Menú

La Ilustración Liberal

Deconstruyendo a Fidel

0

Discurso pronunciado por el Presidente de la República de Cuba Fidel Castro Ruz, en el acto por el Día Internacional de los Trabajadores efectuado en la Plaza de la Revolución. La Habana, 1º de mayo del 2003.

Las palabras del Comandante pronunciadas el último primero de mayo tienen todos los ingredientes para poder llevar a cabo una exploración de ciertos aspectos inquietantes de su personalidad, así como para analizar y refutar la totalidad del discurso revolucionario. Ahí aparecen resumidos los "logros" de la revolución, el enfrentamiento con Estados Unidos, la defensa del "internacionalismo proletario", y las justificaciones finales del casi medio siglo de aventura comunista en el Caribe. Los comentarios a las palabras de Castro —estas últimas, en cursiva— aparecen en texto normal.

Cuba y el nazi-fascismo

Ilustres invitados;
Queridos compatriotas:
Nuestro pueblo heroico ha luchado 44 años desde una pequeña isla del Caribe a pocas millas de la más poderosa potencia imperial que ha conocido la humanidad. Con ello ha escrito una página sin precedentes en la historia. Nunca el mundo vio tan desigual lucha.

Castro tiene (y los cubanos padecen) lo que los sicólogos llaman una "personalidad narcisista". Necesita colocar su ego por encima del resto de los mortales, urgencia que lo precipita a adoptar actitudes de cruzado en perpetua búsqueda de la realización de hazañas que despierten la admiración universal.

Los narcisistas requieren y procuran la total sumisión de sus subordinados o la derrota de sus adversarios. Eso los lleva a entender las relaciones humanas como un perpetuo enfrentamiento. La misión que Castro se ha asignado, y a la que irresponsablemente ha arrastrado al pueblo cubano, es competir con Estados Unidos y vencerlo.

Los que creían que el ascenso del imperio a la condición de única superpotencia, cuyo poder militar y tecnológico no tiene contrapeso alguno en el mundo, produciría miedo o desaliento en el pueblo cubano, no tienen otra alternativa que asombrarse ante el valor multiplicado de este valeroso pueblo. Un día como hoy, fecha gloriosa de los trabajadores, que conmemora la muerte de los cinco mártires de Chicago, declaro, en nombre del millón de cubanos aquí reunidos, que haremos frente a todas las amenazas, no cederemos ante presión alguna, y estamos dispuestos a defender la Patria y la Revolución, con las ideas y con las armas, hasta la última gota de sangre.

Una persona con las características psicológicas de Castro no vacilaría en llevar a todo un pueblo a su destrucción con tal de no ceder un milímetro, dado que cualquier concesión se le antoja como un hecho personalmente humillante. La transacción, la búsqueda de soluciones negociadas y realistas a los conflictos, lejos de parecerle una conducta razonable, le parece un acto de cobardía.

Es la misma mentalidad de Hitler, quien todavía arengaba a sus tropas mientras los rusos entraban en Berlín, o de Sadam Husein, que llevó insensatamente a su pueblo al precipicio, cuando hubiera podido evitar la guerra con otro tipo de comportamiento. Dentro de la mentalidad narcisista, se justifica llevar a toda una sociedad al matadero con tal de que el líder quede consagrado para la historia con un gesto final heroico.


¿Cuál es la culpa de Cuba? ¿Qué hombre honesto tiene razón para atacarla?Con su propia sangre y con las armas arrancadas al enemigo, su pueblo derrocó una cruel tiranía impuesta por el gobierno de Estados Unidos, que poseía 80 mil hombres sobre las armas.

Afirmar que la dictadura de Batista fue impuesta por Estados Unidos es una falsedad total. El golpe militar de Batista (10 de marzo de 1952) sorprendió a Estados Unidos, que pocos días antes había firmado un acuerdo con el gobierno de Prío.

Por el contrario, hay tres hechos propiciados por Estados Unidos que desmoralizaron al gobierno de Batista y aceleraron su caída: 1) Los contactos de la CIA con el ’26 de Julio’ en Santiago de Cuba, por medio de Robert Wiecha, cónsul norteamericano en esa ciudad, quien canalizó $50 000 dólares a los rebeldes. 2) La prohibición (el primer embargo) de vender armas norteamericanas a la dictadura, decretada en abril de 1958. 3) Y la reunión entre Batista y un enviado del presidente norteamericano Eisenhower, encuentro que tuvo lugar a mediados de diciembre de 1958, y en el que el norteamericano le explicó al dictador que había perdido todo vestigio de apoyo en Washington y debía abandonar el poder.


Fue el primer territorio libre del dominio imperialista en América Latina y el Caribe, y el único país del hemisferio donde, a lo largo de la historia poscolonial, torturadores, asesinos y criminales de guerra, que arrancaron la vida a decenas de miles de personas, fueron ejemplarmente sancionados.

La exageración y la mentira sin límites forman parte de la sicopatología de las personalidades narcisistas. Pueden afirmar cualquier cosa sin ruborizarse. Por ejemplo, que los ‘esbirros’ batistianos ‘arrancaron la vida a decenas de miles de personas’. Por supuesto que los sicarios de Batista fueron responsables de numerosos crímenes y atropellos, pero las muertes ocurridas en esa contienda documentadas por los historiadores, batistianos y antibatistianos, afortunadamente, no llegan a los dos millares.

Por otra parte, los juicios a que fueron sometidos los policías y militares batistianos, fueran o no culpables, tras los que muchos fueron fusilados o condenados a larguísimas penas de presidio, desde el punto de vista del derecho penal constituyen una vergüenza para cualquier persona con un mínimo de sensibilidad. Más que condenas a pena de muerte fueron asesinatos legitimados tras una pantomima judicial.


Recuperó y entregó totalmente la tierra a los campesinos y trabajadores agrícolas. Los recursos naturales y las industrias y servicios fundamentales fueron puestos en manos del único dueño verdadero: la nación cubana.

Realmente, expropió sus propiedades sin compensación real a decenas de miles de laboriosos empresarios agrícolas -entre ellos, a más de 40 000 colonos cañeros-, y a empresarios pequeños, medianos y grandes que, en la mayor parte de los casos, habían construido ese patrimonio tras enormes esfuerzos personales y familiares a lo largo de muchas generaciones. Esa bárbara e injusta supresión de la propiedad privada fue responsable, entre otras cosas, del empobrecimiento súbito del país y del éxodo de una parte sustancial de la población que había sido víctima de este expolio.

Como dato curioso y poco conocido, es conveniente recordar que unas semanas antes de la expropiación de las tierras que poseía la familia Castro en Oriente, y que regentaba el hermano Ramón, éste, que conocía la inmediatez de la aprobación de las leyes confiscatorias, tuvo la ‘viveza criolla’ de hipotecarlas en una institución bancaria privada -entonces existían-, así que quien perdió la propiedad expropiada fue el banco y no la familia Castro.


En menos de 72 horas, luchando incesantemente día y noche, Cuba destrozó la invasión mercenaria de Girón organizada por un Gobierno de Estados Unidos, lo que evitó una intervención militar directa de ese país y una guerra de incalculables consecuencias. La Revolución contaba ya con el Ejército Rebelde, más de 400 mil armas y cientos de miles de milicianos.

Lógicamente, un pequeño ejército de 1 500 hombres no podía derrotar a una fuerzas armadas que ya contaban con cientos de miles de milicianos. Pero no es verdad que fueran ‘mercenarios’, como despectivamente les llama a los invasores: eran cubanos, entre los que predominaban quienes habían simpatizado con la revolución en sus inicios. Con la ayuda de Estados Unidos -ayuda muy limitada, por cierto-, intentaban impedir la entronización del comunismo en la Isla. El jefe político de esa invasión, por cierto, fue el médico Manuel Artime, ex oficial de Sierra Maestra que había trabajado en el Instituto de Reforma Agraria tras el triunfo de la revolución.

Se enfrentó con honor, sin concesión alguna, al riesgo de ser atacada con decenas de armas nucleares en 1962.

Ese hipertrofiado sentido del honor llevó a Castro en 1962 a la criminal insensatez de pedirle a Kruschev que atacara preventivamente a Estados Unidos, convencido de que los entonces siete millones de cubanos hubieran muerto gustosamente en un enfrentamiento nuclear. Para baldón de Castro se conserva el telegrama enviado al entonces Jefe del Estado soviético.

