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La estrategia del avestruz

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La voz aguda y airada del primer ministro francés Jean-Pierre Raffarin defendiendo hace unas horas en la Asamblea Nacional su Plan de reforma de las pensiones mientras que a unos metros de allí miles de personas indignadas se manifestaban contra el proyecto y el país estaba prácticamente paralizado (ni trenes, ni metro, ni aviones, ni clases) ilustra mejor que cualquier otra imagen la tragicomedia francesa.

Raffarin dijo en tono dramático que su proyecto de reforma era de “seguridad nacional” y de lo que se trataba de evitar era la estrategia del avestruz, técnica que utilizaron en el pasado los diversos gobiernos, socialistas o conservadores, para ganar o perder tiempo. Se trataría, en fin, de salvar “el modelo francés” con una reforma viable que aumenta en algo más de dos años las cotizaciones en el sector público para tener (de 37,5 años a 40) derecho a una pensión completa y acabar con las prejubilaciones.

Claro que la pregunta previa debería ser si ese modelo francés, que penaliza a la empresa y los trabajadores privados, es viable hoy con un sector público que funciona mal, es carísimo o vive encapsulado en las prebendas corporativas. Porque, naturalmente, la huelga general convocada ayer y días pasados (habrá más, muchas más, anuncian los sindicatos) afectaba a Correos, SNCF (trenes) Air France, France Telecom. (Comunicaciones), Hacienda, educación, etc. Es decir a todo el sector público, privilegiado y cada vez más radical.

El pulso entre este sector y los llamados “sindicatos de clase” se anuncia muy duro, ya lo está siendo y refleja mejor que nada la “argentinización” de la vida política y económica francesa. Uno de los sindicatos, Fuerza Obrera, amenazó ya con convocar una huelga general interprofesional –sector privado y público, es decir, todos– si es que el gobierno rehúsa reabrir las negociaciones sobre el proyecto de reforma de las pensiones.

Raffarin y su gobierno se la juegan porque si ceden ante unos sindicatos prepotentes y radicales, no tendrán más remedio que irse a casa. Mientras tanto la “Francia de abajo” (es decir la gente en general) que Raffarin decía representar está literalmente harta de un país paralizado por los privilegiados de siempre, funcionarios y empleados públicos, que nada arriesgan con sus manifestaciones y desfiles porque el empleo está asegurado. ¿Tendrán Raffarin y su mentor, el presidente Jacques Chirac, el valor necesario para plantarle cara? Una cosa está clara: ni uno ni otro se parecen nada a la señora Thatcher.

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