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Libro Pésimo

Janli, tigre de papel

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Lo decía Felipe Navarro, Yale, aquel reportero a la pata coja del vespertino Pueblo, y lo sabe cualquiera que haya publicado alguna vez un libro, no importa si un best seller o uno de esos ejemplares que se amontonan en stock, polvorientos, en los almacenes de alguna editorial: la solapa y la contraportada son el espacio que el editor reserva al autor para que este diga de sí mismo lo que no dirían de él ni los mejores amigos. Por eso, si se quiere conocer a fondo la psique de un autor, sus ambiciones y sus frustraciones, no es necesario sumergirse en sus obras completas y buscar entre líneas las claves de interpretación perdidas: basta con lo dicho, con echar un vistazo rápido a la solapa y a la contraportada. Visto desde esta perspectiva, lo que el autor pretendía un autorretrato para las paredes del museo de la posteridad queda reducido a un selfie reventado de píxeles, lo que puede provocar en el lector barra visitante un repentino ataque de risa, más irrefrenable cuanto mayor sea la vanidad del autorretratado.

Cualquier cosa menos una novela de aventuras

Y ya que hablamos de vanidad, subrayemos la obviedad de que, de todos los géneros literarios, el que más acopio exige de la misma es el de las memorias; vanidad que habrá de multiplicarse por el número de tomos que ocupen los recuerdos del autor, tres en el caso de Juan Luis Cebrián, que hace unos meses publicó el primero de ellos –Primera Página se titula, y lo edita Debate– y, se supone, ya trabaja en la perpetración de los otros dos. Es, a propósito, en la contraportada de Primera Página donde Janli, emboscado en la falsa identidad de un anónimo y gris escritor de solapas a sueldo de una editorial, dice del libro, de su propio libro, que se lee "con la tensión de una novela de aventuras", lo cual, aparte de la expresión de una frustración (no haber sido novelista), es o falso de toda falsedad o, al menos, discutible.

Niño bien del barrio de Salamanca

Primera Página abarca desde 1944 hasta 1988, esto es, los cuarenta y cuatro primeros años en la vida de su autor, con contados viajes hacia atrás o hacia delante en el tiempo. Pues bien, nada hay en la infancia, adolescencia y primera juventud de Cebrián que sirva como sustrato narrativo para construir una novela, menos aún de aventuras. Nuestro hombre fue uno de esos hijos de los vencedores de la guerra, niños bien del barrio de Salamanca, con mucamas en casa, congregantes marianos, meadores de colonia Álvarez Gómez, y cuyos mayores excesos, aparte de las luxaciones de muñeca propias de la edad, consistieron en tumbar la aguja del 600 a su paso por la Cuesta de las Perdices o en atiborrarse de anfetaminas en época de exámenes para poder optar con nota a una de esas becas de la Fundación March con bolsa de estudio los veranos en París o Londres.

En Carabanchel ni estaba ni se le esperaba

Hace bien Cebrián en no imputar al franquismo la responsabilidad de una vida vivida de cualquier manera menos peligrosamente, pues él sabe que nosotros sabemos que él sabe que nosotros sabemos que compañeros suyos de colegio –El Pilar de la calle Castelló–, retoños de la burguesía como él, se negaron a cargar con el peso de un futuro prometedor y, jugándose el todo por el todo, ingresaron en el Partido Comunista, léase Fernando Sánchez Dragó, y no solo Dragó, sino un larguísimo etcétera, suficiente para rellenar una orla o dos e incluso una galería entera de la cárcel de Carabanchel. Él, Janli, prefirió, en cambio, transitar el sendero ancho y seguro que llevaba a la democracia, es decir, el de la ley a la ley, el que recorrieron la mayoría de los españoles (los del exilio interior y la oposición silenciosa los primeros, los más juntos y primeros).