Derrotó la guerra sucia extendida a todo el país, a un costo de vidas superior al que pagó por la guerra de liberación.
Soportó inconmovible miles de actos de sabotaje y ataques terroristas organizados por el Gobierno de Estados Unidos.

¿No habíamos quedado en que la ‘guerra de liberación’ contra Batista costó ‘decenas de miles de muertos’? ¿La ‘guerra sucia’ contra Castro también costó decenas de miles de muertos? Tampoco ese dato es cierto, naturalmente. Pero, en cualquier caso, se trató de una verdadera guerra civil, episodio que incluye la única rebelión campesina que conoció la República, en el Escambray, saldada con seis mil cadáveres, y no parece que existan grandes diferencias entre los actos de sabotaje y los ataques terroristas cometidos por la oposición en los años sesenta y los que pusieron en fuga a Batista poco tiempo antes.

¿No recuerda Castro La Habana estremecida ‘la noche de las cien bombas’, pocos meses antes de la huida del dictador? ¿No recuerda los secuestros de aviones a cargo del ’26 de Julio’, como el que terminó con la vida de muchos pasajeros al accidentarse en la Bahía de Nipe?

No es honesto silenciar que los protagonistas de esa ‘guerra sucia’ en muchos casos fueron los mismos ex combatientes de la lucha contra Batista quienes, sencillamente, continuaron poniendo en práctica los mismos métodos empleados en el anterior conflicto.

Frustró cientos de planes de asesinato contra los líderes de la Revolución.

Lo que no le impidió al gobierno de Castro asesinar a miembros de la oposición en el exilio, tal como le ocurriera al ex Comandante de la revolución Aldo Vera, entre otros, tiroteado en las calles de San Juan, Puerto Rico, en una operación montada por los servicios secretos cubanos y a José Elías de la Torriente, quien sufrió la misma suerte en Miami. O asesinar a cuatro tripulantes de dos avionetas desarmadas de ‘Hermanos al Rescate’, derribadas por aviones Migs sobre aguas internacionales, como determinó el organismo internacional que investigó el asunto con total imparcialidad.

En medio de un riguroso bloqueo y guerra económica que han durado casi medio siglo, Cuba fue capaz de erradicar en un año el analfabetismo que no han podido vencer en más de cuatro décadas el resto de los países de América Latina, ni tampoco Estados Unidos.
Llevó la educación gratuita al ciento por ciento de los niños.
Posee el más alto índice de retención escolar ―más del 99 por ciento entre el preescolar y noveno grado― de todas las naciones del hemisferio.
Sus alumnos de primaria ocupan el primer lugar del mundo en conocimientos de lenguaje y matemáticas.
Ocupa igualmente el primer lugar mundial en maestros per cápita y alumnos por aula.
La totalidad de los niños con dificultades físicas o mentales estudian en escuelas especiales.
La enseñanza de computación y el empleo de medios audiovisuales de forma intensiva se aplica hoy a la totalidad de los niños, adolescentes y jóvenes, en campos y ciudades.
El estudio con una remuneración económica del Estado se ha convertido, por primera vez en el mundo, en una oportunidad para todos los jóvenes de 17 a 30 años de edad que no estudiaban ni poseían empleo.
Cualquier ciudadano tiene la posibilidad de realizar estudios que lo conduzcan desde el preescolar hasta la obtención del título de Doctor en Ciencias sin gastar un solo centavo.
La nación cuenta hoy con más de 30 graduados universitarios, intelectuales y artistas profesionales por cada uno de los que existían antes de la Revolución.
El nivel promedio de conocimientos de un ciudadano cubano alcanza ya no menos de 9 grados.
No existe en Cuba ni siquiera el analfabetismo funcional.
Escuelas de formación de artistas y de instructores de arte se han extendido a todas las provincias del país, donde cursan estudios y desarrollan su talento y vocación más de 20 mil jóvenes. Decenas de miles adicionales lo hacen en escuelas vocacionales, que son canteras de las escuelas profesionales.
Las sedes universitarias se extienden ya progresivamente a todos los municipios del país. Jamás se produjo en ninguna otra parte tan colosal revolución educativa y cultural, que convertirá a Cuba, por amplio margen, en el país con más conocimientos y más cultura del mundo, aferrada a la profunda convicción martiana de que "sin cultura no hay libertad posible".

Aún admitiendo cuanto de exagerado e hiperbólico hay en esa descripción de la cantidad y calidad de la educación bajo la dictadura comunista, y pasando por alto que en 1958 Cuba ya tenía uno de los mejores niveles educativos de América Latina, sería injusto negar que el gobierno de Castro ha hecho un esfuerzo tremendo por mejorar los estándares educativos de los cubanos.

Pero ese dato, lejos de exculpar a la revolución, lo que consigue es incriminar al sistema, demostrando que el comunismo conduce a la pobreza y al desastre. ¿Cómo y por qué una población tan educada vive de una manera tan miserable? ¿Por qué produce tan poco si los economistas más solventes coinciden en que el ‘capital humano’ es el componente más importante para la creación de riquezas?

¿No es obvio que cuando esos cubanos bien educados emigran hacia sociedades democráticas en las que existe un sistema económico basado en la libertad y el mercado generalmente se convierten en personas exitosas que logran alcanzar niveles decorosos de vida?

Cuando comenzó la revolución el per cápita de los cubanos era más alto, por ejemplo, que el de Chile. Hoy Chile tiene cinco veces el per cápita de los cubanos. Cuba es el único país del mundo en el que los ingenieros y los médicos viven casi como pordioseros y se desplazan a trabajar en bicicletas o a pie. Es el único en el que los maestros y los técnicos medios viven en condiciones materiales que en el resto del mundo occidental sólo conocen los analfabetas.

Paradoja a la que conviene agregar otras dos observaciones urgentes: la primera, es que la revolución ha convertido la educación superior y la profesión docente en privilegios ideológicos. Cuando se dice la obscenidad de que "la universidad es para los revolucionarios", se repite una variante de la monstruosidad colonial, vigente hasta principios del siglo XIX, de que "la universidad es para los blancos".

Y cuando se reserva la profesión de la enseñanza a quienes acreditan una militancia política comunista, o simpatizante del comunismo, se empobrece tremendamente el objetivo de la trasmisión de los conocimientos, que no debe ser otro que enseñar a pensar con la propia cabeza, siempre con espíritu críticamente constructivo.

¿Cómo puede ser ‘buena’, en suma, una educación basada en el dogmatismo, la inflexibilidad y la sujeción fanática a una doctrina, la marxista, cuyo examen no se permite, y a la que ni siquiera dejan contrastar la ideología con la desastrosa realidad del país?

La mortalidad infantil se ha reducido de 60 por mil nacidos vivos a una cifra que fluctúa entre 6 y 6,5. Es la más baja del hemisferio, desde Estados Unidos a la Patagonia.
Las perspectivas de vida se han elevado en 15 años.
Enfermedades infecciosas y transmisibles como la poliomielitis, el paludismo, el tétanos neonatal, la difteria, el sarampión, la rubéola, la parotiditis, la tos ferina y el dengue han sido eliminadas; otras como el tétanos, la meningitis meningocócica, la hepatitis B, la lepra, la meningitis por hemófilos y la tuberculosis, están totalmente controladas.
Hoy en nuestro país mueren las personas de iguales enfermedades que en los países más altamente desarrollados: cardiovasculares, tumorales, accidentes y otras, pero de mucho menor peso.
Una profunda revolución se lleva a cabo para acercar los servicios médicos a la población, a fin de facilitar su acceso a los centros de asistencia, preservar vidas y aliviar dolores.
Profundos estudios se realizan para romper la cadena, mitigar o reducir al mínimo los problemas de origen genético, prenatales o asociados al parto.
Cuba es hoy el país con el más alto índice de médicos per cápita; casi duplica el número de los que la siguen detrás.
Los centros científicos laboran sin cesar para buscar soluciones preventivas o terapéuticas contra las enfermedades más graves.
Los cubanos dispondrán del mejor sistema médico del mundo, cuyos servicios continuarán recibiendo de forma absolutamente gratuita.
La seguridad social abarca al ciento por ciento de los ciudadanos del país.

No es falso que en el casi medio siglo de experiencia comunista la sanidad pública cubana ha mejorado notablemente en extensión y calidad, pero eso es verdad en casi todo el planeta.

