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La Ilustración Liberal

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André Sibomana

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Conocí a André Sibomana en Madrid, en noviembre de 1995. Menudo y muy reconcentrado, tenía en sus ojos el brillo de los hombres libres. No olvidaré nunca un detalle. Llevaba en el bolsillo de su camisa dos o tres bolígrafos, una pequeña agenda gastada y dos fotografías: una era un primer plano de un sacerdote ruandés asesinado de un disparo en la cabeza y la otra de una niña vestida de primera comunión. El sacerdote se llamaba Pío Ntahobali y la niña Pacifique Umubyeyi. Eran, y así me lo advirtió al preguntarle por estas fotografías, la cara y la cruz de Ruanda, los símbolos del odio y de la esperanza, del llanto y de la risa. El propio nombre de la niña, Pacifique, era el deseo de todo un pueblo acostumbrado a la violencia. Para Sibomana encarnaba el mañana, a pesar de su propia tragedia personal: «Es huérfana -me dijo- y la tengo acogida en mi casa.»

Es como si este sacerdote ruandés hubiera metido en su corazón el dolor y la ilusión, el pasado y el futuro de Ruanda. Sibomana apostó siempre por el futuro, por la esperanza, por la paz. Como buen periodista, no ignoró la realidad, pero como sacerdote necesitaba creer que es posible vencer el mal. En ello le fue la vida.

Hace ahora algo más de un año, el 9 de marzo de 1998, murió en Kabgayi (Ruanda) André Sibomana. Periodista y sacerdote ruandés, estuvo esperando durante varios meses el pasaporte para salir del país y curarse de su enfermedad. Las autoridades se lo negaron y cuando se lo dieron estaba ya en situación crítica. Sibomana rechazó entonces el pasaporte en un gesto último de defensa de los derechos humanos e hizo la siguiente declaración-testamento:

"1. En calidad de defensor de los derechos humanos, declaro que solicité hace tiempo la devolución del pasaporte, pero el Estado ruandés no tuvo en cuenta mis derechos.

"2. Darme un pasaporte cuando estoy en la fase terminal de una enfermedad es como 'encubrir' otras injusticias que se mantienen en silencio. Rechazo este pasaporte, así como la complicidad en la violación de los derechos humanos de mis conciudadanos. Este rechazo pretende ser una valiente reivindicación de la necesidad de que afloren las situaciones de injusticia. Mi enfermedad me es familiar desde que me golpeó por primera vez en 1976. Los cuidados médicos disponibles en Ruanda no han sido suficientes y su virulencia actual es devastadora. Si pasa, tanto mejor. Si, en cambio, acaba conmigo será una deuda que deberán saldar quienes me han negado mis derechos fundamentales."

La enfermedad no pasó, y Sibomana murió a los pocos días de redactar esta declaración. Defendió los derechos humanos hasta su último aliento de vida.


La verdad como estandarte

André Sibomana (André significa hombre y Sibomana en kirundi "no son ésos los que guían mi vida, sino Dios"), estudió en la Universidad Católica de Lyon y se formó como periodista en el semanario católico francés La Vie Nouvelle. Al volver a Ruanda fue nombrado redactor-jefe de Kinyamateka (El Noticiero, en kirundi) en 1988. Kinyamateka era el más antiguo y prestigioso periódico privado de Ruanda, fundado por los Padres Blancos en 1933 y propiedad de la Conferencia Episcopal Ruandesa. Tenía una periodicidad quincenal. En este periódico había trabajado como redactor entre 1956 y 1958 Grégoire Kayibanda, primer presidente de Ruanda.

Desde las páginas de Kinyamateka Sibomana defendió con lucidez y energía la verdad informativa y los derechos humanos. No dudó en fustigar las injusticias y la corrupción del gobierno del general Juvénal Habyarimana, lo que le valió la enemistad de muchos hutus, amenazas de muerte y un proceso judicial por haber denunciado la conexión de la familia del presidente Habyarimana con el narcotráfico. En 1990 participó en la creación de la Asociación ruandesa para la Defensa de la persona y de las Libertades públicas (ADL). Más tarde fue también elegido presidente de la Asociación Ruandesa para la Defensa de los Derechos Humanos (ARDHO), de la que había sido miembro fundador.

El 6 de abril de 1994 estalló el genocidio ruandés, tras ser derribado por un misil el avión en el que viajaban el presidente del país, Juvénal Habyarimana, y su homólogo burundés, Cyprien Ntaryamira. Los dos eran hutus y quedaron carbonizados. Toda Ruanda se convirtió en un desolado campo de cadáveres. Sibomana, que había recibido varias amenazas de muerte tanto por tutsis como por radicales hutus, tuvo que esconderse en su pueblo natal. Durante algún tiempo se le creyó muerto. Pero, como declaró él mismo, "fui salvado por una joven que me reconoció y me facilitó la huida". Después del asesinato del obispo de Kabgayi, desempeñó el cargo de administrador apostólico de esta diócesis ruandesa.

