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La Ilustración Liberal

Varia

Un turista extraño en Israel: Jalal Al-e Ahmad

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Este año, el Gobierno iraní instaló un reloj en Teherán que marca la cuenta regresiva hacia la destrucción de Israel en el 2040, según pronosticó el ayatolá Alí Jamenei. El año pasado, el Ejército persa hizo prácticas de tiro con misiles contra objetivos marcados con una estrella de David. El año previo organizó un concurso mundial de caricaturas negadoras del Holocausto. En consecuencia, si este articulista afirmara que el ideólogo más prominente de la revolución jomeinista visitó Israel, volvió a su país fascinado con el Estado judío y volcó sus impresiones en un texto que hizo público, ¿alguien lo creería? Eso ocurrió en los años sesenta, época en la que el ayatolá Ruholá Jomeini estaba denunciando al sah Reza Pahlevi como un "judío infiel", preguntando retóricamente si el sah era israelí y afirmando: "Israel no desea que el Corán exista en este país". Algo más: el turista en cuestión, Jalal Al-e Ahmad, fue el único escritor contemporáneo al que Jomeini alabó alguna vez. Su influencia en la revolución que derrocó a Pahlevi fue tan poderosa que la República Islámica ha puesto su rostro en estampillas de la nación y bautizado un premio literario en su honor.

Jalal Al-e Ahmad alcanzó gran fama en su país con la publicación en 1962 de su obra cumbre, Gharbzadegi, usualmente traducida como Occidentosis o Westoxification. Básicamente era un tratado contra la influencia occidental en Irán, en el que se postulaba que el Occidente era una toxina que estaba contaminando a los iraníes y el Islam era el antídoto esencial. En su búsqueda del "socialismo divino", como escribiera Bernard Avishai en Foreign Affairs, Al-e Ahmad creyó que el islamismo iraní tenía algo que aprender del sionismo.

A diferencia de los árabes a su alrededor, que veían a Israel como una manifestación de la occidentalización del Oriente Medio, Al-e Ahmad consideraba al Estado judío como un foco integrador del Este y el Oeste, una suerte de utopía oriental que se extendía desde Tokio hasta Tel Aviv: "Si uno mira con los ojos de un oriental como yo, desprovisto de fanatismo e hipérbole y resentimiento, preocupado por el futuro de un Oriente que tiene en Tel Aviv un confín y el otro en Tokio, y sabiendo que este mismo Oriente es el germen de eventos futuros y la esperanza de un mundo cansado del Occidente y la Occidentosis; en los ojos de este oriental, Israel, con todas sus fallas y contradicciones encubiertas, es una base de poder, un primer paso, el heraldo de un futuro no muy lejano".

Se refirió a Israel con un término singular de la teología chií, velayet¸ una entidad política custodiada por Dios; comparó a David ben Gurión y a Moshé Dayán con Enoc y Yoav ("estos guardianes, cada cual con sus propias profecías o –al menos– visión clara, construyeron un Estado guardián en la tierra de Palestina y llamaron a ella a todos los Hijos de Israel"); y arrojó esta frase poderosa: "La presencia de Israel en el Oriente es un medio para retornar al Islam". Consideró al país judío un aliado que, tal como Irán, padecía el acoso de los árabes: "Yo, que he sufrido en manos de estos árabes desarraigados, estoy feliz con la presencia de Israel en el Oriente".

En una nota publicada en la revista Tablet en la que analiza este texto, Scott Abramson indica que este pensador iraní vio en el kibutz israelí la cristalización de la posibilidad de la modernización sin occidentalización. "Es la piedra basal de la Casa de Israel", argumentó. El modelo de granja colectiva sionista llamó su atención especialmente tras su alejamiento del partido comunista iraní, en los años cuarenta. Escéptico con el estalinismo, vio en el kibutz una alternativa a la opresión colectivista soviética. Anotó en el libro de visitantes del kibutz Ayelet Hashahar, por el que pasó: "Según lo veo, el kibutz es la respuesta al problema de todos los países, incluindo el nuestro". Tal como nos informa el académico –y traductor al inglés de Al-e Ahmad– Samuel Thrope, este intelectual iraní mostró interés por Israel y por los judíos tempranamente, dedicando tiempo a la lectura de la Biblia hebrea y el Nuevo Testamento y redactando dos cuentos basándose en esas lecturas: El Tercer Libro de los Reyes y La epístola de Pablo el apóstol a los escritores. También leyó las transcripciones de los Juicios de Núremberg mucho antes de su viaje a Israel. Cuando lo hizo, recorrió el Museo del Holocausto, Yad Vashem, y se apenó por "los 6 millones de judíos que fueron masacrados en los crematorios de una Europa leprosa de fascismo".

A pesar de la perspicacia sociológica y la apertura mental que puso en evidencia, sucumbió a las nociones de la época (aún perviven) sobre la presunta culpabilidad occidental en el nacimiento pecaminoso de Israel. Sión fue el resultado de la Shoá, una "indemnidad toscamente realizada por los pecados de los fascistas", dirá. Europa exterminó a los judíos, reconocerá, pero "yo, un oriental, estoy pagando el precio". Describe a Israel como "un milagro" y a la vez como "el puente seguro del capitalismo occidental" hacia la región. Postulará además: "Israel es la cortina que el cristianismo dibujó entre sí y el mundo islámico para evitar que yo vea el peligro real". Y más allá de su tipificación de Israel como velayet, ponderará la existencia del Estado judío así:

Un pueblo, una tribu, una comunidad religiosa, o los restos sobrevivientes de las doce tribus –la designación que usted prefiera– a través de la historia, tradiciones y mitos padecidos por el despojo y el exilio, y alimentados muchos sueños en sus corazones hasta que finalmente se asentaron, en cierto modo, en respuesta a tales esperanzas y en una tierra ni especialmente prometedora ni prometida.

