Menú

La Ilustración Liberal

Memoria Histórica

Marcial Lafuente Estefanía, el Ángel Rojo de Chamartín

0

El rescate de la dimensión individual de la Guerra Civil, aquella que todos hemos recibido en nuestras familias como impagable legado de quienes la protagonizaron o sufrieron, se ha convertido hoy en un deber imprescindible frente a los maniqueísmos simplistas y las visiones reduccionistas de la contienda.

Frente a la memoria histórica de algunos, por la que se intenta imponer un relato ideológico monolítico sobre aquel pasado, es necesario más que nunca rescatar la memoria personal y la historia que nos pertenece a todos. Como la del escritor Marcial Lafuente Estefanía, una de las vicisitudes personales en la Guerra Civil más sorprendentes que haya podido investigar en los últimos tiempos, que merece figurar con derecho propio en lo más alto del podio del coraje y la bonhomía.

Pero permítame el lector contarle este caso desde el principio, cuando en el anterior mandato municipal la concejala en el Ayuntamiento de Madrid Isabel Martínez-Cubells requirió información sobre la composición de la Corporación del antiguo pueblo de Chamartín de la Rosa entre 1936 y 1939. La causa de esta petición de mi entonces compañera en el grupo municipal del PP era la pretensión del a la sazón tercer teniente de alcalde, Mauricio Valiente, de rendir homenaje con una placa a los concejales republicanos de Chamartín de ese periodo, placa que se inauguró en la sede de la actual Junta Municipal.

Como ya sucedió en Hortaleza con otro homenaje similar promovido por Carmena, no tardamos en descubrir que en Chamartín la corporación frentepopulista se convirtió también durante la contienda en un comité revolucionario que decidía a qué vecinos del pueblo había que asesinar por supuesta desafección a la causa republicana.

En Chamartín funcionaron hasta siete checas o cárceles del pueblo, donde eran secuestradas, torturadas y asesinadas personas sospechosas de cualquier cosa que decidieran sus verdugos, como la del barrio de las Cuarenta Fanegas, en las actuales instalaciones de la Guardia Civil en la calle Príncipe de Vergara, o la del Instituto Nebrija, en el actual colegio Nuestra Señora del Recuerdo.

También está documentado que incluso la sede del Ayuntamiento de Chamartín de la Rosa, hoy Junta Municipal de Tetuán, en la calle Bravo Murillo, fue utilizada como checa, con la complicidad o al menos la inhibición de muchos de los concejales homenajeados por Carmena con una placa laudatoria.

En Chamartín fueron asesinados por las milicias frentepopulistas 53 vecinos de la localidad, cuatro de ellos mujeres, y el más joven un estudiante de 18 años. Asimismo, fueron hallados 80 cadáveres de personas no residentes en Chamartín, abandonados en las inmediaciones del cementerio del pueblo o en la carretera de Burgos.

Según la documentación del Archivo de la Villa, uno de los concejales de Chamartín durante la contienda fue Antonio Lafuente Estefanía (1903-1984), residente entonces en la localidad, que se convertiría desde los años 40 en el más famoso autor de novelas del Oeste, con más de seis millones de libros vendidos que hicieron las delicias de varias generaciones de lectores.

La sorpresa de encontrar al famosísimo escritor como concejal de Chamartín durante la guerra nos movió a buscar, en el archivo del Tribunal Militar Territorial Primero de Madrid, el casi seguro sumario abierto contra él por los vencedores. En efecto, allí estaba el sumario, con el número 36.194, pero su contenido revelaría una historia conmovedora, de la que Lafuente Estefanía nunca habló en público: y es que, al contrario que otros compañeros de corporación, se llegó a jugar la vida para defender y salvar la vida de las personas que eran conducidas a la checa del Ayuntamiento de Chamartín, y que incluso se atrevió a denunciar a otros concejales por su participación en algún asesinato.

El Ángel Rojo de Chamartín

Aunque esta faceta de su humanidad en la Guerra Civil ya fue apuntada en un documental sobre su figura rodado en 2012, la indagación sobre la ejemplar actuación de Lafuente Estefanía en el Madrid sometido al terror de las milicias frentepopulistas, a veces con el apoyo directo de las autoridades republicanas y otras con su total inhibición, lo convierten con derecho propio en el Ángel Rojo de Chamartín de la Rosa. Sobrenombre que, como recordará el lector, se ganó otro anarquista de leyenda, Melchor Rodríguez, último alcalde republicano de Madrid, quien intervino decisivamente en diciembre de 1936 para poner fin a las matanzas de presos considerados desafectos al Frente Popular en Paracuellos y Torrejón..

Hijo de Federico Lafuente, famoso escritor y periodista, Antonio estudió Ingeniería Industrial y, como a tantos españoles, la Guerra Civil vino a truncarle su carrera, que había empezado brillantemente, con un viaje a Estados Unidos incluido, en el que dicen se le quedaron grabados los paisajes que después emplearía en sus novelas de vaqueros.

