaron peor fueron los viejos y los que vivían alejados de la realidad", unos mendigaron, muchos se suicidaron. Y "entre tanto sufrimiento, desesperación y pobreza extrema fue desarrollándose un culto a la juventud apasionado y febril, una avidez y un espíritu carnavalesco generalizado". Y es que, añadía Haffner, eran los jóvenes y no los viejos los que empezaban a tener dinero.

Para Möller, si bien es innegable que aquella inflación proletarizó económicamente a una amplia parte de la clase media burguesa y provocó la aparición por doquier de "usureros y especuladores", su consecuencia más grave fue la "desorientación social y política" que sufrió la población alemana. Desorientación que, según el historiador, llevó a la población a "un distanciamiento cada vez mayor de la república democrática, de nuevo considerada como autora espiritual de la miseria".

Aquella inflación imposible de contener se llevó por delante al Gobierno. El 13 de agosto de 1923 fue nombrado canciller el economista liberal Gustav Stresemann, fundador y dirigente del DVP. Stresemann formó un Gobierno de gran coalición al que incorporó a miembros del SPD, con el principal objetivo de controlar la situación económica. El 16 de noviembre de 1923 se produjo la emisión del Rentenmark, una nueva moneda que permitió detener la hiperinflación.

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El 'Putsch de la Cervecería'

El ambiente revolucionario no cejaba. El Reich mantenía continuos problemas con los estados de Baviera, Sajonia y Turingia. En Sajonia y Turingia gobernaba un frente popular del SPD y KPD que provocaba constantes enfrentamientos con el poder del Reich. En Baviera, por el contrario, los problemas venían de la derecha nacionalista; entre el gobernador y el Reich se fue creando un conflicto que desembocó en el golpe de Hitler del 8 de noviembre de 1923.

El Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores (NSDAP) o partido nazi, que dirigía Hitler, tenía su origen en el Partido Alemán de los Trabajadores (DAP), fundado en enero de 1919 en Múnich por un mecánico ferroviario llamado Anton Drexler.

El Servicio de Información del Ejército había ordenado al entonces cabo Hitler que se infiltrara en el partido creado por Drexler, con el fin de vigilar e informar sobre sus actuaciones. Resultó que, dos años más tarde, Hitler se había convertido en uno de los principales dirigentes del partido, que para entonces había ya cambiado su nombre por el de NSDAP.

Pues bien, el día 8 de noviembre de 1923 Hitler, acompañado de un grupo de militantes del NSDAP, irrumpió en una cervecería de Múnich donde se celebraba un acto del primer ministro bávaro y declaró la destitución de este y la formación de un Gobierno provisional. Sus correligionarios, dirigidos por el antiguo general Ludendorff, se extendieron por la ciudad y trataron de ocupar los principales edificios gubernamentales. Dos días después, el intento de golpe había sido sofocado por la policía. Hitler fue encarcelado y el partido nazi prohibido. El partido nazi siguió operando bajo otras siglas. Cuando, en diciembre de 1924, Hitler salió de la cárcel, refundó y reorganizó el partido, que recuperó el nombre de NSDAP.

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El segundo 'Reichstag' de la República. Fallecimiento de Ebert

La doble amenaza por parte de extremistas de izquierdas y de derechas provocó la caída del Gobierno. El 23 de noviembre Stresemann, presionado por el Reichstag, presentó su dimisión. Ebert nombró canciller a Wilhelm Marx, del Zentrum, que consiguió la paz en Baviera al incorporar al Gobierno a miembros del partido bávaro (BVP).

El 4 de mayo de 1924 se celebraron las elecciones al segundo Reichstag. Ganaron los socialdemócratas del SPD con el 20,5% de los votos, seguidos muy de cerca por el partido nacionalista popular (DNVP), que obtuvo el 19,5%. El partido comunista (KPD), con el 12,6%, surgió como único partido de izquierda radical sustituyendo al USPD[4].

La imposibilidad de formar un Gobierno que tuviera la aceptación del Parlamento obligó a convocar nuevas elecciones, que se celebraron el 7 de diciembre de ese mismo año. El SPD consiguió el 26% de los votos. La derecha nacionalista del DNVP, con el 20,5%, se confirmó como segunda fuerza política en el Parlamento[5].

El mandato del presidente Ebert debía terminar el 30 de junio de 1925. Cuatro meses antes cayó enfermo. Lo que se creía una sencilla gripe resultó ser un ataque de apendicitis que le produjo una septicemia que le llevó a la muerte. Tenía 54 años.

