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Chirac sigue enredando

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Razón le sobra al presidente Bush cuando en Polonia pide una Alianza Atlántica fuerte y unida para luchar contra las nuevas amenazas descritas en el Nuevo Concepto Estratégico de la OTAN hace ya años y que siguen siendo letales para nuestros países: terrorismo, proliferación de armas de destrucción masiva, narcotráfico y delincuencia internacional, emigración incontrolada, contaminación, fanatismo religioso, racismo, etc. La guerra de Irak ha demostrado, sin embargo, que esa Alianza fuerte y unida será una quimera mientras algunos países –Francia y Alemania en primer lugar, pero también Bélgica o Turquía, por razones distintas– boicoteen permanentemente el vínculo trasatlántico que constituye desde 1949 la clave y la razón de ser de la OTAN.

La guerra ha servido para desvelar el verdadero rostro de algunos países y algunos dirigentes. Por ejemplo, los dirigentes turcos demostraron que eran más islamistas que atlantistas, más oportunistas que solidarios con sus aliados en el momento de la verdad: conviene que los países atlánticos no olviden la obscena negociación emprendida por Ankara con Washington sobre el coste del “derecho de tránsito” de las fuerzas de la coalición tras haber planteado en la OTAN la necesidad de contar con apoyos militares ante el conflicto que se avecinaba. Aquella solicitud produjo en el seno de la Alianza un grave enfrentamiento entre Francia, Alemania y el resto de los países. A los dirigentes turcos lo único que les interesaba entonces era la pasta. Cuando Turquía llame insistentemente en la puerta de la UE habrá que recordar aquellos días memorables.

Pero fue el prepotente Jacques Chirac quien puso de manifiesto sobradamente hasta qué punto con aliados como Francia no se necesitan enemigos. La megalomanía, o la estupidez, le llevó incluso a crear un eje “Moscú-Berlin-Paris” al que pensaba añadir Pekín hasta que llegó la neumonía atípica. Chirac ha intentado convencer en Evian a Bush de que aquellas barrabasadas son agua pasada y Francia merece volver a hacer negocios en Irak como antaño hacía con el querido e inolvidable Sadam. La ocasión la pintaban calva y, en Evian, el rey Jacques se ha dedicado en exclusiva a convencer al presidente americano de su buena fe y el propósito de enmienda. Pero ni Bush es un estúpido ni Polonia, España, el Reino Unido o Italia olvidarán fácilmente la jugarreta gala. Tampoco la olvidarán los consumidores americanos, los grandes importadores de vino, perfumes, quesos, productos farmacéuticos y otras mercancías ahora en pleno declive. A esto le llaman en Francia “boicot americano contra nuestros productos”.

Francia vive una crisis muy profunda de la que puede derivarse su “argentinización”, en palabras de François de Closets, uno de los periodistas más serios y sabios del hexágono. Desde luego, algo tiene que ver con las payasadas de su presidente y su primer ministro, su insolidaridad radical con los países amigos y socios, su desmemoria histórica y su chovinismo histérico. Chirac, ejemplo de tantos demonios familiares, no podrá borrar de un guantazo el siniestro recuerdo del veto en la ONU y la alianza con Putin en el momento más difícil para sus supuestos aliados. Ni siquiera abrazando, como Judas, a Bush.

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