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La Ilustración Liberal

Intelectuales

Un gran libro contra Baroja

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Eduardo Gil Bera ha publicado un libro excepcional, Baroja o el miedo [1], que la sociedad literaria española ha recibido a pedradas. Tan apabullante ha sido la unanimidad violenta contra el libro y contra el autor en los suplementos literarios de la prensa que aunque sólo fuera como fenómeno cultural merecería atención. En un gremio carcomido por las convenciones, apostador por valorcitos prejuzgados, adicto al agua tibia, feligrés del pasteleo, abocado a la chapuza intelectual y abonado a cualquier componenda política o comercial, la ferocidad exhibida contra un autor no consagrado como Bera, a cuenta del consagradísimo Baroja, en principio inaccesible a la demolición de un prestigio generalizado, tiene mucho de autodefensa de la tribu literata y de sus fétidas costumbres frente a un advenedizo que exhibe su talento y sus ganas sin miedo al qué dirán. Esa inusitada violencia verbal de la crítica se acrecienta, a nuestro juicio, por la calidad de Gil Bera como escritor, que es extraordinaria. La injusticia de la crítica ha sido, pues, doble: con el libro y con el autor. Sólo su doble valor la explica.

Ediciones Península subtitula el libro de Bera "Biografía no autorizada". Anglicismo idiota, porque salvo que la Sociedad General de Autores haya abierto negociado en el Más Allá, parece imposible que Baroja pueda autorizar ni desautorizar nada. Cierto que el amor al dinero de la estirpe barojiana es proverbial pero no la creemos capaz de emplear a San Pedro como agente literario. Si querían decirnos que la biografía es poco respetuosa con Baroja, el título bastaba. Porque en él está la clave de medio libro: un niño enfermo de miedo; un adulto aterrado por todo y por todos que nunca abandonó esa condición espantadiza. Quizás Bera, en su búsqueda de la verdad humana tras el mito literario, se pelee demasiado con la tara psicológica o el complejo de complejos del que Baroja es más efecto que causa, más rehén que carcelero, sin demasiada culpa por su parte. Otra cosa es la ocultación, el cúmulo de mentiras forjado por Baroja para no enfrentarse a la verdad, a su verdad. Y, paradójicamente, utilizando la verdad como coartada. En ese aspecto, el texto de Bera es demoledor.

Pero acaso más interesante es el otro medio libro, el que buceando en su carrera política, periodística y literaria nos va explicando la construcción del personaje Baroja, entrecomillado "Baroja" para distinguirlo del real, un escritor excepcional (para mí, no para Bera) pero también un despreciable embustero, un retorcido ególatra, un intelectual con méritos sobrados para figurar en la estirpe de publicistas siniestros, estafadores morales y demagogos sin escrúpulos que Paul Johnson describió en Intelectuales [2]: Rousseau, Marx, Brecht, Hemingway, Sartre... Entrevisté a Gil Bera en la radio tras la aparición e inmediato linchamiento de su libro y, al preguntarle sobre el de Paul Johnson, me dijo que no lo había leído. Lástima. Actitudes barojianas que consideradas como rasgo personal pueden parecer particularmente monstruosas -la mentira sistemática; la avaricia disfrazada de pobreza- al verlas democratizadas, idénticas a las desarrolladas por muchos intelectuales en la creación de su "imagen", no pierden su carácter siniestro, pero sí cualquier clase de grandeza demoníaca e individual. El modelo de farsante intelectual, la creación deliberada y tenaz de un mito publicitario absolutamente ajeno a la realidad del escritor es, de puro repetido, atrozmente vulgar, minuciosa y esforzadamente banal.

Si el "Baroja" rencoroso, avaro, egoísta, misógino, y envidioso de cualquier éxito ajeno que retrata Gil Bera pulveriza la imagen de sabio en zapatillas, amigo sólo de la verdad, ajeno a glorias materiales y vanidades mundanas, es decir, la imagen que él mismo creó y que se ha transmitido exitosamente hasta nuestros días, quizás lo apabullante del libro es la implacable demolición de la imagen "liberal" cultivada por él después de la derrota hitleriana, bruñida por sus albaceas y herederos y aceptada por quienes como lectores, estamos inclinados a cualquier indulgencia de la vista. Ignacio Gracia Noriega publicó recientemente en La Ilustración Liberal un artículo que resume muy bien esa consideración positiva, individualista y algo anárquica, de un Baroja enfrentado a las diversas formas de poder. Simpático, sí. Lástima que también falso. Tras este libro nadie podrá defender otro perfil político de Baroja que el de un oportunista fascinado casi vocacionalmente por la dictadura, una suerte de nihilista de origen nietzscheano, políticamente entre Sorel y Chernichevski, que camufla como individualismo una voluntad de poder tan arbitraria como despótica. En cuanto a su faceta ideológica, la del escritor de periódicos que opinaba y participaba en los debates y polémicas de la política española de su tiempo, Baroja se muestra como un lerdo descarado, alguien capaz de defender con la misma facundia una cosa y la opuesta en apenas dos meses... o dos días. Nunca vacila ante la apología de la violencia, salvo que en ese instante no le convenga. El único elemento ideológico fijo y permanente, lo único que, junto al antisemitismo, permanece inalterable en su obra (hasta el götterdamerung nazi, claro) es su aversión a la democracia liberal.

Así, Baroja pasó de exaltar el terrorismo anarquista -"el único joven de España" llama al terrorista Mateo Morral, magnicida frustrado de Alfonso XIII- a formar en las legiones del peor Lerrroux, el "Emperador del Paralelo", que azuzó y rentabilizó el terrorismo de la "Semana Trágica" barcelonesa; y de jugar al bolchevismo a bendecir la Alemania hitleriana. Aparte de Lerroux, pero cuando se terció incluso Romanones, Baroja elogió antes de crucificar, según sus intereses, el momento y la ocasión, a Primo de Rivera, a la República, a los dos bandos en guerra, al franquismo y a lo que fuera menester. "Baroja" el escritor abominó de la política profesional... sólo después de que Pío Baroja, el político, fracasara como candidato a concejal, antesala necesaria para la alcaldía, en Vera de Bidasoa y en el mismísimo Madrid. Más adelante veremos algunos aspectos de esa epopeya de bajezas y puñaladas que fue su fracasada aventura política.

En rigor, "Baroja" es, a la luz de la investigación de Gil Bera, un ejemplar típico de "intelectual progresista" forjado en la impostura sistemática y el autobombo implacable. Dicen ahora que "esas cosas de Baroja, ya se sabían". Querrán decir que se sabían y se ocultaban. Todas juntas y con otras nuevas, hasta ahora, no las había firmado nadie. En consecuencia, como Gregorio Morán por su libro sobre Ortega El maestro en el erial [3] o César Alonso de los Ríos por La verdad sobre Tierno Galván[4], Bera ha sido concienzudamente abucheado por los albaceas universitarios del mito y los escribas domingueros del común. Cabe reprocharle que se entretenga en detallar plagios poco relevantes para el conjunto de la obra o en reticencias psicológicas nacidas del cuerpo a cuerpo con su objeto de estudio, achaques inevitables en un autor que se toma en serio su tarea pero que un buen editor debería haber limitado. Cien páginas menos y el libro sería aún mejor. Con todo, lo más injusto sería ocultar que Gil Bera es un magnífico escritor. Uno de los mejores ensayistas españoles de los últimos años. [5] Algo más que deberemos a Baroja. ¡Paradoxa (Nordau) de Pío Paradox!

En la cuna del miedo

Sería absurdo querer reducir a una sola fórmula o a un simple truco el peculiar encanto de la prosa barojiana, su estudiado abandono, su desastrado coqueteo con el lector, esa forma de seducción, en fin, basada en "dar pena" que usan niños y adultos pero cuya técnica es de origen infantil y cuya eficacia resulta perdurable mientras no abandone su sentido primigenio. Del mismo modo, tratar de esclarecer aspectos elementales y oscuros en la formación de la personalidad de un escritor no pretende algo así como una explicación, positiva o negativa, del conjunto de la obra. Hay casos, sin embargo, en los que el autor habla tanto de sí mismo, vela y desvela tan continuamente ese ser suyo voluntariamente enajenado, vertido en tinta y encuadernado en rústica o en tela, que por fuerza nos invitan a desentrañar el sentido último o, al menos, las fuerzas ocultas que mueven tan tremendo despliegue verbal e intelectual. Es el caso de Baroja. Y a ello dedica muchas páginas Gil Bera, tan inclementes como esclarecedoras.