Sibomana fue acusado por el Frente Patriótico Ruandés de connivencia en el genocidio de tutsis, pero varias organizaciones salieron en su defensa, entre ellas la Unión Católica Internacional de Prensa (UCIP), que emitió a mediados de septiembre de 1994 el siguiente comunicado: "Manifestamos nuestra indignación por las calumnias vertidas contra él en una revista francesa que citaba su nombre, sin comentarios y sin ninguna prueba, entre 'los sacerdotes o pastores que han asesinado o alentado los asesinatos', mientras que es de sobra conocido por haber defendido a los partidarios de la democracia y de los tutsis bajo el régimen del presidente Juvénal Habyarimana... Compartimos plenamente la posición de René Degni-Segui, relator especial de la Comisión de la ONU para los derechos humanos en Ruanda: 'El P. Sibomana, por las informaciones que hemos obtenido de distintas fuentes, salvó durante las matanzas numerosas vidas humanas y, a veces, poniendo en peligro su propia vida. Sería condenable e injusto que este sacerdote, hombre de fe y de ley, humanista convencido y militante de los derechos humanos, fuera, después del genocidio contra el que luchó, objeto de mentiras y de amenazas'".

¿Por qué el Frente Patriótico Ruandés acusó al P. Sibomana? Por lo mismo que le había hostigado el régimen de Habyarimana, por denunciar la violación de los derechos humanos. De hecho, había dicho muy claramente que el genocidio de tutsis y la matanza de hutus moderados, así como la guerra que siguió, propició las graves violaciones de los derechos humanos: incendio de casas y de los bienes de las víctimas, secuestro y violación de mujeres, tortura de detenidos y ejecuciones sumarísimas. «Hay que mencionar -dijo- que cuando las hostilidades se extendían por todo el territorio ruandés, soldados del Frente Patriótico Ruandés (FPR) violaron sistemáticamente los derechos humanos: exterminaron a muchas familias y mataron a unas 250 personas de la etnia tua. Yo mismo he contado a unas 300 personas asesinadas por ellos. Alguien asegura que el FPR ha asesinado a 300.000 hutus tras la conquista del poder en Kigali.»

Reporteros sin Fronteras le dio el 6 de diciembre de 1994 el Premio Reporteros sin Fronteras-Fundación Francia, un premio que subraya los méritos de quienes defienden la libertad de información al servicio de la democracia y los derechos humanos. Y la revista española MUNDO NEGRO le concedió en 1995 el Premio MUNDO NEGRO a la Fraternidad. En Madrid, en 1995, André Sibomana, emocionado, acabó una de sus intervenciones con estas palabras: «He sufrido mucho. Ésa es mi experiencia humana: el sufrimiento. Pero mi experiencia cristiana es que el Señor no nos ha abandonado. Por tanto, nosotros tampoco tenemos el derecho de apagar la llama que todavía está encendida en Kabgayi y en toda Ruanda. Quisiera terminar citando, una vez más, una frase de Gandhi: 'Cuando me desespero, me acuerdo que a lo largo de la historia han triunfado siempre el camino del amor y de la verdad. Ha habido en este mundo tiranos y asesinos que durante algún tiempo nos parecen invencibles, pero siempre terminan por caer. Pensad siempre en eso'».

Esta cita de Gandhi encabeza su libro póstumo Mantengamos la esperanza en Ruanda, que acaba de editar la revista MUNDO NEGRO. En él se recopilan varias entrevistas a Sibomana que forman un testimonio lúcido, sin tapujos, sobrecogedor, del drama ruandés.

La breve y sin embargo intensa vida de André Sibomana fue un ejemplo de vigor y de clarividencia. No dejó nunca de luchar por el hombre, por la verdad y por la justicia, lo que era excepcionalmente difícil y arriesgado en un país donde la mentira se materializa de forma diabólica. «En Ruanda -me dijo en una ocasión un misionero- he descubierto que el Mal y el Diablo existen». El P. Sibomana no era tan tajante. Y, si alguna vez lo pensó, no se amilanó. «Sé -declaró- que estoy en peligro, pero no tengo derecho a marcharme. Habría podido exiliarme diez, veinte veces, pero mi lugar está en medio de los míos. No es Dios quien me plantea problemas, sino el hombre. Busco cómo encontrar el buen camino, cómo seguirlo y cómo arrastrar hacia él a otros hombres».

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