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Frederic Bastiat, vida y obra de un economista

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Estudio preliminar a las Obras escogidas de Frederic Bastiat editadas por Unión Editorial en su colección Laissez faire!

El papel desempeñado por Frédéric Bastiat en la historia de las doctrinas económicas presenta muchas peculiaridades interesantes. Bastiat no fue nunca un profesor universitario; pero tampoco fue un empresario o comerciante relevante, el otro grupo importante del que solían formar parte quienes se ocupaban de los problemas económicos en el siglo XIX. No tuvo responsabilidades de gobierno y su papel en la vida parlamentaria fue limitado. Fue, eso sí, un escritor de prestigio y un periodista muy conocido; pero sólo durante algunos años. Si pensamos que su primer artículo en el Journal des Economistes se publicó el año 1844 y que Bastiat murió el año 1850, a edad bastante temprana, nos encontramos con el hecho de que su vida pública duró apenas seis años. Sin embargo, su influencia en la política económica de Francia, y en la de otros países, como España, fue grande. El debate más importante sobre política económica que tuvo lugar en el siglo XIX se centró en la cuestión del libre comercio internacional y el proteccionismo; y no cabe duda de que es difícil entender las amplias discusiones que tuvieron lugar en casi todo el continente europeo sin conocer la obra de Bastiat y su influencia en innumerables políticos que adoptaron decisiones importantes, y a menudo muy polémicas, en temas de política aduanera.

Este es el Bastiat más conocido. Es ese gran periodista económico del que hablaba Schumpeter en su Historia del análisis económico[1], el hombre que, sin hacer grandes aportaciones al campo de la teoría, habría sido capaz de lanzar un movimiento a favor de una política económica concreta. Pero, si leemos su obra a la luz de la economía actual, encontraremos que en los escritos de Bastiat hay mucho más que la defensa del librecambio. Sus libros y artículos reflejan también una visión sorprendentemente moderna del papel que la ley y el Estado desempeñan en la vida económica. En otras palabras, hay en la obra de Bastiat un análisis institucional de la economía que, tras haber sido olvidado durante largo tiempo, vuelve a salir a la luz en momentos como los actuales, en los que la economía ha convertido de nuevo al Estado, al derecho y a las instituciones en temas relevantes de investigación.