Ese señor de azulete

Porque Janli militó, y desde bebé o casi, en la cosa esa del exilio interior y la oposición silenciosa. Escribe Cebrián en sus memorias que el ambiente de su casa era "moderadamente liberal". Qué duda cabe de que el impedimento número uno para que, en lugar de moderadamente, fuese, qué sé yo, abiertamente liberal, exaltadamente liberal incluso, lo constituyó ese señor del pasillo siempre o casi siempre de azulete, correaje y bota alta, don Vicente Cebrián, el pater familias, preboste de la prensa del Movimiento, con mando en plaza en el diario Arriba y, en consecuencia, uno de los autores de la narrativa del régimen y su caudillo. Fue, en fin, esta introducción pausada, sin sobresaltos, apenas perceptible, indolora, en fin, al liberalismo, lo que hizo que el joven Cebrián se sintiera como en casa cuando, con apenas veinte años, aterrizó de número dos en Informaciones, vespertino cuya línea editorial era, según nuestro discreto héroe del antifranquismo, "de suave disidencia respecto al régimen".

Gritos y golpes a la puerta

Viene a escribir Cebrián que no pocas veces se halló en situación de comprobar cómo funcionaba la muy bien engrasada maquinaria trituradora del franquismo, para enseguida precisar que él nunca llegó a ser detenido. ¿Se trataba acaso de uno de esos escurridizos activistas contra Franco que dormían con la ropa puesta y los zapatos como almohada para huir por la ventana tan pronto sonaran gritos y golpes a la puerta? No, pero gracias por concursar. Se debía, más bien, y según confesión del autobiografiado, a que a él la política le interesaba, pero le repugnaba el alistamiento, con lo que el lector puede deducir que quedaban así reducidas a cero las probabilidades de que los de la brigada político-social le echaran el guante.

El quinto del Equipo A

A todo esto –¡por si fuera poco!– hay que añadir la "aversión enfermiza a la cárcel" que desarrolló el recluta Cebrián en la mili, cuando le mandaron diez días al calabozo por una falta que no cometió. Diez días, tú, que se dice pronto. Pero qué bajada a los infiernos, qué viaje al límite de las propias fuerzas, qué tamaña injusticia, suficiente para solicitar su ingreso inmediato en el Equipo A como el quinto de sus miembros o, mejor aún, el sustituto de Fénix, el playboy del grupo.

El retrato de la tía Paca

Tanto sufrimiento debió de entenderlo Javier Pradera cuando reunió a Janli y o otros universitarios en una terraza de la Castellana, a la altura de Colón, para hacerles una propuesta de riesgo y clandestinaje, una de esas propuestas que los amigos del pellejo propio y la cabeza sobre los hombros no solo pueden sino que deben y suelen rechazar. "¿Sabéis de qué va esto?", les advirtió el del PCE. Para enseguida añadir: "Os causaré problemas". Problemas que Janli decidió afrontar con el valor propio de los militantes del exilio interior y la oposición silenciosa: "No hubo posteriores contactos hasta más de diez años después". La frase, una de las más hilarantes del libro, hay que ponerla en relación con esta otra: "Quizá tampoco tuve nunca el coraje de desafiar los peligros". No es eso, Juan Luis, no es eso. Es, más bien, aquello otro que escribes, lo de que tirar para adelante como si nada de eso existiese –"eso", suponemos, es el franquismo–, era también una forma de protesta. Que tu valor ya quedó acreditado cuando bautizaste como "tía Paca" –en bajito, eso sí, y mirando antes a los lados, por si acaso– al Franco travestido que José Luis Verdes expuso en una galería finlandesa.