Ebert había conseguido sacar al país de una situación inmensamente complicada. A la humillación de la derrota se habían unido la penuria económica, los constantes intentos revolucionarios de una izquierda radical y la formación de grupos ultraderechistas con estrategias políticas criminales.

La figura de Ebert ha sido muy controvertida. Algunos socialistas le consideraron un traidor, mientras que para otros fue un auténtico demócrata y un patriota. Muchos alemanes, entre ellos Sebastian Haffner, nunca le perdonaron la utilización de los Freikorps, a los que veían como precursores de los nazis. Fuera como fuese, debe reconocerse que consiguió consolidar la República de Weimar, controlar los intentos golpistas de la extrema derecha y evitar que la revolución bolchevique se extendiera a Alemania y, quizás con ello, a toda Europa. Hoy, en casi todas las grandes ciudades de la antigua República Federal Alemana existe una Ebert Strasse.

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La presidencia del mariscal Hindenburg (1925-1934)

El 29 de marzo de 1925 se celebraron elecciones presidenciales para sustituir al fallecido Friedrich Ebert. Al no obtener ninguno de los candidatos la mayoría precisa, fue necesaria una segunda vuelta. Los tres partidos de Weimar, SPD, Zentrum y DDP, presentaron a Wilhelm Marx, un jurista del partido del centro católico que había sido canciller. Los nacionalistas del DNVP y los partidos bávaros, cada vez con mayor influencia política, propusieron al general mariscal de campo Paul von Hindenburg. Por su parte, el partido comunista decidió mantener a su propio candidato, Ernst Thälmann.

Las elecciones se celebraron el 26 de abril. Hindenburg fue elegido con el 48,3% de los votos, Wilhelm Marx obtuvo el 45,3% y Ernst Thälmann el 6,4%. Horst Möller culpa a los comunistas del triunfo de Hindenburg, pues,

en su estrechez de miras político-partidistas, los comunistas prefirieron favorecer al representante del viejo sistema, en lugar de superarse eligiendo un defensor de la odiada república.

Paul von Hindenburg tenía entonces 77 años. Era un militar prusiano, educado en el luteranismo, que había combatido ya en la guerra franco-prusiana (1870-1871) y, cuatro años antes, con tan solo 19 años, en la que se llamó Guerra de las Siete Semanas de Prusia contra Austria[6]. En la Guerra del 14 fue jefe del Alto Mando Militar, con Ludendorff como comandante en jefe del Ejército. Por sus orígenes sociales, su formación militar, su carrera profesional y sus posiciones políticas, era más un representante del viejo sistema que un entusiasta del régimen democrático que se intentaba instaurar en la nueva Alemania.

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El único periodo de paz (1925-1929)

Los cuatro primeros años de la presidencia de Hindenburg fueron relativamente tranquilos y esperanzadores para los republicanos y para la población en general. Sebastian Haffner, en Historia de un alemán, describe este periodo como el único de paz que había vivido su generación, "la única época en la que fue posible vivir". Y, para él, el artífice de aquella normalidad había sido Gustav Stresemann, que, aunque había dejado de ser canciller, desde su cartera de Exteriores, todavía controlaba la política alemana. "En ocasiones", escribe Haffner, "se producía un cambio de Gobierno, unas veces gobernaban los partidos de derechas, otras los de izquierdas. No se notaba mucha diferencia. El ministro de Asuntos Exteriores siempre se llamó Gustav Stresemann. Aquella circunstancia significaba lo siguiente: paz, ninguna crisis a la vista, business as usual".

Entre los logros de Stresemann se cuentan la salida de las tropas aliadas de la Cuenca del Ruhr, la firma de un pacto de amistad y neutralidad con la Unión Soviética y la entrada de Alemania en la Sociedad de Naciones. Su labor fue reconocida internacionalmente con el Premio Nobel de la Paz, que le fue otorgado el 10 de diciembre de 1926.

El 20 de mayo de 1928 tuvieron lugar las elecciones al cuarto Reichstag. Ganó el SPD con el 28,8% de los votos. El partido valedor de Hindenburg, el DNVP, perdió más de seis puntos, pasando del 20,5 al 14,2% de los votos. El Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, el NSDAP, que había sido refundado por Hitler tras levantarse su prohibición en 1925, obtuvo el 2,6% de los votos[7].