Nació Bastiat el año 1801 en la Bayona francesa[2], muy cerca, por tanto, de la frontera de España y del Bidasoa, que a menudo citaba como ejemplo de un río que, en vez de promover el comercio, lo destruía, por el simple hecho de ser frontera entre dos naciones. Su padre era un comerciante acomodado en Bayona, ciudad en la que se había establecido en 1780. La familia Bastiat provenía de la región de las Landas, donde habían sido pequeños propietarios. Pero venían dedicándose desde hacía algún tiempo al comercio. La Revolución les permitiría dar un paso importante en su ascenso social, ya que compraron al Estado tierras expropiadas a exiliados. Tanto el padre como la madre murieron muy jóvenes, dejando a Frédéric huérfano con sólo nueve años de edad. Se trasladó éste entonces a Mugron a vivir con su abuelo paterno y pronto empezó también a experimentar los problemas de salud que lo acompañarían a lo largo de toda su vida. En 1814 ingresó en la escuela de Sorèze, una de las más prestigiosas de la Francia de la época, donde parece que recibió una excelente formación tanto en ciencias como en humanidades. Permaneció allí hasta 1818, año en el que, sin haber terminado sus estudios de bachillerato, regresó a Bayona para trabajar en la empresa comercial que allí tenía uno de sus tíos. Su actividad comercial le permitía, sin embargo, dedicar bastante tiempo a la lectura; y fue en la primera mitad de la década de 1820 cuando estudió las obras de Adam Smith, J.B. Say y Destutt de Tracy, que le harían más tarde abandonar el mundo de los negocios para entrar en la vida periodística y política. Tras el fallecimiento de su abuelo, volvió a Mugron, como heredero de las tierras de Sengrisse, donde establecería su residencia principal hasta el final de sus días. Allí llevó una vida tranquila, durante bastantes años, que incluyó el desempeño de algunos cargos menores, como el de juez de paz y miembro del Consejo General del Departamento, así como un frustrado intento de explotar él mismo sus tierras. Con tiempo suficiente para continuar sus estudios, sabemos que la lectura que más le influyó en aquellos años fue el Tratado de legislación de Charles Comte, obra que inspiraría muchas de sus propias ideas. Tanto el autor como los cuatro volúmenes que forman el libro están hoy muy olvidados. Pero en su día Charles Comte fue una figura importante en el mundo de la cultura y el pensamiento económico francés. De la importancia que a mediados del siglo XIX se le atribuía es indicativo, por ejemplo, el largo artículo que le dedicó el Dictionnaire de L’Economie Politique de Coquelin y Guillaumin. Comprometido siempre con las ideas liberales, Comte tuvo no pocos problemas políticos, que llegaron a obligarle a pasar periodos de exilio en Suiza y Francia. Su Tratado de legislación tenía como objetivo el estudio de las leyes que rigen el desarrollo de las sociedades, aplicando a las ciencias sociales la misma metodología empírica utilizada por las ciencias de la naturaleza. Crítico de cualquier idea o hipótesis preconcebida, pensaba que sólo una observación detenida del hombre y la sociedad nos permitiría comprender el comportamiento humano y los sistemas sociales. En un artículo publicado el año 1847 en Le Libre-Echange Bastiat afirmaba en relación con la obra de Comte: «No conozco ningún libro que incite más al pensamiento, que proyecte sobre el hombre y la sociedad puntos de vista más novedosos y fecundos, que produzca, en un grado similar, la sensación de encontrarnos ante algo evidente.»[3]

Un cambio fundamental tuvo lugar en la vida de Bastiat el año 1844, cuando escribió su primer artículo en el Journal des Economistes, con el expresivo título «La influencia de los aranceles franceses e ingleses en el porvenir de ambos pueblos». El Journal des Economistes, fundado por Guillaumin, publicó su primer número el día 15 de diciembre de 1841. El Journal era una revista de economía, que aparecía, al principio, con una periodicidad mensual y que tenía un contenido muy amplio, que iba desde la publicación de artículos doctrinales a la de todo tipo de documentos estadísticos o legales con relevancia económica, sin olvidar la inclusión de cartas, reseñas bibliográficas, etc. Su orientación era claramente « economista» en el sentido en que en aquella época se daba a este término, es decir, defensora de la libertad económica y el comercio internacional libre. En los años en los que Bastiat colaboró en esta revista, desde 1844 hasta su fallecimiento, los redactores jefe fueron, primero H. Dussard y, desde 1845, Joseph Garnier. Fue este último quien tuvo que resolver los problemas que a la orientación del periódico planteó el cambio de régimen, tras la revolución de 1848. Y lo hizo afirmando la continuidad de su línea doctrinal y de los principios económicos, en general, cualquiera que fuera el sistema político: «La proclamación de la República en nada ha cambiado las convicciones económicas de nuestros colaboradores: desde antes habíamos declarado la guerra a la ignorancia, a los monopolios, a la reglamentación, a la protección aduanera, a la centralización exagerada, a la burocracia... En la república como en la monarquía... producir y consumir son, como decía Quesnay, el gran asunto que a todos nos afecta.»[4]

Este artículo de 1844 fue el primero de una larga serie de trabajos que convertirían a Bastiat no sólo en un escritor conocido, sino también en una referencia obligada en el debate sobre el librecambio. Con un buen dominio de los recursos de la lengua y una gran facilidad para explicar de forma sencilla los principios básicos de la economía, supo crear un tipo de artículo breve que se hizo pronto muy popular en Francia. Bajo el título de Sofismas económicos editó dos largas series de estos artículos en libros que pronto fueron traducidos al inglés, español, italiano y alemán.

