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El debate sobre las armas

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Otro más de los vestigios de la Inglaterra civilizada pasa a la historia: el policía desarmado. Por 170 años la policía británica funcionó sin armas. Desde su fundación por Sir Robert Peel en 1829, los "bobbies" vigilaban armados sólo con un rolo. Y hasta hace pocas décadas la gente del Reino Unido sí estaba armada. Ahora es al revés. La policía tiene revólveres y la ciudadanía no. ¿Qué pasó?

El Reino Unido tiene las más rígidas leyes de control de armas en el mundo. Ni siquiera a los miembros del equipo olímpico de tiro al blanco se les permite tener pistolas. El público británico puede obtener sólo licencias para poseer rifles y las municiones para estos pueden ser sólo de perdigones para matar aves.

Según los activistas que quieren acabar con la posesión de armas, el Reino Unido debería ser un país seguro y sin crímenes. La realidad es otra y tanto los crímenes violentos como los robos se han disparado. Peleas a tiros entre grupos rivales de delincuentes es la causa de los cambios en la policía. En los viejos campos de Robin Hood en Nottinghamshire, la policía anda en parejas y armados de semiautomáticos, mientas que vehículos con ametralladoras están listos para respaldarlos.

Si el control gubernamental de las armas logra que la sociedad esté segura, ¿por qué los policías ingleses están ahora armados hasta los dientes? Más bien es indicativo que el control de armas es un tremendo fracaso. El resultado es lo opuesto a lo que aseguraban los activistas y la realidad es que cuando se prohíben las armas, sólo los delincuentes andan armados.

Puede que el hogar del inglés sigue siendo su castillo, donde ni siquiera el rey puede entrar sin una orden judicial, pero los ladrones y violadores entran cuando les da la gana. Es más fácil y menos arriesgado asaltar a sus víctimas en la privacidad de los hogares que en la calle. El asaltante sabe que la familia está desarmada.

Los expertos en Estados Unidos han probado una y otra vez que la difundida propiedad de armas entre la población es un potente freno a la delincuencia, impidiendo entre uno y tres millones de asaltos y crímenes al año. La posesión de armas salva muchas vidas e impide violaciones y robos. Y, sin embargo, los activistas insisten en desarmar a la gente.

Esto nos obliga a dudar si los defensores del control de armas son tontos o si tienen otra cosa entre manos. Una vez que se introduce el control de armas en la política, las mentiras lanzadas opacan a las usuales de Bill y Hillary Clinton. Hace poco el ministro de Justicia del Canadá, Allan Rock, contestó las críticas a la obligación de registrar las armas, asegurando que "no hay razón alguna para confiscar armas poseídas legalmente". Menos de diez meses después 553.000 armas registradas legalmente fueron confiscadas por el gobierno del Canadá. Ahora, muchos canadienses prefieren exponerse a cinco años de cárcel antes de registrar su arma.

El control de armas reduce drásticamente la seguridad pública y convierte al ciudadano respetuoso de las leyes en infractor. Licencias y registros aumentan la delincuencia al dedicar tiempo y recursos de la policía a trámites y papeleo. Y, por supuesto, todo el mundo sabe que los criminales no solicitan licencias ni registran sus armas.

La gente más peligrosa en este país no está en la lista de los "10 más buscados por el FBI", sino que son los extremistas como los senadores Charles Schumer y Hillary Clinton empeñados en desarmar a los ciudadanos.

Uno tiene que preguntarse por qué la izquierda está empeñada en hacer de la confiscación de armas una prioridad nacional. Pienso que tratan de distraer nuestra atención de los desastrosos resultados de su ingeniería social.

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