Según su expediente de procesamiento por los vencedores, se afilió a la CNT una vez comenzada la guerra, en 1937, y sirvió en el Ejército Popular con carácter voluntario entre el 5 de marzo de 1938 y el 28 de marzo de 1939, fecha en que se entregó a los franquistas en la Comandancia Militar de Ciudad Real, cuando la guerra estaba ya perdida para los republicanos. En el año que estuvo en el frente fue comisario político de batallón con destino en la Comandancia General de Artillería del Ejército de Extremadura, con base en Los Yébenes (Toledo), donde se trasladó con toda su familia.

El propio Lafuente Estefanía revelaría a sus captores que se había presentado voluntario al Ejército rojo al conocer que su reemplazo iba a ser llamado a filas. Hasta entonces había pasado la contienda en Madrid, donde ejerció como tercer teniente de alcalde y concejal por la CNT en su localidad de residencia, Chamartín de la Rosa, desde el 15 de diciembre de 1936 al 24 de mayo de 1938.

Defensa de derechistas ante el terror frentepopulista

En el sumario se le acusó de ser “persona peligrosa y de acción”, de haber participado en incautaciones e intervenido “más o menos directamente” en los asesinatos cometidos en la localidad, extremos todos ellos que negó tajantemente en su declaración. No obstante, la única denuncia directa contra Lafuente fue la de la viuda del portero de su propia casa, José Arias Díaz, que en diciembre de 1936 estuvo detenido en el Ayuntamiento de Chamartín y luego fue paseado. La mujer llegó a decir que el futuro escritor se había mostrado inflexible ante su petición de ayuda y que Lafuente la había despachado con un implacable “su marido es un fascista”.

Sin embargo, en el propio sumario aparece recogida la transcripción del acta del pleno municipal de Chamartín celebrado el 4 de marzo de 1937, donde Lafuente Estefanía pide explicaciones al alcalde, Eusebio Parra Ruiz, por la desaparición de José Arias Díaz, cuyo hermano había presentado el 18 de diciembre anterior una instancia al Ayuntamiento para saber de su paradero. El alcalde se exculpó diciendo que había recibido órdenes por parte de la Junta de Defensa de Madrid de entregar al detenido a la Dirección General de Seguridad.

Lafuente pidió entonces el recibo de la entrega de José Arias a la citada Junta y exigió una comisión de investigación ante la sospecha de que el entonces segundo teniente de alcalde de la corporación, el socialista Francisco García Díez, que había dimitido el 12 de diciembre anterior, hubiera cometido un “delito vituperable”. Y es que Lafuente lanzó directamente en el pleno una terrible acusación contra el que fuera concejal socialista: haber asesinado al portero por venganza después de que éste se hubiera negado a pagar 600 pesetas a cambio de que el Ayuntamiento de Chamartín retirara una denuncia contra la finca. 

El que fue secretario interino del Ayuntamiento de Chamartín, Ignacio Ordás Saornil, confirmaría después de la guerra la denuncia expresada por Lafuente Estefanía por el asesinato de José Arias contra el concejal socialista, uno de los que fue homenajeado por Carmena. Asimismo, este funcionario municipal declaró a favor del futuro escritor diciendo: “Sabiendo nuestros ideales, jamás atacó a funcionario alguno de derechas”. Otro documento del sumario, firmado por quince funcionarios del Ayuntamiento, destacaba que siempre actuó “sin molestarles por sus ideas” y que “se distinguió por sus luchas contra los socialistas y comunistas”.  

Lafuente intervino crucialmente también para evitar el asesinato de un vecino de Chamartín, César Donoso Guilhou, que en febrero de 1937 fue detenido y conducido al Ayuntamiento de la localidad, donde sus captores le dijeron que allí pasaría la última noche de su vida. Este ciudadano reconoció después de la guerra que la intervención de Antonio Lafuente frustró que le llevaran de paseo, ya que “se opuso enérgicamente a cualquier represalia contra mi persona”.

Cuando sus captores estaban buscando un coche para llevarle a un lugar donde asesinarlo, César Donoso aseguró que Lafuente

hizo incapié (sic) en su oposición, nombrando una nueva guardia que me condujera a los calabozos del referido Ayuntamiento, ya que dada la actitud excitadísima de los que habían practicado mi detención no creyó oportuno para salvar mi vida en aquellos momentos ni el ponerme en libertad ni el que los mismos que me habían detenido volvieran a hacerse cargo de mí, garantizándome que mientras estuviese en los calabozos del tan referido Ayuntamiento no me ocurriría nada.

Defensa de soldados del Ejército republicano perseguidos

En el sumario constan también testimonios favorables a Lafuente de varias autoridades del bando vencedor, como el alcalde de la localidad toledana de Los Yébenes, Toribio Pedraza, quien señaló que había contribuido “con su influencia y oportuna intervención a evitar atropellos que se querían cometer con personas de orden y de derechas”.