El año 1846 dio Bastiat un paso más en su lucha por el comercio libre, al intervenir directamente en la fundación de las sociedades librecambistas de Burdeos y París. En realidad, no era su primer intento en la creación de una organización que agrupara a comerciantes y empresarios que se consideraban perjudicados por la política estatal. Unos años antes, en 1840, ya había intentado fundar una asociación vinícola nacional, cuyo objetivo era luchar contra la elevada fiscalidad que soportaba el vino en aquellos años. Pero sería en las asociaciones librecambistas en las que encontraría el ambiente adecuado para llevar a cabo su lucha contra el proteccionismo.

Dos años más tarde intervino activamente también en el gran cambio político que experimentó el país como consecuencia del proceso revolucionario que derrocó la monarquía de Luis Felipe. Miembro, primero, de la Asamblea Constituyente, y después de la Asamblea Legislativa, desempeñó un papel intenso, aunque breve, en las numerosas discusiones parlamentarias que tuvieron lugar en torno al papel del Estado en la economía y al debate sobre ese conjunto de ideas vagamente definido que empezaba entonces a denominarse socialismo. En septiembre de 1850, siguiendo el consejo de los médicos, viajó a Italia para intentar mejorar su salud en un clima más benigno. Pero no consiguió la esperada recuperación y falleció de tuberculosis en Roma, ciudad en la que está en-terrado, ese mismo año.

I. La Francia de Bastiat

Para analizar la obra escrita y la actividad política de Bastiat resulta imprescindible situarlas en el marco de la economía francesa de su época. Bastiat vivió, sin duda, uno de los periodos más convulsos de la historia de Francia, en el que la República nacida de la Revolución fue sustituida por el Imperio napoleónico, que dio paso a una nueva monarquía absoluta, sustituida, a su vez, por una monarquía burguesa, que caería para dar paso a una nueva república, que no sería, en realidad, sino el prólogo del Segundo Imperio. Pero nos engañaríamos si pensáramos que estos cambios políticos provocaron grandes perturbaciones en el mundo de la economía. Por el contrario, la economía francesa mostró una gran estabilidad a lo largo de la época; y las modificaciones que experimentó fueron mucho menos dramáticas que las que tuvieron lugar en un país como Gran Bretaña, mucho más estable desde el punto de vista político, pero inmerso en un proceso de desarrollo industrial muy superior al francés.

La mayor parte de los historiadores de la economía[5] se resisten hoy a aplicar a Francia el término revolución industrial. No se trata sólo de que en este periodo el sector industrial francés se rezagara sustancialmente con respecto al británico. Parece, además, que Francia mantuvo un desarrollo económico regular a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, que afectó tanto a la industria como a la agricultura; y que si hubo un periodo de industrialización más intenso, fue el que tuvo lugar a partir de 1850, es decir, en el periodo inmediatamente posterior a la época que aquí nos interesa más directamente.

Si queremos entender cómo era la vida económica de Francia en época de Bastiat no deberíamos olvidar que el economista fue coetáneo de Honoré de Balzac. El gran novelista nació en 1799 y murió el año 1850, por lo que su vida no sólo transcurrió casi exactamente en los mismos años que la de Bastiat, sino que, además, tuvo aproximadamente la misma duración, cuarenta y nueve años la del economista, y cincuenta y uno la del novelista. Es cierto que la inmensa obra de Balzac sitúa a sus numerosos personajes en un periodo muy extenso que –con algunas excepciones poco relevantes– comprende desde los años de la Revolución hasta la segunda mitad de la década de 1840. Pero, si aceptamos la hipótesis del desarrollo gradual de la economía francesa, es razonable pensar que el mundo económico en el que se desenvolvió Bastiat no debió ser muy diferente del que describen tantas páginas de la Comedia Humana dedicadas a las actividades de comerciantes, financieros y funcionarios públicos.