El partido socialista tenía mayoría suficiente como para que un socialdemócrata, Hermann Müller, fuera aceptado como canciller por el Parlamento. Müller formó un Gobierno de gran coalición en el que participaron no solamente los tres partidos originales de Weimar (SPD, DDP, Zentrum), también los liberales del DVP y el partido bávaro (BVP).

Gustav Stresemann continuó como ministro de Exteriores hasta el 3 de octubre de 1929, día en el que los periódicos sorprendían a los alemanes con la noticia de su muerte. "Nosotros, al leerlo", escribió Haffner, "notamos un gélido sobresalto. ¿Quién iba a dominar a las bestias a partir de ahora?".

La gran depresión del 29

Pocos días después de la muerte de Stresemann, el 24 de octubre, llegó la noticia de la quiebra de la bolsa de Nueva York. Era un nuevo golpe para la debilitada economía alemana. La crisis económica de 1929 traería de nuevo la pobreza, el desempleo y el malestar para cientos de miles de alemanes. En el mes de marzo de 1929 se habían contabilizado 2,8 millones de parados en Alemania; un año después, el número de desempleados era de tres millones y medio.

El paro se había convertido en el gran problema político de Müller. En marzo de 1930, a causa de las diferencias entre liberales y socialistas sobre las cuotas para el seguro de desempleo, se rompió la coalición de gobierno. Müller fue sustituido por el economista Heinrich Brüning, del partido Zentrum, cuya principal misión era detener el galopante ascenso del paro y estabilizar la economía.

Era un momento en el que, como escribió Sebastian Haffner, "el propio Brüning nada tenía que ofrecer al país salvo pobreza, melancolía, libertades restringidas y la promesa de que no era posible nada mejor".

Brüning presentó ante la Asamblea un paquete de medidas para hacer frente a la crisis económica. Al no conseguir una mayoría parlamentaria suficiente para sacarlas adelante, optó por la disolución del Reichstag. Las nuevas elecciones fueron convocadas para el 14 de septiembre.

Pocos pensaban que aquellas elecciones del 14 de septiembre de 1930 serían el principio del fin de la República de Weimar. Ganaron de nuevo los socialdemócratas, pero sufriendo una pérdida de nueve escaños. Inesperadamente, el segundo partido más votado fue el NSDAP de Hitler, con el 18,3% de los votos. También subieron los comunistas, que, con un 13,1%, aventajaban por primera vez al Zentrum[8].

Los monárquicos nacionalistas del DVNP, que habían apoyado a Hindenburg, perdieron más de la mitad de sus votos, posiblemente sus electores habían optado por dar su apoyo a Hitler. Los partidos liberales y conservadores, DDP y DVP, casi desaparecieron. Conviene reseñar, además, que la participación había subido notablemente con respecto a las elecciones de 1928, de un 74,6 se pasó al 81,4%. Lo más probable es que estos nuevos votos fueran para el partido nazi.

La imposibilidad de formar una coalición de gobierno con mayoría daba al presidente de la República la capacidad, prevista en la Constitución, de elegir canciller y gobernar en situación de emergencia mediante decreto. Hindenburg, que cumplía ya ochenta y tres años, comenzó a gobernar en esa situación con Brüning como canciller.

En febrero de 1932 se registró un nuevo ascenso del número de desempleados, 6 millones, casi la tercera parte de los trabajadores alemanes. En el mes de marzo, ante el temor de que los nazis, los comunistas o ambos unidos acabaran con la República, Heinrich Brüning, quizás con la esperanza de conseguir el apoyo necesario para que Hindenburg prolongara su mandato hasta su retirada definitiva o su fallecimiento, consiguió de éste la autorización para convocar unas nuevas elecciones presidenciales.

Brüning confiaba en que los nazis votarían a Hindenburg, pero Hitler decidió dar la batalla política y presentarse por su cuenta. Hindenburg obtuvo el 49,6% de los votos, Hitler el 30,1. Al no conseguir una mayoría suficiente hubo que ir a una segunda vuelta el 10 de abril. Esta vez sí, Hindenburg, con el 53,1%, resultaba reelegido como presidente de la República.

Mientras tanto, dos hombres en la sombra, Kurt von Schleicher y Franz von Papen, que se habían ganado la confianza del ya anciano presidente, no cesaban de intrigar para librarse de Brüning y hacerse con el poder. El 29 de mayo Brüning se vio obligado a dimitir. Tres días más tarde Von Papen fue nombrado canciller; Schleicher sería vicecanciller y ministro de Defensa.

