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La Ilustración Liberal

Varia

El pensamiento del exilio. La pensadora exiliada

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La manipulación ideológica del pasado, especialmente de la Guerra Civil y el exilio del 36 (sic) y del 39, seguirá siendo una de las principales tareas de quienes tratan de ocultar el vacío intelectual de la autodenominada «izquierda» intelectual. La carencia de pensamiento se sustituye con ideología. Si insoportables empiezan a ser ya las exposiciones sobre la Guerra Civil española, especialmente si se trata de «carteles artísticos», más reiterativos y llenos de tópicos serán los fastos dedicados a nuestros exiliados más ilustres del 39. Por eso, son de agradecer artículos como el de Aquilino Duque dedicado a María Zambrano y el exilio. Este texto, ilustrado por desmitificador, muestra con brillantez que las desdichadas interpretaciones del exilio español son otras tantas maneras de tapar ese inmenso boquete intelectual del pensamiento políticamente correcto. Saludo, pues, este texto de Aquilino Duque contra algunos los manejos absurdos sobre el exilio español del 39. Relevante es, sobre todo, este artículo por el rescate que hace de María Zambrano de las garras de sus falsos herederos. Gracias al texto de Aquilino Duque sobre Zambrano entono sin complejos el grito radicalmente ilustrado de nuestra época: ¡Viva la ilustración sobre la «ilustración»!

La vida y la obra de María Zambrano han sido, aunque cueste reconocerlo, fáciles presas de unos atrabiliarios historiadores de la filosofía, arribistas de ideas foráneas, que niegan su propia tradición. Dos ejemplos bastan para hacerse cargo de estas torpes desfiguraciones. El primero se refiere al intento de hacerla pasar antes por andaluza que por española: en vida de la autora, y sin ningún tipo de recato intelectual, a alguien se le ocurrió publicar una serie de ensayos de María Zambrano con el título «Andalucía, sueño y realidad», trastornando por completo el título y contenido del impresionante libro de Zambrano titulado: España, sueño y verdad. A la pensadora de España, a la genial intelectual que tuvo como tema fundamental de reflexión durante toda su vida a España, se la quería hacer pasar por una vulgar regionalista, «antropóloga» o cosa similar de una región, de sólo una parte de España. El segundo ejemplo de distorsión es más reciente y tiene un doble componente: por un lado, se trata de alejarla de la tradición española en general, y de su maestro Ortega en particular; y, por otro lado, presentarla como una filósofa de carácter «postmoderno» a la moda centroeuropea del período de entreguerras o, peor aún, al modo del «ensayismo» francés de la década de los ochenta. Muchos Congresos dedicados a María Zambrano repiten esas vulgaridades hasta la saciedad. Cualquier cosa es buena para estos burócratas de las ideas, menos leerla con mirada limpia, con la mirada del español de a pie, del pueblo, que sabe que su tradición, su cultura y, obviamente, su pensamiento no es un asunto menor de la cultura occidental sino una alternativa a otras formas de pensar.

Quizás por esas distorsiones me atrevo a repetir que la exiliada de España, María Zambrano, sigue en el exilio. Además, su pensamiento sobre el exilio que, como indica Duque, es una de sus principales contribuciones a la historia del pensamiento es absolutamente desconocido. Citada en vano, reitero, para adornar los hueros discursos de los días de fiesta, María Zambrano sigue siendo nuestra gran desconocida, nuestra gran exiliada, porque el chabacanismo de una falsa ilustración, impuesto por un filisteismo eurocéntrico, tiene pavor a la verdad de una «Razón consciente de su función vital»[1]. El «positivismo» geométrico, el racionalismo idealista, el comportamiento arrogante de los nuevos ricos de la academia hispánica nada quieren saber de la vida española, y menos de una posible guía para orientarse en la siempre laberíntica vida de todas las Españas, también de las Américas hispanas. La defensa que hace María Zambrano de la cultura española no es del agrado de algunos de sus patrocinadores actuales. El dogma y la utopía son suficientes para sus pobres «guías» turísticas. Las otras, la otra Guía, la otra Razón, la vital o la poética, son para el adorno de los días festivos. Esperemos, otra vez, que esta nueva oleada de homenajes dedicados a Zambrano por el centenario de su nacimiento sirvan para algo más que el adorno, pues, a veces, uno tiene la impresión de que tantos actos sirven más para «preservar» y esconder la obra de los mil lectores anónimos ayunos de reflexión hispánica que para reconocer a una pensadora de la cultura española.