Los móviles nunca confesados, bien al contrario, que según el autor movilizarían toda la energía y creatividad barojianas serían, en síntesis, la búsqueda del éxito propio y la envidia del ajeno, la obsesión por el dinero, el rechazo del sexo personificado en la mujer y una forma peculiar de relación entre todos esos móviles agazapados en lo más íntimo de su ser que cristalizaría en el ocultamiento, en la mentira sistemática sobre sí mismo y en la proclamación de una sinceridad sólo utilizada para hablar mal de todo el mundo, forma primitiva y permanente de agresividad general, de odio a todo y a todos.

La célebre misoginia barojiana, su incapacidad de relacionarse de forma más o menos estable con cualquier mujer, así como su forma de vida, pegado a las faldas de su madre hasta que ella falleció, siendo él ya hombre maduro, provoca el sarcasmo del biógrafo desde el comienzo del libro. Un sarcasmo un poco banal, hay que decirlo, deudo de una moral y de una idea de la relación entre los sexos o del individuo con el sexo, bastante convencional. "Baroja jamás convivió con una mujer que no fuera su madre", señala Bera en la introducción (p.19), que comienza describiendo la huída, contada por el propio novelista en sus Memorias, ante las proposiciones de una dama llamada Beatrice, a la que encontró en un viaje a Italia y con la que coqueteó hasta que ella le invitó a acompañarla a Nápoles, provocando el pánico del galán: "No tenía dinero. Confesarle esto me parecía muy peligroso. Todas aquellas señoras tenían un entusiasmo por el rango y la fortuna extraordinario.(...) Tras muchas vacilaciones decidí que no había más remedio que marcharse y, a la mañana siguiente, sin despedirme de nadie (...), me marché."

Hay otras deserciones sentimentales recogidas en la biografía. Así la de una joven bordadora a la que el joven Pío corteja de forma pedante y aburrida, provocando la observación de la chica: "será usted catedrático". Pero la posterior desesperación de Baroja por su torpeza con ella no lo llevan a enmendarse, sino a abandonar. En general, todos los encuentros que abren posibilidades amorosas resultan otros tantos fiascos, cuya raíz, según Bera, está en la idea de la mujer como algo peligroso, vampírico, indecoroso y obsceno. Una cita de Las horas solitarias, recogida después en La intuición y el estilo avala la interpretación: "Yo, en Madrid, miraba como tipo de mujer inútil y haragana, embustera, erótica y ansiosa a una señorita de la vecindad que se llamaba Lola. Lola era una mujer morena, verdosa, con la cara llena de polvos de arroz; inmediatamente que veía algún joven y hablaba con él, se derretía y perdía el decoro (...) Tenía un entusiasmo por los ricos que llegaba a la vileza. (...) Yo creía entonces que este tipo de Lola era una excepción del género femenino; después, creía que era una variedad; hoy creo que es casi el género entero. La fuerza del sexo nivela a todas las mujeres. Esa presión del ovario y la matriz es tan fuerte que no les permite diferenciarse bien." (pp. 19-20)

Ahora bien, siendo estos juicios tan estúpidos, ¿no resultan demasiado obvios? La figura de la madre todopoderosa y oscura, la "amatxo" vasca, identificada con la casa y no con el matrimonio, enlutada y al margen de la coquetería, viuda antes de enviudar, yerma de cualquier afecto por un hombre que no sea de su prole, es aparatosamente ostensible. Pero entonces lo lógico en un "mama´s boy" como Pío habría sido la homosexualidad, no la misoginia. No estamos ante una perversión, si se quiere considerar así la homosexualidad, sino ante una inhibición en materia sexual, que aunque deudora de esa misma relación obsesiva, sofocante y castradora con la madre, es asunto muy distinto. A Baroja le atrae físicamente la belleza femenina, no la masculina. Cuando quiere coquetear lo hace con mujeres, bien que de posición social superior. Y esa prevención ante la fascinación sexual le permite una captación de matices y recovecos en la conducta de sus personajes femeninos de una sutileza extraordinaria, y mucho más "moderna", si cabe el concepto, que la de otros novelistas con una visón de las mujeres más corriente pero también más convencional. "Laura" o "Susana" encierran descripciones femeninas mucho más realistas, bien que desprovistas generalmente de ternura, que las que podemos hallar en Clarín y en el mismísimo Galdós. Por cierto, otro hombre incapaz de soltar el lazo que le ataba a su madre, aunque su prodigalidad sexual de solterón atípico le redimiera ante la moral convencional. De aquella época y de ésta.

En realidad, la clave del "complejo" barojiano, que desprovisto de cualquier idea moralizadora o terapéutica resulta apasionante para cualquier observador psicológico y muy especialmente para los lectores de Baroja, la da Vera en un solo párrafo: "En Baroja, aquello de lo que se calla o se protesta carencia, desinterés y buen fin, mientras se denuncia su índole viciosa en los demás, el objeto de la codicia, la obsesión con tapujo gazmoño, lo obsceno, no es el sexo. Es el dinero. El dinero como obscenidad es característica barojiana"(p.41).

Recapitulemos. He aquí un niño miedoso, que sólo se siente seguro en casa, al abrigo de su madre: "En la calle, cuando comenzaba a oscurecer, le decía a mi madre: "vamos a casa". No me gustaba nada Madrid. Sobre todo, de noche me inquietaba: la calle, el gentío, me daban la impresión de algo siniestro y amenazador" (p.36). Vulgaridad. Millones de niños de todo el mundo padecen ese miedo sin objeto, impreciso y devastador. Más raro es que un adulto -Baroja- siga aterrorizado por ese "algo siniestro y amenazador"; que no pueda conciliar el sueño pensando que hay alguien detrás de la puerta esperando a que se duerma para entrar y matarlo. Normal, en cambio, que en ese tipo psicológico se de la cobardía física (p.59) y, más aún, la timidez exagerada, abocada a la melancolía: "Las mañanas de Madrid de invierno, de cielo claro y hermoso, andando por las calles, me dan mucha tristeza. Los carros, las verduleras, las criadas que van al mercado, los dependientes que limpian sus tiendas, el olor del café que tuestan en las esquinas, todo esto me recuerda la época de estudiante en que iba al Instituto de San Isidro, y en que me sentía tan desvalido y tan tímido" (p.35-36).


Un tipo nada singular

¿Pero tan singular, en bueno o en malo, era don Pío o su personaje "Baroja"? En 1908, un austriaco que escribía en alemán y que sin duda desconocía las andanzas del novelista español publicaba un breve texto que en su segundo párrafo decía: "Las personas que me propongo describir atraen nuestra atención por presentar regularmente asociadas tres cualidades: son ordenados, económicos y tenaces. Cada una de estas palabras sintetiza en realidad un pequeño grupo de rasgos característicos afines. La cualidad de "ordenado" comprende tanto la pulcritud individual como la escrupulosidad en el cumplimiento de deberes corrientes y la garantía personal; lo contrario de "ordenado" sería, en este sentido, descuidado o desordenado. La economía puede aparecer intensificada hasta la avaricia, y la tenacidad convertirse en obstinación, enlazándose a ella fácilmente una tendencia a la cólera e inclinaciones vengativas. Las dos últimas condiciones mencionadas, la economía y la tenacidad, aparecen más estrechamente enlazadas entre sí que con la primera. Son también la parte más constante del complejo total. De todos modos me parece indudable que las tres se enlazan de algún modo entre sí."

