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La Ilustración Liberal

Reseñas

Imposturas y cobardias

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París, mediados de los setenta. Al oeste de la ciudad, los estudiantes dejaban atrás un castillo monumental, se adentraban en un bosque que guarda todavía el recuerdo de Rousseau y de pronto, en plena maleza, aparecía un conjunto de edificios como barracones bajos, provisionales, baratos. Era la universidad de Vincennes-París VIII y algunos acudíamos allí los lunes por la mañana temprano para escuchar a Gilles Deleuze, filósofo. Deleuze, que había publicado hacía poco tiempo el famoso Anti-Edipo (subtitulado Capitalismo y esquizofrenia) deliraba, con elegancia y soltura eso sí, sobre motivos literarios y artísticos muy variados de los que sacaba conclusiones metafísicas y... políticas. Políticas es un decir: Deleuze hablaba de masas, de rupturas y de revolución, cosas mucho más poéticas que prácticas. En la misma aula, a horas menos spinozistas, daba clase Lyotard al que una vez le tomaron la palabra y le montaron un escándalo postmoderno. Marie Hélène d'Horizzon, travestí protagonista de una película del madrileño y parisino Adolfo Arrieta, deliraba como los demás, aunque con menos pretensiones, sobre las manifestaciones estéticas del deseo... Toda la universidad de Vincennes se carcajeó cuando se dijo que le habían dado el diploma delicenciado en Filosofía a un caballo, matriculado con un nombre inequívocamente francés.

Por lo menos Vincennes, universidad reciente y marginal, tenía el encanto de la excentricidad asumida sin complejos. En otras instituciones parisinas, con siglos de tradición, de culto a la verdad y de respeto por el esfuerzo y el trabajo, se representaban escenas más siniestras. Roland Barthes, el más frívolo, hablaba de la lucha de clases como quien comenta un brunch en el Ritz. Jacques Lacan, psicoanalista neofreudiano, insultaba a un auditorio rendido mientras dibujaba en la pizarra fórmulas inextricables acerca del inconsciente y el lenguaje. El más duro era Michel Foucault, inquisidor auténtico, que exponía como en un culto satánico , una doctrina arrogante y radicalmente totalitaria. Todos estos personajes y algunos más, todavía más pintorescos, aparecen en este libro de dos profesores norteamericanos, Alan Sokal y Jean Bricmont, escrito a partir de una broma del primero. Sokal envió a Social Text, una revista americana de línea progresista y postmoderna un artículo en el que vomitaba términos y expresiones científicas para un argumento tan social y político como los de Deleuze. El artículo salió publicado y demostró lo que ya se sabía: que todos estos pensadores e intelectuales radicales no tenían, ni tienen, la más remota idea de lo que estaban diciendo.

Tampoco les importa. Lo que el pensamiento postmoderno discute es la posibilidad del conocimiento objetivo, al reducir la razón y la ciencia a una mera convención, con idéntica jerarquía a la de la cualquier otra forma de "conocimiento", como puede ser la magia o las tradiciones míticas. Así que el gesto de Sokal, como toda la argumentación de su libro Imposturas intelectuales, viene a ser un rebrote del imperialismo cultural occidental, que se niega a aceptar que no es más que un "texto", un "relato", una "narración" más entre otras muchas posibles, tan legítimas como él.

Ante este contraargumento, Sokal (que tuvo la ocurrencia de ir a enseñar matemáticas a los nicaragüenses bajo los sandinistas) y Bricmont se ablandan, como si se avergonzaran de la travesura. Y es que en el fondo no querían "confundir el escepticismo específico con el escepticismo radical", ni pretendían negarle a la nueva forma de ver las cosas, tan plural y tolerante, su capacidad subversiva. Tampoco buscaban reivindicar una supuesta hegemonía occidental que es lo que, por lo visto, disimula siempre la apelación a la racionalidad y a la experiencia.

En resumen, que Sokal y Bricmont, arrepentidos y dispuestos a la autocrítica, no quieren que los tomen por unos reaccionarios. Así que dedican buena parte del libro a disculparse por haber tenido la osadía de divertirse a costa del relativismo postmoderno. En rigor, éste es sólo un síntoma más de la crisis de la izquierda en estos tiempos en los que "los regímenes comunistas se han derrumbado, los partidos socialdemócratas en el poder aplican políticas neoliberales [sic] y los movimientos políticos del Tercer Mundo han renunciado a cualquier intento de desarrollo autónomo". Al final resulta que del océano insondable y lúgubre de la estupidez relativista tiene la culpa "la más cruda forma de capitalismo de 'libre mercado'". Menos mal que el liberalismo tiene buenas espaldas... El caballo filósofo de Vincennes, libre como nunca soñaron Sokal y sus compañeros de viaje, estará piafando, pero de risa, ante tanta cobardía.

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comentarios
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por favor, no mas desvarios intelectuales
carlos miranda

Algo perplejo, me ha dejado la lectura de este articulo encontrado a traves de internet. No conocia la existencia de esta revista (¿digital?)ni su linea editorial, pero a pesar de ello, esto, a mi modo de ver, mas que una reseña tratando de ilustrar al lector sobre la temática y contenidos de un libro, es una autentica amenaza a la inteligencia de cualquier lector minimamente capacitado. ?

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Voila! se excedió
Numerarius

Este es un artículo muy interesante. Sin embargo el autor, en mi opinión, se excede en su crítica al libro "Imposturas intelectuales". El libro de Sokal y Bricmont es una crítica al relativismo de los postmodernos, escrito desde el punto de vista de lo que los italianos llaman el "pensiero forte". Se trata de defender la razón y la lógica en contra de las fantasmagorías míticas de las escuelas francesas de filosofía à la page (que ignoran la ciencia y piensan, como los cabalistas, que el mundo es un texto literario). No es necesario compartir las ideas políticas de Sokal y Bricmont para estar de acuerdo con sus fundamentos filosóficos. Por cierto, Sokal y Bricmont tienen una sólida formación en ciencia. José María Marco, aunque es escritor brillante, parece ser que pasó por la Francia del 68, un sistema de enseñanza que él es el primero en denostar?