El pensamiento del exilio

Tiene razón Aquilino Duque al precisar que María Zambrano no sólo sufrió desgarradamente el exilio sino que lo pensó. Cuestión complicada, a veces obscura y siempre extraña, es el exilio, el abandono de la patria por motivos generalmente políticos. Discontinuidades profesionales, vocaciones fracasadas, moradas abandonadas, rupturas familiares, amistades perdidas, y siempre vidas fragmentadas, son los componentes esenciales del exilio. Éste, además, nunca es pasajero. Pues que si la expatriación es antes que nada la mejor definición de una vida lesionada, entonces el exilio no es un asunto, un tema más o menos importante, para la discusión y la construcción de teorías que justifiquen unas determinadas biografías, sino una condición, una forma de ser y estar en el mundo. ¡El exilio es irreversible!

Quien lo ha sufrido, quizá conllevado con resignada dignidad, difícilmente podrá regresar a su primigenia condición. Y porque el exilio tiene que ver con la moral, con una especial manera de comportarse, el exiliado tiene que hacerse, como dijera Alfonso Reyes, «un corazón preparado para todos los embates de la alegría y el duelo, y un ánimo de renunciamiento de santos. Temen regresar a sus playas y las desean. No encuentran a la vuelta lo que habían dejado a la partida. Ya no saben dónde han quedado la tierra y la casa que soñaban.» Zambrano lo expresará, muchos años más tarde, no menos trágicamente que Alfonso Reyes: «El exilio que me ha tocado vivir es esencial. Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. El exilio ha sido como mi patria, o como una dimensión de mi patria desconocida, pero que una vez se conoce, es irrenunciable (...). Confieso que me ha costado mucho trabajo renunciar a mis cuarenta años de exilio, mucho trabajo, tanto que, sin ofender, al contrario, reconociendo la generosidad con que Madrid y toda España me han arropado, con el cariño que he encontrado en tanta gente, de vez en cuando no duele, no, no es que me duela, es una sensación como de quien ha sido despellejado, como San Bartolomé, una sensación ininteligible, pero que es.»[2]

No hay, pues, una verdadera historia del exilio capaz de prescindir de las singularidades de cada exiliado. La historia del exilio es imposible sin la moral del exiliado. ¡Todo exilio es diferente! Incluso hay exilios tan excepcionales y extraños que tienden a diluir, a borrar, la categoría del «exilio», que da razón de una forma de vida. Así, por ejemplo, hay un «exiliado», un filósofo paradigmático del exilio español, que sustituye la noción de exilio y destierro por la de transterrado, como si aquél no fuera posible entre personas que se mueven entre países de lengua española, es decir, entre quienes poseen una común comunidad cultural. Pudiera interpretarse esta posición como una sugerente, otros dirían desquiciada, huida hacia delante, hacia un futuro tan indeterminado como opaco aunque menos penoso que el pasado. Pero lo cierto es que el «exiliado» Gaos, el filósofo español transterrado en México, pareciera que no pretende otra cosa que eludir el exilio. Es como si José Gaos estuviera resistiéndose a hablar del «exilio» en la América española merced a una elaborada filosofía sobre los transterrados. Por ese camino, podíamos concluir que un filósofo como José Gaos, el mayor símbolo de los exiliados españoles del 39, terminaría, paradójicamente, negando el exilio.

¡Huida hacia delante! Sí, pero no exenta de elegancia y, sobre todo, comprometida con una cultura que ya no es de España sino de la comunidad cultural que habla en español. ¡Cultura española es lo que descubren los exiliados! Acaso esté ahí la clave para comprender el exilio español, el exiliado descubre su propia cultura, su patria, merced a la trágica experiencia del exilio. Es la otra cara del exilio. La reconciliación de los exiliados con su propia cultura. Zambrano en este asunto es sagaz, contundente y poética al decir: «Creo que el exilio es una dimensión esencial de la vida humana, pero al decirlo me quemo los labios, porque yo querría que no volviese a haber exiliados, sino que todos fueran seres humanos y a la par cósmicos, que no se conociera el exilio.»[3]

Es menester vivir el exilio para percatarnos no sólo de nuestra errante condición sino de nuestras hechuras históricas y culturales. El homo viator, el ser errante, descubre su condición esencial de desterrado del mundo en ocasiones excepcionales. El exilio es, en efecto, una de esas terribles excepciones, que sólo podrá comprenderse vivamente, como si volviese a nacer, cuando nos percatamos de que «es el lugar privilegiado para que la Patria se descubra, para que ella misma se descubra cuando ya el exiliado ha dejado de buscarla.»[4]