Se trataba de una economía en la que las empresas industriales eran, en la gran mayoría de los casos, empresas familiares, que rara vez acudían al mercado de capitales para su financiación. El sector financiero, por su parte, tenía un bajo nivel de desarrollo y los instrumentos que se utilizaban en las operaciones mercantiles eran muy limitados, siendo el descuento de papel comercial la fórmula más habitual. La agricultura, en cambio, había alcanzado un grado de prosperidad bastante elevado para los niveles de la época; y la influencia de sus grupos de interés había conseguido un nivel de protección elevado por parte del Estado.

Sería una simplificación, por tanto, explicar el debate sobre el librecambio en Francia en términos de una lucha de intereses entre un sector industrial relativamente pequeño y atrasado que buscaba la protección y una agricultura abierta al exterior interesada en una apertura comercial. Por el contrario, aunque hubiera subsectores con una clara vocación exportadora, buena parte de la extensa población rural francesa vivía en un mundo estable y protegido. Tras las distorsiones sociales creadas por la Revolución, primero, y las guerras napoleónicas después, la Restauración buscó un desarrollo económico orientado hacia el, que duraría prácticamente hasta el Segundo Imperio, con los efectos habituales de falta de estímulos para los productores locales y, por tanto, tasas más bajas de crecimiento que las que se habrían alcanzado en una economía más abierta a la competencia exterior. Con este ambiente conservador chocarían necesariamente las ideas innovadoras y de apertura al exterior de la economía que defendía Bastiat.

II. La economía y las instituciones

¿Qué queda de la obra de Bastiat en los primeros años del siglo XXI, cuando ya han transcurrido más de ciento cincuenta años desde que fue publicada? Es frecuente entre los economistas, lo mismo que entre muchas otras personas que realizan actividades intelectuales, que los que ellos consideran sus trabajos más importantes pasen a ser tenidos, con el tiempo, por aportaciones poco relevantes, mientras son otros estudios los que garantizan la persistencia de su obra. También fue éste el caso de Bastiat. En sus últimos años nuestro autor realizó un esfuerzo intelectual importante para escribir lo que él consideraba que sería su obra maestra, Armonías económicas. Con este libro pretendía demostrar que todos los intereses legítimos son armónicos y que la solución del problema social no consiste en violentar dichos intereses, sino en dejarlos actuar en régimen de libertad. El libro, sin embargo, tiene poca originalidad y no ha soportado bien el paso del tiempo.

De Bastiat han quedado, sin duda, sus escritos sobre el librecambio, sobre los que reflexionaremos en la sección cuarta. Pero hoy resultan también interesantes otros aspectos de su obra que, durante mucho tiempo, estuvieron olvidados. Nuestro economista fue, por ejemplo, un antikeynesiano avant la lettre. La idea de que para una economía puede resultar positiva la realización de un gasto para incrementar la demanda, al margen de que tal gasto sea o no productivo, le pareció siempre un completo disparate y en sus artículos abundan las referencias a esta cuestión. Uno de los Sofismas que se recogen en estas Obras Escogidas, «Cuento chino», se basa precisamente en los supuestos efectos favorables a la economía nacional que podría tener cegar un canal ya en funcionamiento y construir en cambio una carretera. Esta idea, que entronca directamente con el debate sobre la ley de Say y la necesidad o no de incrementar el gasto para evitar excesos generalizados de oferta, la relacionó Bastiat siempre con el problema del arancel. De hecho, para él, uno de los problemas básicos del proteccionismo era precisamente que con esta política se intentaba hacer crecer la riqueza nacional mediante inversiones y actividades ineficientes.

