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La lucha de Jacob. El mito del progreso y la Yihad

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La fe en el progreso es ya, tras la Shoá, una desvergüenza teórica, una amnesia imperdonable, una ignorancia delictiva. La Yihad hoy impugna también ese mito oscuro y obstinado. La superstición progresista es una ceguera recurrente, un idealismo cargado de futuro, cargado de muerte. Los procesos históricos están sometidos a una concurrencia tan compleja de causalidades múltiples necesarias que la ingenuidad voluntarista de esperar un futuro luminoso lineal es una tentación suicida y, por tanto, humana. La fe progresista es la secularización formal de una teleología que dota de sentido trascendente a la Historia y que, por ello, en el límite, lo puede justificar todo. Los esfuerzos por desperezarse de la sacralidad metafísica heredada no condujeron a un materialismo ateo y antiteleológico estricto, vía Spinoza, sino a su coronación más acabada, ecosistema teórico y cultural de los mayores desastres del siglo XX: el idealismo alemán. Israel es una de las expresiones de ese abrupto y despiadado despertar del sueño ilustrado. Su existencia, condición necesaria para la supervivencia del judaísmo y de muchos judíos (y no judíos), desmiente el refinado desdén cosmopolita, cuya exquisitez, que se eleva graciosamente por encima de los Estados y de las fronteras realmente existentes, sólo podía ser disfrutada por aquellos sujetos dotados de una ciudadanía que les protegía y que no venía llovida del Cielo, de la Humanidad ni de la Razón Pura, sino de esos Estados manchados de sangre y barro sin los cuales no hay ciudadanía. Israel es la materialización política y, por tanto, territorial, militar, económica y tecnológica, además de simbólica, del judaísmo de la diáspora, acogido ya en un lugar propio, refugio material para una tradición literaria, histórica y religiosa cuyo nomadismo milenario puso a sus miembros al borde de la extinción en la II Guerra Mundial, cuando su condición de ciudadanos fue eliminada y quedaron en el limbo mortal de los apátridas.

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