La Patria, ese sentimiento digno de ser justificado a través de la cultura española, es el gran hallazgo del exilio español. Paradójicamente este descubrimiento, una forma excelsa de cultura española, no sólo está orillado, dejado al margen, sino que ha sido obscurecido por una perversa política de «modernización» de nuestras tradiciones culturales. Esa maniobra «intelectual» ha requerido de la manipulación de los diferentes exilios y la ocultación de sus ideas. La utilización del pensamiento del exilio, especialmente la negación de su concepción de la idea de España como nación, que condujo a cientos de intelectuales a vivir fuera de España, o a vivir exiliados en su propia tierra, tiende a convertir en vago e impreciso todo lo que era claro y distinto. Pocos agentes culturales vinculados a las grandes agencias de socialización política de los llamados partidos de izquierda por un lado, y nacionalistas por otro, han renunciado, durante el periodo democrático, a este tipo de tergiversación histórica que pudiera otorgarle alguna legitimidad intelectual de la que tanto escasean.

Corromper y manipular la memoria del exilio han sido, y son, las principales tareas de quienes trabajan a favor de una «correcta política cultural», que vive de lo que niega: la cultura española. La parasitaria política cultural de las últimas décadas practicada contra la cultura española es ya un cáncer. El endiablado juego diabólico de la «políticas» culturales de las 17 comunidades autónomas respecto de la nación española, de la debilitación constante de la cultura española, no sólo sintoniza perfectamente con la estulticia de esos «intelectuales», o mejor, profesionales del exilio, sino que unas y otros coinciden a la hora de patrocinar una especie de chulería casticista y local muy en consonancia, paradójicamente, con una no menos peligrosa declaración de «cosmopolitismo» europeo del que participarían todos los «pueblos de España». ¡Pobres mediocres! Siguen jugando con la populista y medieval noción de pueblo, porque desconocen qué significa ser ciudadano. Desconocen que sin nación española, sin Estado nacional, sin España, no hay ciudadanos.

Aunque las coincidencias entre nacionalismos e «izquierda» en España son siempre sospechosas, éstas son alarmantes cuando hablan de la cultura española en el exilio. Primero, la saludan retóricamente, pero, después, fomentan todos los atavismos que lleva aparejado una concepción «antropológica» de las «culturas» locales. He aquí un motivo que pudiera explicar el escaso interés por reconstruir, para aquí y ahora, el pensamiento que llevó a cientos de intelectuales y artistas al exilio: defender la cultura española, mostrar su singularidad al resto de Europa, aún en circunstancias extremas de violencia y barbarie.

¿Por qué la izquierda y los nacionalismos catalán y vasco no desean reconstruir la cultura española en el exilio?, ¿por qué, por ejemplo, cuando se acercan a las obras de María Zambrano, Rafael Dieste y Antonio Sánchez Barbudo, por poner sólo tres ejemplos, no analizan que el principal asunto de estos autores es profundizar en la contribución de la cultura española a la cultura universal?, ¿por qué el nacionalismo por un lado, y la «izquierda» sectaria por otro, nada quieren saber de la cultura del exilio, si no es para manipularla? Pues, sencillamente, porque tendrían que reconocer que nuestra cultura nacional es imposible comprenderla sin la cultura liberal española, que tuvo sus principales desarrollos al final de la Restauración y de la que participó toda la llamada Edad de Plata de la literatura y el pensamiento español durante la República, que tuvo su continuidad fuera y dentro de España después de la Guerra Civil. Una cultura que, a pesar de los pesares y discontinuidades, ha sido el principal factor de continuidad de la nación española. María Zambrano fue certera ya en el año 1939: «La continuidad de España se ha expresado por la poesía, sin que nadie pueda ya impedirlo (...). Confiemos, sí, en que mientras exista poesía, existirá España»[5]

Los problemas que trae la cuestión de la continuidad de la cultura española distan, sin embargo, de estar resueltos, entre otras razones, porque aún está por «estudiar» con detenimiento el exilio de la Segunda República por un lado, y por otro aún está por hacer una nómina rigurosa del exilio interior, de aquellos intelectuales que se enfrentaron a una «in» cultura franquista para proseguir con las tradiciones de la cultura española. Lejos de mí plantear rigurosamente aquí el asunto señalado, pero sí reconocer que mientras no se acepte que el rasgo común de todos los exilios es la defensa de la cultura nacional, la defensa de la cultura de España, poco avanzaremos en la crítica histórica como parte de la política democrática. Más aún, es necesario mostrar la base de la cultura española, que no es otra que su continuidad a lo largo de los siglos. Éste es el gran tesoro que nos han legado todos los exiliados españoles del siglo veinte.

