Menú

La Ilustración Liberal

Editorial

Con Cuba y contra Castro

0

Ningún país del mundo ha sufrido y sufre tan desoladoramente como Cuba la dictadura comunista. Quizás ninguno ha combatido tanto y tan encarnizadamente contra ella, pero tampoco nadie ha debido afrontar en su lucha por la libertad toda la incomprensión, la indiferencia o la abierta hostilidad que padecen los cubanos, especialmente en Iberoamérica. Otras naciones han sufrido en silencio, sin noticias y sin eco, la infinita crueldad del totalitarismo marxista-leninista; sólo Cuba debe soportar además la afrenta del aplauso continuado, inmisericorde, casi unánime, a su tirano particular. Cuarenta años después de la llegada al poder de Castro, los cubanos llevan a sus espaldas un fardo espeluznante de represión: miles de fusilados, centenares de miles de prisioneros políticos y dos millones de exiliados para una isla que hoy cuenta once millones de supervivientes, entre presos y carceleros. Nada de esto parece conmover al mundo.

Ningún dolor cubano resulta insoportable. Frente a lo que sucede en todos los países víctimas del comunismo, a Cuba no se le permite albergar la esperanza de un final o de algún cambio en su dictadura. Tampoco de más respaldo internacional a su lucha por la democracia. Después de la apoteósica visita del Papa, que hoy, sin temor a errar, puede considerarse una catástrofe política, los cubanos han dejado de esperar el milagro. Imaginaron, quizás, que se les ahorraría la afrenta de celebrar en La Habana la Cumbre Iberoamericana de 1999, precisamente en el cuadragésimo cumpleaños de la dictadura. Esperanza vana. Los jefes de Estado y de Gobierno de Iberoamérica celebran su última reunión de siglo y de milenio en un lugar que resume lo más indeseable y abyecto de todo el siglo xx, una síntesis casi perfecta de miseria y terror.

Esta cumbre en la ciénaga, este diálogo de sombras en el zaguán sombrío de la Historia naufragará previsiblemente en otro desencuentro inhóspito. La Habana es un teatro adecuado para todos los reproches, el telón perfecto para un duelo de fantasmas. Sería relativamente injusto achacar a esta Cumbre un regodeo en las desgracias de Cuba. No dudamos de que la inmensa mayoría de los mandatarios iberoamericanos reunidos en el solarium del presidio habanero preferirían que la Isla fuera una democracia. Pero tampoco cabe duda de que no están dispuestos a hacer absolutamente nada para implantarla. Se han instalado en una cómoda sumisión a la cronología, esperando que la muerte de Castro resuelva un problema molesto de plantear.

No es casualidad que la cenagosa cumbre habanera venga señalada por la llamativa ausencia de varios países por dos razones fundamentales: la condena al régimen castrista o el rechazo a que en España se quiera juzgar a Pinochet por sus crímenes en Chile mientras sus autoridades visitan el Paraíso del Crimen y son agasajadas por el más longevo y sanguinario dictador de América. Pero por encima de estos dos motivos de conflicto, que podrían considerarse inevitables dentro de la hipocresía diplomática, es peor la evolución de fondo que se advierte en la comunidad iberoamericana. De promover la implantación de sistemas democráticos en lugar de dictaduras militares, de defender la libertad política y económica para evitar el comunismo, hemos pasado a la beatificación de la indiferencia en materia de gobierno. Nuestro único signo de identidad es la animadversión al gringo.

La caída del Muro no ha significado para Iberoamérica una comprensión generalizada de las ventajas de la libertad política y la economía de mercado sino el abandono de los proyectos de emulación institucional en vez de esa fascinación rencorosa por el Coloso del Norte. Hacer vudú en Madrid con Pinochet, Videla o Hugo Banzer mientras Castro se convierte en mito, Fujimori en modelo estadista y Chávez en modelito de caudillo postmoderno muestra el calamitoso derrotero iberoamericano, que no por casualidad se desencuentra en La Habana. Allí se define como en ninguna parte el modelo de sociedad que unos pretendieron y otros combatieron a lo largo del siglo XX. Es trágico que el inmenso sufrimiento bajo el comunismo no provoque siquiera un atisbo de piedad para quienes aún lo sufren.