También es cierto que el punto de partida de la revolución en este campo era excepcionalmente alto, según todos los índices publicados por la Organización Mundial de la Salud. En todo caso, la propuesta implícita en la exposición de los llamados ‘logros de la revolución’ constituye una intolerable perversidad moral: lo que el castrismo nos está diciendo es que la dictadura, el paredón y la miseria generalizada se justifican por la extensión de la educación y la sanidad. Algo muy parecido a lo que planteaban los racistas sudafricanos cuando afirmaban que los negros de ese país no debían quejarse del ‘apartheid’, puesto que eran los ciudadanos africanos de esa raza que tenían mejores condiciones de vida en todo el continente.

Otros pueblos han accedido a la educación y la sanidad universales, como Costa Rica, por ejemplo, en medio de una democracia ejemplar que carece de ejércitos porque sí cumplieron la promesa de convertir los cuarteles en escuela.

¿Y qué decir de España? Tras la llegada de la democracia, a partir de 1977, la sanidad pública se ha extendido a todos los habitantes del país, incluidos los inmigrantes ilegales. Los hospitales y la medicina son excelentes y gratis, lo que explica que Alicia Alonso y otros dirigentes acudan a España a operarse, pero, a diferencia de Cuba, no existe una medicina de calidad para quienes tienen dólares o son miembros de la nomenclatura, pues desde el Rey hasta el cantante Raphael, que acaba de recibir un trasplante de hígado en un hospital del Estado, se atienden en las mismas instalaciones que el obrero más pobre o que el desempleado, algo que no sucede en Cuba, donde los miembros del Buró Político o del Comité Central tienen acceso a unas clínicas infinitamente mejor dotadas que las que atienden al pueblo llano.

Podrá decirse que España puede costearse ese tipo de medicina porque es un país rico, pero eso implicaría olvidar que en 1959 Cuba doblaba el per cápita de España y tenía mejor sanidad. Eso sí, España no ha cometido el disparate de desperdiciar miles de millones de dólares en la innecesaria educación de un ejército de médicos perfectamente prescindibles.

Con una población de 40 millones de habitantes, casi cuatro veces los que tiene Cuba, España sólo cuenta con el doble de médicos que la Isla, casi todos educados en universidades públicas, prácticamente gratuitas, y con ellos consigue uno de los más altos niveles de esperanza de vida del planeta, acompañados de bajísimos índices de morbilidad.

¿Para qué Cuba necesita 65 000 médicos, el doble per cápita de los que tienen España o Dinamarca, si no es para satisfacer la patológica necesidad de competir que padece Castro? Según los expertos en educación, la formación de un médico, desde que comienza en la Facultad hasta que termina el adiestramiento, cuesta $250 000 dólares. Eso quiere decir que si Cuba hubiera educado a la mitad de los médicos que hoy tiene -y que poseen, por cierto, una magnífica formación-, y hubieran copiado los sistemas de sanidad publica de España o Dinamarca, el país se habría ahorrado más de ocho mil millones de dólares, una suma con la que habrían podido solucionar el problema del agua potable no sólo en La Habana, sino en todo el país.

El 85 por ciento de la población es propietaria de la vivienda. Ésta está libre de todo impuesto. El 15 por ciento restante paga un alquiler absolutamente simbólico, que apenas se eleva al 10 por ciento del salario.

Es de un increíble cinismo tratar de pasar como ‘logro’ lo que constituye uno de los mayores problemas de los cubanos: la falta de viviendas y la tremenda precariedad material de muchas de ellas. Precariedad que se agrava por la imposibilidad de reparar los inmuebles, dato que explica los constantes derrumbes que se observan en todas las ciudades.

Y es un cruel sarcasmo decir que el 85% de los cubanos son ‘propietarios’ de las viviendas que habitan, cuando no pueden venderlas, transferirlas libremente a quienes ellos decidan o comprar otras. Lo que define la posesión real de un bien es la posibilidad de transmitirlo con entera libertad, y eso en Cuba, sencillamente, no existe.

El uso de drogas alcanza a un ínfimo número de personas, y se lucha resueltamente contra él.
La lotería y otras formas de juego lucrativo fueron prohibidos desde los primeros años de la Revolución para que nadie cifrara su esperanza de progreso en el azar.
Nuestra televisión, radio y prensa no practican la publicidad comercial. Cualquier promoción está dirigida a cuestiones de salud, educación, cultura, educación física, deporte, recreación sana, defensa del medio ambiente; a la lucha contra las drogas, contra los accidentes u otros problemas de carácter social. Nuestros medios de difusión masiva educan, no envenenan ni enajenan. No se rinde culto ni se exaltan los valores de las podridas sociedades de consumo.

Es cierto que no existe la publicidad comercial, pero esa limitación autoimpuesta -la publicidad es una manera eficiente de informar-, consecuencia de la ausencia de ofertas que compiten en calidad y precio, no significa que la revolución ha optado por la frugalidad, porque no es eso lo que se observa en las casas de la cúpula dirigente.

Es el pueblo el que sufre los rigores de la escasez. En los hogares de Fidel, Raúl, Ramiro Valdés -con su piscina y gimnasio privados- y en los de otros centenares de funcionarios privilegiados, no falta absolutamente ningún artefacto moderno, desde videos, hasta computadoras, pasando por automóviles, comidas y bebidas abundantes.

Por otra parte, si existe una actitud arrogante en estos ‘ingenieros sociales’ es la de atribuirse la facultad de decidir en nombre de todos lo que las personas deben consumir, y qué artículos o productos son moralmente censurables.

Si Castro fuera capaz de meditar con una mínima serenidad, y de observar los países ricos de su entorno, enseguida comprobaría que lo que distingue a una sociedad rica de una pobre es precisamente la cantidad, calidad y variedad de los bienes y servicios que consume. Si hay dos conceptos incompatibles son la prosperidad y la ausencia de consumo.

No existe culto a ninguna personalidad revolucionaria viva, como estatuas, fotos oficiales, nombres de calles o instituciones. Los que dirigen son hombres y no dioses.

Existe otra cosa infinitamente peor que todo eso: la obligatoriedad de reconocer como verdades indiscutibles las opiniones del Máximo Líder. ¡Eso si es culto a la personalidad y no una pesada estatua de bronce! ¿Se quiere un mayor ejercicio de vanidad y endiosamiento que obligar a todo un país desde hace más de cuatro décadas a ‘aprender’ en los círculos de estudio las pintorescas ideas del Comandante, un hombre que cree ‘saber’ de todo, y sabe, en realidad, muy pocas cosas? Ni siquiera Stalin hizo algo tan desmesuradamente egocéntrico.

No pensar como piensa Fidel es ser contrarrevolucionario. Opinar que el Comandante es un hombre minuciosamente equivocado constituye un delito de desacato. Decir públicamente que las ideas de Castro sobre la historia de Cuba, o sobre el desarrollo económico, son unos perfectos disparates, conduce al ostracismo o a la cárcel. Y, por la otra punta, ‘ser revolucionario’ consiste en suscribir punto por punto las ideas y opiniones de Castro, sin cuestionarlas, sin discutirlas, como si constituyeran los libros sagrados de la secta: ¡Eso sí es culto a la personalidad!

En nuestro país no existen fuerzas paramilitares ni escuadrones de la muerte, ni se ha usado nunca la violencia contra el pueblo, ni se realizan ejecuciones extrajudiciales, ni se aplica la tortura. El pueblo ha apoyado en masa siempre las actividades de la Revolución. Este acto lo demuestra.

¿Para qué necesita una dictadura ‘escuadrones de la muerte’ cuando en 24 horas puede asesinar ‘legalmente’ a tres muchachos negros que intentaron robarse un bote? ¿Para qué darle un tiro en la nuca al general Ochoa cuando era posible ejecutarlo públicamente para dar un escarmiento a los ‘perestroikos’, y, de paso, en una ceremonia siniestra, obligar a todos los dirigentes a mancharse las manos de sangre?

Los escuadrones de la muerte y los asesinatos extrajudiciales surgen en las dictaduras en las que existe una disonancia entre el sistema legislativo y jurídico y los métodos represivos que se desean aplicar. ¿Para qué asesinar extrajudicialmente a un detenido si en Cuba los pueden encarcelar por el tiempo que les da la gana sin ni siquiera instruirlos de cargos, y luego pueden juzgarlos y matarlos en cuatro horas. Si Castro tiene a su alcance dictar las leyes que le da la gana, y luego puede aplicar los castigos que cree conveniente sin ninguna clase de limitación, ¿qué objeto tiene crear escuadrones de la muerte? El Estado completo es un gigantesco escuadrón de la muerte.

