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La Ilustración Liberal

Cuatro días de marzo que conmovieron España

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Desde el fatídico 11 de marzo hasta el cierre de esta edición, se han ido produciendo revelaciones y testimonios de individuos directamente implicados en la organización de los atentados que empiezan a apuntar claramente hacia dos hipótesis no excluyentes entre sí. La primera, que el 11-M fue, sobre todo y en el mejor de los casos, consecuencia de una inaudita e imperdonable negligencia por parte de algunos miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, habida cuenta de que los encargados de la logística del atentado eran, en su mayoría, confidentes policiales. Y la segunda, que los atentados del 11-M fueron planeados, tal y como se desprende de las conversaciones interceptadas a «El Egipcio» por la policía italiana, poco después del 11-S. Es decir, fueron planeados mucho antes de que comenzara la guerra de Irak o la de Afganistán, y la fecha de su ejecución fue cuidadosamente elegida para provocar el máximo impacto político y propagandístico.

Indudablemente, los terroristas consiguieron sus objetivos: el primero, debilitar a la Coalición internacional que ha declarado la guerra al terrorismo; y el segundo, demostrar que el terror puede alterar decisivamente, y a favor de sus intereses, los resultados de unas elecciones democráticas. Esto, con ser evidente, requiere, sin embargo de una explicación. Sobre todo en el caso de España, el país que, junto con Israel y el Reino Unido, más experiencia y preparación psicológica tenía en principio para luchar contra el terrorismo y sus consecuencias. Es preciso explicar cómo es posible que una sociedad habituada a convivir con la amenaza terrorista, una sociedad que ha aprendido que la única forma de acabar con el terrorismo es apoyar sin fisuras al Gobierno, sea cual sea, para que lo combata sin descanso, pudiera reaccionar como lo hizo tres días después: con una mezcla de pánico y de ira contra el mejor Gobierno que ha tenido España en los últimos 25 años. Contra el mismo Gobierno que puso a la ETA contra las cuerdas.

No es necesario relatar los hechos, por todos conocidos, que acontecieron durante el jueves, el viernes y el sábado de la semana de las elecciones del 14 de junio. Hoy ya existen pocas dudas de que la Cadena Ser y Alfredo P. Rubalcaba manipularon descaradamente a la opinión pública, tanto con la información que probablemente obtuvieron, horas antes que el Gobierno, de las investigaciones policiales sobre los atentados como con burdas intoxicaciones como la del cadáver del supuesto terrorista suicida. Y tampoco hay demasiadas dudas de que el PSOE y la Cadena Ser alentaran, siquiera pasivamente, las concentraciones ilegales frente a las sedes del PP en la jornada de reflexión y difundieran la especie de que el Gobierno mintió y ocultó información. Se trata, en cualquier caso, de hipótesis muy verosímiles. De hechos gravísimos que, de llegar a confirmarse en la Comisión de Investigación del 11-M, dañarían irreparablemente la credibilidad del PSOE como partido democrático y anularían gran parte de la legitimidad del actual Gobierno socialista.

Con todo, la explicación última de lo sucedido el 14 de marzo no se encuentra en la actuación del PSOE y de la Cadena Ser durante los días 12 y 13 de marzo. Y la prueba es que la autoría del atentado no era, ni mucho menos, indiferente. Porque si los atentados hubieran sido perpetrados por la ETA, los mensajes de la Cadena Ser y de Rubalcaba la víspera de las elecciones habrían sido muy distintos –como, de hecho, lo fueron durante todo el día 11 y parte del 12–, y la situación política sería hoy muy diferente. La explicación hay que buscarla, más bien, en los factores que han influido en la opinión pública española para distinguir entre terrorismo «doméstico» y terrorismo «internacional». En los factores que han hecho creer a los españoles en la incoherencia de que las mismas reglas de firmeza que valen contra el terrorismo etarra no son aplicables a los terroristas islámicos.