El viaje de Jalal Al-e Ahmad a la nación hebrea aconteció en febrero de 1963 y duró al menos siete días. Fue un invitado oficial del Estado de Israel. Recorrió Jerusalem, Tel Aviv, Haifa, Acre y Nazaret, acompañado por su esposa, la literata Simin Daneshvar, autora de la primera novela escrita por una mujer en la Persia moderna y docente en la Universidad de Teherán, que disertó en la Universidad Hebrea de Jerusalem y a quien ofrecieron un encuentro con Golda Meir, pero declinó la invitación. Visitaron Yad Vashem, un kibutz en la Galilea, asistieron a la ópera en Tel Aviv, se reunieron con escritores y poetas y participaron de una excavación arqueológica. Al año siguiente de su regreso a Irán, Al-e Ahmad publicó un artículo sobre esta visita titulado "Viaje a la Tierra de Israel". Al poco tiempo recibió un llamado de un seminarista indignado, un joven de veinticinco años llamado Alí Jamenei, que un cuarto de siglo más tarde sería consagrado como Líder Supremo de Irán. Al recordar esa conversación años después, Jamenei dirá que ese artículo le causó "descontento y objeción" y que le "golpeó como una ola". Thrope señala que al futuro ayatolá sin duda no le agradó la ponderación positiva que Al-e Ahmad hizo de Israel, pero más disgusto le habrá causado el modo en que el pensador iraní elogió al Estado judío. El autor exhibía una prosa rica en jerga islámica, fuertemente arraigada en las fuentes clásicas del chiismo, y exaltaba a Israel de manera cuasi religiosa.

Cinco años después de haber publicado su racconto acerca de la travesía en Israel, Al-e Ahmad fallecía, a los 46 años. A quince años de su muerte y a veinte de la aparición de aquél artículo, su hermano Shams publicó en formato de libro las impresiones que Jalal continuó escribiendo en los años siguientes sobre ese viaje trascendental, con un título que reflejaba el nuevo momento –entrado ya un lustro de revolución jomeinista– en la relación entre esas naciones: Viaje a la Tierra del Ángel de la Muerte. Aunque Al-e Ahmad nunca se refirió a Israel de esa manera, sus reflexiones sí contenían cuestionamientos duros, como los arriba citados. Especialmente a partir de 1967, tras la Guerra de los Seis Días, parece haber cambiado radicalmente su manera de ver a Israel y a los judíos. En el quinto capítulo del libro, el autor da un vuelco absoluto y escribe frases tomadas del manual del antisemita clásico: "La prensa francesa está en manos de los judíos", "Los judíos administran todos los transmisores de televisión en Nueva York", "Es el sionismo lo que es peligroso, puesto que es la otra cara de la moneda del nazismo y el fascismo", etcétera. Pide también que palestinos e israelíes sigan los dictados del pensador judío alemán Martin Buber y conformen un Estado binacional, aunque desaprueba los llamados de los árabes a echar a los judíos al mar.

Entre los expertos abundan las dudas acerca de la verdadera autoría de este quinto capítulo atribuido a Al-e Ahmad. Es tan fuerte el contraste en tono, contenido y estilo con los cuatro capítulos previos (dos de los cuales abarcan su artículo publicado) que varios han planteado la conjetura de que Shams falsificó el texto original. Después de todo, mintió al decir que su hermano había sido asesinado por agentes del sah y fue designado por Jomeini para dirigir el Comité de la Revolución Cultural. Es perfectamente posible que haya fraguado los escritos de su hermano para redimir el honor de éste ante sus pares islamistas y amoldar su visión a la ideología del régimen ayatolá. No obstante, otros argumentan que ese capítulo final bien podría haber nacido de la pluma de un escritor afectado por los hechos de 1967 y que a lo largo de su corta vida transitó caminos ideológicos muy dispares. Educado religiosamente, rompió con su familia al abrazar el marxismo, luego dejó el partido comunista para convertirse al existencialismo, fue un admirador del sionismo y terminó su viaje en el islamismo. Tuvo un historial de entusiasmos que terminaron en desencantos. En Occidentosis, Al-e Ahmad condena a los iraníes occidentalizados, no obstante –como señala Thrope– él mismo era uno de esos sujetos despreciados: un librepensador progresista, un musulmán no practicante, un intelectual francoparlante, traductor de Sartre y Camus; un trotamundos que visitó Europa, Rusia, Arabia Saudita, Israel y Estados Unidos (¡incluso participó de un seminario en Harvard dictado por Henry kissinger!). La contradicción no era para él una extraña.

Cualquiera sea la verdad en lo relativo a este capítulo quinto, no parece haber dudas acerca de la originalidad de los previos. El hecho de que "el gurú de los ayatolás" –como lo ha llamado Avishai–, el persa icónico Jalal Al-e Ahmad, haya apreciado a Israel y considerado al Estado-nación de los judíos un modelo para el islam y para Irán, nada menos, lo conviertem en uno de los individuos más peculiares del mundo de las ideas en el Medio Oriente moderno.

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