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Desde la caída del Muro de Berlín, las librerías y las referencias bibliográficas en las universidades están cada vez más cargadas de escritos sobre lo que ha dado en llamarse "pensamiento único". La gran paradoja de nuestro tiempo radica en que se endilgue semejante etiqueta nada menos que a los partidarios de la sociedad abierta o liberalismo clásico. Una denominación inventada y difundida por la izquierda para ocultar su propia visión lineal, esquemática y cerrada de la sociedad. En todos lados donde se ha impuesto esta concepción mesiánica, trasnochada y totalitaria, lo primero que se hace es eliminar de un plumazo la libertad de prensa y la libertad de expresar el pensamiento. Obsérvese, por ejemplo, lo que ocurre hoy en la isla-cárcel cubana tan admirada y ensalzada por los seguidores de las izquierdas.

Por su parte, el eje central de la sociedad abierta o liberalismo clásico precisamente consiste en alentar los pensamientos múltiples, el juicio crítico y el incentivo a los debates abiertos a los efectos de disminuir la ignorancia sobre la base de refutaciones y corroboraciones provisorias en el contexto de un proceso evolutivo que no tiene término. El punto de partida de esta filosofía se sustenta en el respeto irrestricto a los derechos individuales, pero aún esto está sometido a la exploración de distintas avenidas para encontrar el mejor medio de proteger aquellos derechos de las personas.

Lamentablemente, en especial en América latina, se ha pretendido desfigurar esta filosofía de la libertad confundiéndola con su antítesis. Esto es así cuando se recurre al doble discurso y, en nombre de los mercados libres y la democracia, se destruyen marcos institucionales fundamentales como la división horizontal de poderes y la consiguiente independencia de la justicia en un contexto de corrupción e impunidad generalizados, al tiempo que aumenta a ritmo vertiginoso el gasto público, la deuda estatal y los tributos, otorgándose monopolios y favoritismos de toda laya a pseudoempresarios que operan en alianza con los aparatos políticos del momento.

El mercado no es más que una expresión abreviada que significa la realización de millones de arreglos contractuales libres y voluntarios. Y la tan cacareada globalización alude a la eliminación de trabas burocráticas a los movimientos migratorios y al comercio de bienes y servicios según lo desee la gente. En realidad estábamos más globalizados entre el Congreso de Viena y la Primera Guerra Mundial donde no existía el documento absurdo del pasaporte ni se sucedían manifestaciones de racismo y xenofobia como los que hoy ocurren, ni se imponían trabas arancelarias mayúsculas para el tráfico pacífico de mercancías.

Actualmente la poca globalización que se lleva a cabo es, muy a pesar de los gobiernos, debido principalmente a la revolución cibernética. Los tratados de integración ponen de manifiesto la incomprensión respecto del librecambio. Por ejemplo, el tratado NAFTA ocupa dos mil folios, lo cual en sí mismo demuestra que no es un tratado de librecambio para el que se necesitan cuatro o cinco renglones. Las burocracias internacionales como el FMI y el Banco Mundial financian o ayudan a financiar alegremente a los gobiernos más corruptos del planeta. En realidad la deuda pública significa la inmoralidad de comprometer coactivamente los patrimonios de futuras generaciones que ni siquiera han participado en la elección de los gobiernos que contrajeron la deuda.

En este cuadro de situación, resulta tragicómico que la izquierda pontifique y endose de "pensamiento único" a quienes proponen abrir de par en par las fronteras, los mercados y la competencia para que cada persona siga el camino que considere apropiado, liberándola de burdas extralimitaciones del poder que refugiado en la fuerza asfixia a las personas en sus derechos de decidir sus vidas y el fruto de sus trabajos.

Alberto Benegas-Lynch (h) es rector de ESEADE y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas de Argentina.

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