Lo acaban de decir Castro y su inefable Canciller Perez Roque: a los últimos tres fusilados los mataron para ‘mandar un mensaje’, ‘para evitar una estampida’, en suma, para escarmentar. ¿Qué tienen que ver esos crímenes con la justicia? Los esbirros de Batista hacían lo mismo: asesinaban a un revolucionario y le colocaban un niple sobre el pecho. ¿Para qué? Para escarmentar, para mandar mensajes a la oposición y para atemorizar a la sociedad. Exactamente igual que hace el gobierno de Castro.

¿Cómo se puede decir que en Cuba no se tortura? ¿Qué son las continuas palizas que reciben los presos políticos en las cárceles? ¿Cómo murieron los presos políticos –entre otros muchos- Alfredo Carrión y Francisco Pico? ¿Ignora el Comandante las celdas ‘tapiadas’, en las que colocan a algunos presos por años, sin ver la luz, con una alimentación de animales? ¿Nadie le contó lo que son las ‘gavetas’, en donde encierran, apretujados a muchos presos? Sería útil que antes de mentir de esa forma tan burda leyera los informes de ‘Amnistía Internacional’ o de Pax Christi.

¿Ha olvidado Castro el hundimiento del bote ’13 de marzo’ y sus 32 muertos, muchos de ellos niños de brazos? En Cuba, en diferentes épocas, se ha ametrallado balseros, o se ha ejecutado alzados con la misma indiferencia por la vida humana que uno pudiera encontrar en las más despiadas dictaduras de derecha.

Años luz separan nuestra sociedad de lo que ha prevalecido hasta hoy en el mundo. Se cultiva la fraternidad y la solidaridad entre los hombres y los pueblos dentro y fuera del país.

Es increíble oír hablar de ‘fraternidad’ y ‘solidaridad’ a un gobernante que ha impulsado los actos de repudio, maltratando a ciudadanos indefensos que a veces sólo habían cometido el ‘delito’ de querer abandonar el país. Un gobernante que ha perseguido a sus compatriotas por ser homosexuales, por tener ciertas creencias religiosas, por dejarse crecer las cabelleras. Un gobernante que ha reducido a sus adversarios a la condición de animales, motejándolos de ‘gusanos’, como hizo Hitler con los judíos.

¿Es una buena muestra de esa fraternidad prohibirles a los ‘revolucionarios’ que les dirijan la palabra a sus familiares si eran desafectos al sistema o si decidían emigrar? ¿Esa es la definición de ‘solidaridad’ que defiende Castro: romper los lazos de padres e hijos, separar hermanos, impedir o castigar la amistad entre personas que tienen puntos de vista diferentes?

¿O la solidaridad consiste en prohibirles a los cubanos entrar en las instalaciones reservadas para turistas o para los miembros de la nomenclatura, versión cubana de la Sudáfrica de los ‘supremacistas’ blancos de aquel país?

Se educa a las nuevas generaciones y a todo el pueblo en la protección del medio ambiente. Los medios masivos de difusión se emplean en la formación de una conciencia ecológica.

No parece que la masiva destrucción de los árboles frutales, la creación de los pedraplenes -verdadero ecocidio-, o el maltrato inclemente de las reservas de agua potable del país sean muestras de esa vocación ‘verde’ que proclama el Comandante.

Por el contrario: Cuba es hoy un país acosado por plagas que parecían erradicadas, y en el que uno de los aspectos que más destacan los turistas es el hedor y la suciedad de las ciudades o la falta de higiene, rasgos mucho más propios de un país del cuarto mundo que del paraíso que Castro, indiferente a la realidad, pretende ‘vender’ a su auditorio.

Nuestro país defiende con firmeza su identidad cultural, asimila lo mejor de las demás culturas y combate resueltamente contra todo lo que deforma, enajena y envilece.

Por eso en Cuba han internado en campos de castigo a quienes cultivaban la música rock, a quienes leían a Albert Camus o a Mario Vargas Llosa. Por eso han expulsado de las universidades, o les han vedado la entrada, a quienes querían pensar con cabeza propia.

¿Cómo es posible decir que se defiende con firmeza la identidad cultural propia si los cubanos no pueden leer la literatura de sus exiliados Reinaldo Arenas, Lidia Cabrera o Zoé Valdés -por citar tres nombres de escritores notables entre varios centenares de creadores malditos y proscritos-, o escuchar la música de Ernesto Lecuona interpretada por Paquito D’Rivera?

¿Quién es el sabio que determina ‘lo que deforma, enajena y envilece’? Seguramente, un burócrata dogmático y de mente estrecha, que es quien decide los libros buenos y malos, la pintura o la música revolucionarias o ‘imperialistas’. ¿Y de esa actitud inquisitorial se ufana el Comandante?

El desarrollo del deporte sano y no profesional ha conducido a nuestro pueblo a los más altos índices de medallas y honores a nivel mundial.
Las investigaciones científicas, al servicio de nuestro pueblo y de la humanidad, se multiplicaron centenares de veces. Producto de este esfuerzo, importantes medicamentos salvan vidas en Cuba y en otros países.
Jamás se investigó ni elaboró arma biológica alguna, lo cual estaría en absoluta contradicción con la formación y la conciencia en que ha sido educado y se educa nuestro personal científico.
En ningún otro pueblo se enraizó tanto el espíritu de solidaridad internacional.
Nuestro país apoyó a los patriotas argelinos en su lucha contra el colonialismo francés, a costa de afectar las relaciones políticas y económicas con un país europeo tan importante como Francia.
Enviamos armas y combatientes para defender a Argelia contra el expansionismo marroquí cuando el rey de ese país quiso apoderarse de las minas de hierro de Gara Yebilet, en las proximidades de la ciudad de Tinduf, al sudoeste de Argelia.
El personal completo de una brigada de tanques montó guardia a solicitud de la nación árabe de Siria entre 1973 y 1975 frente a las Alturas del Golán, cuando esa parte del territorio fue injustamente arrebatada a aquel país.
El líder de la República del Congo recién alcanzada su independencia, Patricio Lumumba, acosado desde el exterior, recibió nuestro apoyo político. Asesinado éste por las potencias coloniales en enero de 1961, prestamos ayuda a sus seguidores.
Cuatro años después, en 1965, sangre cubana se derramó en la zona occidental del lago Tanganyika, donde el Che, con más de cien instructores cubanos, apoyaron a los rebeldes congoleses que luchaban contra mercenarios blancos al servicio de Mobutu, el hombre de Occidente, cuyos 40 mil millones de dólares robados no se sabe en qué bancos europeos están guardados, ni en poder de quién.
Sangre de instructores cubanos se derramó entrenando y apoyando a los combatientes del Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde que, bajo el mando de Amílcar Cabral, luchaban por la independencia de estas antiguas colonias portuguesas.
Otro tanto ocurrió durante diez años ayudando al MPLA de Agostinho Neto en la lucha por la independencia de Angola. Alcanzada esta, y a lo largo de 15 años, cientos de miles de voluntarios cubanos participaron en la defensa de Angola frente al ataque de las tropas racistas sudafricanas que, en complicidad con Estados Unidos y utilizando la guerra sucia, sembraron millones de minas, arrasaron aldeas completas y asesinaron a más de medio millón de hombres, mujeres y niños angolanos.
En Cuito Cuanavale y en la frontera de Namibia, al sudoeste de Angola, fuerzas angolanas y namibias y 40 mil soldados cubanos asestaron un golpe definitivo a las tropas sudafricanas, que contaban entonces con siete bombas nucleares suministradas o ayudadas a producir por Israel con pleno conocimiento y complicidad del gobierno de Estados Unidos. Esto significó la inmediata liberación de Namibia, y aceleró tal vez en veinte o veinticinco años el fin del apartheid.
A lo largo de casi 15 años, Cuba ocupó un lugar de honor en la solidaridad con el heroico pueblo de Viet Nam, en una guerra bárbara y brutal de Estados Unidos, que mató a cuatro millones de vietnamitas, aparte de la cifra de heridos y mutilados de guerra; que inundó su suelo de productos químicos que han causado incalculables daños aún presentes. Pretexto: Viet Nam, un país pobre y subdesarrollado, situado a 20 mil kilómetros de Estados Unidos, constituía un peligro para la seguridad nacional de ese país.
Sangre cubana se derramó junto a la sangre de ciudadanos de varios países latinoamericanos, y junto a la sangre cubana y latinoamericana del Che, asesinado por instrucciones de los agentes de Estados Unidos en Bolivia, cuando se encontraba herido y prisionero y su arma había sido inutilizada por un balazo en el combate.
Sangre cubana de obreros de la construcción que estaban ya a punto de concluir un aeropuerto internacional que era vital para la economía de una pequeñísima isla que vivía del turismo, se derramó combatiendo en defensa de Granada, invadida por Estados Unidos con cínicos pretextos.
Sangre cubana se derramó en Nicaragua cuando instructores de nuestras Fuerzas Armadas entrenaban a los bravos soldados nicaragüenses que enfrentaban la guerra sucia organizada y armada por Estados Unidos contra la Revolución sandinista.
Y no he citado todos los ejemplos.
Pasan de dos mil los heroicos combatientes internacionalistas cubanos que dieron su vida cumpliendo el sagrado deber de apoyar la lucha de liberación por la independencia de otros pueblos hermanos. En ninguno de esos países existe una propiedad cubana.
Ningún otro país en nuestra época cuenta con tan brillante página de solidaridad sincera y desinteresada.