Sin embargo, el exilio, la cultura del exilio como cultura española, está lejos, muy lejos, de ser una pieza conceptual e imaginativa de nuestro actual desarrollo político y cultural. Incluso hay autores, entre los que se dedican a estudiar el exilio por casualidad profesional, que niegan que sea la cultura española, su defensa y desarrollo la base del sufrimiento de los exiliados. Peor todavía, estos «propagandistas» del exilio son tan perezosamente arrogantes que hablan de un exilio gallego, vasco y catalán, como si nada tuvieran que ver con un único exilio: el español. Su estulticia, sus crímenes de guante blanco, son la tragedia de quienes desean hablar de exilio sin ser confundidos con idiotas. Con este panorama es cada vez más necesario reconstruir cada uno de los exilios... Tarea casi inabarcable, pero a la que ningún intelectual español debería renunciar si es que, de verdad, quiere ser llamado intelectual español.

El exilio y el fracaso

Y porque hay gentes que han convertido el exilio en tópico, en lugar común, del que no parece fácil decir algo nuevo, resulta atractivo volver a enjuiciarlo, a estudiarlo a través de los exiliados que han pensado su propio exilio. Junto a Gaos, María Zambrano es en este punto paradigmática. Aunque su pretensión de pensar el exilio es una constante de su pensamiento, hay tres obras que abordan el asunto de modo más o menos directo, a saber, Pensamiento y poesía en la vida española, un libro escrito en el primer destino de su exilio, México; Delirio y destino, singular filosofía narrativa sobre la tragedia española en medio de la crisis europea; y Los bienaventurados, una depuradísima síntesis sobre el exilio, forma radical de esa sabiduría especial que hizo a los europeos en general, y a los españoles en particular, pueblos sabios: «Saber vivir en el fracaso.»

Lejos de mí enjuiciar aquí esta tres grandes obras, pero sí deseo manifestar que es imposible comprender el pensamiento del exilio de María Zambrano sin circunstanciarlo en el fracaso de la cultura española en Occidente. Quien quiera iniciar este camino tendrá que vérselas con esa obra mayor que es Pensamiento y poesía en la vida española. Una obra mayor, toda una síntesis intelectual, surgida de la experiencia de la guerra civil española. Su contenido va más allá de la opinión de una derrotada, incluso su visión de España va más allá del pensamiento de uno de los dos «bandos» en lucha, porque consigue «quintaesenciar» los valores de una cultura fracasada para el resto de Occidente. Este libro es una contribución española para que Europa vuelva a afirmarse a través del fracaso. La cultura española, especialmente su particular forma de conocimiento poético, aparece no sólo como una forma excelsa de reconocimiento del fracaso del hombre occidental, sino también como una alternativa para que el hombre europeo, como dirá posteriormente en La agonía de Europa, recobre una antigua y noble sabiduría: «el saber vivir en el fracaso»[6].

Por encima de cualquier otra consideración, este libro resulta clave para comprender a la mayor pensadora del fracaso que haya dado Europa. La cultura del fracaso español será el canon «filosófico» del pensamiento europeo. Nuestro fracaso no sólo es anterior al europeo sino que éste no se entiende sin aquél. «Irreducible al poderosísimo racionalismo europeo», el pensamiento español, el conocimiento poético de raíz española, siempre estará a disposición de quien se resista a abandonar el «saber más peculiar del hombre europeo: el saber vivir en el fracaso»[7].

Aquí ya aparecen esbozados los dos principales temas de preocupación de toda su vida: pensar, primero, el sentido de España para la cultura occidental, una vez que se ha reconocido que sólo desde Europa puede entenderse la españolidad; y, segundo, mostrar cómo el realismo, el materialismo hispánico, se transforma en un puente, llamado conocimiento poético, que nos permite cruzar un río turbulento siempre a punto de desbordarse, el de la filosofía sistemática, el del racionalismo como «voluntad de poder» que, según nos enseñó Nietzsche, termina reduciendo toda la cultura occidental a mero nihilismo. El «conocimiento poético», genuino «saber de salvación», por decirlo, otra vez, en términos schelerianos, surgido de la exposición del pensamiento y la poesía que halla Zambrano en la vida española, será una alternativa tanto al racionalismo como al irracionalismo filosófico de esta época.