El texto es de Sigmund Freud y se titula El carácter y el erotismo anal [6]. Desarrolla algunas de las tesis y observaciones de su primera obra realmente escandalosa: Tres ensayos para una teoría sexual [1905], donde trata del erotismo infantil y la elaboración psicológica posterior, en la personalidad adulta, de placeres primitivos asociados a la micción y a la defecación a través del control de los esfínteres. Primera ley social, por cierto, que se transmite al niño -control del acto de orinar y defecar- y también primer conflicto entre la obediencia y la infracción. De ahí el juego del niño con sus heces, bien como obsequio, bien como agresión. Pero, generalidades al margen, fijémonos en esa "economía intensificada hasta la avaricia" y en esa "tenacidad convertida en obstinación", "tendencia a la cólera e inclinaciones vengativas". ¿No parecen estar describiendo al Baroja que guarda miles de pesetas en un arcón mientras finge públicamente pobreza, o al intelectual "amigo de la verdad", que, pretextando indiferencia por la opinión ajena, ataca implacablemente a todo el mundo, vengándose por escrito en la ancianidad de algún pequeño agravio real o inventado que alguien le infligió voluntaria o involuntariamente allá en los lejanos años de la infancia, pero que él, Baroja, conserva fresco y vivo en la "interior bodega" de su inextinguible rencor?

Una interpretación ignara y reduccionista tanto del concepto freudiano de erotismo como del significado que en él reviste el término "anal" podría llevar a algunos a suponer una tendencia homosexual más o menos reprimida en Baroja, que se manifestaría también en su misoginia. El sentido del texto freudiano es muy diferente: el tipo de personas antes descritas -en las que encaja perfectamente Baroja- tardan más de lo normal en controlar tanto la micción como la defecación, en especial porque encuentran un placer accesorio en la defecación y, por tanto, en el control-descontrol de los esfínteres. De ahí que dure varios años la tendencia a un control de las deposiciones o la fascinación por jugar con las heces, aunque en su recuerdo se les atribuya a un hermano u otro niño. "De estos signos -dice Freud- deducimos una franca acentuación erógena de la zona anal en la constitución sexual congénita de tales personas. Pero como una vez pasada la infancia no se descubre ya en ellas resto alguno de tales debilidades y singularidades, hemos de suponer que la zona anal ha perdido su significación erótica en el curso de la evolución, y sospechamos que la constancia de aquella triada de cualidades observables en su carácter puede ser relacionada con la desaparición del erotismo anal." Y más adelante insiste: "no parece muy aventurado reconocer en las cualidades que tan frecuentemente muestran reunidas los individuos cuya infancia presentó una especial intensidad de ese instinto parcial -el orden, la economía y la tenacidad- los resultados más directos y constantes de la sublimación del erotismo anal."

Hay otros hechos simbólicos pero también reales que Freud recuerda en ese texto: la identificación del dinero con las heces, del oro con el excremento, desde las antiguas leyendas babilónicas "Mammon=ilu mamman" hasta la presentación del oro como el estiércol que forma el suelo del infierno, en esa y otras mitologías orientales. En las occidentales es también abundantísimo. Freud recuerda la figura del "Cagaducados", a los que en España podríamos añadir motes como "Cagaplata" o la figura del "Caganer" en los belenes de Cataluña: un campesino tocado con el gorro frigio o barretina que, agachado y con las posaderas al aire, deja su deposición en las cercanías del Pesebre. Algunos ven como signo blasfemo lo que no pasa de símbolo infantil de burla pero también de regalo, de ofrenda, como las de los pastores y los Magos. Atesorar equivaldría a retener, regalar equivale a expulsar, y habría una transferencia de la materia primitiva cuyo control producía placer -las heces- a la materia cuyo control y amontonamiento produce idéntica satisfacción, incluso o especialmente cuando se produce en secreto. El elemento ambivalente, de generosidad y agresividad, que hay en los regalos y en las personas acostumbradas a regalar cosas, cobra otro aspecto en los avaros: el rico que se finge pobre, el que guarda dinero oculto conjuga el placer de atesorar con el de negar a los demás la posibilidad de compartirlo, siquiera en la imaginación; no digamos ya en el robo.

Al final del texto citado, Freud hace una de esas afirmaciones enigmáticas que luego suelen encontrar explicación en otras obras: "Hasta el día, sólo he podido reconocer la "ardiente" ambición de los individuos que en su infancia padecieron de enuresis." Es lo que en los Tres ensayos sobre la vida sexual y en el Caso Dora Freud describe como "erotismo uretral", estableciendo una asociación entre la masturbación infantil y la micción. Aparte de las teorías sexuales infantiles que imaginan que los niños se hacen introduciendo la orina del padre en la madre, también la poderosa y duradera sensación -a veces ensoñación- de omnipotencia infantil iría ligada a la orina, tal como estudia Freud en el simbolismo de uno de sus libros últimos, La conquista del fuego. Su discípulo Abraham y sobre todo Melanie Klein desarrollarán el aspecto sádico de esta fijación infantil en la micción como acto capaz de apagar el fuego y, por tanto, de corroer y destruir cualquier cosa e incluso persona. [7]

Los que creen en la somatización fatal de los complejos psíquicos encontrarán absolutamente lógico que una persona como Baroja, tan identificable con muchos de los aspectos descritos por Freud en las personas especialmente sensibles a la sublimación del erotismo anal, padeciera de prostatismo a edad temprana y tuviera que sufrir una operación entonces muy grave y de larga convalecencia, cuando estaba en el apogeo de su carrera literaria. Dejo a Gil Bera el sadocomentario de esta "coincidencia" psicosomática.


Baroja, Ortega, Azaña y demás liberticidas

Pero quizás lo mejor de este libro y lo que sin duda más puede molestar al establecimiento cultural español es que pone de manifiesto la gigantesca estafa que en torno a los valores de la inteligencia y la libertad se perpetra hoy a cuenta de un pasado no ya retocado o reinventado sino concienzudamente falsificado para alzar la fantasmagoría ideológica que funda el omnímodo poder de la Izquierda en el medio intelectual: periodístico, político, universitario, editorial. Según el discurso implícito en tantos discursos políticos explícitos, los problemas de España provendrían de una abominación ideológica, política y temporal que vendría de lejos, casi desde los orígenes, de la Cruz y de Roma, pero que habría alcanzado su apogeo crepuscular en el franquismo, que sería la Derecha químicamente pura, despótica, entre militar y clerical, sin adherencias éticas, ni disimulos intelectuales: la barbarie en estado de permanente guerra contra la Inteligencia, que por contrapartida sería la Izquierda sacrificada en el altar de la burricie natural de España, páramo hostil a la cultura, la bondad y la libertad.

Además de caricaturesco, sucede que este modelo de explicación del pasado y fundamentación de valores presentes es rigurosamente falso. Tan falso en el venturoso presente como en el pasado reinventado. Tan amigos de la libertad son los intelectuales que en la España actual expiden patentes de democracia como lo fueron sus antecesores en el negociado de las ideas, es decir, nada. Fueron los intelectuales españoles, a rueda de los europeos y americanos de su tiempo, los que desde comienzos de siglo se entregan concienzuda e irresponsablemente a la tarea de triturar la civilización política edificada en torno al liberalismo durante el atribulado, trabajoso y heroico siglo XIX español [8]. Son los grandes figurones de nuestra literatura y nuestra filosofía, los Costa, Ortega, Unamuno, Azaña y demás "maîtres á penser" del siglo XX los que empujan a la clase política y a la opinión pública hacia la liquidación del sistema de libertades, camino de cualquier dictadura, siempre que cumpliera con ferocidad el imperativo de la novedad, valor supremo en estos sacamuelas de la política y de la cultura. Y entre ellos, Baroja ocupa un especialísimo lugar, no en balde fue en vida de los más influyentes y, después de muerto, es harto representativo de esa inmensa estafa intelectual imperante en la vida pública española, tan agobiante, tan tronitonante y, cuando alguien como Gil Bera se sale del carril, tan implacable y tan aplastante.

