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La Ilustración Liberal

Varia

Curso de lingüística regional

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Todo idioma arrastra las adherencias que su uso impone socialmente. Cuando ese uso es regulado institucionalmente hasta el punto de inmiscuirse en hábitos o pautas de conducta privadas en función de sesgos ideológicos concretos, el idioma en cuestión puede hacerse formalmente amable en sí mismo, es decir, con independencia de qué se diga, hasta el fetichismo o la sacralidad, u odioso. En esas derivas, ese idioma es vivido emocionalmente como una entidad sublime o infernal, amnésica de las peculiaridades locales, de sus mutaciones históricas, de los distintos registros consagrados por el uso, de las polisemias e importaciones lingüísticas, pedestre realidad empírica de un acervo tradicional y social expuesto, como cualquier otra realidad, a los vaivenes históricos. Dado un grado suficiente de implantación de esa lengua en su forma sacralizada (o demonizada) en estratos significativos de la población, por los medios de masas y el sistema educativo, su identificación con ella es inmediata y, por extensión, será inevitable ver en el ejercicio verbal en esa lengua, de nuevo sin perjuicio del contenido de lo dicho, una imposición o una liberación, un trauma o la mayor felicidad. Esas lenguas impuestas vía decreto o estatuto serán por fuerza constructos filológicamente manufacturados con el fin de amalgamar todas las variedades realmente existentes que puedan ser absorbidas en una neolengua originaria (el caso del vascuence es analizado en el estudio de Jon Juaristi El bucle melancólico).

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