Algunos medios sedicentemente liberales sirven de púlpito a quienes patrocinan la indiferencia pon el régimen de Fidel Castro. Por lo visto, no les avergüenza coincidir en el remedio a quienes defienden la enfermedad del capitalismo y la vacuna del comunismo. Pues bien: ante tanta y tan interesada confusión, conviene recordar algunos datos económicos. En 1959, España tenía doscientos dólares de renta per cápita y Cuba, trescientos cuarenta. Sólo Argentina, Chile y Uruguay le superan en bienestar y, en muchos aspectos, era el país más próspero de Iberoamérica. Hoy, gracias a los cuarenta años de castrismo, sólo Haití puede disputarle el liderazgo hemisférico de la miseria. En lo material, claro; en lo moral no admite competencia. Hoy los cubanos tienen vedado el acceso a diplotiendas, hoteles y playas, reservados para turistas y comunistas unidos por el dólar. Ningún extranjero puede contratar a ningún cubano y ningún cubano puede contratarse con ningún inversor extranjero, así que el que invierte en Cuba invierte en castrismo, el que comercia con Cuba comercia con la dictadura y el que trafica con la Isla trafica con esclavos.

¿Exageramos? Veamos los hechos: nadie puede salir sin permiso del carcelero, nadie puede entrar que lo moleste, ninguna fábrica se levantará sin que el Estado participe, ni hay revolcón prostituído sin el placet del Estado-Chulo. Los cubanos cobran en pesos una pequeña parte de lo que el extranjero paga en dólares al capataz de unos trabajadores que apenas sobreviven para mantener a un sistema antropófago. El que quiera hacer negocios con Castro, que los haga, pero que no los justifique en nombre de Cuba. Ni de su pasado, ni de su presente ni de su futuro. La revista Forbes reveló el año pasado que Castro es uno de los hombres más ricos del mundo. La "cuenta del comandante", según confirmaron los que manejaron cuando trabajaban para el dictador, tiene miles de millones de dólares a su entero arbitrio, para entradas y salidas. El verdadero embargo se llama Fidel.

Los únicos que pueden hablar de Cuba con honor y sin vergüenza son los cubanos que han dado lo mejor de sus vidas en la lucha contra la dictadura. A ellos queremos rendir homenaje en la ilustración liberal. Cuando unos hacen honores a Sol Meliá, otros recordamos a los que murieron en Combinado del Este. Cuando tantos buscan la sombra de las jineteras a golpe de dólar, otros no olvidamos la noche cerrada, interminable, de las presas "tapiadas" en Boniato. Seguiremos debatiendo sobre la Ley Helms-Burton, pero no siempre que no olvidemos el silencio infinito de los cientos de miles que murieron tratando de llegar a Florida a través del océano.

Justamente ahora, cuando se cumplen cuatro décadas de dictadura criminal contra el pueblo de China, queremos revivir el recuerdo y la imagen a quienes se batieron y murieron en la Sierra contra sus antiguos compañeros de guerrilla, convertidos de libertadores de liberticidas. Queremos recordar, por ejemplo, entre tantos miles, a Zoila Águila Almeida, La Niña de Escambaray, que luchando en la guerrilla anticastrista perdió a sus dos hijos en la manigua, vio cómo fusilaban a su hermano, a su padre y a su marido, fue salvajemente torturada y arrojada a una celda sin luz durante nueve meses, y tras muchos años de cárceles y golpes perdió la razón y vaga sin conocer a nadie, entre sombras alucinadas, bajo el sol de Miami. Que los mitómanos totalitarios y el turismo de espaldas se consuelen en La Habana con la momia del Che.

Nosotros, los liberales, al contemplar estos cuarenta años de crímenes entre aplausos, queremos recordar, siquiera simbólicamente, a las víctimas innumerables de la dictadura castrista y de la indiferencia internacional. A los que murieron, a los que sufrieron tortura y cárcel a los que sobreviven en el exilio, a los que hoy mismo, dentro y fuera de la cárcel, padecen la represión comunista. Si Cuba no ha perdido la dignidad es gracias a ellos. Y si los propios carceleros y verdugos del castrismo quieren en el futuro enseñar virtudes cívicas a sus hijos deberán mostrarles las imágenes de sus víctimas, las huellas de la vida desvivida, perdida o maltrecha de quienes, desde las sombras, alumbran la futura libertad de Cuba.

0
comentarios