Todo ese circo de mentiras halla una síntesis decididamente prodigiosa en un texto barojiano de 1901 publicado en el primer número de una revista cuyo título es en sí mismo un símbolo del anticlericalismo y, por ende, del progresismo intelectual: Electra. Aquella obra teatral de Galdós, convertida en suceso callejero tumultuoso, sirvió como banderín de enganche a la generación que aparece en España a principios de siglo, asociada posteriormente a la Catástrofe del 98 a título de Generación. Y en ella escribe Pío Baroja esta "Política experimental": "Visto que el sufragio universal no resuelve nada, debía ser suprimido de manera que los nuevos, los más inteligentes resolvieran, no conforme al criterio de la mayoría (...) De aquí se originaría un absolutismo de los inteligentes sobre los no inteligentes, de los espíritus que han llegado a un estado de conciencia sobre los dormidos o los torpes (...) Por eso, queriendo ser fuertes no podemos ser liberales, debemos ser autoritarios y evolutivos, dirigir y encaminar nuestros esfuerzos a conseguir el máximum de perfección, de piedad, de inteligencia, de bondad compatible con la raza (...) Marcharíamos directamente, sin ambages, a la supresión de las instituciones democráticas, como las Cortes, el Jurado, y las demás, que no tienen más base que la ley de las mayorías y el número aplastante que representa la fuerza de un rebaño de bárbaros. Experimentalmente, veríamos que la masa es siempre lo infame, lo cobarde, lo bajo; que un público, que también representa a la masa, es siempre imbécil y que, en una Cámara o en un Congreso, los sentimientos falsos sustituyen a los sinceros, que las almas viles y rastreras se sobreponen a las altas y nobles (...). Si el país necesita un buen tirano, busquémosle (...) libertad de asociación, sufragio universal, libertad de prensa, inviolabilidad de domicilio, todo esto es estúpido y no tiene utilidad alguna. (...) ¿Y estas libertades vamos a defender? No, que se las lleve el demonio (...) una política experimental, que en España se reduciría a un mínimum de ley y a un máximum de autoridad." [9]

Lo más revelador de esta gavilla de descalificaciones, ataques y condenas contra la democracia y el liberalismo es que quien escribe no es un chicuelo cuyas opiniones escandalicen, espanten o simplemente produzcan repugnancia a su alrededor. El texto se publica en una revista que se abre con una epístola del mismísimo Galdós, en la que participan, entre otros jóvenes talentos, Manuel Machado y Ramiro de Maeztu. Tras cerrar Electra, el mismo grupo ampliado escribirá en Juventud, otro estandarte "noventayochista". Pero más significativo aún del crédito y la acogida que estas opiniones liberticidas encontraban en la España de comienzos del siglo XX es que Baroja, poco después de publicar esta descalificación absoluta del sistema político liberal, entraba a colaborar en el periódico más importante de la época: El Imparcial, cuyos "Lunes" hacían y deshacían los pequeños o grandes prestigios literarios españoles. No era, diríamos hoy, "políticamente incorrecto" el Baroja libertófobo de 1901. Al revés: seguía la moda, estaba en la onda de lo que empezaba a llevarse entonces y se seguiría llevando casi todo el siglo XX: el desprecio de los intelectuales por la libertad.

No se trataba de un desprecio abstracto sino de una adhesión concreta al terrorismo, a la violencia y al crimen político, que si a finales del XIX tuvo su símbolo en Angiolillo, el asesino de Canovas, pocos años después renovó el culto a la bomba en Mateo Morral, el anarquista discípulo y secuaz de Ferrer Guardia, que trató de matar el día de su boda, 31 de mayo de 1906, a Alfonso XIII y Victoria Eugenia, llevándose por delante no al Rey ni a la flamante Reina, pero sí a dos docenas de espectadores muertos y un centenar de heridos. Pues bien: en 1908, Baroja publica, dentro de una crítica aparentemente situada a la izquierda de la izquierda, -del "Bloque de izquierdas" republicano-socialista creado ese año-, este elogio del frustrado magnicida: "España hoy es un cuarto oscuro que huele mal; pero la pobre juventud de los rincones españoles quiere salir de su ahogo y, como no puede, de cuando en cuando se entrega a la desesperación. Ahí está Mateo Morral; rabioso, enfermo, furioso, pero joven, el único joven que ha habido en España desde hace tiempo" [10].

Al margen de ese elogio genuinamente totalitario a la juventud como tal, típico de todos los regímenes dictatoriales y criminales del siglo XX, la elegía o elogio póstumo de Mateo Morral no era sólo una expresión de simpatía espiritual. Como demuestra Bera, los días anteriores al criminal atentado, Baroja y sus amigos de entonces se vieron y hablaron con Mateo Morral, que tras la horrenda carnicería y antes de huir y suicidarse (llevándose por delante a un guarda jurado) se refugió en casa de uno de los primeros mentores barojianos: Nakens, posteriormente juzgado junto a Ferrer Guardia como cómplice e inductor, respectivamente, del atentado de la Calle Mayor. Nakens fue condenado; Ferrer absuelto por falta de pruebas, aunque todo el mundo estaba convencido de que era culpable, hasta el punto de que republicanos y socialistas se negaron a defenderle y finalmente lo hizo un aventurero de la confianza de Lerroux, Emiliano Iglesias, que tanto protagonismo tendría luego junto a Ferrer en la Semana Trágica de Barcelona, otro hito de la complicidad con el terrorismo de los republicanos radicales de Lerroux. Y de muchos intelectuales de izquierda, como el que nos ocupa.

Aterrado cuando llegó el juicio por el frustrado magnicidio, Baroja huyó a Londres, donde lo albergó Tarrida del Mármol, otro terrorista catalán implicado en el atentado del Liceo y luego, ya con Francisco Ferrer Guardia -jefe de Morral- a la cabeza, en La Semana Trágica. Baroja hizo una novela cinco años después con el telón de fondo del atentado y muerte de Morral: "La Dama errante", con María Aracil como trasunto de la terrorista Soledad Vilafranca. Pero no lo hizo para confesar, siquiera indirectamente, que él formaba parte de ese paisaje humano y político, que asistió a los prolegómenos y conocía los vericuetos del desenlace del atentado, sino para confundir y borrar sus huellas. Nunca, en toda su vida, trató sinceramente los hechos ni mostró la menor preocupación moral por el horrendo crimen que tan de cerca conoció. Otro tanto sucedió con la Semana Trágica.

En el colmo de la impostura y de la cobardía intelectual, Baroja protagonizó en 1909 con Corominas, ex-terrorista de la época del Liceo convertido a través de El Poble Catalá en adalid del nacionalismo radical y enemigo por tanto de Lerroux, una polémica que asombra por la indignidad de sus protagonistas. Corominas, que tuvo que huir de España como cómplice del atentado del Liceo, reprocha a Baroja el elogio antes citado a la "juventud" del terrorista, pero no citando a Mateo Morral, sino a Angiolillo, el asesino de Canovas del Castillo en el balneario de Santa Agueda, pocos años antes. Corominas, que conocía por propia experiencia las zahúrdas del terrorismo barcelonés y sus ramificaciones en París y Londres, denunciaba en realidad, de forma indirecta pero que todos en España entendían, que Angiolilo, Morral, Ferrer Guardia y, tras ellos, Lerroux y los intelectuales de su cuerda, especialmente Baroja, eran en el fondo la misma banda, con los papeles repartidos. A lo que el novelista, impertérrito, respondía: "...niego también, como una afirmación estólida, que yo considere como la única juventud digna de tenerse en cuenta la de Angiolillo (...) No, respetables y pedantescos señores de El Poble Catalá; eso que afirman ustedes no es verdad. Los literatos malos, los palabreros son ustedes; los que pueden tener alguna solidaridad con Angiolillo, son ustedes también; Corominas, por ejemplo, que le conoció, según me ha dicho a mí, y fue anarquista como él. Yo no; yo no he sido anarquista nunca" [11].

Pero sí había sido amigo de Corominas cuando éste era terrorista; y había respaldado la campaña de 1899, al socaire del Caso Dreyfuss, denunciando torturas a los procesados en Montjuich por la masacre del Liceo en 1893, entre ellos Corominas. Y sólo un par de años antes, había elogiado como símbolo de la única juventud digna de ese nombre, a Mateo Morral, camarada, cómplice y continuador de Angiolillo. ¿O es que asesinar a Canovas era distinto y peor que matar a los Reyes, y todo lo que cayera?