Otro elemento interesante de su obra, desde el punto de vista de la historia de las doctrinas económicas, es su aceptación de una teoría subjetiva del valor y su idea de que lo fundamental en la vida económica es el intercambio de servicios. Para Bastiat no existe tal cosa como los servicios improductivos. Por el contrario, todo servicio demandado por el mercado es productivo, porque el objetivo de todo esfuerzo económico es el consumo, no la producción de bienes materiales. Aunque no desarrollara con mucha precisión estas ideas, no cabe duda de su interés, sobre todo porque se entienden mejor en nuestros días que algunos planteamientos de la escuela clásica inglesa, mejor formulados en su día desde el punto de vista del análisis económico, sin duda, pero que muestran un mundo que se aleja de la realidad mucho más que el de Bastiat.

Pero no cabe duda de que uno de los aspectos más atractivos de la obra de Bastiat para un lector del siglo XXI son sus anticipaciones de la moderna teoría de la elección pública y de los modelos de búsqueda de rentas mediante la creación de grupos de interés. La idea de que el Estado es esa gran ficción mediante la cual todos intentan vivir a costa de los demás muestra con mucha claridad su visión de la realidad social como una estructura en la que cada grupo intenta obtener subsidios netos pagados por los demás, que responde, en buena medida, a muchos modelos actuales que estudian el crecimiento del sector público y la redistribución de la renta en términos de colectivos interesados en hacer prevalecer sus intereses con la ayuda del poder público.

La ley, por su parte, estaba dejando de ser, en su opinión, ese concepto negativo que garantiza los derechos individuales para convertirse en un instrumento que permitía a los gobiernos desempeñar un papel cada vez más importante en la vida económica. Los derechos que las nuevas leyes estaban creando no eran ya los derechos naturales de cada persona, sino derechos que defendían intereses particulares de determinados grupos, que el Estado consideraba que era su obligación defender, aunque fuera a costa de la expropiación de los bienes de muchas personas.

III. La lucha por el librecambio

La posición crítica de Bastiat y la de cuantos lucharon en Francia por el librecambio hay que entenderla en el marco de una economía que iba quedando rezagada frente a la británica, en unos momentos, además, en los que Inglaterra estaba a punto de dar un paso fundamental hacia el comercio libre con la supresión de la protección a su producción de cereales, que tendría lugar con la reforma del año 1846, que suprimió las leyes de cereales (Corn Laws). El objetivo de estas leyes era mantener elevados los precios internos de los cereales en Gran Bretaña, prohibiendo o dificultando su importación mediante aranceles o favoreciendo su exportación con subvenciones. Todo el mundo era consciente de los efectos distributivos de estas medidas proteccionistas de la agricultura. Por una parte, elevaba las rentas de los propietarios de tierras, los más importantes de los cuales pertenecían a la gran aristocracia o a la pequeña hidalguía rural, grupos muy alejados, por tanto, del nuevo mundo industrial que estaba cobrando protagonismo en el país. Pero sus consecuencias no terminaban aquí. Al mantener los precios de bienes de primera necesidad elevados, obligaban a mantener los salarios monetarios a un nivel más alto del que habrían alcanzado si los alimentos hubieran resultado más baratos. Y salarios monetarios más altos, en un marco de estabilidad de precios como fue el de la Inglaterra posterior a las guerras napoleónicas, significaba beneficios empresariales más reducidos. En otras palabras, la protección implicaba una transferencia de rentas desde el sector más productivo y dinámico de la economía inglesa al sector más tradicional y conservador.

