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La Ilustración Liberal

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Y nos quedó el silencio

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Veníamos de escuchar al profesor David Bankier en sus disertaciones sobre el desarrollo del Holocausto en las aulas de Yad Vashem, la Autoridad para el Recuerdo de los Mártires y los Héroes del Holocausto, situada en la Colina del Recuerdo de Jerusalén. Allí también tuvimos la ocasión de escuchar al violinista e ingeniero Jack Strumza, uno de los cerca de 46.000 judíos de Salónica que, desde marzo a agosto de 1943, fueron forzados a salir de su tierra y enviados a los campos de exterminio y trabajo alemanes en territorio polaco. El día 8 de mayo de 1943, Jack Strumza, su esposa –embarazada de ocho meses– y sus padres formaron parte del grupo que, pasando entre las casas del barrio del Barón de Hirsch de Salónica, partió de la estación ferroviaria. El tren dejó atrás Belgrado y Viena e hizo su entrada días más tarde en la rampa de Birkenau, el campo ampliación del KL Auschwitz. Los que esperaban al pie del transporte hicieron el recuento. Sus padres y esposa fueron colocados en un grupo distinto al suyo. Conforme los iba separando la distancia, las figuras de la familia del violinista fueron menguando hasta desaparecer por el camino controlado hacia las cámaras de gas de los crematorios de Birkenau. El señor Strumza no volvió a ver más a su esposa ni a sus padres. Por su condición de ingeniero, estuvo realizando trabajos forzosos en una fábrica de armamento, y allí tuvo la fortuna de aguantar el hálito hasta la liberación del complejo de Auschwitz el 27 de enero de 1945 por las tropas soviéticas. Fue tatuado en un antebrazo con el número 121097. Así aprendimos de la viva voz de la impotencia, el sufrimiento y la esperanza el concepto nazi de utilidad.

El profesor Bankier nos había enseñado la misión del observador de un acontecimiento histórico. El observador es alguien que se encuentra desligado de las acciones del acontecimiento y, por consiguiente, si pretende llevar a cabo un análisis formal del mismo, la manera de menor contaminación para acercarse a su entendimiento es el uso de la metodología clásica, es decir, la búsqueda de un conocimiento material desligado de las categorías emocionales: un análisis formal de las causas y efectos desprendido de cualquier valoración afectiva. Una vez realizado este análisis, queda abierto el abanico de juicios de intención y de valor objeto de una actividad analítica humanística.

Nosotros somos observadores de un acontecimiento histórico que inicia un proceso sin precedentes en la corta –y con frecuencia idealizada– existencia de la humana civilización occidental: el Holocausto. Este acontecimiento se produce en Europa durante el desarrollo de la II Guerra Mundial hasta la capitulación alemana y se manifiesta como un proceso institucionalizado por el Estado, el organismo asistencial en cuya virtud la seguridad y los intereses de sus ciudadanos tendrían que consolidarse. Mas es un Estado que, amparándose en instancias completamente abstractas como las ideologías del progreso, la ciencia, la técnica y, finalmente, la ideal sociedad, instaura un modelo de aniquilación de una parte de su propia ciudadanía, a la cual considera completamente prescindible porque ya no tiene lugar en esa sociedad ideal. El derecho a vivir de los así escogidos queda anulado. Ya no son necesarios para los fines de esa institución.

Esta muestra del omnipotente placer de matar en el ejercicio de un dominio soberano, absoluto, es la que inicia la tendencia tanatopolítica en la Europa civilizada. Y así el Holocausto se presenta como el modelo más desarrollado de la capacidad destructiva del hombre sobre el hombre. Es un producto monstruoso, sí, que culmina la historia de la civilización occidental; pero no es una anomalía humana. El Holocausto es un acto humano. Demasiado humano.

El Estado nacional-socialista alemán fue el que concibió este modelo tanatopolítico; pero los países europeos colaboradores con el régimen nazi, que estuvieron bajo su dominio o influencia, reprodujeron ese modelo, siendo por ello, también, partícipes y agentes del Holocausto.