Es absolutamente cierto que los cubanos han participado en todas esas batallas que Castro describe, y en otras que prefiere ocultar. Pero sería interesante saber cuándo y cómo la sociedad cubana lo autorizó a llevar a cientos de miles de jóvenes a esos mataderos.

¿Tenía algún sentido que, en medio de las mil dificultades que padecía la sociedad cubana, una pobre isla del tercer mundo, nada menos que 400 000 jóvenes fueran a combatir a África a lo largo de 15 años, en la guerra más larga jamás librada fuera de su territorio por un país de ese continente? ¿Cuántos recursos humanos y materiales se emplearon en esas hazañas bélicas tan apreciadas por Castro?

Jamás hubo un debate público, ni siquiera dentro del Partido Comunista, en el que alguien pudiera exponer la insensatez de convertir a los cubanos en la punta de lanza de unas guerras que no se hacían para liberar a unos pueblos del yugo colonial blanco, sino con el objeto de expandir el campo comunista en África o en América Latina, esfuerzo que el tiempo demostró que resultaría totalmente estéril.

Y la prueba de esta afirmación está clarísima en la guerra entre Somalia y Etiopía, donde el gobierno de Castro cambió de bando cuando Etiopía se acercó más al mundo controlado por Moscú, y Castro mandó sus mejores tropas, dirigidas por el general Ochoa, a aplastar a sus antiguos aliados somalíes.

No eran colonialistas blancos los que mataron los cubanos en el Ogaden, sino soldados negros somalíes. Como no eran mercenarios blancos los adversarios en Angola, sino angolanos negros de tribus o partidos diferentes a los apoyados por el gobierno cubano.

Las otras aventuras imperiales de Castro, en las que no se detiene, son las subversivas. Bajo su dirección la Isla se convirtió en un portaviones revolucionario en el que aterrizaban y desde el que despegaban toda clase de guerrilleros y terroristas, desde ‘Carlos el Chacal’, hoy preso en París tras incontables asesinatos, hasta tupamaros uruguayos, dedicados a desestabilizar una de las democracias más respetables de América, o etarras vascos que con cerca de mil asesinatos estremecían a la sociedad española en el momento en el que la nación intentaba consolidar la democracia.

La Cuba de Castro adiestró y envió guerrilleros y terroristas a cincuenta destinos, incluidas pacíficas islas como Jamaica, o países convulsionados como Colombia. Participó de secuestros para conseguir fondos, y no fue ajena al tráfico de estupefacientes.

Estados Unidos, es verdad, financió y entrenó a guerrilleros y terroristas cubanos que actuaron en la Isla, pero ¿es eso diferente a lo que hizo el gobierno de Castro con los guerrilleros y terroristas puertorriqueños llamados ‘macheteros", o con los comunistas radicales negros norteamericanos que en la década de los sesenta intentaron en Estados Unidos el camino de la insurrección.

De ahí la inmensa sensación de cinismo que se desprende del discurso victimista de Castro cuando pretende presentar el enfrentamiento de Cuba con Estados Unidos como la permanente agresión de un Goliat malvado contra un gallardo David dedicado a cuidar enfermos y a educar niños desvalidos.

La verdad es que la Cuba de Castro, desde la creación de la Tricontinental en 1966, y aún antes, constituye el país más intervencionista de la historia contemporánea. El que ha participado en más aventuras militares. El que más se ha inmiscuido en los asuntos internos de otras naciones, desde la remota Zanzíbar, hasta la próxima República Dominicana, y todo ello, para mayor agravio, con la intención de crear dictaduras crueles, ineficaces e improductivas como la que existe en Cuba.

Cuba predicó siempre con su ejemplo. Jamás claudicó. Jamás vendió la causa de otro pueblo. Jamás hizo concesiones. Jamás traicionó principios. Por algo hace sólo 48 horas fue reelecta por aclamación, en el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, como miembro por tres años más de la Comisión de Derechos Humanos, integrando ese órgano de manera ininterrumpida durante 15 años.

No sé si Castro recuerda la posición de su gobierno durante la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968: la aplaudió con entusiasmo, pese a ser evidente el atropello imperialista de una superpotencia contra un pequeño país. ¿No es eso ‘vender la causa de otro pueblo’?

No sé si ha olvidado el apoyo diplomático y político que el gobierno de Castro les dio a los militares de la Junta argentina, a principios y mediados de los años setenta, unos criminales responsables del asesinato de veinte mil opositores.

¿Por qué lo hizo? Porque Argentina y la URSS tenían las mejores relaciones económicas y políticas y el país austral formaba parte de los no-alineados. ¿No es eso una flagrante ‘concesión’ al enemigo a expensas de los amigos?

Y luego queda por establecer de qué principios habla el Comandante. ¿La democracia que decía defender cuando peleaba en Sierra Maestra o el comunismo que luego les impuso a los cubanos de manera inconsulta?

Más de medio millón de cubanos cumplieron misiones internacionalistas como combatientes, como maestros, como técnicos o como médicos y trabajadores de la salud. Decenas de miles de estos últimos han prestado servicios y salvado millones de vidas a lo largo de más de 40 años. En la actualidad, tres mil especialistas en Medicina General Integral y otros trabajadores de la salud laboran en los lugares más recónditos de 18 países del Tercer Mundo, donde mediante métodos preventivos y terapéuticos salvan cada año cientos de miles de vidas, y preservan o devuelven la salud a millones de personas sin cobrar un solo centavo por sus servicios.
Sin los médicos cubanos ofrecidos a la Organización de Naciones Unidas en caso de obtener esta los fondos necesarios —sin los cuales naciones enteras y hasta regiones completas del África Subsahariana corren el riesgo de perecer—, los imprescindibles y urgentes programas de lucha contra el SIDA no podrían realizarse.
El mundo capitalista desarrollado creó abundante capital financiero, pero no ha creado el más mínimo capital humano que el Tercer Mundo desesperadamente necesita.
Cuba ha desarrollado técnicas para enseñar a leer y escribir por radio con textos hoy elaborados en cinco idiomas: creole, portugués, francés, inglés y español, que ya están siendo puestos en práctica en algunos países. Está a punto de concluir un programa similar en español, de excepcional calidad, para alfabetizar por televisión. Son programas ideados por Cuba y genuinamente cubanos. No nos interesa la exclusividad de la patente. Estamos en disposición de ofrecerlos a todos los países del Tercer Mundo, donde se concentra el mayor número de analfabetos, sin cobrar un solo centavo. En cinco años los 800 millones de analfabetos, a un costo mínimo, podrían reducirse en un 80 por ciento.

Es encomiable que Cuba, responsablemente, preste ayuda a otros pueblos más necesitados, pero la decisión de brindar ese tipo de costosa solidaridad debe ser el resultado de la voluntad popular y no de la decisión inconsulta de un solo hombre al que le da la gana de disponer a su antojo de las pocas riquezas creadas por el pueblo cubano.

¿Por qué los pobres cubanos deben hacer un sacrificio mayor que el que hacen, por ejemplo, los noruegos, un pueblo rico que dedica al capítulo de ayuda externa el porcentaje del PIB más alto del mundo? ¿Qué derecho tiene Castro a imponerles a todos los cubanos unos sacrificios que él no sufre en su pellejo, porque done lo que done Cuba, o preste lo que preste, a él o a su familia jamás les va a faltar nada en la mesa?

