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La Ilustración Liberal

Enseñanza y libertad

Enseñanza de la historia

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Cuando empleamos la palabra historia, mezclamos indeliberadamente dos conceptos distintos: uno se refiere al suceder del hombre en el tiempo, y el otro a la conciencia que se tiene de ese mismo suceder. Es evidente que la enseñanza de la Historia no tiene otro objeto que formar esa conciencia. De que lo haga correctamente, es decir, estableciendo una íntima relación entre la conciencia y la realidad, depende del grado de utilidad que pueda obtenerse. Uno de los errores más frecuentes y extendidos en nuestros días consiste en sustituir esta dimensión por un juicio previo, esto es, utilizar los acontecimientos pasados como pruebas para una tesis o un modelo de sociedad o de hombre que pensamos debe ser construido. Para ello se seleccionan los datos en forma favorable a ese modelo y se formula un juicio sobre los acontecimientos pasados desde las posiciones que se consideran deseables. Si la vanagloria nacional -cualquier tiempo pasado fue mejor- es recusable, esta tendencia -yo soy la meta gloriosa a la que la historia conduce- resulta más reprobable todavía.

En este segundo aspecto hemos llegado, especialmente en España, a extremos verdaderamente sorprendentes. La historia se enseña hoy en determinadas regiones como si éstas fuesen protagonistas únicas sin relación con aquellas otras que compartieron su quehacer a fin de probar una tesis que, además, es radicalmente falsa. Urge, en España, si queremos construir el futuro, una reconstrucción de la enseñanza de la historia, no con criterios políticos ni con visiones partidistas. Uno de los grandes axiomas del saber histórico es, precisamente, que cada época tiene derecho a ser explicada desde sus propias coordenadas de valores.

La continuidad

Es indudable que el suceder histórico discurre, como el fluir del tiempo, en un sentido de más antiguo a más moderno. Pero la conciencia histórica, que es un saber científico, se encuentra situada en el presente. La Historia no pretende conocer el futuro y sus dotes de adivinación del porvenir son evidentemente muy escasas. Proporciona, sin embargo, una explicación acerca del modo como han llegado a discurrir los acontecimientos hasta desembocar en las estructuras que ahora conocemos. Con ello proporciona al hombre instrumentos que le ayudan a construir ese futuro, que debe legar a las generaciones posteriores.

En nuestros días se están proporcionando a los chicos instrumentos torcidos y manipulados: nadie se extrañe, pues, de que estos defectos aparezcan más tarde, destruyendo, en lugar de construir. Pues la misión del historiador no puede ser dar la razón a sino dar razón de. Una comunidad de ciudadanos, formada en el conocimiento de la verdad y dotada por ello de los resortes de una conciencia recta, corre menos peligro de equivocarse que aquella que se encuentra viciada por la vanagloria de un pasado o los prejuicios del presente. Acordémonos del proverbio chino de que el hombre es el único animal suficientemente estúpido para tropezar dos veces con la misma piedra. Ésa es la misión de una correcta enseñanza de la Historia: permite descubrir las piedras que están en el camino.

Todos los hombres, mediante el acto ajeno a su voluntad que es el nacimiento, acceden a un tiempo existencial, que es su presente, es decir, la vida que Dios otorga y que ha de tener una duración, incierta en sí misma. Dos aspectos deben serles comunicados: que ese tiempo es el capital del que disponen para realizarse a sí mismos y que se encuentra inserto en otro mucho mayor que es el que corresponde a la Humanidad. Conocerse a sí mismo es primera e indispensable condición; pero conocer el tiempo grande, que es la Historia, resulta también indispensable. No se trata de guardar en la memoria unos datos -aunque siempre resultan necesarios pues no se puede construir un edificio sin andamios- sino de obtener una explicación.

