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La Ilustración Liberal

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Días de infamia

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Enrique de Diego acaba de publicar en Libroslibres Días de infamia. Del 11-M al 14M, un brillante, valiente y necesario alegato contra la mayor masacre terrorista que se haya producido en nuestro país y contra la influencia determinante que ejerció para que el partido en el Gobierno perdiera contra todo pronostico las elecciones que se celebrarían tres días después.

«¿Quién ha ganado las elecciones?» Primera pregunta que hizo el terrorista Jamal Zougam el 18 de marzo, tras cinco días de incomunicación.

Que los terroristas quieran castigar una política y deseen cambiarla mediante el derramamiento de sangre es algo tan consustancial a las organizaciones terroristas, como a la democracia lo es que un partido pretenda ese relevo a través de una elección pacífica. Ahora bien, lo que no tenía precedente hasta el 11-M es que el principal partido de la oposición utilizara la violencia desatada por los terroristas como baza electoral contra su principal adversario político.

Se podrá alegar que el hecho de que los autores de la masacre fueran contrarios a la presencia de tropas españolas en Irak no invalida la legitimidad de que también lo fuera la mayoría de los españoles. Sin embargo, si hemos de dar validez argumental a los sondeos cuando nos informaban de ese rechazo ciudadano a la presencia de nuestras tropas, también habremos de dárselo cuando nos dicen que ese rechazo puntual contra la política del Gobierno del PP en Irak no era suficiente como para que los ciudadanos antes del 11-M le negaran la victoria electoral. Eso sólo lo buscaron y lo consiguieron los terroristas que llevaron a cabo la matanza tan solo tres días antes de las elecciones.

Si los autores de la matanza lograron que los ciudadanos variaran su jerarquía de valores, sus pros y sus contras a la hora de participar o no en las elecciones y a la hora de designar a sus representantes, ¿cómo no recordar con Enrique de Diego la célebre definición que Karl Popper daba de la democracia y que decía que era aquel «conjunto de instituciones políticas que hacen políticamente posible a sus ciudadanos llevar a cabo un cambio de gobierno sin derramamiento de sangre, en caso de que la mayoría desee semejante cambio de Gobierno»?

La cuestión es que la mayoría de los españoles sólo deseó cambiar al gobierno una vez que unos asesinos contrarios a la política de ese gobierno provocaran el mayor atentado terrorista de nuestra Historia. ¿Cómo no secundar entonces a De Diego cuando valientemente habla de una «quiebra en la legitimidad de origen» en el Gobierno de Zapatero?

Más aún cuando en ese vuelco se ha tomado parte activa como de forma tan infame hizo el PSOE y Prisa a raíz de los atentados. Nada más producirse estos, y cuando todos atribuían la autoría de la matanza a ETA, Rajoy dio por concluida la campaña electoral. Lo mismo hicieron el resto de los partidos políticos. Sin embargo una vez que se iba a abriendo la posibilidad de que fuera Al-Qaeda, y no ETA, la responsable de la matanza, Zapatero dejó de llamar a los ciudadanos a votar «como lo hubieran hecho sin que los atentados hubieran irrumpido en escena». El PSOE abandonó entonces la cacareada «unidad de los demócratas» y empezó a acusar al Gobierno de «mentir» por apuntar a ETA. De esa forma, los socialistas no sólo trataban de excitar la ira ciudadana contra el Gobierno legitimo por un falso bloqueo de la información respecto a la autoría de esa masacre, sino que también presentaban a esta, de forma implícita, como el resultado de la política de Aznar en Irak. Esto resultó tan infame como lo hubiera sido atribuir a la política de dispersión de presos el secuestro y posterior asesinato de Miguel Ángel Blanco. Pero eso es exactamente lo que hicieron.

Jamás en la historia de nuestro país, la lógica ira ciudadana provocada por un atentado terrorista había sido desviada por parte de un partido político y sus medios de comunicación contra el partido que en ese momento ostentaba el Gobierno. Ese fue siempre el sueño jamás logrado de ETA, como lo hubiera sido de cualquier otra organización terrorista. Pero de hacerlo realidad se ocuparon de forma machacona y sistemática Prisa y los partidos de izquierda, aunque eso supusiera hacer el juego al objetivo político por el que los terroristas islámicos habían llevado a cabo la matanza.

Fruto de esa infame y manipuladora campaña mediática se llegó a acosar hasta las sedes del PP y hasta los representantes de Batasuna participaron activamente en las manifestaciones. Los representantes de ETA hicieron exactamente lo mismo que se hizo desde el PSOE y sus medios de comunicación: Decir que el Gobierno acusaba a ETA sólo para ganar las elecciones y que, sólo una vez obtenida la victoria electoral, dirían la «verdad» de la autoría islamista.

Nos sabemos aún cuánto nos queda por saber del once de marzo. Pero para ello hay que empezar por reconocer y meditar sobre lo que ya conocemos. Una obra pionera como la de Enrique De Diego no es –ni pretende ser– una obra de investigación, sino de algo mucho más prioritario: la reflexión y la denuncia.

Enrique de Diego, Días de infamia. Del 11-M al 14M. Libroslibres. Madrid. 2004. 161 páginas.

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