Ronald Reagan, fallecido hace pocas semanas, ha pasado a la Historia como uno de los grandes presidentes de los EEUU. Y para muchos, especialmente para los amantes de la libertad, el vencedor de la guerra fría será recordado como uno de los grandes benefactores de la Humanidad. Sin embargo, la victoria del mundo libre contra el «Imperio del Mal» –como bautizó Reagan al Imperio Soviético–, aun abrumadora, no fue del todo completa. Es verdad que los ejércitos y los misiles soviéticos dejaron de ser una amenaza para Occidente. Y es verdad que la mayoría de los países del antiguo Telón de Acero se sacudieron la tiranía, y hoy algunos de ellos ya son miembros de la Unión Europea. Pero la quinta columna que los soviéticos financiaron y entrenaron en las principales democracias occidentales, especialmente en Europa, ha logrado sobrevivir al hundimiento del socialismo real. Tras unos años de confusión y desmoralización por el, para muchos, inesperado e inexplicable derrumbe del comunismo, la extrema izquierda ha logrado reorganizarse para continuar la guerra que, contra el mundo libre, comenzó hace ya más de 100 años.

La extrema izquierda ha emprendido una especie de «guerra de guerrillas» desde sus bastiones tradicionales (los medios de comunicación, el mundo de la cultura, la Universidad y los centros educativos) contra sus enemigos de siempre. Contra los EEUU, sus aliados y todo lo que éstos representan: la libertad, la democracia y, sobre todo, la economía de mercado. Y los objetivos son también los de siempre: dividir a las democracias occidentales, destruir o, al menos, debilitar los vínculos entre Europa y EEUU y, en última instancia, convertir a la ONU en un embrión de gobierno mundial al servicio de sus intereses. Son, en definitiva, los mismos intereses que persiguen los terroristas islámicos. Y por eso, las escasas condenas al terrorismo por parte de la extrema izquierda, cuando tienen lugar, están siempre llenas de matices y de justificaciones favorabales a los terroristas.

No es este el lugar, por razones de espacio, para refutar todos los sofismas, las falacias y las intoxicaciones que la izquierda y sus medios de comunicación afines –la inmensa mayoría– han ido propalando acerca de la guerra de Irak y de las tareas de pacificación y reconstrucción que llevan a cabo las fuerzas de la Coalición. Bastará con remitir al lector al último informe de Oxford Research International sobre la situación en Irak, publicado en junio, para darse cuenta de que la gran mayoría de los iraquíes considera que su situación personal y la del país han mejorado bastante desde la caída de Sadam, y que esperan aún más mejoras en el futuro próximo. Sin embargo, es preciso admitir que la mayoría de esas falacias e intoxicaciones han calado hondo en la opinión pública. Es preciso reconocer que la desinformación o, peor aún, la información parcial e incompleta, han representado un papel fundamental en la formacion de la opinión pública acerca del papel de las fuerzas de la Coalición en Irak. Especialmente en la opinión pública española y, más concretamente, en los españoles más jóvenes, quienes desconocen en su inmensa mayoría el sentido y la justificación de la participación de España en el esfuerzo por pacificar, reconstruir y democratizar Irak.

Desde estas páginas, y desde las páginas de Libertad Digital, hemos defendido y seguimos defendiendo la intervención de las fuerzas de la Coalición en Irak y la alianza con EEUU. Cuando José María Aznar dio un paso al frente en representación de España para ayudar a nuestros aliados –y para ayudarnos a nosotros mismos- a combatir el terrorismo, la lacra del siglo XXI, tomó la decisión correcta. Nuestro puesto está al lado de los países que más han contribuido a la defensa de la libertad, la paz y la seguridad en el mundo durante el siglo XX: EEUU y Gran Bretaña. Y nuestra situación geoestratégica, entre Francia y Marruecos, dos vecinos que siempre nos han causado quebraderos de cabeza, aconsejaba estrechar la alianza con la única potencia que estaría dispuesta a ayudarnos en caso de un conflicto con nuestro inestable y agresivo vecino del sur, cuya apetencia por Ceuta, Melilla y las Canarias jamás ha disimulado, tal y como quedó de manifiesto en la crisis de Perejil.

Sin embargo, aun a pesar de que fue la decisión correcta y de que había que tomarla con rapidez y sobre la marcha, el gobierno de José María Aznar no supo defenderla ni explicarla con claridad a los españoles. La comunicación siempre fue el talón de Aquiles del gobierno del PP. Y la prueba está en que si las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2003 no fueron una debacle para el PP ello se debió, en primer lugar, a la brevedad y limpieza de la guerra, en segundo lugar, a los excesos de la extrema izquierda en su campaña de algaradas, ataques y agresiones a los cargos y candidatos del PP y en tercer lugar, al efecto balsámico de la visita del Papa a España. Pero, sobre todo, se debió a que Aznar recorrió España entera en la campaña de mayo de 2003 para explicarles a los ciudadanos los logros del PP en el Gobierno –en contraste con el inexistente programa de gobierno del PSOE y sus hipotecas con los nacionalistas- y nuestro papel en Irak, a la cabeza de las decenas de naciones, especialmente las de la nueva Europa, aliadas de EEUU y comprometidas en la lucha contra el terrorismo.