Ambición política, vocación totalitaria

Por supuesto, el desprecio por el sistema político no estaba reñido, bien al contrario, con el afán de hacer carrera política en las instituciones liberales. Baroja lo intentó varias veces y en distintos partidos, siempre sin éxito. Pero tras cada resbalón electoral, correspondencia plebeya a su desdén por el sufragio, abominaba del partido que lo había presentado y proclamaba su desinterés por la política... hasta la próxima. Sin embargo, la impostura ha triunfado y Baroja pasa hoy por persona insensible a las tentaciones de la figuración parlamentaria, alérgico al oropel social y al cargo público. El dudoso mérito de su éxito como falsificador autobiográfico lo debe a que no consiguió salir diputado, ni alcalde de su pueblo, ni siquiera concejal por Madrid, aunque todo lo intentó, y a que su ruptura con los partidos que lo llevaban en las listas era tan rápida y radical como su adhesión. Así, en 1909, tras fracasar como candidato a concejal del partido republicano radical, declaraba en una entrevista a El País: "Yo no soy republicano entusiasta (...) el partido republicano español tiene un programa muerto y fósil sin soluciones prácticas para nada (...) Sin embargo, esa idea de la República creo que, hoy por hoy, es la única salvadora que puede existir, siempre que vaya mezclada con un fondo de dictadura".

¿La fórmula? Muy sencilla: "recoger todo el contenido posible del socialismo y llevarlo a la práctica (...) Al final se llegaría a encontrar para jefe del Estado al hombre necesario, de mano fuerte, al mismo tiempo hombre de mundo y hombre de acción, que no vacilara en fusilar a media España para salvar a la otra media. Sólo un hombre así, un dictador popular, que exterminara de cuajo el carlismo, si éste se levantara tras la Revolución; que sujetara al elemento clerical, podría salvar a España y conducirla rápida y fuertemente hacia el progreso" [12].

Tiene mérito la descripción del personaje y del género bastantes años antes de que Mussolini marchara sobre Roma y de que Miguel Primo de Rivera viajara de Barcelona a Madrid para terminar con la "fantasmagoría" creada por Cánovas, liberticidio perpetrado entre los aplausos de los intelectuales, empezando por Ortega y terminando por Baroja, su Profeta. ¿Cabe extrañarse de que José Antonio Primo de Rivera o Giménez Caballero lo recordasen más tarde como "el abuelo del fascismo español"? ¿O cabe más bien asombrarse de que esa identificación fervorosa con el totalitarismo haya desaparecido del perfil barojiano que hoy se lee y estudia en España?

No se trataba sólo de extravíos políticos, ajenos al cultivo del arte. En los orígenes de la polémica con Corominas estaba una de sus habituales descalificaciones racistas, antisemitas, en este caso dirigida contra los catalanes, así, en general: "...en Cataluña todo tiene un aspecto marcadamente semita. El catalán, sobre todo el de la costa, es comerciante como el fenicio, industrial como él, imitador de poca invención como él, enamorado de la ciudad como él, tejedor y entusiasta de las grandes obras de arquitectura (...) Quizá sean arios los del interior; lo que es los de la costa, seguramente no lo son." (...) No sabemos cómo sería hoy el fenicio, pero sabemos cómo es el judío, raza afín a él, y el catalán de la costa se le parece. Los caracteres generales de la intelectualidad judía son en todas partes la habilidad, la tendencia internacionalista, el odio a la guerra y a todo lo violento..."

Pero había solución para esa gente, para los artistas catalanes: "El arte es como una flor de la violencia (...) el día que esos hombres empapen sus sentimientos en lo único salvador que puede haber en nuestro país, en la Violencia, ese día España podrá marchar adelante" [13].

Al año siguiente, 1910, Baroja figuraba en un mitin anticlerical dentro del séquito de Lerroux. Y aunque no en Barcelona, a cuyo Ateneo prefirió la Casa del Pueblo para discursear con un público seguro, en Valencia la civilización fenicia, tenida por mediterránea, desapareció. Eso sí: la violencia conservó su prestigio en tanto que guerra: "Ahí, en ese mar vuestro, se ha desarrollado toda la historia antigua y gran parte de la moderna; esas aguas azules del mar latino que cantan eternamente en vuestras costas han asistido al despertar del espíritu humano; de las tierras que baña ese mar histórico ha brotado la luz que ha iluminado al mundo (...) Por eso, nuestras ciudades del Mediterráneo, nacidas del beso de la tierra con el mar, son las más armónicas del globo" [14].

"Estamos pues, en vísperas de una guerra religiosa, pero no hay que sentir la guerra sino alegrarse de ella. De estas guerras espirituales salen los pueblos como los metales del crisol, limpios de toda impureza. Esta guerra tiene también la ventaja de que deslinda los campos. Las dos grandes tendencias de la humanidad se separan. A un lado los entusiastas de la monarquía, de la tradición, del clericalismo; al otro, los partidarios del progreso, de la justicia y de la libertad..." [15].

En fin, la militancia de Baroja en las huestes de Lerroux duró cuanto tiempo le convino, que no fue poco, y además le convino más de una vez. "No está lejano el día en que Lerroux aparecerá como un nuevo San Jorge, con el pie sobre la vieja arpía del clericalismo, que tiene las uñas clavadas en España y el alma atrofiada en Roma" [16] -dijo en Valencia-; y el de Priego, halagado, no lo olvidó. Apenas había roto públicamente con el Partido Radical tras un fracaso electoral y ya había vuelto a hacer las paces con Lerroux, que otra vez lo diputó candidato. Pero como el fracaso en las listas de izquierdas, aunque fuera para concejal, lo perseguía se dejó querer por los conservadores, que también picaron. Tras publicar una encendida apología de Romanones, el sucesor de Maura al frente de los conservadores, Eduardo Dato, también asesinado luego por un anarquista, le ofreció a través de su ministro de Gobernación y en presencia de Azorín un puesto seguro en las listas de la Derecha. Pero entonces, demostrando dónde terminaba la pasión y comenzaba realmente el negocio, Baroja se echó atrás. Creyó -y seguramente acertó- que al personaje que de sí mismo había creado, al entrecomillado por Bera como "Baroja" (varón adusto, sincero, radical, anarquista, anticlerical y filoterrorista) no le caía tan bien como a Azorín ser diputado conservador. Nótese que a los políticos conservadores el extremismo barojiano no les producía ni pasmo ni repugnancia. Hay que concluir que o no creían en las ideas que defendían, algo probable, o creían que las barojianas eran de ocasión, algo indudable.

Pero Baroja dijo no. O sea, que en vísperas electorales, en la disputadísima fragua de las listas, hizo que le ofrecieran algo a lo que se negó. Lo explicó tres años después, en Juventud, egolatría, evocando el encuentro con el ministro Sánchez Guerra en presencia de Azorín, y razonándolo así: "No; yo no puedo ser conservador, aunque me conviniera serlo; aunque quisiera serlo, no lo podría conseguir" [17]. Lo que sí conseguirá es enhebrar adhesiones sucesivas a Romanones, a Franco o al mismísimo Hitler, aunque esto último quepa achacárselo, claro, a su naturaleza hiperrevolucionaria.

Pertenece a la lógica barojiana que esta incapacidad para ser conservador le llevara a disentir del Gobierno Dato al estallar la Primera Guerra Mundial. A fuer de conservador, el Gobierno declaró la neutralidad de España en el conflicto, mientras Baroja se proclamaba furibundo germanófilo. Lo era, como recuerda su inclemente biógrafo, desde la crisis de Agadir, en 1911. "¿Con el latino o con el germano?" -tituló un artículo el escritor vasco-madrileño-. La respuesta estaba clara: con la civilización germánica, para que, tras adueñarse de Marruecos "llegara a España intensamente por el sur". Pero es en plena guerra y en la revista España, fundada por Ortega como órgano de su Liga para la Educación Política de los Españoles y dirigida un año por el filósofo y después por Azaña, aliadófilo, donde Baroja explicará las profundas razones de su germanofilia. Para variar, sinceras, amén de proféticas: "Si hay algún país que pueda aplastar a la iglesia católica definitivamente es Alemania. Si hay algún país que pueda arrinconar para siempre al viejo Jehová, con su séquito de profetas de nariz ganchuda y de grandes barbas de farsantes (...) es Alemania. Si hay algún país que pueda desacreditar esa camama del parlamentarismo es Alemania. Si hay algún país que pueda acabar con la vieja retórica, con el viejo tradicionalismo español, soez y grosero, con toda la sarna semítica y latina, es Alemania. Si hay algún país que pueda sustituir los mitos de la religión, de la democracia, de la farsa de la caridad cristiana por la ciencia, por el orden y por la técnica, es Alemania" [18].