En los años que transcurrieron desde la victoria frente a Napoleón hasta la abolición de las leyes de cereales la economía política clásica había sido ya capaz de desarrollar un aparato sólido, que explicaba las ventajas del comercio libre y los costes del proteccionismo, cuyo instrumento más importante era, sin duda, la teoría de los costes comparativos. Una de las paradojas más notables de la campaña por la abolición de las leyes de granos consistió, sin embargo, en el escaso uso que se hizo de esos avances teóricos. No sólo se utilizó poco la teoría de los costes comparativos; resultó, además, que el papel desempeñado por los economistas fue secundario, en una lucha protagonizada por la Escuela de Manchester. El término «Escuela de Manchester» fue acuñado por Disraeli para designar al grupo que encabezó el movimiento por la abolición de las leyes de granos entre 1836 y 1846. Se trataba, en realidad, de un conjunto muy heterogéneo de personas, en el que se mezclaban pensadores radicales, industriales y antiimperialistas, que encontraron, además, una opinión pública muy favorable a sus ideas. Fueron ellos los protagonistas no sólo de las grandes campañas que se realizaron en Gran Bretaña en contra de los aranceles agrarios, sino también de los movimientos a favor del librecambio que se extendieron por todo el continente europeo tras el triunfo de los principios librecambistas en Inglaterra. Los nombres de Cobden y Bright se hicieron así famosos en toda Europa. Y no debemos olvidar que uno de los primeros escritos de Bastiat, y el primero publicado como libro, fue precisamente su monografía sobre la Liga inglesa por la reforma de las leyes de cereales, al que dio el expresivo título de Cobden y la Liga o la agitación inglesa a favor de la libertad de comercio.

En Gran Bretaña el movimiento librecambista fue más la expresión de las protestas de una sociedad en rápida evolución que de las doctrinas de los economistas clásicos[6]. Y en este marco se entiende mucho mejor la actuación de Bastiat en su lucha por introducir el comercio libre en Francia. Los argumentos que aparecen en sus numerosos escritos son de una brillantez notable; pero no son especialmente elaborados desde el punto de vista del análisis económico; y la creación de instituciones que fueran más allá del simple debate teórico para con-seguir resultados prácticos refleja, sin duda, la influencia de lo que estaba sucediendo en Inglaterra.

Aunque no supongan grandes aportaciones al desarrollo del análisis económico, los numerosos ensayos que Bastiat escribió sobre el problema del librecambio siguen resultando interesantes, fundamentalmente por expresar en términos muy sencillos algunas ideas básicas de la teoría económica que chocan directamente con los argumentos proteccionistas, especialmente en la forma en que se expresaban a mediados del siglo XIX, basados, en buena medida, en la idea de que la protección era necesaria para desarrollar el «trabajo nacional». Bastiat supo desmontar una a una estas falacias. Así, de una lectura de sus ensayos se deduce con claridad que no es cierto que la protección incremente la demanda agregada de productos o que eleve el nivel salarial y se explica bien lo absurdo de la pretensión de «igualar las condiciones de producción» como requisito para liberalizar el comercio entre dos países.

Entre sus escritos alcanzó una gran popularidad, que ha mantenido hasta nuestros días, su famosa «Petición de los fabricantes de velas a los señores diputados» (reproducida en esta edición de Obras escogidas). Pocos artículos reflejan mejor que éste la forma de trabajar de Bastiat. Se trataba de mostrar las incoherencias de oponerse a la importación de productos provenientes de otros países –británicos principalmente– con el argumento de que, al ser más baratos, reducían la producción nacional y, por tanto, el nivel de empleo y el bienestar de los franceses. Lo que hizo Bastiat fue llevar esta idea hasta sus últimas consecuencias. Si el sol nos ofrece una luz de gran calidad y coste cero, lo que en realidad está haciendo es de forma injusta con los fabricantes franceses de velas, causando así daños muy graves a la industria y al trabajo nacional. La petición que estos supuestos fabricantes plantean a sus representantes en la Asamblea Nacional deriva directamente de esta forma de entender la economía: si se rechaza –o se encarece– la importación de muchos productos extranjeros porque la industria nacional no puede competir con ellos por su mejor calidad o menor precio, ¿por qué no se prohíbe también utilizar la luz solar, con la que las fábricas de productos de iluminación no pueden competir?