Cuando la URSS y el campo socialista desaparecieron, nadie apostaba un solo centavo por la supervivencia de la Revolución Cubana. Estados Unidos arreció el bloqueo. Surgieron las leyes Torricelli y Helms-Burton, esta última de carácter extraterritorial. Nuestros mercados y fuentes de suministros fundamentales desaparecieron abruptamente. El consumo de calorías y proteínas se redujo casi a la mitad. El país resistió y avanzó considerablemente en el campo social. Hoy ha recuperado gran parte de sus requerimientos nutritivos y avanza aceleradamente en otros campos. Aun en esas condiciones, la obra realizada y la conciencia creada durante años obraron el milagro. ¿Por qué resistimos? Porque la Revolución contó siempre, cuenta y contará cada vez más con el apoyo del pueblo, un pueblo inteligente, cada vez más unido, más culto y más combativo.

No. La razón por la que los cubanos, tras ver como se contraía su capacidad de consumo en un cincuenta por ciento, pudieron ‘resistir’ fue porque se liberalizó el envío y recibo de divisas y los exiliados comenzaron a sostener a sus familias con cientos de millones de dólares.

El país ‘resistió’ porque se permitió que existiera cierta producción y comercialización privadas de alimentos. Resistió, porque surgieron los ‘paladares’ y se despenalizó la tenencia de dólares. Resistió, porque, al menos por un tiempo, se toleró la existencia de ‘cuentapropistas’ y se alentó el turismo. Resistió, porque el gobierno se asoció a capitalistas extranjeros que trajeron formas de producir bienes y servicios más eficientes que las que aportaban los comunistas.

Resultado que debió indicar al Comandante que la solución del país estaba donde se observaba el alivio: en los métodos capitalistas y en el mercado, dado que el socialismo sólo mejora cuando deja de serlo y adopta modos capitalistas de producir y asignar recursos. Pero, lejos de aprender de la experiencia, como se supone que hacen las personas inteligentes, el Comandante, tan pronto la crisis tocó fondo, retomó los modos de conducir la economía más rígidos y centralistas del recetario comunista.

Cuba, que fue el primer país en solidarizarse con el pueblo norteamericano el 11 de septiembre del 2001, fue también el primero en advertir el carácter neofascista que la política de la extrema derecha de Estados Unidos, que asumió fraudulentamente el poder en noviembre del año 2000, se proponía imponer al mundo. No surge esta política movida por el atroz ataque terrorista contra el pueblo de Estados Unidos cometido por miembros de una organización fanática que en tiempos pasados sirvió a otras administraciones norteamericanas. Era un pensamiento fríamente concebido y elaborado, que explica el rearme y los colosales gastos en armamento cuando ya la guerra fría no existía y lo que ocurrió en septiembre estaba lejos de producirse. Los hechos del día 11 de ese fatídico mes del año 2001 sirvieron de pretexto ideal para ponerlo en marcha.
El 20 de septiembre de ese año, el presidente Bush lo expresó abiertamente ante un Congreso conmocionado por los trágicos sucesos ocurridos nueve días antes. Utilizando extraños términos habló de «justicia infinita» como objetivo de una guerra al parecer también infinita:

«El país no debe esperar una sola batalla, sino una campaña prolongada, una campaña sin paralelo en nuestra historia.» «Vamos a utilizar cualquier arma de guerra que sea necesaria.» «Cualquier nación, en cualquier lugar, tiene ahora que tomar una decisión: o están con nosotros o están con el terrorismo.» «Les he pedido a las Fuerzas Armadas que estén en alerta, y hay una razón para ello: se acerca la hora de que entremos en acción.» «Esta es una lucha de la civilización.» «Los logros de nuestros tiempos y las esperanzas de todos los tiempos dependen de nosotros.» «No sabemos cuál va a ser el derrotero de este conflicto, pero sí cuál va a ser el desenlace [...] Y sabemos que Dios no es neutral.»

¿Hablaba un estadista o un fanático incontenible?
Dos días después, el 22 de septiembre, Cuba denunció este discurso como el diseño de la idea de una dictadura militar mundial bajo la égida de la fuerza bruta, sin leyes ni instituciones internacionales de ninguna índole.
«...La Organización de Naciones Unidas, absolutamente desconocida en la actual crisis, no tendría autoridad ni prerrogativa alguna; habría un solo jefe, un solo juez, una sola ley.»
Meses más tarde, al cumplirse el 200 Aniversario de la Academia de West Point, en el acto de graduación de 958 cadetes celebrado el 3 de junio del 2002, el presidente Bush profundizó en su pensamiento a través de una encendida arenga a los jóvenes militares que se graduaban ese día, en la que están contenidas sus ideas fijas esenciales:
«Nuestra seguridad requerirá que transformemos a la fuerza militar que ustedes dirigirán, en una fuerza que debe estar lista para atacar inmediatamente en cualquier oscuro rincón del mundo. Y nuestra seguridad requerirá que estemos listos para el ataque preventivo cuando sea necesario defender nuestra libertad y defender nuestras vidas.»
«Debemos descubrir células terroristas en 60 países o más...»
«Los enviaremos a ustedes, a nuestros soldados, a donde ustedes sean necesarios.»
«No dejaremos la seguridad de América y la paz del planeta a merced de un puñado de terroristas y tiranos locos. Eliminaremos esta sombría amenaza de nuestro país y del mundo.»
«A algunos les preocupa que sea poco diplomático o descortés hablar en términos del bien y el mal: No estoy de acuerdo. [...] Estamos ante un conflicto entre el bien y el mal, y América siempre llamará al mal por su nombre. Al enfrentarnos al mal y a regímenes anárquicos, no creamos un problema, sino que revelamos un problema. Y dirigiremos al mundo en la lucha contra el problema.»
En el discurso que pronuncié en la Tribuna Abierta que tuvo lugar en la Plaza de la Revolución «Antonio Maceo» de Santiago de Cuba el 8 de junio del 2002, ante medio millón de santiagueros, expresé:
«Como puede apreciarse, en el discurso (de West Point) no aparece una sola mención a la Organización de las Naciones, ni una frase referida al derecho de los pueblos a la seguridad y a la paz, a la necesidad de un mundo regido por normas y principios.»
«La humanidad conoció, hace apenas dos tercios de siglo, la amarga experiencia del nazismo. Hitler tuvo como aliado inseparable el miedo que fue capaz de imponer a sus adversarios. [...] Ya poseedor de una temible fuerza militar, estalló una guerra que incendió el mundo. La falta de visión y la cobardía de los estadistas de las más fuertes potencias europeas de aquella época dieron lugar a una gran tragedia.»
«No creo que en Estados Unidos pueda instaurarse un régimen fascista. Dentro de su sistema político se han cometido graves errores e injusticias ―muchas de las cuales perduran―, pero el pueblo norteamericano cuenta con determinadas instituciones, tradiciones, valores educativos, culturales y ιticos que lo harían casi imposible. El riesgo está en la esfera internacional. Son tales las facultades y prerrogativas de un presidente y tan inmensa la red de poder militar, económico y tecnológico de ese Estado que, de hecho, en virtud de circunstancias ajenas por completo a la voluntad del pueblo norteamericano, el mundo está comenzando a ser regido por métodos y concepciones nazis.»
«Los miserables insectos que habitan en 60 o más naciones del mundo, seleccionadas por él, sus íntimos colaboradores, y en el caso de Cuba por sus amigos de Miami, no importan para nada. Constituyen los ‘oscuros rincones del mundo’ que pueden ser objeto de sus ‘sorpresivos y preventivos’ ataques. Entre ellos se encuentra Cuba que, además, ha sido incluida entre los que propician el terrorismo.»
Mencioné por primera vez la idea de una tiranía mundial un año, 3 meses y 19 días antes del ataque a Iraq.
En los días previos al inicio de la guerra, el presidente Bush volvió a repetir que utilizaría, si fuese necesario, cualquier medio del arsenal norteamericano, es decir, armas nucleares, armas químicas y armas biológicas.
Antes se había producido ya el ataque y ocupación de Afganistán.

¿Qué hay en los párrafos anteriores? La vanidad narcisista de quien desea ser reconocido como un estadista clarividente capaz de prever el futuro. Algo muy difícil de aceptar en un político que en 1959 no fue capaz de ver algo tan obvio como que la alianza con la URSS y la adscripción de Cuba al campo comunista era, además de un crimen, una solemne estupidez que traería al país una interminable catarata de pesares e inconvenientes, porque ya en esa época era evidente la superioridad total del mundo occidental.

Cuando este ‘genio’ de la predicción optó por el comunismo, ya estaban en fulgurante camino los ‘milagros’ económicos de Alemania y Japón, mientras resultaba evidente el fracaso de los satélites comunistas. Ni siquiera tenía que ‘predecir’ el mejor camino para la sociedad cubana: hubiera bastado con que hubiese sido capaz de observar lo que ocurría a su alrededor.