Para entonces Baroja ya había conseguido el milagro de que la secta intelectual lo respetara supersticiosamente, aunque en cuanto a actitudes políticas se situara en sus antípodas. Sólo una identificación muy de fondo, una radical complicidad en la superchería como actitud intelectual permiten explicar que ninguno de aquellos temibles polemistas -Azaña, Maeztu, Unamuno, Ortega, aliadófilos todos- lapidase en la prensa a adjetivazo limpio un cúmulo de falacias y memeces como las barojianas. Así seguía en 1920: "La cultura latina busca la unidad; la germánica, la diversidad. La cultura latina ha defendido siempre el dogma, la autoridad; la cultura germánica el libre examen; la una ha amado el cuartel, la plazuela y el foro; la otra ha amado el taller, el interior, donde cada hombre es una conciencia libre; la una es cultura de leguleyos, de oradores y de soldados; la otra es cultura de trabajadores y artistas (...) No es petulancia ni deseo de singularizarse; pero para mí la segunda, la cultura germánica, es más simpática" [19].

Y la verdad, evidentemente, muy antipática: ¿Bismarck, el militarismo, el autoritarismo germánicos? ¡Pequeñeces de sacristía! ¡Bagatelas liberales! ¡Bah!


La Guerra Civil y la continuidad totalitaria

La biografía de Bera se remansa, como la propia vida de Baroja, en los años veinte y se agosta un tanto, como el propio novelista, esencialmente preocupado por su próstata, su carrera literaria y el cultivo del marqueseo en la primera mitad de los años treinta. Es una parte cominera aunque amena del libro, en la que el detallismo en la explicitación de mentiras y supercherías llega a la orfebrería. Pero retoma el estilo tonante y dramático con las experiencias de la Guerra Civil, que si en rigor comienza en 1934 con el alzamiento del PSOE y los catalanistas contra el Gobierno de la Derecha que les había ganado las elecciones, estalla con todas las consecuencias en 1936, tras el triunfo del Frente Popular en Febrero, el fallido alzamiento y efectiva revolución del mes de Julio y la contienda militar en toda regla que durará hasta Abril de 1939.

A Bera le preocupa demostrar -y lo hace cumplidamente- que la leyenda de un Baroja "antifascista" por su misma condición intelectual y que precisamente por sus ideas democráticas habría estado a punto de ser fusilado por los bárbaros nacionales es, eso, una leyenda. O, para no variar, una trola. Baroja fue victima de su propia frivolidad -también de la íntima seguridad de estar con "los suyos"- al forzar a un médico amigo a llevarlo a contemplar, como viñeta novelesca, un desfile de voluntarios carlistas en un pueblo previamente "tomado", de forma propagandística, por las milicias de izquierdas. Empeñado también en pasar después en la carretera a unos camiones militares para llegar antes a casa, fueron detenidos para identificarlos y, poco después, un energúmeno carlista llamado Moreno, que recordaba los dicterios anticlericales de Baroja, lo reconoció y quiso fusilarlo de inmediato. Pero como, efectivamente, en el bando nacional eran más admiradores que detractores suyos, Baroja tuvo la suerte que a tantos otros les faltó de evitar el paredón en esos aciagos días del verano del 36. Nada hubo de heroico en su actitud, entre temeraria y estúpida, durante el incidente; nada tampoco que mereciera más que tantos otros, en la retaguardia de ambos bandos, el asesinato.

Probablemente lo más discutible de la biografía de Bera está en las páginas dedicadas a la poco lucida epopeya barojiana de instalarse -eso, sí, muy cómodamente- en el bando franquista. Después de Julio del 36, cada cual se instaló donde pudo y muchas veces donde le dejaron, extremando las genuflexiones y proclamaciones de lealtad al bando en cuestión. Sucede que Baroja -y en esto sí está bien la pesquisa biográfica- no pertenecía en absoluto a la llamada "Tercera España", la de los Sánchez Albornoz o Madariaga que acabó en el exilio como antifranquistas y antiizquierdistas. Ni siquiera a la de los franquistas más o menos vergonzantes, más o menos entusiastas, que como Marañón, Menéndez Pidal, e incluso Ortega se situaron en un bando básicamente por estar contra el otro (¿quién podría reprochárselo?), pero sin ánimo cainita o guerracivilista. El caso de Baroja es muy distinto porque cuando, superado el susto de Vera, y tras unos meses en Francia hospedado en el Colegio de España en París, quiso volver a la España que llamaba "blanca" -por oposición a la "roja", recordando la Rusia de 1917-, lo hizo como ideólogo del sector genuinamente totalitario del bando franquista, aceptando complacido su definición por Giménez Caballero como "el padre del fascismo español" aunque retocándola coquetamente -"sólo el abuelo"- en el primer artículo que publicó - espléndidamente pagado- en la España nacional.

La sinuosa, y retorcida -o sea, barojiana- reivindicación de su paternidad espiritual no se limita sólo a los falangistas sino a Ramiro Ledesma -más profunda y tempranamente fascista que el propio José Antonio Primo de Rivera- que como ya había sido fusilado no podía confirmar ni desmentir que llevara a la propia casa del novelista, antes de publicarlo, nada menos que el manifiesto de las JONS. Aunque Baroja presente esta filiación intelectual como generosidad de nietos más que como reivindicación de abuelo, para los que en plena Guerra pergeñaban la dirección ideológica del Nuevo Estado, esa deuda intelectual que con él declaraban contraída tanto el autor de Genio de España como el fundador de "La Conquista del Estado" les obligaba a extremar el afecto político y cuidar la retribución material de tan afamado progenitor espiritual. Sobre todo, teniendo en cuenta que apenas había realmente totalitarios en el bando nacional. Como el propio Franco, eran en su inmensa mayoría derechistas católicos empujados por el socialismo revolucionario, bien a su pesar, a la contrarrevolución. Pero por lo general habían estado con Miguel Maura, Gil Robles o Lerroux en la derecha democrática republicana, pacífica y posibilista, hasta el triunfo electoral y deriva revolucionaria del Frente Popular en 1936; algunos venían de la derecha autoritaria del protomártir Calvo Sotelo; algún otro, de las conspiraciones monárquicas alfonsinas, como Sáinz Rodríguez, o carlistas. Pero casi nadie estaba impuesto en la moda ideológica del momento, que por imperativos militares y políticos, se orientaba hacia el fascismo y el nazismo.

Y ahí es donde Baroja podía presumir de precursor, porque lo era. Como tal lo reconoce Giménez Caballero en el prólogo a una antología de textos políticos barojianos Comunistas, judíos y demás ralea, que publicó a bombo y platillo la propaganda del bando nacional y que, según la leyenda póstuma del Baroja "liberal", publicó por su cuenta y riesgo, manipulando los textos y sin avisar al indefenso autor, acaso con buena intención pero desnortadamente, el prologuista Giménez Caballero. Nada más falso, una vez más. Según demuestra Bera, el novelista no sólo estuvo al tanto y supervisó esa antología sino que -prueba irrebatible- la cobró espléndidamente, asignándole además a su sobrino Julio dos mil quinientas pesetas de los derechos de autor, fabulosos para la época y que ayudan a explicar por qué Caro Baroja mintió tanto sobre esta cuestión. En rigor, la antología es mala porque no recoge ni mucho menos los escritos más radicalmente antisemitas y antiliberales, amén de anticomunistas, de Baroja. Pero a falta de un conocimiento profundo de su obra, Giménez Caballero hace una brillante e inequívoca definición de la genealogía intelectual del fascismo, más importante aún como documento que como definición porque retoma literalmente un texto suyo publicado en La Gaceta Literaria en 1930, bien lejos pues, no ya de la Guerra Civil sino de la propia II República, en el que se inciensa así a Baroja: "Me place extraordinariamente haber mostrado este antecedente español -precioso- del auténtico fascismo. Hay gentes en España (académicas y putrefactas) que intentan enlazar la posibilidad de un fascismo español con Cisneros y no sé con quién más... El antecedente inmediato del fascismo está en la corriente nietzscheana y soreliana, en los espíritus llamados entonces "disolventes, anarquistas y radicales" (...) ¡Hay que ir al "Loyola extrarreligioso"! Como dijo este buen vasco que es Pío Baroja, inventor de la esvástica racista y del Haz romano a la española en milicias férreas con un Jefe al frente... Con un César" [20].