Pero ese esfuerzo de comunicación puntual no tuvo continuidad, cuando era más necesaria una intensa pedagogía, como la que hizo Tony Blair en el Reino Unido. El Gobierno del PP volvió a ceder, pasivamente, la iniciativa a sus adversarios y sus enemigos, sin recordar la advertencia de J. F. Revel de que la mentira es la principal fuerza de las que mueven el mundo. Y las grandes mentiras que la izquierda, a través de los medios de comunicación, había urdido sobre el 11-S, sobre Irak, sobre la situación de los iraquíes, sobre los motivos que respaldaban la intervención militar y la liquidación del régimen de Sadam y sobre las consecuencias que podría acarrearnos, en forma de ataques terroristas, nuestra participación en la pacificación y reconstrucción de Irak, se fueron convirtiendo en la verdad oficial. Una «verdad» que ha calado profundamente y que hoy es compartida por la mayoría de los españoles.

No obstante, también hay que señalar, y esto es quizá lo más importante, que la extrema izquierda española habría podido muy poco sin el concurso del PSOE y de su maquinaria mediática. La prueba más fehaciente es que en 1991, en la primera parte de la guerra, la extrema izquierda –y también el sindicato de la cultura antiamericana y tardoestalinista– ya manejaba los mismos sofismas e intoxicaciones que se han oído y se oyen hoy. Las diferencias eran que el PSOE no necesitaba del agip prop de la extrema izquierda para llegar al poder -pues ya estaba en él con pretensión de usufructuarlo ad eternum-, que a la maquinaria mediática a su servicio –o viceversa- le vino como anillo al dedo la Guerra del Golfo para desviar la atención de los problemas económicos, de los escándalos de corrupción y de los crímenes de Estado –caso Juan Guerra y caso Lasa y Zabala–, y que la oposición de la derecha, liderada ya por José María Aznar, se comportó como debe comportarse en estos casos cualquier fuerza política que tenga un mínimo de sentido de Estado, esto es, apoyando al Gobierno. Además, armas de destrucción masiva aparte, se trataba también de liberar al pueblo iraquí de una dictadura genocida. Exactamente lo mismo que hizo Javier Solana, a la sazón Secretario General de la OTAN, con Milosevic en la antigua Yugoslavia, de espaldas a la ONU –Rusia se opuso– y después de que la Unión Europea demostrara su inoperancia y su nulidad en política exterior. Aunque, eso sí, el derrocamiento de Milosevic tuvo un coste en vidas inocentes y en destrucción del país infinitamente superior al de la segunda parte de la guerra de Irak.

En definitiva, apenas había motivos razonables, desde el punto de vista de la izquierda socialdemócrata, para oponerse a la intervención en Irak. Y, en todo caso, había muchos menos motivos para oponerse a la segunda parte de la guerra de Irak de los que podía haber en la primera parte. Esto, naturalmente, si se toma en serio a la izquierda socialdemócrata cuando dice defender, siempre y por principio, la democracia, la libertad y la paz. No siempre lo ha hecho, y cuando lo ha hecho ha sido casi siempre obligada por las circunstancias, cuando su supervivencia dependía de ello. En cambio, la extrema izquierda jamás las ha defendido, aunque nunca ha cesado de invocarlas falsamente cuando conviene a sus propósitos. Llevan más de 100 años jugando a ese juego mendaz, y a estas alturas sólo los poco informados pueden engañarse acerca de sus verdaderos objetivos: suprimir la libertad y la democracia una vez que se han servido de ellas. Aunque, en honor a la verdad, la extrema izquierda ha sido siempre coherente y sólo ha engañado a quienes, en el fondo, querían ser engañados: su antiamericanismo visceral –que es el síntoma más claro de su pasión liberticida y antidemocrática, como muy bien ha señalado Revel– sólo es comparable a su simpatía por los dictadores genocidas. Siempre defendieron a Sadam y a Milosevic, y a cualquier otro dictador, por execrable que fuera, que se declarara enemigo de EEUU. Y por eso mismo, también simpatiza con los terroristas islamistas.