La influencia de Bastiat en los movimientos librecambistas de la Europa continental de la década de 1840 fue significativa. Sus obras fueron traducidas y citadas en todo el continente. Fueron los años de apogeo de la doctrina librecambista, que tuvieron su máxima expresión en la creación de asociaciones a favor del librecambio en toda Europa y en los dos grandes Congresos a favor de la libertad comercial que tuvieron lugar en Bruselas los años 1847 y 1856. Pocos años después, en 1860, se firmaría el tratado comercial entre Francia y Gran Bretaña, que suele considerarse como el hecho más significativo para el desarrollo del comercio internacional en Europa desde la derogación de las leyes británicas de cereales en 1846. Fueron años importantes, tal vez no tanto por lo que realmente se consiguió como por el hecho de las expectativas que se crearon de un gran proceso de integración económica mediante el librecambio que, finalmente, no llegaría a consolidarse.

V. Bastiat en España

La obra de Bastiat ejerció una influencia relevante en la España de los años centrales del siglo XIX. La obra de ningún otro economista fue objeto de un número mayor de ediciones en lengua española en esos años. Entre 1846 y 1870 se publicaron, al menos, catorce ediciones de obras de Bastiat en castellano; y algunos de sus libros, como los Sofismas económicos y las Armonías económicas, fueron objeto de diversas ediciones, no sólo en España, sino también en algunos países de Hispanoamérica[7].

En un país que siempre ha sido pobre en creación original, el análisis de las traducciones resulta especialmente relevante, porque permite conocer con bastante precisión qué es lo que se leía en una determinada época. Cuando se tradujo a Bastiat, el nivel de los economistas españoles era inferior al que habían alcanzado en épocas anteriores. En el primer tercio del siglo XIX era bastante buena la información que en España se tenía de la teoría económica que se hacía en otros países europeos. En nuestro país se conocieron pronto, en efecto, las principales ideas de la escuela clásica inglesa, por la traducción de sus obras o por la influencia directa que ejercieron en economistas españoles como Flórez Estrada o Canga Argüelles; y la obra de Say fue ampliamente leída y estudiada. Pero a mediados de siglo la situación había cambiado. Los lazos con las ideas económicas británicas se habían quebrado y la influencia doctrinal que recibían los economistas españoles pasó a ser abrumadoramente francesa. La revista a través de la que se recibían estas ideas era el Journal des Economistes, y el autor más leído pasó a ser Bastiat.

La primera información directa de la influencia de Bastiat en nuestro país se encuentra en los comentarios que Joaquín María Sanromá hizo sobre la enseñanza que empezó a impartir Laureano Figuerola en la Universidad de Barcelona en fecha tan temprana como 1847. Sanromá explica que Figuerola, al incorporarse a su cátedra, dejó de lado el libro de texto utilizado anteriormente, el Curso de Economía Política de Eusebio María del Valle, para empezar a utilizar la obra de Bastiat en sus explicaciones. Pero fue, sin duda, en las asociaciones defensoras del librecambio donde la influencia de Bastiat fue más clara. En España tuvieron actividad dos asociaciones, de naturaleza diferente, pero ambas dominadas por quienes integraron lo que en la época se denominó la «Escuela economista», entendiendo, como era habitual entonces, que el término economista era equivalente a economista liberal, en contraposición a otras líneas de pensamiento como el socialismo. La primera fue la Sociedad Libre de Economía Política, creada el año 1857 a imagen de la de París, cuyo objetivo era la discusión entre sus miembros de temas económicos. Pero más en la línea de esfuerzos por la extensión del comercio libre realizados por Bastiat fue la Asociación para la Reforma de los Aranceles de Aduanas, fundada el año 1859, cuyo propósito era la propaganda y la creación de una opinión pública favorable al libre comercio internacional.

Si la influencia más acusada del pensamiento de Bastiat en nuestro país se dio en el periodo que transcurre entre 1850 y 1870, su abandono coincide con el auge de las nuevas doctrinas más propicias a la intervención del Estado en la vida social y económica y, en algunos casos, próximas al socialismo de cátedra alemán. Y si Figuerola es el nombre que puede mencionarse como más representativo de los seguidores de Bastiat en España, la ruptura está clara en la obra de un autor como Gumersindo de Azcárate, en cuyos Estudios económicos y sociales, publicados en 1876, se encuentran ya diversas críticas a la que él denominaba «escuela económico-individualista», entre cuyos miembros mencionaba a Cobden, Bastiat y Molinari. En España, como en otros países, empezaba a abrirse un camino que alejaba a los economistas de los principios de la economía de libre mercado que tan bien supo representar Bastiat[8].