Un té con Gary Cooper, unas pastas con Sor Intrépida

Al final, y para hacernos una idea, lo más cerca que anduvo Janli de la clandestinidad y sus peligros fue cuando, con dieciocho primaveras, ingresó en el Consejo de Redacción de Cuadernos para el Diálogo, revista editada por el exministro Joaquín Ruiz-Giménez, caricaturizado por el aparato de agitación y propaganda del franquismo como Sor Intrépida, y al que Cebrián, sin embargo, recuerda por su porte a lo Gary Cooper. Toda la emoción que deparó a sus participantes aquella empresa, la de Cuadernos para el Diálogo, fue la de concertar citas para las reuniones, las cuales solían celebrarse, bien en los locales de la Papelera Española, bien en el despacho profesional del propio Ruiz-Giménez, bien en su domicilio particular, los tres enclaves en el área de influencia y de confluencia del barrio de Salamanca, purita zona nacional. De presentarse de improviso la Policía, seguro que los ánimos de los fieros inspectores hubiesen sido amansados por las atenciones de doña Ana, la madre de Ruiz-Giménez, la misma que endulzaba con té y pastas las tardes de redacción de Janli y demás cachorros democratacristianos. (A propósito, fue el padre de Cebrián, don Vicente –ya saben, el del hogar moderadamente liberal–, quien en una ocasión obligó a un Juan Luis adolescente a saludar a Ruiz-Giménez, entonces ministro, a la romana, esto es, brazo en alto, tal como mandaban los cánones de la Falange Española Tradicionalista de las JONS y de los Grandes Expresos Europeos. Sostiene Cebrián que aquella fue la primera y última vez que adoptó tan impasible ademán. El mérito, sin embargo, es de otros, en concreto, de aquellos que, directamente, nunca lo adoptaron).

Jefe de los Servicios Informativos de RTVE

Aviso para malpensados: Juan Luis Cebrián no tomó posesión de su cargo como jefe de los Servicios Informativos de RTVE, a las directísimas órdenes de Arias Navarro, brazo en alto. Pero no por hondas convicciones democráticas, sino porque, allá por los estertores del franquismo, el gesto ya había dejado de ser una conditio sine qua non para que cualquiera completara con éxito su cursus honorum. Lo que sí hizo, en cambio, fue firmar una suerte de documento de adhesión inquebrantable al caudillo. Lo hizo, eso sí, y aquí viene otra de las frases descacharrantes del libro, "mirando interiormente para otro lado" (¿hemos dicho ya que Janli fue uno de los más aguerridos militantes del exilio interior y la oposición silenciosa?). Al episodio, por cierto, dedica todo un capítulo, por más que en la contraportada del libro califique su paso por la jefatura de Informativos como "fugaz". Hombre, Juan Luis, fugaz, fugaz, lo que se dice fugaz… Que fueron ocho meses, colega.

Una historia para no dormir

Ocho meses, ahora bien, en los que nuestro hombre, según su propio testimonio de descargo, no hizo otra cosa que ir por los pasillos de Prado del Rey, de despacho en despacho, presentando, sin éxito, su dimisión, como un pobre hombre corriente perdido en el laberinto, gris y polvoriento, de la burocracia, en lo más parecido a un episodio de aquellas desasosegantes Historias para no dormir que firmaba entonces Chicho Ibáñez Serrador en aquella Televisión Española.

La conjura judeomasónica al descubierto

¿Que por qué aceptó Cebrián un cargo por el que, dice, sentía un entusiasmo limitado? Por ser fiel al Espíritu del 12 de Febrero (que uno siempre se ha representado, no sabe bien por qué, como el fantasma de Arias Navarro y la voz en off de Victoria Prego). También aceptó porque "todo el mundo parecía empeñado" en que lo hiciera. Al final, la famosa conjura judeomasónica era eso, que Juan Luis, el hijo de Vicente, se pusiera, le gustara o no, a las órdenes del tío menos dotado del Movimiento para la apertura, Carlos Arias Navarro, Carnicerito de Málaga. Y, sin embargo, lo que finalmente le decidió a aceptar no fue la presión ambiente, sino una conversación con su cuñado, militante del PCE y, a lo que parece, firme partidario del entrismo (la táctica de dinamitar el franquismo desde dentro), porque al ver a un Cebrián reconcomido por los escrúpulos fue y le pegó un broncazo. "Me vi absuelto de colaboracionismo", escribe, aliviado, Janli. Anda y vete a hacer puñetas, hombre.