Sin embargo, ni las genuflexiones ante el Mando ni las identificaciones entusiastas con quienes, en cada bando de la Guerra Civil, tenían poder sobre la hacienda, la honra, la libertad, la vida y la muerte de todos y cada uno de los españoles a su alcance son originales ni, en consecuencia, deberían ser especialmente execradas. Lo realmente singular de Baroja no es que se arrimara al bando que le gustó o le convino más, sino que lo hizo recalcando y actualizando unas ideas políticas que defendía más de un cuarto de siglo antes. No hay ejemplo comparable de persistencia en la vocación totalitaria -Giménez Caballero, por ejemplo, era un bebé cuando Baroja ya abominaba del parlamentarismo y exaltaba la violencia- ni tampoco de actualización tan expresa del antiliberalismo, el antisemitismo y la germanofilia (ahora pro-nazi) como las del propio novelista en "Expectación", su artículo de estreno en la propaganda del bando nacional: "El parlamentarismo es una hoguera que lo consume todo. A su lado, la dictadura puede ser una salvación. Naturalmente, dependerá del país y del hombre. Yo he estado un momento en Alemania, únicamente en pueblos próximos a Suiza. Suiza produce una impresión de orden, de confort y de arreglo, llegando de Francia. La Alemania actual (invierno de1937) la produce mayor. Todo está hecho allí para el pueblo y, naturalmente, el pueblo está entusiasmado con un régimen de esa clase (...) Aquello es la República de Platón, con la absorción del individuo por el Estado. Es Esparta idealizada. (...) El milagro de Alemania yo lo he podido advertir. Hace años, después de la guerra, estuve en varios pueblos alemanes y todo parecía allí próximo a la ruina (...) La cruz esvástica (HakenKreuz) era un signo antisemita que llevaban como dije algunos chiflados. A mí me regalaron una que aún la guardo. Han pasado años, y el país y el hombre se han levantado de manera maravillosa. La cruz esvástica se ha convertido en algo gigantesco y aplastante. El esfuerzo del hombre puede hacer cosas extraordinarias" [21].

Tres meses después, Marzo de 1938, a pocos días de la anexión de Austria, Baroja insiste: "En Alemania, he podido darme cuenta de la fuerte raigambre que tiene el nacionalsocialismo. Las clases populares son las más entusiastas de este régimen nuevo y de su caudillo Hitler. Consideran régimen y führer como algo propiamente suyo, salido de su entraña. -¿Y las otras clases sociales?- También son nacionalsocialistas; pero no con tanto entusiasmo como las populares, sin que esto signifique que no sientan hondamente la política de Hitler" [22].

Y justo dos años más tarde, en 1940, publicando en España pero instalado en París, escribe en Los sistemas totalitarios: "El nacional comunismo es el que ofrece más originalidad de todos los sistemas totalitarios. En el fondo es germanismo, y yo creo que también es mucho pesimismo. -Pesimismo, por qué?- Es evidente que Hitler ha tenido un precursor literario que ha expuesto sus ideas en un campo puramente filosófico. -¿Quién?- Nietzsche. Nietzsche creía que había de vivir como un bruto cruel. Además de esta idea pensaba que no había verdad y que todo, por lo tanto, le estaba permitido principalmente al hombre fuerte (...) Hitler piensa lo mismo (...) -¿Usted cree que es un genio? (...) Creo que es un hombre de destino extraordinario..." [23].

Se nos podría decir -y reprochar a Gil Bera- que todas estas genuflexiones, admiraciones y tergiversaciones de la realidad totalitaria hitleriana no son exclusivas de Baroja, ni siquiera en España. Y es cierto. Giménez Caballero (por citar el ejemplo clave, exhibido por el propio novelista en 1937, de los que admiraban en Baroja lo que tiene de precursor de Mussolini y Hitler) llevó al paroxismo el ditirambo y el autobombo del fascismo. Más aún: su empeño en nazificar el naciente régimen franquista, tan conservador, tan reaccionario, tan poco pagano, tan limitadamente heroico, le llevó a imaginar y hasta a maquinar la boda entre Hitler y Pilar Primo de Rivera. Pero nadie piensa hoy en Giménez Caballero como un liberal secreto, un demócrata frustrado, un ideólogo incomprendido. Con más o menos aprecio por su papel esencial en la formación del vanguardismo estético español, su condición de propagandista totalitario está fuera de duda. Habría que añadir que estaba dispuesto a hacer propaganda de cualquier totalitarismo, de izquierdas o de derechas, porque, como el propio Baroja, idolatraba la violencia, detestaba el liberalismo, odiaba la democracia, se burlaba del parlamentarismo y estaba dispuesto a incensar cualquier dictadura con tal de que lo fuese de verdad.

Cuando yo lo conocí, ya anciano, a finales de los 70, Giménez Caballero acababa de publicar en Diario 16 un elogio de Breznev como literato -a partir de un falso novelón del dictador soviético puesto en órbita mundial por el KGB-, peana pseudoliteraria que sólo servía de excusa para alabar al régimen soviético como el totalitarismo fundador, esencial y perdurable del siglo XX, más importante por más duradero que los de Mussolini y Hitler. Como Bergamín, se sentía fascinado por el terrorismo etarra, aunque como víctima y no socio de los verdugos, y repetía que si lo querían matar él moriría gritando "¡Gora Euskadi Askatuta"! También veía en un cartel de Ramón Tamames, candidato del PCE a la alcaldía de Madrid, el único fascista iconográficamente identificable (y por ende admirable) de toda la clase política posfranquista. En fin, que estaba como un cencerro, pero siempre sonando a lo mismo. Por eso, porque sonaba a lo que siempre había sonado, a nadie se le ha ocurrido proclamarlo un liberal ilustrado, aquilatado e incomprendido. A Baroja, sí.


La impostura, clave de la España posfranquista

¿Y por qué? ¿Por qué mentir sobre Baroja o por qué admitir las mentiras propagadas por él mismo sobre su vida y sus ideas políticas? Hay tres razones: la primera es que, como muestra Bera, hay una identificación de fondo con la izquierda radical en la obra barojiana y la izquierda actual, dueña de los ámbitos periodísticos, editoriales y universitarios, nunca reniega de sus raíces terroristas sino que las exhibe como episodios heroicos y románticos. La segunda razón, ligada a la primera, es que la obra de Baroja, siempre popular, goza también de enorme prestigio universitario y académico, algo insostenible, por "políticamente incorrecto", si se le identificase con las grandes dictaduras de derechas del siglo XX, a las que adivinó y cubrió de elogios. Pero la tercera razón, ligada a la segunda y a la primera, es quizás la más importante: la impostura es la clave intelectual y política de la España posfranquista. Mentir sobre los orígenes, acaso necesario para la Transición, se ha convertido en el vicio constituyente de la democracia. De ahí que Baroja deba seguir siendo un héroe y su inclemente biógrafo, un villano. Tanto más execrable cuantas más mentiras descubra del farsantón.