VI. Las obras escogidas

La falta de ediciones recientes de la obra de Bastiat en lengua española hace que para el lector actual sea muy difícil leer los libros del economista francés, si no es en bibliotecas. Por ello, más que la reedición de alguna obra destacada o representativa, lo que se ha buscado con es-tas Obras escogidas es ofrecer una selección que permita obtener una visión global del pensamiento de Bastiat. Con este propósito se ha intentado recoger aquellos textos que, siendo representativos de las ideas de su autor, puedan ser leídos hoy con mayor interés. No se ha incluido nada, por ejemplo, del libro Cobden y la Liga; y las Armonías económicas aparecen representadas sólo por algunas páginas de su introducción. Se reproduce, en cambio, un número significativo de sus escritos cortos, especialmente de sus Sofismas económicos y de Lo que se ve y lo que no se ve. Algunos de estos trabajos son bastante conocidos; otros, en cambio, sorprenderán seguramente al lector, que podrá constatar que no sólo se leen aún con gusto, sino que, además, tienen a veces una sorprendente posibilidad de aplicación a problemas económicos actuales. También se ha prestado gran atención a aquellos trabajos en los que Bastiat anticipó de alguna forma el análisis que en nuestros días hacen los economistas del derecho y las instituciones. Así, el texto de La Ley y El Estado se incluyen completos en la selección.

La edición clásica de las obras completas de Bastiat es la que, con el título de Oeuvres Complètes de Frédéric Bastiat, publicó la editorial Guillaumin et Cie. en siete volúmenes en 1854 y 1855. Los textos de esta antología siguen fielmente los de esta edición francesa. La traducción se ha realizado especialmente para esta obra, ya que las ediciones españolas del siglo XIX están escritas en un lenguaje que, en algunos casos, podría resultar extraño al lector actual.

Toda antología de textos implica necesariamente una elección y, por tanto, refleja en cierta manera la visión personal de quien la ha realizado. Confío en no haberme apartado de las ideas fundamentales del Bastiat del siglo XIX y contribuir, en alguna medida, a popularizar entre nosotros al Bastiat que aún está vivo en el siglo XXI.



[1] J.A. Schumpeter, History of Economic Analysis. Oxford: Oxford University Press, 1954, p. 500.

[2] Para una introducción a la vida y a la obra de Bastiat, véase D. Russell, Frédéric Bastiat: Ideas and Influence. Irvington, 1965.

[3] Ch. Comte, Traité de législation, París, 1827, 4 vols. Sobre Comte puede consultarse, G. De Molinari, «Comte (Francois-Charles-Louis)», en Ch. Coquelin y Guillaumin, Dictionnaire de l’Economie Politique (2 vols.). Bruselas, 1853. Vol. I, pp. 490-492.

[4] Journal des Economistes, en Dictionnaire, cit., vol. II, p. 7.

[5] Para una visión global de la economía francesa en este periodo, véase C. Fohlen, La revolución industrial en Francia (1700-1914)», en C. Cipolla (ed.), Historia económica de Europa, vol. 4: El nacimiento de las sociedades industriales. Barcelona: Ariel, 1987, pp. 7-77.

[6] Véase, por ejemplo, el estudio clásico de W.D. Grampp, The Manchester School of Economics. Stanford: Stanford University Press, 1960.

[7] F. Cabrillo, Traducciones al español de libros de economía política (1800-1880)». Moneda y Crédito, 147, dic. 1978, pp. 71-103.

[8] G. de Azcárate, Estudios económicos y sociales. Madrid, 1876, pp. 65-66.

Número 19-20

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