Comenzó entonces un periodo de intrigas entre estos dos personajes y el viejo Hindenburg que culminaron en la convocatoria de nuevas elecciones parlamentarias en julio de 1932. Esta vez ganó el partido nazi con el 37,3% de los votos, y los socialdemócratas pasaron a segundo plano con el 21,6. El tercer partido más votado fue el de los comunistas del KPD[9].

El 12 de septiembre de 1932, primer día del nuevo curso parlamentario, Hitler presentó una moción de censura contra Von Papen. Se convocaron de nuevo elecciones para el 6 de noviembre. Era la tercera vez en el año que los alemanes acudían a las urnas. Los nacionalistas se presentaron divididos y el partido de Hitler perdió algunos escaños. Los socialistas bajaron de nuevo, esta vez solo consiguieron el 20,4% de los votos, una buena parte de la izquierda había decidido dar su apoyo a los comunistas, que llegaron casi al 17% de los votos[10].

El 17 de noviembre Von Papen presentó su dimisión. El 1 de diciembre el general Schleicher fue elegido canciller y nombró a un líder nazi vicepresidente, quizás con la ingenua intención de dividir al partido de Hitler. Al no conseguirlo, el 28 de enero de 1933 presentó también su dimisión. Dos días más tarde Hindenburg nombraba a Hitler canciller de Alemania.

Hörst Möller, que desde el primer momento muestra en su libro una clara antipatía por el mariscal Von Hindenburg, explica y, en cierto modo, justifica su actuación. Hitler era el hombre más fuerte de su partido y, además, contaba con el apoyo parlamentario de los nacionalistas del DNVP:

El nombramiento de Adolf Hitler como canciller el 30 de enero de 1933, aprobado de mala gana por un decadente Von Hindenburg y bajo la presión de su entorno, fue, en ese sentido, legítimo.

Hitler contaba con el apoyo del NSDAP y del DNVP para gobernar, pero ambos partidos no formaban una coalición con mayoría suficiente en el Parlamento (entre los dos habían sumado el 41,4% de los votos). Esta situación conducía a unas terceras elecciones, que se convocaron para el 5 de marzo.

El 27 de febrero se produjo el incendio del Reichstag y Hitler declaró el estado de excepción. Se había legalizado la política del terror, sobre todo contra los comunistas, que fueron acusados de provocar el incendio. En esta situación, el 5 de marzo de 1933 los alemanes acudieron a las urnas. Hitler obtuvo el 43,9% de los votos, mayoría parlamentaria si se sumaba al 8% conseguido por los nacionalistas del DNVP. La participación en aquellas elecciones había sido mayor que nunca, rozando el 90%. La dictadura quedaba electoralmente legitimada[11]. Sin duda el régimen del terror impuesto por el nuevo canciller había dado sus frutos.

El NSDAP, que en 1930 contaba con 121.000 afiliados, tres años después tenía 670.000. En su libro Möller deja claro, y en eso también coincide con Haffner, que el partido nazi "no puede ser clasificado políticamente dentro del simple esquema izquierda-derecha". Se trataba de un partido antiburgués y anticomunista que "prometió el futuro" y "fue revolucionario". Su toma del poder "significó el triunfo de lo nuevo sobre lo viejo".

En lo que quedaba de año se aprobaron todas las leyes necesarias para consolidar la dictadura. Entre ellas los decretos de disolución de los sindicatos y de todos los partidos políticos, salvo, por supuesto, el nazi. Finalmente, el 14 de febrero de 1934 se decretaba la disolución del Reichstag.

Cuatro meses después, el 30 de junio de 1934, se produjo la llamada Noche de los Cuchillos Largos. En ella fueron asesinados los miembros más conocidos de las SA[12] y cuantos enemigos políticos podían entorpecer la implantación del nuevo régimen. Entre los asesinados estaban el excanciller Schleicher y su mujer.

El 2 de agosto de 1934 muere Hindenburg. Hitler decide entonces fusionar el cargo de presidente con el de canciller.

Haffner, en sus memorias escritas en 1939, insistía desde su exilio británico en que no se podía satanizar a todo el pueblo alemán:

La situación de los alemanes no nazis durante el verano de 1933 fue ciertamente una de las más difíciles en las que se puede encontrar el ser humano: un estado de sometimiento total y desesperado, sumado a los efectos tardíos del shock que supone que los acontecimientos le pillen a uno totalmente desprevenido. Los nazis nos tenían completamente en sus manos.