Lo primero que percibe el historiador, cuando se remonta en el tiempo para hallar una explicación de las estructuras que componen su mundo, es precisamente la falta de límites. Acontecimientos que tuvieron lugar en tiempos muy lejanos, como la conformación del ius romano o el establecimiento de las raíces de la legitimidad, pesan mucho más en el ser del hombre que otros cercanos. Uno de los grandes errores en que ha incurrido la enseñanza, como consecuencia de influencias marxianas, consiste precisamente en una excesiva parcelación, como si el mundo contemporáneo pudiera explicarse a sí mismo sin tener en cuenta todos los cimientos sobre los que inevitablemente se apoya. Hay cierto maniqueísmo en esta actitud: mi presente es bueno, lo anterior no. Es curioso comprobar como las novelas pseudo-históricas de nuestros días presentan los tiempos pasados envueltos en espantosas y corrompidas tinieblas.

La Historia forma unidad y debe ser enseñada como unidad. Las periodizaciones que los historiadores establecemos para comodidad en nuestro trabajo son puramente convencionales y no deben convertirse en signos de realidad. ¿Cuándo finaliza la Edad Media? Nunca falta algún idiota que se empeña en que le digamos el día y la hora exacta en que este acontecimiento tuvo lugar y se conforma mal cuando le decimos que lo que, precisamente, acaece es que nunca ha tenido lugar. La primera gran rectificación en nuestros sistemas de enseñanza debe consistir precisamente en ese esfuerzo de la unidad. Máxime ahora, cuando el principal de los "campos históricos inteligibles" va a ser para los españoles, Europa. Fuerzas plurales, coyunturas diversas, esfuerzos coordinados y divergentes han estado en juego durante muchos siglos hasta hacer que aquella síntesis entre helenismo, romanismo y cristianismo, llegara a florecer convirtiéndose en protagonista en la Historia de la Humanidad. Esa conciencia de europeidad, con sus logros y sus fracasos y, desde luego, también con su violencia, debe ser explicada a los alumnos que están en trance de devenir ciudadanos de esa Europa que debe madurar: para nosotros se trata del término de llegada.

La libertad: primera lección de la historia

Primera y más importante de las lecciones que de la Historia se desprenden es que es el reino de la libertad. Educar en libertad y para el ejercicio de la libertad es precisamente la misión primordial de cualquier sistema educativo. Pero la libertad no es otra cosa que una de las facultades del hombre y, para ser rectamente empleada, necesita de unas referencias que proceden del orden moral y de la experiencia. Un recto conocimiento de la Historia constituye la mejor aportación para formar dicha experiencia, garantizando el acierto en la construcción del futuro de la comunidad de que se forma parte.

No olvidemos que se comete la mayor parte de los errores cuando se les ignora: es un tópico verdadero que los pueblos que olvidan su historia -y aquí tendríamos que instalar la palabra verdadera- están obligados a repetirla. Un buen programa para la enseñanza de la Historia sería aquél que mostrase a las generaciones jóvenes la íntima y recíproca dependencia que existe entre libertad y responsabilidad. Lo reclamaba Karl Jaspers en 1946 en Alemania, al término de la guerra mundial en un país abatido y arruinado. Nadie tiene derecho a inhibirse de esa responsabilidad porque el hombre es por naturaleza libre. Y no debe confundirse libertad con independencia o arbitrio. Importa mucho que los hombres hagan lo que deben y no lo que les venga en gana.

Concepto tanto más indispensable en nuestro tiempo cuanto que estamos muy lejos de una verdadera conciencia de libertad. Se tiende hoy a presentar la Historia como una sucesión de fenómenos sujetos a leyes inexorables. De este modo se veía en el principio de su discurso. Muchos años fueron necesarios para que, bajo las directrices del cristianismo que invitaba a contemplar a los hombres como responsables ante Dios, se descubriera esa verdad profunda: no son únicamente los individuos quienes se encuentran sometidos al imperativo de la libertad sino también las naciones. No basta con responsabilizar a los líderes de esas naciones puesto que se produce, siempre o casi siempre, una relación muy estrecha entre unos y otras. Una correcta enseñanza de la Historia debe mostrar esto. Nadie puede escapar a ese uso de la libertad: no se trata de asumir determinados gestos o palabras.