¿Pasión, Cebrián, por qué?

Una cosa que sí sacó en claro Janli de sus ocho meses en Prado del Rey fue el "firme propósito de que nunca más trabajaría para la administración pública". Y cumplió, porque, poco tiempo después, y hasta la fecha, sería la administración pública la que trabajase para él, y a destajo. Hablamos, claro, de El País, donde figurar como director en la mancheta equivalía a tener firma autorizada en el BOE. Aquí sí que hay, y no en su infancia, adolescencia y primera juventud, material suficiente para construir un thriller, y de los de ambición y poder. El problema es que, narrativamente, Janli no pierde la oportunidad de perder una oportunidad. Como director de periódicos no tendrá precio (o lo tendrá, pero carísimo), pero como novelista no tiene categoría ni para militar en la serie b, por más que Carlos Fuentes se viera en el papelón de reseñar Francomoribundia, uno de las titulitos de Cebrián, atribuyendo a este "el milagro de narrar la pasión pública y la pasión privada". ¿Pasión? Pero si de la primera a la última línea de los textos del personaje, incluidas sus memorias, todo parece informado como de una ausencia total de pasión, hacia las cosas y hacia las personas, en definitiva, hacia la vida.

Un heterodoxo en la historia de don Marcelino

Y todo por su empeño en querer ser demasiado o, más aparatoso todavía, un intelectual, nada más lejos de la realidad y más cerca del deseo, de su deseo. Ya en las primeras páginas del libro le atiza Janli en la cabeza al desprevenido lector con el dato de una biblioteca con 20.000 volúmenes, de los que no precisa, sin embargo, cuántos tiene leídos y subrayados. De Julián Marías sí reconoce haber leído "no pocos libros". ¿Cuántos? Eso, no pocos. Al que sí tiene leído, dice, y enterito, es a Menéndez Pelayo, cuya Historia de los heterodoxos españoles le sirvió para trazarse un programa de lecturas subversivas, el cual hubiera escandalizado al mismísimo don Marcelino, quien, al decir de Cebrián, concibió su descomunal obra como una suerte de índice de libros y autores prohibidos para que pilaristas y congregantes marianos como nuestro autobiogafiado perseverasen en el buen camino.

Janli no quería, oiga

Poca hazaña esta de meterse entre pecho y espalda a don Marcelino y sus heterodoxos para este niño de posguerra que pareció caerse en una marmita de Ceregumil, como Obélix en la de la poción mágica, y ya solo precisó de Sartre y Unamuno para crecer en edad, saber y gobierno. Espíritu tan cultivado como el suyo es lógico que no precisara para el diseño de El País del consejo de Emilio Romero y Jesús de la Serna, sus antiguos directores en Pueblo e Informaciones, sino que directamente se inspirara –eso dice él, así, con dos pares de cojones– en Gaudí, Le Corbusier o Frank Lloyd Wright. Pero que nadie piense que Janli era un esteta solo de 9 a 2 y de 4 a 7, sino que lo era a tiempo completo. Sirva como documento gráfico probatorio el párrafo de sus memorias donde se describe a sí mismo en casa cada noche al volver del cierre "oyendo música clásica barroca y ensimismado en la lectura". La pregunta es cómo pudo atravesar este hombre, converso al cosmopolitismo desde los dieciocho años, cuando aquella beca en París y Londres de la Fundación March, cómo pudo atravesar, digo, por el periodismo de la Transición sin que le salpicaran la cerveza de los botellines y el aceite de calamar de los bocadillos de sus subordinados, más todavía si se tiene en cuenta que él, como la falsamente ingenua Eva del sketch de Martes y 13, no quería.

¿Bombero pirómano, tiburón de Wall Street o sardinita en lata?