Epílogo

El socialdemócrata Gustav Noske vivió retirado de la política tras la llegada al poder de los nazis. Fue acusado de participar en el atentado sufrido por Hitler en 1944 y enviado a un campo de concentración. Un año más tarde fue liberado por los aliados. Murió en 1946.

El general Ludendorff, que había colaborado con Hitler en el golpe de Múnich de noviembre del 1923, tuvo más tarde con él un enfrentamiento que le llevó a retirarse de la política. El 30 de enero de 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller, envió una carta a Hindenburg en la que decía: "Le prevengo solemnemente de que ese fanático llevará a nuestra Patria a la perdición y sumirá al país en la más espantosa de las miserias. Las futuras generaciones le maldecirán en su tumba por lo que usted ha hecho". Murió en 1937. Hitler le organizó funerales de Estado.

El líder comunista Ernst Thälmann fue arrestado por la Gestapo el 3 de marzo de 1933 en Berlín. Tras 11 años de prisión fue enviado al campo de Buchenwald. Murió fusilado por orden de Hitler el 18 de agosto de 1944.

El canciller Heinrich Brüning abandonó Alemania en 1934. Se instaló en Inglaterra y más tarde marchó a Estados Unidos donde vivió hasta su muerte, en 1970.

Franz von Papen fue detenido durante la Noche de los Cuchillos Largos. Se puso al servicio del Gobierno nazi, que le envió como embajador a Austria y, más tarde, a Turquía. Al final de la guerra fue capturado por los aliados. Procesado y absuelto en los juicios de Nüremberg, murió en Alemania en 1969.


[1] Los Freikorps fueron disueltos oficialmente en 1920 por la República de Weimar y se les impidió a los veteranos de guerra formar agrupaciones paramilitares, pero algunos de sus antiguos miembros participaron en el Putsch de Múnich liderado por Adolf Hitler, fracasado intento de golpe de Estado de 1923.

[2] Resultados elecciones del 19 de enero de 1919: SPD: 37,9%; Zentrum: 19,7%; DDP: 18,6%; DNVP: 10,3%; USPD: 7,6%; DVP: 4,4%

[3] Resultados de las elecciones del 6 de junio de 1920: SPD: 21,6%; Zentrum: 13,6%; DDP: 8,3%; USPD: 17,9%; DVP: 13,9%; DNVP: 15,1%

[4] Resultados de las elecciones del 4 de mayo de 1924: SPD: 20,5%; DNVP: 19,5%; Zentrum: 13,4%; KPD: 12,6%; DVP: 9,2%; DDP: 5,7%

[5] Resultados de las elecciones del 7 de diciembre de 1924: SPD: 26%; DNVP: 20,5%; Zentrum: 13,5%; DVP: 10,1%; KPD: 9%; DDP: 6,3%.

[6] La llamada Guerra de las Siete Semanas terminó con la victoria de Prusia y fue la causa determinante de la creación de la Alemania unificada, la que se va a llamar Imperio Alemán con el káiser Guillermo de Prusia convertido en emperador de Alemania.

[7] Resultados de las elecciones del 20 de mayo de 1928: SPD: 28,8%; DNVP: 14,2%; Zentrum: 12,1%; KPD: 10,6%; DVP: 8,7%; DDP: 4,9%; NSDAP: 2,6%

[8] Resultados de las elecciones del 14 de septiembre de 1930: SPD: 24,5%; NSDAP: 18,3%; KPD: 13,1%; Zentrum: 11,8%; DNVP: 7%; DVP: 4,5%; DDP: 3,6%

[9] Elecciones del 31 de julio de 1932: NSDAP: 37,3%; SPD: 21,6%; KPD: 14,3%; Zentrum: 12,4%; DNVP: 5,9%; DVP: 1,2%; DDP: 1%.

[10] Elecciones del 6 de noviembre de 1932: NSDAP: 33,1%; SPD: 20,4%; KPD:16,9%; Zentrum: 11,9%; DNVP: 8,3%; DVP: 1,9%; DDP: 1%

[11] Elecciones del 5 de marzo de 1933: NSDAP: 43,9%; SPD: 18,3%; KPD: 12,3%; Zentrum: 11,2%; DNVP: 8%; DVP: 1,1%; DDP: 0,8%

[12] Las SA (Sturmabteilung) fue una organización paramilitar nazi creada en 1921. Hitler había llegado a temer que el espíritu de independencia de sus miembros amenazara su poder.

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