En cambio, el PSOE abandonó oficialmente en Suresnes el marxismo-leninismo como estrategia y como método de análisis para seguir la vía de la socialdemocracia europea. Este es uno de los méritos que hay que reconocerle a González, quien dio el paso que hizo posible que el PSOE se convirtiera poco después en el gran partido de izquierda de la democracia española. Y parecía que, después de Suresnes, después de la transición y, sobre todo, después de los errores y de los desmanes del felipismo, el PSOE iba a completar por fin la senda de la renovación ideológica que culminó la derecha después de que Fraga se retirara del primer plano. Pero, por desgracia, y aun a pesar de que ya han pasado 30 años desde Suresnes, el socialismo español ha conservado una parte importante de su leninismo. Ha conservado buena parte de esa filosofía política que hace de la conquista del poder el fin supremo, el altar ante el que se sacrifican personas, programas, principios, pactos y reglas, escritas o no escritas.

A finales de 2002, el PSOE llevaba ya casi siete años en la oposición, sin apenas esperanzas de volver al Gobierno en marzo de 2004. La excelente gestión del PP en la mayoría de las áreas de gobierno (especialmente en las más sensibles, como la economía, la lucha antiterrorista y la honradez en la gestión pública), y la ausencia de un auténtico programa de gobierno alternativo, le cerraban a Zapatero el camino a La Moncloa, al menos a medio plazo. Además, Zapatero había visto cómo PRISA pedía y obtenía la cabeza de Redondo Terreros como muestra y aviso, al más puro estilo mafioso, de que la vieja guardia de PRISA-PSOE se negaba a ser renovada y de que los días de Zapatero al frente de la secretaría general del PSOE estaban contados si seguía por el camino del pacto y el entendimiento con el PP en las grandes cuestiones de Estado. El camino de la madurez y de la cordura que deben seguir siempre los grandes partidos de una democracia consolidada, que saben que la disputa política debe detenerse siempre cuando se alcanzan los límites de los intereses de España y de las reglas del juego democrático.

Por desgracia, Zapatero no presentó batalla. No quiso correr la misma suerte que PRISA le reservó a Redondo Terreros, y se alió con las fuerzas antisistema (comunistas y nacionalistas separatistas) que habían declarado una guerra sin cuartel contra el PP y contra todo lo que éste representa: una España fuerte y próspera, con presencia y voz en el grupo de cabeza de las naciones del mundo. Algo que no conviene, precisamente, a las aspiraciones de los nacionalistas separatistas, que ven en el fortalecimiento de España el peor obstáculo a sus proyectos. Y que tampoco convenía a la extrema izquierda, en guerra permanente contra EEUU y sus aliados. Había, pues, una comunidad de intereses entre nacionalistas y comunistas: derribar al Gobierno y desacreditar al partido que defiende una España sólida, unida, y firme aliada de los EEUU. Una comunidad a la que se unió irresponsablemente Zapatero, urgido por la imperiosa necesidad de consolidar su liderazgo al frente del PSOE, y de la que asumió la práctica totalidad de su propaganda y de sus exigencias: la labor del PP, y la figura de Aznar, debían ser destruidas y desacreditadas para siempre a ojos de los españoles. Y el pretexto de la guerra Irak era el único que tenían a mano.

Con todo, el prestigio de Aznar, su retirada voluntaria del poder y la hoja de servicios del PP durante ocho años de gobierno pesaban tanto en la balanza, cinco días antes de las elecciones, que todavía contrarrestaban ampliamente lo que, a los ojos de la mayoría de los españoles, ya era el «grave error» de Irak. El PP había superado todas las zancadillas que le había puesto el bloque de la oposición, y había ganado todas las batallas. Todas menos una fundamental: la de la propaganda. Ninguna victoria es completa y definitiva si no se gana la batalla ideológica. Y en la guerra contra el terrorismo, la batalla decisiva, la que hace posible la victoria final, es la ideológica. El ejemplo más claro es la lucha contra la ETA. Los etarras y los nacionalistas vascos radicales perdieron la batalla ideológica con el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Y la prueba es que la ETA legal, la que se sentaba en el Congreso de los Diputados y en el Parlamento Vasco, ha dejado de existir gracias al consenso de las principales fuerzas políticas. Hoy la ETA está contra las cuerdas y ha perdido.