La representación imposible

Habíamos visionado las imágenes de los campos de exterminio que Claude Lanzmann filmó para su monumental Shoah: su gran homenaje y estudio sobre el pueblo judío asesinado durante el Holocausto. Y también conocimos el porqué de su realización en el discurso pronunciado con motivo de la inauguración del Monumento a la Shoah en París en 2007. En un momento del mismo, Lanzmann dice del Holocausto judío:

Cada vez que confrontaba su realidad, me inspiraba un pavor tal que lo rechazaba y lo colocaba fuera del tiempo humano: eso no había pasado, no había podido pasar en mi época. El pavor alcanzaba su máximo cuando pensaba en la soledad, en el abandono absoluto en que niños, mujeres y hombres, jóvenes y viejos de nuestro pueblo habían muerto. Shoah se construyó contra ese abandono, no es sólo un acto de nominación, sino de resurrección de los muertos, no para hacerlos revivir, sino para hablar de su muerte, para describir todos los momentos con la más extrema precisión, para acompañarlos hasta el final, para conocer todo lo que se pueda, para en cierto sentido morir con ellos, imposible reparación de la radical y desgarradora soledad de su muerte real.

Y, en efecto, "conocer todo lo que se pueda" del Holocausto incluye llegar hasta el final del recorrido. Sin embargo, ese final, la muerte como acontecimiento que consuma el Holocausto en los campos de exterminio, nos está vedado. Ha habido personas que vivieron todo el proceso, excepto el acto final, y de ello dieron testimonio. Pudieron contar su experiencia de perseverancia vital tras años de una lenta destrucción llevada a cabo delante de sus conciudadanos: persecución por no ajustarse al modelo estatal, terror, hambre, hacinamiento y aislamiento en guetos y campos de tránsito hasta concluir su trayecto en las rampas de cualquier campo de exterminio. Pero nadie de los que culminaron el itinerario completo entrando en las cámaras de gas salió de las mismas con vida: no lo pudieron contar. La representación es imposible. Ni siquiera es posible la aproximación a una identificación con su sufrimiento; únicamente el intento de "describir todos los momentos con la más extrema precisión" sin profanar el último acto, absoluto, que convirtió en nada a los allí aniquilados.

Son diez años ya los que ahora se cumplen desde nuestra incursión a través de los campos de exterminio nazi en la Polonia ocupada y dos menos desde la de los campos del complejo de Jasenovac. Sentíamos la necesidad de acudir a la llamada de lo que nuestro entendimiento había ya incorporado, y decidimos compensar en lo que pudiéramos esa carencia: estar, pisar, vagar y situar la dimensión, allí, a la mano, de esos lugares en los que los aspirantes a dioses borraron la esperanza y el miedo de los que allí perecieron; la mayoría de ellos componentes de un pueblo, el judío, sin lugar en el mundo en esos momentos.

Pero ¿qué queda de esos lugares? A la una de la madrugada del 27 de enero de 1945, las Escuadras de Defensa (Schutzstaffel; SS) nacional-socialistas hacían saltar por los aires el último edificio industrial de aniquilación parcialmente en pie de Birkenau, el denominado Crematorio IV, situado en superficie e integrado por el vestuario, la gran cámara de gas, abastecida con Zyklon B (ácido cianhídrico cristalino), y los correspondientes hornos crematorios. A media tarde de ese mismo día, las tropas soviéticas del 60º Ejército del Primer Frente Ucraniano entraron en el KL Auschwitz y en Birkenau. Días antes, debido a la inminente llegada de los soviéticos, los alemanes habían quemado veintinueve de los treinta y cinco almacenes con los que contaba Birkenau. En los seis almacenes restantes y en los vagones abandonados en las líneas ferroviarias de acceso hasta el interior de este centro de muerte, las divisiones de la URSS encontraron una parte de las últimas pertenencias de las personas exterminadas en este lugar: 368.820 trajes de hombre, 836.255 piezas de abrigo y vestido de mujer, 5.525 pares de zapatos de mujer, 7 toneladas métricas de pelo, 13.964 alfombras y grandes cantidades de prendas infantiles de vestir, cepillos y fundas para dientes y menaje de cocina, según nos cuenta Raul Hilberg en su imprescindible La destrucción de los judíos europeos. Sólo algo más de 7.000 supervivientes pudieron contemplar la liberación del último de los centros activos de exterminio nazi. Auschwitz se mostraba, así, como el símbolo del dios humano que, con su poder absoluto, había determinado los límites de la existencia.