Cruzando el umbral del Milenio, con una Monarquía restaurada, que responde a una legitimidad jurídica que debe medirse por siglos y no por años, España se prepara para entrar en Europa. Nuestras disciplinas históricas deben proporcionar a las generaciones del nuevo siglo explicaciones correctas acerca de lo que es España y Europa, dentro de la cual hemos estado integrados, siempre. Para ello es imprescindible rehuir los juicios: explicar simplemente lo que fuimos, para entender lo que somos, puesto que desde esa esencialidad -que es nación y patria al mismo tiempo- tendremos que poner el esfuerzo para construir el acervo cultural común que constituye la europeidad. Hay fundamentos suficientes, pero el edificio tiene que ser construido.

El camino hacia la europeidad

España, Hispania, fue descubierta, como América, y alguien nos hizo objeto de su desvivencia para crear, en el solar añejo de la Península, que ya contaba con esquemas de vida bastante bien dibujados, una nación. Dotada de un instrumento para la comunicación, el latín, se constituyó aquí una nación que era, como otras de Europa -no todas- el resultado de una simbiosis entre tres elementos: el antropocentrismo helénico que se acostumbra a ver en el hombre la medida de todas las cosas, la noción del ius romano que conforma la conciencia de la ciudadanía, y la profunda dimensión que el cristianismo atribuye a la naturaleza humana.

En la conciencia de la inmediata responsabilidad se hincó una tesis: España no es el resultado de una conquista -por eso no se llama Gotia- sino de una herencia. Esto provocó ventajas importantes al conservarse el derecho romano y edificarse desde él, con preferencia a la costumbre, nuevas estructuras jurídicas. La legitimidad histórica, que se acaba encarnando en la Monarquía, desempeña un importante papel. Pero deberíamos insistir en que ese orden de valores, que llamamos isidoriano, y que es resultado de la mencionada simbiosis, constituye la primera aportación decisiva a la conformación de Europa. No es pura casualidad que un cronista mozárabe del siglo VIII figure entre los primeros que utiliza el término "europeos".

Un buen programa de Historia no puede prescindir de estas explicaciones ya que sin ellas todo el decurso de nuestro pasado se torna incomprensible. Sucedió que en el año 711, el Islam penetró en la península llegando a organizar política y estructuralmente las dos terceras partes del espacio. Fue una coyuntura importante la que significó al-Andalus. Pues lo que se pretendía crear, una sociedad musulmana independiente y autogobernada, significaba para Hispania el desgajamiento de Europa. Es imprescindible explicar los aspectos positivos -transmisiones culturales merced al árabe- y también las razones que explican primero el fracaso de la fórmula y, después, que al-Andalus se convirtiera en apéndice de imperios africanos.

Pero lo que debe conocerse a fondo es el proceso que hemos llamado reconquista y que es indudablemente un retorno a Europa, cuando ésta se llamaba cristiandad. Porque es imprescindible que los españoles entiendan por qué y cómo la unidad llamada Hispania, sin dejar de serlo, operó políticamente a través de un fraccionamiento que no afectaba a su cultura ni a su modo de ser. Puede explicarse una historia política de León, pero no una cultura leonesa salvo que forcemos mucho las cosas. y me refiero a León precisamente porque allí nacieron dos signos de europeidad: las condiciones para la anulación de la servidumbre, y las primeras Asambleas representativas que ya se llamaron Cortes.

Se debe explicar correctamente cómo esa unidad subyacente de Hispania, a partir de la pluralidad institucional causada por la Reconquista, pudo ser restaurada sin que padeciesen, por ello, las libertades conseguidas. La que oficialmente se llamó Monarquía católica española creó un modelo de enorme interés precisamente para crear la Europa de nuestros días, que parte de una pluralidad de naciones y se empeña en edificar la unidad. Pues entonces, en los siglos que constituyen la alta Edad Moderna, se produjo la unión de los Reinos separando de una manera neta dos niveles de decisión, el de soberanía, correspondiente a la Corona, que procuraba a los súbditos la equidad de la justicia, el orden interior, la defensa frente al exterior y la unidad económica, y la administración institucional que retenía las antiguas formas inmediatas a los súbditos. Es cierto, y así debemos destacarlo, que todo ello obedecía a una mentalidad, que constituye otra de las grandes aportaciones de España -eso que debemos comenzar a llamar europeidad: reconocimiento en la naturaleza humana de dos condiciones que le procuran plena dignidad: una capacidad racional para el conocimiento de las verdades universales y un libre albedrío para guía de la conducta dentro de un orden moral de que todo depende, incluso la conservación de la Naturaleza.