Con el terrorismo islámico ocurre lo mismo: la principal arma para combatirlo es el rearme ideológico y moral. Es llegar a la convicción de que el objetivo de los terroristas islámicos no es llegar a una negociación, sino aniquilar un modo de vida que, a sus ojos, es una blasfemia viviente, el principio y origen todos los males del mundo. Los terroristas islámicos no odian a Occidente por el conflicto árabe-israelí o por el hecho de que en el mundo árabe los niveles de desarrollo económico sean muy inferiores a los de Occidente. No odian a Occidente porque lo que hace, sino por lo que es y por lo que significa. Porque representa la libertad, la sociedad abierta y el progreso. Pero, sobre todo, porque representa la crítica, la negación de todo dogmatismo, la libertad de pensamiento y la libertad de creer o de descreer, frente a la plúmbea pesadilla neototalitaria que quieren imponer los terroristas islámicos, donde cada aspecto y cada minucia de la vida diaria están regulados milimétricamente. Y uno de sus objetivos principales –confesado por el propio Ben Laden– es que España, el único país del mundo que retornó al cristianismo después de ser islamizado, vuelva al Islam.

La extrema izquierda ha visto que el potencial destructivo y disolvente del terrorismo islámico ejerce una función muy parecida a la de los misiles y las divisiones soviéticas. Por tanto, fiel al principio de que el fin justifica los medios, se ha aliado en la sombra con los terroristas. Es lo que cabía esperar de otros fundamentalistas que, en el pasado, tampoco dudaron en recurrir al terror y al asesinato para imponer sus doctrinas. Pero Zapatero, líder de uno de los dos grandes partidos que sustentan la democracia española y que representan a una de las naciones más antiguas e importantes de Occidente, ha traicionado la responsabilidad que le corresponde como líder y representante de más del 40% de los españoles. La política no es una carrera contra reloj y a cualquier precio hacia el poder. Es la conciencia de que el poder ha de emplearse en servicio de los ciudadanos. Y la conviccion de que, para obtenerlo, no todas las armas son lícitas o legítimas. El recurso a la manipulación y a la mentira es propio de políticos sin recursos y sin programas, que nada tienen que ofrecer a los ciudadanos salvo una desaforada ambición de poder y una total carencia de escrúpulos, que quedó de manifiesto en la jornada de reflexión del pasado 13 de marzo. Pero, aun desde el punto de vista del cinismo político más maquiavélico, cuando la mentira y la manipulación dejan de afectar exclusivamente al adversario para tocar directamente a la seguridad y a los intereses nacionales, son peor que un crimen. Son, como diría Tayllerand, un gravísimo error, pues el poder personal se compra al precio de debilitar la base misma de donde emana ese poder.

Un precio que Zapatero ya ha empezado a pagar y que acabaremos pagando, tarde o temprano todos los españoles: la pérdida de nuestros mejores aliados y de nuesto prestigio y credibilidad en el exterior, la sumisión a los caprichos de la minoría nacionalista-separatista –no hay mayor perversión del principio democrático– y el abandono de la estabilidad política e institucional que ha hecho posible el espectacular progreso económico de los últimos ocho años. Zapatero y el PSOE han causado un grave perjuicio a los intereses de España y de los españoles por conseguir una magra cuota de poder fuertemente hipotecada a los nacionalismos y a la extrema izquierda. Ya ha recibido el primer aviso en las Elecciones Europeas del pasado 13 de junio, apenas tres meses después del 11-M, de que su crédito empieza a agotarse, de que la guerra de Irak ya pertenece al pasado y de que gobernar no es decir «sí» a todo el mundo con una sonrisa en la cara. Y a quienes primero tendrá que decirles «no», en interés de España y en interés del propio PSOE, es a sus propios socios de Gobierno: a los nacionalistas y, muy especialmente, a Maragall. Porque no es probable que los españoles se conformen con una sonrisa cuando Carod e Ibarretxe presenten la declaración de independencia de facto, cuando Marruecos aproveche para hacer de las suyas y cuando en Europa tengamos que depender de Francia y Alemania para defender nuestros intereses.

Número 19-20

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