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Las aventuras del joven Borges

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Coincidiendo con los quince años del fallecimiento del maestro de las letras argentinas, se ha publicado un nuevo libro de Borges. Se titula Cartas del fervor; reúne la correspondencia que mantuvo con dos amigos de la juventud: Maurice Abramowics y Jacobo Sureda. El libro, prologado por Joaquín Marco, enmarca vívidamente la vida de Borges entre los años 1919 y 1928, un período de inquietudes que abarca su paso por Sevilla y Madrid, dos largas estancias en Mallorca, el regreso a Buenos Aires, donde lidera el movimiento ultraísta, y la vuelta a Europa, en 1923, en tanto publica sus primeros libros: Fervor de Buenos Aires, Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza.

Muchas cosas del mundo íntimo del joven Borges desvelan estas sesenta y una cartas, escritas en francés, hasta ahora inéditas; asimismo, nos acerca a los orígenes de uno de los más grandes escritores del siglo XX. En aquellos años, la comunicación no podía ser otra que la carta. Pero las misivas juveniles de Borges tienen en sí mismas valor literario. Suelen ir más allá del testimonio documental. En ellas, Borges procura mostrarse ante sus dos amigos como un escritor, un difusor de ideas y un comentarista del quehacer literario del momento.

Veamos un ejemplo, entrando a traición en el libro; la que sigue, corresponde a principios de julio de 1920, y Borges se dirige a Abramowics: "¡Hermano! Te escribo bajo el gesto pálido de una vela en una habitación con las paredes blanqueadas a cal y amueblada muy lacónicamente con una cama, una mesa, una jofaina, una silla y una valija amarilla. Los detalles vagamente zolianos quieren indicarte simplemente que estoy en Valldemosa...". Unas líneas más abajo habla del poeta Gerardo Diego, quien compartiría con él, cincuenta y nueve años después, el Premio Cervantes. Dice: "En el poema de Diego hay una frase muy hermosa: "La tarde enlutada acaricia las manos apagadas".

Leyendo estas cartas juveniles a sus compañeros de iniciación literaria, nos enteramos, entre tantas cosas de primera mano, que Borges empezó a escribir a los siete años y en inglés, que poco después imitó a Cervantes y que a los nueve años tradujo El príncipe feliz de Oscar Wilde. Y, en fin, tomamos nota de esta confesión: "Si se me pidiera elegir el acontecimiento principal de mi vida, diría que fue la biblioteca de mi padre".

Sus lecturas de aquellos tiempos (1920) parecen haber derivado a los clásicos, a Zola, Voltaire, Taine y San Juan de la Cruz. Menciona a Croce y, con mayor entusiasmo, a Unamuno. El desprendimiento de Europa se hace sentir en él; pero la vida en Buenos Aires, más el descubrimiento de Macedonio Fernández, van configurando las características de argentinidad en su obra. Incluso aprehende una lengua dialectal, de la que renegará en la madurez por considerarla barroca.

El libro es seductor. A través de esta correspondencia descubrimos la estimulante aventura de un joven de veinte años, audaz y sensible, que busca formarse en la bulliciosa vida de su tiempo, acercándose a los clásicos y a los autores de su época, y abierto a los desafíos enriquecedores del mundo.

Jorge Luis Borges, Cartas del fervor, Emecé/Galaxia de Gutemberg, Barcelona, 2001.

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