Esta crónica del viaje a los lugares del acontecimiento histórico más traumático de la vieja Europa y del viaje a los documentos y la bibliografía para su estudio es un empecinamiento intelectual que sigue la máxima spinoziana según la cual la filosofía es la resistencia a valorar, enjuiciar o indignarse, cosas que quedan para el onanismo moral y el consuelo de conciencias. Es, por contra, el obstinado propósito desesperanzado de entender incluso lo más abyecto o incomprensible, pues en lo peor hay tanta racionalidad como en lo mejor. En el absurdo y en el genocidio rige una logica que hay que desentrañar. Esa dura e ingrata labor define la filosofía, como el esfuerzo tenaz e impersonal por recorrer los vericuetos intrincados, bellos y espantosos de lo que solemos denominar realidad.

El mayor respeto que se le debe a las víctimas y la mayor batalla que hoy cabe contra el nazismo empieza con la fidelidad inflexible a la verdad histórica y, por extensión, al rigor en el lenguaje. Banalizar el Holocausto usándolo para etiquetar cualquier cosa sin el menor escrúpulo terminológico y conceptual es escupir a la memoria de los asesinados por la deriva nacionalsocialista y eliminar los diques de contención de sus brotes. Ser intolerante con su trivialización es un imperativo racional básico. Forma parte esencial de ese escrúpulo elemental la lección que ofrece la Historia: que las sociedades actuales no son inmunes a los errores y crímenes del pasado, que sólo el estudio paciente, riguroso, modesto, implacable y la investigación histórica y científica, que se resiste a caer en la memoria subjetiva, emotiva, interesada o inventada, levantan una precaria defensa contra las pulsiones homicidas de eso que aún concedemos llamar humano. El conocimiento no garantiza que pueda evitarse el exterminio. El nazismo muestra cómo una sociedad culta puede embellecer con ciencia y cultura su pulsión asesina. Pero la falta de conocimiento y de reflexión crítica lo garantiza de modo seguro. El estudio pone distancia con uno mismo y sus creencias, necesita tiempo y, por eso, frena la urgencia de odiar. En esa distancia delicada se juega la posibilidad de no volver a erigir Auschwitz.

Decía Malraux, en noviembre de 1946, que "el problema que se nos plantea a nosotros hoy es el de saber, sobre esta vieja tierra de Europa, si el hombre ha muerto o no". Acaso la humanidad no haya existido nunca más que como la ilusoria ensoñación de una armonía imposible, máscara pomposa de guerras, destrucción y odio.

Durante el tiempo transcurrido desde que visitamos por primera vez Yad Vashem se han ido extinguiendo las vidas de David Bankier, Jack Strumza, Claude Lanzmann o Raul Hilberg entre todos aquellos que, mediante su legado imperecedero, nos han hecho entender algo del Holocausto, sus causas y efectos. Y por ello seguimos percibiendo su eco, pues el Holocausto no es un acontecimiento pasado sin incidencia en el presente del que haya que hacer desaparecer sus huellas. El Holocausto es el aviso de un presente que persevera en su amenaza. Y es tiempo de aportar nuestra palada de tierra, en forma de testimonio, sobre los espacios que ocuparon los cuerpos de los aniquilados en esos lugares, para acompañar a las sombras errantes de estos muertos en su tránsito por la laguna Estigia y hacer presente intemporalmente su ausencia dando voz al silencio.

Todos esos que tienes a la vista son turba desvalida a la que se ha negado sepultura. El barquero es Caronte; los que va llevando por las ondas han sido sepultados. No les es dado pasarlos de esta ribera horrenda ni atravesar las olas de su ronca corriente sin que encuentren primero sus huesos el descanso del sepulcro.

(Virgilio, Eneida, VI, 324-329).


NOTA: Este texto es un extracto de Los lugares del Holocausto (Confluencias, 2019).