En su libro El conocimiento inútil dice Revel: "La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira". En todas partes es así, seguramente, pero en España lo es de manera particularmente profunda y refinada. Cómo será, que el prólogo a la edición de bolsillo en español de ese mismo libro lleva la firma de Javier Tusell, uno de los archiembusteros más esforzados de Celtiberia, un cazaliberales profesional. A nadie extrañe, pues, que tras haber visitado con cierto detenimiento las explícitas y violentas manifestaciones de Baroja contra la democracia liberal a lo largo de cuatro décadas, escriba a finales de 1940: "El escritor de cierta personalidad tiende siempre al liberalismo". Cierto que pocos meses antes, como el colaborador mejor pagado de la Prensa y Propaganda del Movimiento, había elogiado "a esa mujer admirable que es Pilar Primo de Rivera". En consecuencia, resulta razonabilísimo y coherente lo escrito por su sobrino Julio Caro Baroja: "al empezar la guerra, no vaciló en poner su pluma al servicio de los aliados". Si se refiere a los del Eje, no existe la menor duda.

Las Memorias (1941-1948) en siete tomos bajo el título Desde la última vuelta del camino, se abren con una declaración de intenciones que, por los precedentes, resulta lo más humorístico del libro: "Yo no tengo la costumbre de mentir". En realidad, es un ajuste de cuentas con la verdad en todo lo que a él atañe y con todos los que a su circunstancia tocan, balumba inmensa donde no se salva nadie. Como detalle que nos devuelve a los orígenes de su atormentada psicología, abundan las manifestaciones de indigencia material y de falta de prestigio social; "ni dinero, ni prestigio". El día de su muerte, sólo en una cómoda de la casa, encontró Julio Caro Baroja más de setecientas mil pesetas en metálico, una fortuna para la época. "Fueron años de pobreza -a veces hasta de miseria- familiar" dirá Don Julio en Los Baroja. ¡No por falta de dinero!

En realidad, la leyenda barojiana la forja él mismo, pero la abrillanta, sobre todos, su sobrino. Ésta reedición del sabio despistado, cultivada con esmero, llegó incluso a superar en facundia embustera a su mismísimo tío. En la celebración de su centenario decía: "el parentesco con Pío Baroja no es un bien desde el punto de vista social". Bera repasa algunos de los cargos, prebendas y canonjías disfrutados por Don Julio a lo largo de su vida, sólo en los míseros años 40 y 50: "asesor del British Council, ayudante de Cátedra de Historia Antigua de España, ayudante también de la de Dialectología en la Facultad de Letras, secretario del Centro de Etnología Peninsular, director del Museo del Pueblo Español, donde colocó a su madre, becas del Instituto Bernardino de Sahagún, la Wennner-Gren Foundation y la Smithsonian Institution, colaboraciones con el Consejo de Investigaciones Científicas -cada una el sueldo medio anual de la época-, trabajos de bibliofilia para G.M. Forster y W. Starkie..."

Añádase todo lo relativo a Navarra, "Itzea" y la Institución Príncipe de Viana, también al Festival de San Sebastián, también a una docena de premios bien guarnidos económicamente, como el Eusko Ikastuntza de Humanidades, también a la cátedra extraordinaria de Antropología Filosófica con que se le obsequió en pago a sus méritos y sacrificios al llegar la Democracia y de la que se jubiló en el acto; también al Premio Nacional de Literatura, también su entrada en la Academia de la Lengua, también en la de la Historia, también al Premio Príncipe de Asturias y otras pruebas más del desdén del vulgo y las instituciones que don Julio, en el estilo de la familia, llevó con admirable estoicismo y sin exhalar una sola queja.

Tanta y tanta mentira debía llegar hasta la tumba e incluso, con Quevedo, "más allá de la muerte". Y así fue. La tierra que según Julio Caro trajeron unos jóvenes de San Sebastián para echar en la tumba de don Pío resulta que la trajo Javier Bello Portu, ex-amigo de la familia, y era de Tolosa.

Pero de todo podemos asombrarnos y escandalizarnos los españoles, menos de la impostura. Todo puede sorprendernos menos la mentira. Aquí, desde el Rey y Polanco, máximo poder simbólico y máximo poder real en la España del siglo XXI, todos ocultan su origen, no se sabe si para mejor ocultar o mejor mostrar su fuerza. La derecha reniega también de sus orígenes, expediente que le ahorra los posibles principios a heredar. La izquierda miente descaradamente sobre su pasado y su presente, lo que no deja de ser una forma de prepararse el futuro. Y en cuanto a los nacionalistas antiespañoles, toda su reinvención de la Historia es una mentira tan inmensa que deben recurrir de continuo a la violencia y al asesinato para que se tema, si no se cree, su impostura. Académicos analfabetos, moralistas abocados a la cárcel, filósofos de la prensa rosa, teólogos de la televisión amarilla... ¡Todo el año es carnaval!

Todo esto daría para un esperpento entretenido si la mentira no escondiera en sí misma una tremenda violencia. Si la violencia moral de mentir no incluyera necesariamente la violencia necesaria para instaurar un sistema de dominación, que pasa por admitir lo falso como verdadero. De ahí se deriva todo lo demás. Por eso la obra de Gil Bera ha sido recibida a coces: porque lo que dice es cierto y, sobre todo, porque se advierte en él un afán vehemente por contar la verdad. ¿Y es eso lo más grave que sucede en España? Pues según y cómo. Parodiando a Thomas de Quincey, -se empieza cometiendo un crimen y se acaba por faltar al precepto de la misa dominical- se podría decir que en la España actual se empezó mintiendo por necesidad sobre los beneficiarios de una dictadura de cuarenta años y se ha acabado por mentir innecesariamente sobre las ideas políticas de un novelista. Mentir sin necesidad, mentir por vicio, mentir por costumbre, mentir como profesión... todo es mentir. Y mentir es acaso lo contrario de novelar.



[1] Eduardo Gil Bera, Baroja o el miedo. Ed Península. Barcelona. 2001
[2] Paul Johnson, Intelectuales, Javier Vergara Editor. Madrid.
[3] Gregorio Morán, El maestro en el erial, Tusquets. Barcelona.
[4] César Alonso de los Ríos, La verdad sobre Tierno Galván, Espasa.
[5] Novela de Gil Bera en español: Os quiero a todos (Pre-textos); Ensayos: Paisaje con Fisuras (Pre-textos); La campaña de Gómez (Pre-textos)
[6] Sigmund Freud, Obras Completas. T. IV. Pp, 1354-57. Ed. Biblioteca Nueva. Madrid. 1974.
[7] J. Laplanche y J-B. Pontalis, Diccionario de Psicoanálisis, Ed Labor. Barcelona. 1974.
[8] El primer análisis de conjunto sobre la lucha de los intelectuales del 98 contra la España liberal, aunque no aborde la figura de Baroja, en José María Marco, La libertad traicionada, Planeta, 1997.
[9] Bera, 2001, p.146.
[10] Ibid, p. 219.
[11] Ibid, pp 236-237.
[12] Ibid, p. 234.
[13] Ibid, p. 215.
[14] Ibid, p. 241.
[15] Ibid, p. 242.
[16] Ibid, p. 244.
[17] Ibid p. 272 .
[18] Ibid. p.278.
[19] Ibid, pp. 277-78.
[20] Ibid, p. 388.
[21] Ibid, p. 383.
[22] Ibid, p. 391.
[23] Ibid, pp.399-400.
[24] Jean François Revel, El conocimiento inútil. Espasa Calpe, 1984. p. 23.
[25] Bera op. cit., p. 403.
[26] Ibid., p. 402.
[27] Ibid., p. 409.
[28] Ibid., p. 410.
[29] Ibid., p. 409.
[30] Ibid., pp. 427-29.

Número 9

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Malinterpretación de Nietzsche
Daniel

La malinterpretación de Nietzsche por parte de Baroja (y de todos aquellos que lo consideran un precusor del fascismo)es proverbial.
No debemos olvidar que Nietzsche era radicalmente contrario al nacionalismo alemán (lo calificaba como "delirio imperial"), a los alemanes, al dominio del estado sobre el individuo, al antisemitismo (de hecho, rompió con su editor cuando se enteró de que éste pertenecía a un círculo antisemita de Viena) y, por supuesto, al anarquismo. ¡Qué lejos está el Nietzsche de Baroja del que conocieron Thomas Mann, Hermann Hesse, Gilles Deleuze o Gianni Vattimo! Y es que la lectura de Nietzsche es incompatible con el más mínimo grado de filisteísmo.
?