Después de este libro, la razón poética será para Zambrano la imprescindible piedra salvadora que nos permita saltar sobre ese charco de aguas contaminadas, que nos lleve a la otra orilla, a la del pensamiento español para avanzar sobre lo europeo: «Del conocimiento poético español puede surgir la ‹nueva ciencia› que corresponda a eso tan irrenunciable: la integridad del hombre»[8]. Ésa que se muestra de verdad en la nobleza del fracaso, en eso que, según Zambrano, nada ni nadie puede arrebatarnos, porque está más acá de cualquier destino fatal. No trata de convertir el fracaso en éxito. Lejos del optimismo hegeliano que pretende hallar lo noble de la humanidad en lo más deforme, Zambrano instituye el fracaso en la máxima medida del hombre. Más aún, sólo el fracaso «garantiza» un renacer más amplio y completo.

Persuadidos por la argumentación y bien dirigidos por el estilo impecable, poético, de Zambrano, pocos pueden eludir dos sentimientos dispares, a veces contradictorios, que nos provoca su lectura. Evocarlos quizá sea una forma de reconciliarlos. Los sentimientos de fracaso y éxito, de muerte y renacimiento, se mezclan felizmente gracias al arte, o mejor, al artificio conceptual creado por Zambrano. Sin embargo, cuando uno menos lo espera, una frase, un golpe de su escritura, nos despierta, nos corrobora algo que nosotros habíamos intuido, algo que quizá ella ya nos había ayudado a pensar «como si» hubiera sido pensado por nuestra propia cuenta. Así es la poesía filosófica, la escritura de este libro, concebida para ser dicha en público. Basta una línea quebrada, casi verso, como conclusión de un poético razonamiento para disponernos otra vez a comenzar, a iniciar, una nueva andadura intelectual: «De la melancolía española, de su resignación y de su esperanza saldrá quizá la nueva cultura»[9]. He ahí una muestra imborrable, una indicación, de dos sentimientos felizmente reconciliados por el pensamiento de María Zambrano. He ahí una pizca escéptica del estoicismo de Zambrano para silenciar definitivamente a quienes han tildado este libro de esencialismo españolista. He ahí un pensamiento antidogmático para una Europa en ruina.

Este libro es fin e inicio de una trayectoria intelectual. Marca, por un lado, el fin de una etapa intelectual dirigida por afanes de lucha cultural en una España guerrera e incivil. Y, por otro lado, es el inicio y profundización de un pensamiento, el estoico, que no había sido elegido sino impuesto por una circunstancia, casi una necesidad vital, la supervivencia de España. El estoicismo no es, pues, una «salida» sino una imposición, cuando la vida está en juego. La circunstancia española, ésa en que María Zambrano se llama a sí misma estoica, nos sitúa en el corazón de «una doctrina que pedía la adhesión de todo hombre digno».[10] Era esa circunstancia la donadora de sentido de nuestra trágica experiencia. En aquella circunstancia, que aún es la nuestra porque poseemos el privilegio, como dice Zambrano, de tener antepasados, ya han desaparecido los españoles divididos en dos bandos. Ya no había, o mejor, ya no hay buenos y malos. Ya ha muerto la confrontación entre republicanos y nacionales. Sólo quedan españoles, solos, ante el fracaso. Asumir su dignidad es la solución que propone Zambrano. Insisto: «Lo que en el fracaso queda es algo que ya nada ni nadie puede arrebatar». Este último poso de dignidad «es lo que hace que la vida no sea aniquilada por la hueca desolación de la barbarie. Esa dignidad es la vida.»



[1] Zambrano, M.: Delirio y destino. Fundación Ramón Areces, Madrid, 1998, pág. 139.

[2] Zambrano, Mª.: Las palabras del regreso. Amaru, Salamanca, 1995, págs. 13-14.

[3] Zambrano, M.: Introducción a los materiales de La otra cara del exilio: la diáspora del 39. Cursos de Verano de la Universidad

[4] Zambrano, M.: Los bienaventurados. Siruela, Madrid, 1990, págs. 42 y 43.

[5] Zambrano, M.: Pensamiento y poesía en la vida española, op. cit., pág. 119.

[6] Zambrano, M.: La agonía de Europa. Trotta, Madrid, 2000, pág. 85.

[7] Ídem

[8] Pensamiento y poesía en la vida española, op. cit., pág.. 57.

[9] Ibídem, pág. 56.

[10] Ibídem, pág. 68.

Número 19-20

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