También es necesario detenerse en las razones -sin que esto signifique colocarse en uno de los bandos- de que Europa se desgarrara a sí misma en guerras terribles que condujeron a la derrota de España. "El sol de Breda", por mucho que se empeñara Velázquez, anunciaba el ocaso. Pero las nuevas generaciones de españoles deberían tener bien clara la noción de cuanto significó el brillante esfuerzo, hasta mediados del siglo XVIII, en el estudio y afirmación de los derechos humanos, en el desarrollo de la vida cara a cara con Dios, en el arte y en la literatura. Pues, ahora, España tiene que colocarse en la antesala de Europa con las manos cargadas de estos valores, no para menospreciar lo que otros ofrezcan, sino para que todos juntos, se haga una Europa que podamos llamar "nuestra" por las aportaciones que a ella brindamos.

Sin un conocimiento exacto del siglo XVIII, tan importante y a la vez tan mal juzgado, los españoles no .pueden llegar a entender las causas últimas de ese enfrentamiento entre las dos Españas que han constituido el drama fundamental del mundo contemporáneo. Deberíamos aprender a no juzgar a una de las Españas desde la otra sino a comprender que cada una tenía "sus razones" y que la antinomia no puede ser superada sino desde la recíproca comprensión. Es aquí donde la Historia, como ciencia de la explicación de los fenómenos en el tiempo, puede y debe desempeñar un papel sustancial. Aprendamos de una vez.

Este esquema, que puede ser ampliado, y al que es necesario agregar una visión de América, pues de la desvivencia española nacieron las nuevas síntesis nacionales del otro lado del Océano, basta para demostrar la importancia que el correcto conocimiento de nuestra Historia y también de la de Europa puede tener para el futuro. Cada una de las naciones que la forman tiene un patrimonio de siglos que constituye una enorme fuente de riqueza. Importa mucho extirpar las reliquias que dejó el nacionalismo cuando enseñaba a ver en el otro un enemigo a quien se debe odiar -con todo cuanto posee y significa- comprendiendo que esos valores de las otras patrias son también valiosos para mí. Pues sólo desde el amor a lo que es "próximo" puede edificarse correctamen-

te el futuro.

Amor a la patria

La enseñanza de la Historia exige una considerable dosis de humildad y de rectitud. Transmitir a los alumnos el mensaje: no somos más importantes que los demás, pero constituimos en nuestra comunidad humana, un valor que debe ser tenido en cuenta. Los aciertos en lo creado, que importa destacar, y los errores cometidos no son otra cosa que consecuencias de libertad, que nos acompaña siempre, puesto que forma parte de la naturaleza humana. Amor a la Patria, en cuanto que significa un patrimonio heredado, no debe llevarnos a ningún menosprecio de lo ajeno. Nación no es otra cosa que ámbito dentro del cual nos movemos: pero si esta condición biológica se exalta, pronto incurre en racismo y xenofobia. Hay que superar los pequeños nacionalismos, pues la diversidad sólo es buena cuando juega su papel dentro de la unidad y no de la discordia. Amar la libertad consiste en aceptar también la responsabilidad.

Tengo que concluir diciendo que estamos hoy muy lejos de este planteamiento. El pasado, especialmente el inmediato, no se explica, se juzga en los términos más negativos que pueden encontrarse, recurriendo a descalificaciones peyorativas. Hay una valoración materialista del pasado histórico, como si éste sé desarrollase por mecanismos que hacen caso omiso de la libertad. Surgen por todas partes los pequeños nacionalismos que tratan de circunscribir las mentes al horizonte estrecho del paisaje regional. Se mantienen eslóganes aprendidos de ciertos doctrinarios que nada tienen que ver con la historia. Y desde la novela o desde el cine, que tanto influyen en la formación de las conciencias, se lanzan sólo imágenes negativas. Aún estamos a tiempo de rectificar, pero en esto a las autoridades corresponde un papel comprometido que no sé si estarán dispuestas a desempeñar.

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