Quien hoy se ufana de adivinar el futuro político del mundo, es el mismo que en 1979, envalentonado por sus triunfos en África y en Nicaragua, le vaticinó al historiador venezolano Guillermo Morón que en una década todo el Caribe sería un ‘mare nostrum’ cubano. Exactamente diez años más tarde caía el Muro de Berlín, comenzaba a deshacerse la URSS y se daban los primeros pasos para sacar del poder a los sandinistas pocos meses más tarde.

Este titán del análisis económico, el es mismo que en 1991, en una reunión realizada en Cozumel con Salinas de Gortari, Gaviria, Carlos Andrés Pérez y Felipe González, explicó resueltamente cómo el mundo Occidental se encontraba a las puertas de una catástrofe imparable que acabaría dándoles la razón a los comunistas. Lo que sucedió, en cambio, es que a partir de ese momento el mundo desarrollado experimentó una de las décadas más felices en el terreno económico que recuerda la humanidad.

Y ahora Castro vuelve a equivocarse cuando pronostica una ‘tiranía mundial’ dirigida por Estados Unidos. A partir del 11 de septiembre quienes únicamente tienen que temer la represalia norteamericana y el cambio de régimen" son los gobiernos que albergan y alientan terroristas, como Afganistán, o las dictaduras que amenazan a sus vecinos o poseen armas de destrucción masiva, como Irak, circunstancias que Washington relaciona con la seguridad del país.

Hoy los llamados "disidentes", mercenarios a sueldo pagados por el Gobierno hitleriano de Bush, traicionan no sólo a su Patria sino también a la humanidad.

¿Mercenario el poeta Raúl Rivero? ¿Mercenaria Beatriz Roque Cabello? ¿Mercenarios y traidores, nada menos que a la ‘humanidad’, los jóvenes periodistas y bibliotecarios independientes que, junto a quienes defendían el ‘Proyecto Varela’ trataban de ampliar los márgenes de participación de la sociedad cubana?

¿Por qué discrepar de la disparatada conducción del país que Castro dirige es traicionar a la patria? ¿Por qué proponer otro modo más racional de organizar la sociedad es una forma de traición? ¿Por qué hay que creer la portentosa estupidez de que peligra el destino de Cuba como nación si los cubanos, como los holandeses o los chilenos tienen diversos partidos políticos y sostienen múltiples puntos de vista sobre los problemas del país?

Ante los planes siniestros contra nuestra Patria por parte de esa extrema derecha neofascista y sus aliados de la mafia terrorista de Miami que le dieron la victoria con el fraude electoral, nos gustaría saber cuántos de los que desde supuestas posiciones de izquierda y humanistas han atacado a nuestro pueblo por las medidas legales que en acto de legítima defensa nos vimos obligados a adoptar frente a los planes agresivos de la superpotencia, a pocas millas de nuestras costas y con una base militar en nuestro propio territorio, han podido leer esas palabras, tomar conciencia, denunciar y condenar la política anunciada en los discursos pronunciados por el señor Bush a los que hice referencia en los que se proclama una siniestra política internacional nazi-fascista por parte del jefe del país que posee la más poderosa fuerza militar que fue concebida jamás, cuyas armas pueden destruir diez veces a la humanidad indefensa.

No es falta de información ni incapacidad para el análisis lo que ha motivado estas críticas desde la izquierda contra los atropellos del castrismo, sino la decisión, muy razonable, de no admitir otra vez la coartada y el chantaje del antiamericanismo para condonar los abusos contra los demócratas de la oposición o el asesinato judicial de los muchachos que intentaron secuestrar un bote.

Muchos de quienes hoy han criticado a Castro, desde Saramago hasta Chomsky, desde Almodóvar hasta Serrat, han condenado ardorosamente la guerra de Irak y al presidente Bush. Pero les parece, y tienen razón, que las dos posturas no son incoherentes: es perfectamente posible pensar que Estados Unidos no debió atacar a Irak, y sostener, simultáneamente, que la dictadura cubana no debe encarcelar a los demócratas de la oposición por sostener opiniones distintas a las del gobierno, ni fusilar a nadie, aunque sólo sea porque la pena de muerte debe ser erradicada en todas las circunstancias.

Lo que no es aceptable, cuarenta y cuatro años después de establecida la tiranía cubana, es seguir invocando la conducta de Washington para acallar las críticas.

El mundo entero se ha movilizado frente a las espantosas imágenes de ciudades destruidas e incendiadas por atroces bombardeos, niños mutilados y cadáveres destrozados de personas inocentes.
Dejando a un lado a los grupos políticos oportunistas, demagogos y politiqueros de sobra conocidos, me refiero ahora fundamentalmente a los que fueron amistosos con Cuba y luchadores apreciados. No deseamos que los que la atacaron de forma a nuestro juicio injusta, por desinformación o falta de análisis meditado y profundo, tengan que pasar por un dolor infinito si un día nuestras ciudades están siendo destruidas y nuestros niños y sus madres, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos destrozados por las bombas del nazi-fascismo, y conocen que sus declaraciones fueron cínicamente manipuladas por los agresores para justificar un ataque militar contra Cuba.

Esto es el colmo de la manipulación emocional: ahora resulta que el ataque militar de Estados Unidos a Cuba depende del apoyo de personas como Saramago o Joaquín Sabina, pese a que en el párrafo anterior quedaba en claro que inútilmente "el mundo entero se ha movilizado" contra la guerra desata por Estados Unidos.

Es interesante averiguar por qué si Estados Unidos ignoró "al mundo entero", incluidos Saramago y Joaquín Sabina, cuando decidió atacar a Irak, ahora esas mismas voces van a impedir que suceda lo mismo en Cuba.

¿No será que lo que busca Castro con esos apoyos, que incesantemente recaba por medio del infatigable ‘Instituto de Amistad con los Pueblos’, es el aval de personas prestigiosas para legitimar sus actos más condenables?

El daño humano no puede medirse sólo por las cifras de niños muertos y mutilados, sino también por los millones de niños y madres, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos que quedarán traumatizados por el resto de la vida.
Respetamos totalmente las opiniones de los que por razones religiosas, filosóficas o humanitarias se oponen a la pena capital, que los revolucionarios cubanos también aborrecemos por razones más profundas que las que han sido abordadas por las ciencias sociales sobre el delito, hoy en proceso de estudio en nuestro país. Llegará el día, en que podamos acceder a los deseos tan noblemente expresados aquí en su brillante discurso por el pastor Lucius Walker, de abolir esta pena. Se comprende la especial preocupación sobre el tema, cuando se sabe que la mayoría de las personas ejecutadas en Estados Unidos son afronorteamericanas y latinas, no pocas veces inocentes, especialmente en Texas, campeona de la pena capital, donde fuera Gobernador el presidente Bush y donde nunca se ha perdonado una sola vida.
La Revolución Cubana fue puesta en el dilema de proteger la vida de millones de compatriotas sancionando con la pena capital legalmente establecida a los tres principales secuestradores de una embarcación de pasajeros ―estimulados por el gobierno de Estados Unidos, que trata de alentar el potencial delictivo de carácter común para asaltar barcos o aeronaves con pasajeros a bordo, poniendo en grave peligro la vida de éstos, creando condiciones propicias para una agresión a Cuba, desatando una ola de secuestros ya en pleno desarrollo que había que parar en seco―, o cruzarnos de brazos. No podemos vacilar jamás, cuando se trata de proteger la vida de los hijos de un pueblo decidido a luchar hasta el final, en arrestar mercenarios que sirven a los agresores y aplicar los castigos más severos a terroristas que secuestren naves o embarcaciones de pasajeros, o que cometan hechos de similar gravedad, que sean sancionados por los tribunales de acuerdo con leyes previas.

Es posible, ciertamente, que Castro decidiera ‘parar en seco’ los intentos de secuestrar aviones o embarcaciones, dando un escarmiento terrible en las personas de los tres jóvenes ejecutados, pero ese tipo de ‘ejemplos’ es exactamente lo que repugna a cualquier persona con sentido de la justicia. Las leyes no se promulgan y las penas no se infligen para escarmentar o dar ejemplos, sino para sancionar de manera proporcionada y ajustada a derecho los delitos cometidos.

