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La Ilustración Liberal

Retratos

Gastón Baquero

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Gastón Baquero (Banes, Cuba, 1918-Madrid, 1997), aunque graduado de Ingeniería Agrícola, profesión que nunca ejerció, se vincula desde fecha muy temprana a la actividad literaria y periodística. A finales de la década del treinta, los restos del postmodernismo poético y el tímido movimiento vanguardista cubano mostraban los signos de una retórica fatigada a la que un grupo de jóvenes creadores quisieron dar respuesta. Nace Baquero, pues, a la poesía cubana en ese instante señalado por José Lezama Lima como "estado de concurrencia poética", y que habría de alcanzar el más alto momento de las letras cubanas en el siglo que termina. Es el inicio de un puñado de revistas literarias que precederían a la que daría señas de identidad al grupo, Orígenes (1944-1956). Salvo en la revista Nadie parecía (1942-1944), Baquero colabora y alienta, junto a Lezama Lima, Verbum (1937), Espuela de plata (1939-1941), Clavileño (1942-1944) y, junto a Virgilio Piñera, Poeta (1942-1943). En este contexto aparece el primer y único libro publicado por Baquero en Cuba, Poemas (1942), una edición de cien ejemplares.

Bastó la aparición de su primer libro para que Baquero se situara entre los autores esenciales de la poesía cubana. Gastón Baquero pertenece a esa rara minoría de poetas que, como Rimbaud y Eliot, desde sus entregas inaugurales se revelan suficientes.

Poemas como "Palabras escritas en la arena por un inocente", "Saúl sobre su espada", "Casandra" o "Testamento del pez", permitieron escribir al crítico cubano Cintio Vitier: "Sus poemas llegaban y se establecían en la luz como si siempre hubieran estado ahí, familiares en su secreto y en la grave magnitud". María Zambrano señaló entonces la "suntuosa sensualidad" de aquellos primeros poemas que probaban "que la suntuosa riqueza de la vida, los delirios de la sustancia están primeros que el vacío". Frente a la enigmática propuesta de Lezama Lima, Baquero alzaba su reflexivo y versicular canto, siempre sorprendente por su plenitud y penetración.

Tan temprano como su instalación en la poesía cubana, es su ocultamiento. Pronto Baquero se dedicará plenamente al periodismo y alcanza una poderosa influencia desde la jefatura de redacción del conservador e hispanófilo Diario de la Marina. Desde las páginas del decano de la prensa cubana, Baquero deja una huella, inteligente y aguda, en sus comentarios de actualidad y en algunos de sus más consistentes breves ensayos literarios.

Con el triunfo de la revolución en 1959, Baquero debe marchar al exilio. Instalado en España, recupera la palabra poética y en 1966 aparece Memorial de un testigo, un texto que habría de atraer la atención inmediata de algunos jóvenes poetas españoles, como Francisco Brines y Pere Gimferrer. Lejos de cultivar el desencanto y el resentimiento propios del desterrado, Baquero nos deslumbra por el encantamiento de su lenguaje y la elaboración de sus sorprendentes invenciones que nos lo entregan en una lúdica y maravillosa lucidez expresiva. En 1984 el poeta boliviano Pedro Shimose publicó en Madrid (Instituto de Cooperación Iberoamericana) sus poemas completos, bajo el título de Magias e invenciones, y en 1991 apareció su último libro unitario, Poemas invisibles, sobre el que Luis Antonio de Villena escribió: "Es un conjunto de textos donde la cultura más refinada se alía con el sueño y la fantasía, la invención se mezcla con la música, el versículo se enseñorea y reina, y la metafísica se abraza con la ironía a la par con el escepticismo como de la mano de la pasión".

A pesar de la excelente acogida de su poesía entre los jóvenes poetas españoles (Luis Suñén, Santiago Castelo, Leopoldo Alas y Luis Alberto de Cuenca unen sus nombres a los ya señalados), Baquero debió pagar con el aislamiento su condición de exiliado cubano. Tanto para amplios sectores de la derecha franquista como de la izquierda, Fidel Castro representaba el ajuste de cuenta que la memoria colectiva española tenía pendiente con EE.UU. desde el desastre de 1898. Así las cosas, la llegada a España de Baquero resultó incómoda y, dicho claramente, indeseable. Gracias a su prolongada relación con importantes figuras de la vida política e intelectual española establecida desde el Diario de la Marina, obtuvo trabajo, no sin dificultades, en el Instituto de Cultura Hispánica y posteriormente en la Escuela de Periodismo y en Radio Exterior de España.