Olegario Zamora, un camisa vieja de Falange, miembro de la “quinta columna” y médico titular de Los Yébenes, declara que Lafuente “no compartía los procedimientos marxistas, los que le oí condenar en todo momento”. Según este médico, el comisario de batallón anarquista llegó incluso a facilitarles “municiones y algún arma, así como algunos datos de los que nos interesó tener conocimiento”, ante el temor de que fueran víctimas de la sublevación comunista de los primeros días de marzo de 1939, que respondía a su vez al golpe contra el presidente Negrín encabezado por el general Miaja y el coronel Casado.

Las personas derechistas arrastradas por la recluta forzosa a las filas del Ejército Popular corrían un riesgo cierto ante la persecución del Servicio de Información Militar republicano, el temido SIM, responsable de continuar la represión en la zona republicana dentro de las unidades militares destinadas en el frente.

Lafuente Estefanía protegió a personas como Toribio Pedraza, maestro nacional, que había sido destinado a la 192ª Brigada Mixta, donde era vigilado por el SIM. Según la declaración de Pedraza que consta en el sumario, Lafuente consiguió “pasarlo al Arma de Artillería para evitar el riesgo que su vida corría y colocarlo en un destino de retaguardia donde permaneció hasta la liberación”.

Otro testimonio favorable es el de una viuda, Vicenta Villegas Alcalde, a cuyo marido habían asesinado los frentepopulistas y que había perdido dos hijos luchando con los franquistas. Esta mujer firmó una declaración para atestiguar que su tercer hijo, de conocida adscripción derechista, había sido reclutado por los rojos y que Lafuente “como a otros varios derechistas, protegió de infinitas persecuciones que tienen el doble reconocimiento por su indudable exposición”.

Efectivamente, su labor de defensa de las personas perseguidas por su propio bando acarreó a Lafuente Estefanía gravísimos riesgos. Aun sabiéndose solo ante el peligro, nunca dejó de actuar según su conciencia. Así lo confirma otra de las personas protegidas por el novelista, Lucas Manzano Escribano, a quien nombró conductor a su servicio como comisario de batallón al saberle amenazado y perseguido. Según este chófer, a cuyo padre habían fusilado los frentepopulistas en octubre de 1936, no se separaba de Lafuente Estefanía “ni en las horas de la noche que solíamos pasar bajo el mismo techo por el temor (por mi parte) de ser detenido”.

El novelista le había llegado incluso a tener escondido en su propia casa de Los Yébenes, junto con su familia, como “un hijo más”. A solas con él, Lafuente Estefanía le confesó en una ocasión a Lucas Manzano “el temor a que lo fusilaran, pero sin que expusiera el menor titubeo en su noble actitud”.

Prisión y condena en la posguerra

A pesar de haber arriesgado su vida para salvar a personas amenazadas por los republicanos, el fiscal franquista pidió contra Lafuente Estefanía, detenido en la cárcel de Porlier, la pena de prisión mayor (treinta años) a muerte por adhesión a la rebelión.

Finalmente, en el consejo de guerra celebrado en Las Salesas el 31 de julio de 1941 se reconoció su “buen comportamiento favoreciendo de manera eficaz a personas de orden”, pero a pesar de ello fue condenado a veinte años y un día de cárcel por el delito de adhesión a la rebelión. La sentencia contó con un voto particular de un vocal ponente que rebajaba la pena a doce años y un día por delito de auxilio a la rebelión, al no derivarse de su actuación “su identificación ideológica con la rebelión marxista”.

Tres meses después, el 1 de septiembre de 1941, se le rebaja la condena a doce años y un día. Y otros dos meses más tarde, el 21 de noviembre de 1941, se le concede la prisión atenuada en su domicilio, con obligación de presentación en el juzgado. Habían pasado dos años y medio desde su envío a prisión después de entregarse ante los vencedores. Un tiempo en el que Lafuente Estefanía comenzó a escribir, aprovechando cualquier trozo de papel que encontraba en la cárcel.

Una curiosidad sobre el nombre utilizado como novelista

Una última curiosidad. La primera autoridad franquista que certificó la bonhomía de Lafuente Estefanía fue el alcalde de Navahermosa, quien el 6 de abril de 1939, solo cinco días después de terminada la guerra, estampó su firma en el siguiente documento favorable al futuro escritor:

Los que suscriben hacen constar que D. Antonio Lafuente Estefanía, durante el tiempo que le han conocido y ha actuado en esta población, ha observado buena conducta, amparando también a elementos de derechas, teniendo noticias fidedignas de que contrario a los crímenes, a su oportuna intervención se debe [que] no se verificaran algunos fusilamientos de personas afectas al Glorioso Movimiento Nacional.

Aquel alcalde se llamaba Marcial, Marcial Aguilera. ¿Pudo utilizar Antonio Lafuente Estefanía como homenaje de gratitud el nombre de pila de aquel regidor como cabecera de firma en su brillantísima carrera como popular escritor de aventuras del Far West? Nunca lo sabremos, pero lo que ya nadie podrá olvidar es la humanidad de aquel escritor que deleitó a generaciones de españoles con historias del Lejano Oeste llenas de ejemplos de valentía, virtud de la que él podía hablar con total autoridad.