Por otra parte, los 75 demócratas sentenciados a larguísimas penas por escribir artículos o poemas, por prestar libros o por pedir un referéndum, no han sido castigados para impedir una invasión norteamericana sino, primero, por algo que el gobierno oculta: para tenerlos de rehenes y, en su momento, plantear el intercambio por cinco espías cubanos presos en Estados Unidos, proyecto que ya no tiene ninguna posibilidad de llegar a buen puerto; y, segundo, porque Castro le temió al crecimiento de la sociedad civil cubana y quiso eliminarla de raíz.


Ni siquiera Cristo, que expulsó a latigazos a los mercaderes del templo, dejaría de optar por la defensa del pueblo.
Hacia Su Santidad, el Papa Juan Pablo II, siento un sincero y profundo respeto. Comprendo y admiro su noble lucha por la vida y por la paz. Nadie se opuso tanto y tan tenazmente como él a la guerra contra Iraq. Estoy absolutamente seguro de que nunca habría aconsejado a los chiítas y sunnitas dejarse matar sin defenderse; tampoco aconsejaría algo parecido a los cubanos. Él sabe perfectamente bien que este no es un problema entre cubanos; es un problema entre el pueblo de Cuba y el gobierno de Estados Unidos.
Es tan provocadora y desvergonzada la política del gobierno de los Estados Unidos, que el pasado día 25 de abril el señor Kevin Whitaker, Jefe del Buró Cuba del Departamento de Estado, le dijo al jefe de nuestra Sección de Intereses en Washington que la Oficina de Seguridad Doméstica, adscrita al Consejo de Seguridad Nacional, consideraba que los continuados secuestros desde Cuba constituían una seria amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos, y solicitaba al gobierno cubano tomar todas las medidas necesarias para evitar hechos de esta naturaleza, cual si no fueran ellos quienes provocaron y estimularon esos secuestros y no fuéramos nosotros los que, para proteger la vida y la seguridad de los pasajeros y conociendo desde hace rato los criminales planes de la extrema derecha fascista contra Cuba, tomamos medidas drásticas para impedirlo. Filtrado por ellos ese contacto del día 25, ha creado gran alboroto en la mafia terrorista de Miami. Todavía no comprenden que sus amenazas directas o indirectas contra Cuba no le quitan el sueño a nadie en nuestro país.

Quienquiera que conozca la historia de los episodios migratorios de Camarioca, Mariel y el ‘balserazo’ de 1995 sabe que tradicionalmente Castro ha buscado el alivio coyuntural de sus problemas domésticos lanzando una oleada de refugiados sobre las costas norteamericanas. De donde se deduce que es Castro, con esa irresponsable y conflictiva manera de actuar, quien crea problemas a sus vecinos.

La hipocresía de la política occidental y de un numeroso grupo de líderes mediocres es tan grande, que no cabría en el lecho del Océano Atlántico. Cualquier medida que Cuba adopte en aras de su legítima defensa, es publicada entre las primeras noticias de casi todos los medios de difusión masiva. Sin embargo, cuando denunciamos que bajo el mandato de un jefe de gobierno español decenas de etarras fueron ejecutados extrajudicialmente sin que nadie protestara ni lo denunciara ante la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, y otro jefe de gobierno, en un momento difícil de la guerra de Kosovo, aconsejó al Presidente de Estados Unidos arreciar la guerra, multiplicar los bombardeos y atacar los objetivos civiles, que causarían la muerte de centenares de inocentes e inmenso sacrificio a millones de personas, la prensa sólo dice: «Castro arremetió contra Felipe y Aznar». Del contenido real, ni una palabra.

Es por lo menos curiosísimo que el editor de Granma y dueño de Prensa Latina se queje de la falta de objetividad de los medios de comunicación occidentales o de la manipulación de la información.

En Miami y en Washington se discute hoy dónde, cómo y cuándo se atacará a Cuba o se resolverá el problema de la Revolución.
En lo inmediato se habla de medidas económicas que endurezcan el brutal bloqueo, pero no saben todavía cuál escoger, con quiénes se resignan a pelearse y qué efectividad puedan tener. Les quedan muy pocas. Las han gastado casi todas.
Un cínico rufián mal llamado Lincoln, y Díaz-Balart como apellido, íntimo amigo y consejero del presidente Bush, declaró a una cadena televisiva de Miami las enigmáticas palabras siguientes: "No puedo entrar en detalles, pero estamos tratando de romper este círculo vicioso."
¿A cuál de los métodos para manejar el círculo vicioso se refiere? ¿Eliminarme físicamente a partir de los sofisticados medios modernos que han desarrollado, tal como el señor Bush les prometió en Texas antes de las elecciones? ¿O atacar a Cuba al estilo de Iraq?
Si fuese el primero, no me preocupa en absoluto. Las ideas por las cuales he luchado toda la vida no podrán morir y vivirán durante mucho tiempo.
Si la fórmula fuese atacar a Cuba como a Iraq, me dolería mucho por el costo en vidas y la enorme destrucción que para Cuba significaría. Pero tal vez sea ese el último de los ataques fascistas de esta administración, porque la lucha duraría mucho tiempo, enfrentándose los agresores no sólo a un ejército sino a miles de ejércitos que constantemente se reproducirían y harían pagar al adversario un costo en bajas tan alto, que estaría muy por encima del presupuesto de vidas de sus hijos que el pueblo norteamericano estaría dispuesto a pagar por las aventuras y las ideas del presidente Bush, hoy con apoyo mayoritario pero decreciente, mañana reducido a cero.
El propio pueblo norteamericano, los millones de personas con elevada cultura que allí razonan y piensan, sus principios éticos básicos, decenas de millones de computadoras para comunicarse, cientos de veces más que al final de la guerra de Viet Nam, demostrarán que no se puede engañar a todo el pueblo, y quizás ni siquiera a una parte del pueblo, todo el tiempo. Un día pondrá camisa de fuerza a quienes sea necesario antes de que puedan poner fin a la vida en el planeta.
En nombre del millón de personas aquí reunidas este Primero de Mayo, deseo enviar un mensaje al mundo y al pueblo norteamericano:
No deseamos que la sangre de cubanos y norteamericanos sea derramada en una guerra; no deseamos que un incalculable número de vidas de personas que pueden ser amistosas se pierdan en una contienda. Pero jamás un pueblo tuvo cosas tan sagradas que defender, ni convicciones tan profundas por las cuales luchar, de tal modo que prefiere desaparecer de la faz de la Tierra antes que renunciar a la obra noble y generosa por la cual muchas generaciones de cubanos han pagado el elevado costo de muchas vidas de sus mejores hijos.

En realidad, Castro no debe temer una invasión norteamericana -como aclaró el secretario de Defensa Rumsfeld- si no alberga terroristas que pongan en peligro la seguridad de Estados Unidos, no amenaza a sus vecinos y no produce o adquiere armas de destrucción masiva. Las satrapías domésticas no están en la mirilla del Pentágono. Es decir, Castro debe renunciar para siempre a comportamientos que tuvo en el pasado, amparado por la URSS y en la atmósfera enrarecida de la Guerra Fría, y entonces nada tiene que temer.

Nos acompaña la convicción más profunda de que las ideas pueden más que las armas por sofisticadas y poderosas que estas sean.
Digamos como el Che cuando se despidió de nosotros:
¡Hasta la victoria siempre!

Hay que pensar en derrota más que en victoria. Se puede asegurar que este episodio -los últimos fusilamientos y el encarcelamiento de los demócratas de la oposición- lo que garantiza es el fin acelerado del castrismo, probablemente tras la desaparición física del Comandante.

Es prácticamente imposible que Raúl Castro pueda administrar el país dentro del modelo de dictadura comunista organizada verticalmente, con un caudillo omnipotente a la cabeza.

Lo que vamos a contemplar, de ahora en adelante, es el agravamiento constante de la crisis económica, una disminución sustancial de las inversiones extranjeras (ya muy escasas, por cierto), el rechazo político generalizado en los circuitos internacionales, y una absoluta deslegitimación interna y externa del gobierno cubano.

La consecuencia de este estado de cosas es previsible: la dictadura, tras la muerte de Castro, se verá precipitada a abrir los cauces políticos y a propiciar una evolución hacia otro tipo diferente de sistema, o tendrá que colocarse en un bunker como el de Corea del Norte, elección que acabaría conduciendo al país hacia un baño de sangre.

(OVACIÓN).

Número 16

Homenaje a Marjorie Grice-Hutchinson

En el centenario de George Orwell

Retrato

Ideas en Libertad Digital

Reseñas

El rincón de los serviles

0
comentarios