¿Que por qué lo hizo? Aceptar la dirección de El País, digo. Por pura vocación de servicio. Lo dice él, ojo, al hablar de las responsabilidades empresariales "que ni busqué ni disfruté, pero cuyo servicio me parecía, como me sigue pareciendo, un deber y una deuda para con muchos". Y siguen los entrecomillados, los cuales pueden provocar en el lector, aviso, efectos alucinógenos e irreversibles: "Tampoco tenía por entonces [y me barrunto que en gran medida sigue siendo así] ninguna otra ambición que la intelectual, lo que me empujaba a mantenerme prudentemente aislado del mundo del dinero y a no involucrarme directamente en la acción política. Si hubiera seguido los derroteros de otros colegas, habría aprovechado aquellos años de gloria que me deparó el éxito para aumentar mi participación accionarial y garantizarme el control de la empresa en el futuro". Esto lo escribe, y con un rostro como de hormigón armado, el tío al que uno de los históricos de El País, Enric González, imputó el hundimiento del buque insignia de Prisa, bajo la acusación de que cobró como pirómano y cobró como bombero. Maruja Torres, quien también llegó a formar parte del mobiliario de Miguel Yuste 40, fue más despiadada aún, si cabe: "Cebrián quería ser un tiburón de Wall Street pero era una sardinita que todo lo hizo mal". Para otros retratos nada complacientes del personaje puede consultarse Libelo contra la secta, de Hermann Tertsch, quien llegó a ser, nada menos, subdirector de El País.

¡Oh, posverdad, cuántos pecados se cometen en tu nombre!

Primera Página, sin embargo, y aunque a cada párrafo lo parezca, no es solo un ejercicio de embellecimiento personal, sino que el autor, más allá de los despertares sexuales de un pollo pera del barrio de Salamanca con ínfulas de intelectual de cuello vuelto, confiesa algunos pecados periodísticos, y de los gordos. Así, el pago a terroristas de fotos de sus secuestrados, en un siniestro intercambio de cromos, o la compra a dos periodistas de documentos robados a cambio de sendas plazas de redactores en El País. Pero no se vayan todavía, aún hay más. Por ejemplo, cuando Cebrián archivó el caso Banca Catalana en un cajón de su despacho, esperando, marrulleramente, obtener algún favor o gracia del Molt Honorable Pujol, favor y gracia que no fueron (¿cómo era eso de que para comer con el diablo hay que tener la cuchara muy larga?). O la vez que El País publicó un reportaje que involucraba a Pablo Garnica, del Banco Español de Crédito, en una conspiración política de altos vuelos, historia que resultó ser falsa, como se barruntaba desde el principio el director Cebrián, pero que le fueran dando, y mucho, al libro de estilo de la casa y a su código deontológico, porque "gracias al artículo creció la popularidad e incluso la credibilidad del diario". ¡Oh, posverdad, posverdad! ¡Cuántos pecados se cometen en tu nombre!

El futuro no es lo que era

De todo lo anterior se confiesa, cualquiera sabe si con atrición o contrición, Juan Luis Cebrián en sus memorias, pero para enseguida darse la absolución. ¿No estamos, acaso, ante el mejor y más acabado ejemplo de nuevo hombre democrático, definido a sí mismo como alguien desprovisto de toda pasión por la intriga y con un único norte, la libertad, y a cuyo contacto cualquier ultra del búnker se convertía a la democracia, como aquel magistrado del Tribunal de Orden Público, Diego Córdoba, reciclado en abogado de El País? Por eso, qué falta de respeto, qué atropello a la razón, cuando los jóvenes enragés de Podemos, los desahuciados hijos de la indignación, le revientan hoy sus charlas en los paraninfos y pasean su cara en autobús, el tramabús, una carita de pena que parece añorar un futuro que ya no es lo que era. Con lo que fue Juan Luis Cebrián. Ahora, lo que son las cosas, el periódico con el que –lo escribió Emilio Romero– "glorificó, puteó, encumbró, descalificó, chuleó, animó y amedrentó a una clase política entera" no da ni para hacer con él papirofléxicos tigrecitos de papel.


Juan Luis Cebrián, Primera página. Vida de un periodista (1944-1988), Debate, 2016, 384 páginas.

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