Baquero, desde el profundo sentido del pudor que lo habitaba, desde una serena autoestima que renunciaba a cualquier tipo de arrogancia, evitaba cualquier referencia a sus relaciones con sus contemporáneos españoles. Relaciones que sus amigos, por otras instancias, sabíamos insatisfactorias, pero que en los veinte años de trato que tuve con él jamás abrió un resquicio a la confesión amarga o resentida. Ninguneado -según el justo verbo americano- por sus contemporáneos españoles, sí se refería al trato cordial que siempre recibió de José García Nieto, José Hierro y de Gerardo Diego, siendo éste último el único poeta español de relieve que lo invitara a su casa.

Siempre sospeché que la calidad de mestizo pudo ser otro de los motivos del aislamiento en que vivió Baquero sus primeros años madrileños. Algún ingrato alumno suyo de la Escuela de Periodismo y meritorio en la revista Mundo Hispánico, prácticamente en manos de Baquero durante años, cuando lo recuerda en sus crónicas pone por delante, como modificador único, su condición de "mulato". Todavía a la muerte de Baquero, el escribidor comienza su necrológica con el alfilerito de su xenofobia resentida: "Más que de la revolución de Fidel Castro parecía venir de La cabaña del Tío Tom. Era bueno y sabio como el Tío Tom".

Quizá otra razón colaboró al peculiar aislamiento del poeta cubano, un cierto escepticismo que lo mantenía alerta para evitar el entusiasmo indócil o la torpe solemnidad de las imposturas. Desde su casa en la madrileña calle de Antonio Acuña, Baquero parecía contemplar el mundo de las vanidades, el relumbrón circunstancial de los otros, con la dignidad que otorgan la distancia y el decoro del desterrado isleño convertido él mismo en isla.

A partir de la publicación de Magias e invenciones (1984) la soledad de Baquero ya no será la misma. Los jóvenes catedráticos -siempre los jóvenes- de literatura lo buscan para homenajes varios, recibe en su casa a cuantos quieren conocerlo. Pero Gastón no se rinde fácilmente al entusiasmo. Todavía en 1991 titulará su último libro Poemas invisibles; sin embargo, su invisibilidad comienza a desvanecerse levemente. En 1992 recibe el homenaje de la Universidad de Alcalá de Henares y el mismo año es propuesto para el premio de la crítica y para el Reina Sofía. Participa, junto a Octavio Paz y Luis Alberto de Cuenca, en las sesiones de lectura poética en el Palacio Real. Alentado por Ángel Luis Vigaray y Leopoldo Alas prepara su Autoantología comentada. En 1993 la Cátedra Poética "Fray Luis de León" de la Universidad Pontificia de Salamanca celebra una semana de homenaje a su obra y al año siguiente recoge en un volumen, Celebración de la existencia, las aportaciones de los participantes.

Gracias a las gestiones de sus amigos salmantinos, la Fundación Central Hispano inicia en 1995 su colección Obras Maestras con la edición de un volumen de poesía y otro de ensayo de Baquero. En diciembre de 1996 la Casa de América homenajea al poeta, participan por España Luis Alberto de Cuenca y Luis Antonio de Villena.

En mayo de 1997 el Círculo de Bellas Artes, la Residencia de Estudiantes y Radio Nacional de España convocan a un homenaje a Baquero. No pudo asistir. Había comenzado su agonía en el hospital de La Paz.

Gastón Baquero mantuvo con ardiente dignidad su destino de transterrado forzoso y denunció el secuestro de la nación cubana por un régimen totalitario; sin embargo, supo discriminar entre las instituciones oficiales del régimen y los jóvenes que de allí le llegaban, a pesar del silencio al que se había condenado su nombre. Por ello pudo declarar en la dedicatoria de su último libro: "El orgullo común por la poesía nuestra de antaño, escrita en o lejos de Cuba, se alimenta cada día al menos en mí, por la poesía que hacen hoy -¡y seguirán haciendo mañana y siempre!- los que viven en Cuba como los que viven fuera de ella. Hay en ambas riberas jóvenes maravillosos. ¡Benditos sean! Nada puede secar el árbol de la poesía".

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