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El contragolpe de Chávez

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Antes de morir de verdad, el 17 de diciembre de 1935, en su cama y todavía dueño de un poder que mantuvo con puño de hierro durante casi tres décadas, el dictador venezolano Juan Vicente Gómez hizo divulgar en varias ocasiones la noticia de su muerte. Tan zorro como el Patriarca de García Márquez, buscaba con ello saber quien le era fiel y quien no. Cuando esto quedaba claro, 'resucitaba' en su campestre mansión de Maracay para sancionar a los traidores.

Algo parecido acaba de ocurrir en Venezuela con el regreso al poder de Hugo Chávez después de un derrocamiento que parecía definitivo. En su caso, claro está, no fue una farsa montada por él, sino una realidad y a la vez una ilusión que sólo duró 48 horas. Todo se había encaminado para hacerla posible: el paro indefinido apoyado por patronos y sindicatos, las 600.000 personas que se echaron a la calle el jueves 11 de abril para exigirle la renuncia, los 15 muertos y los trescientos heridos que dejaron sus pistoleros de los Círculos Bolivarianos y, bajo la presión vertiginosa de estos hechos, la intervención del alto mando militar, encabezado por el general Efraín Vásquez, comandante general del Ejército, para imponerle el retiro del poder. Lo que hubo, pues, en su contra, fue una verdadera sublevación civil y, como consecuencia de ésta misma y de su trágico desenlace, un golpe de Estado.

El 12 de abril habría podido abrirle un camino nuevo a Venezuela. A las cuatro de la mañana, el teniente coronel Hugo Chávez abandonaba el Palacio de Miraflores. Iba detenido al Fuerte Tiuna, después de haberse negado a lo largo de tres horas agotadoras a firmar su renuncia como se lo pedían los altos mandos del Ejército.

No fue un gesto de valor. En momentos cruciales de su vida, Chávez no ha mostrado gran coraje. El 4 de febrero de 1992, día de su frustrada tentativa de golpe contra Carlos Andrés Pérez, defraudó a sus compañeros golpistas entregándose, sin intentar la toma del Palacio de Miraflores, como era su compromiso. Ahora ha mostrado la misma debilidad. Así, llamó en la madrugada del viernes al presidente de la Conferencia Episcopal de Venezuela, monseñor Baltazar Porras, para que le garantizara la vida. Le abrazó, le pidió perdón por sus pasados ataques y solicitó que le confesara. Movido por el mismo temor, exigió a los militares, como condición para su renuncia, un salvoconducto y un avión que le permitiera salir del país con su familia. Los militares se lo negaron y aquel fue un error colosal, el primero de una larga cadena.

Detenido Chávez, ¿a quién poner al frente del nuevo Gobierno? Finalmente, Pedro Carmona Estanga, presidente de la patronal, Fedecamaras, fue el hombre señalado para formar el nuevo Gobierno y enfrentarse a una encrucijada legal que no había forma de resolver. No había renuncia de Chávez y en todo caso el llamado a sustituirlo era el vicepresidente, Diosdado Cabello. Asesorado por el jurista Alan Brewer Carías, Carmona dictó un alud de decretos suspendiendo de un plumazo la Asamblea Nacional, el Tribunal Supremo y el Tribunal de Cuentas. De esta manera, Carmona quedó convertido en un presidente de facto, de imposible reconocimiento internacional.

Con una base legal y política tan frágil, Carmona no pudo hacer frente a la reacción de los chavistas dentro de las Fuerzas Armadas y en los barrios populares de Caracas. La situación era muy compleja, porque la institución militar está dividida. Existe, sin duda, una mayoría de oficiales disconformes con el confuso proyecto revolucionario de Chávez. No son marxistas. Pero no por ello son conspiradores. De ahí que sólo ante la volcánica presencia popular en las calles y los criminales francotiradores, movilizados por el alcalde del departamento Libertador, Freddy Bernal, un buen número de ellos, obedeciendo al general Vásquez, se sumara al golpe. Pero no en vano Chávez había colocado a sus hombres en los puestos clave de las Fuerzas Armadas. Aunque no mayoritarios, son decididos y reaccionaron de inmediato. Así, mientras Vásquez, percibiendo la inquietud y el malestar de los cuarteles, intentaba sacar las castañas del fuego obligando a Carmona a restituir la Asamblea Nacional, los militares chavistas tomaban el Palacio de Miraflores, liberaban a Chávez y detenían al nuevo Gobierno.

Algo similar sucedió con los civiles. Los antichavistas que habían desfilado por las calles, en su gran mayoría pertenecientes a las clases medias, se disolvieron para regresar a sus casas y sentarse delante del televisor en espera de acontecimientos. Entre tanto, los grupos de choque organizados por los hombres de Chávez, conforme al modelo cubano de los Comités de Defensa de la Revolución, bajaron de los cerros y de los barrios periféricos para rodear Miraflores.

La realidad es que Venezuela es hoy un país fracturado. De un lado, están las clases medias, altas y la clase obrera sindicalizada, opuestas a Chávez. Del otro, la vieja izquierda académica y la clase marginal que vive en barriadas y ranchos de las ciudades y que ve en el presidente venezolano a un líder salido de la entraña popular. Lo que opone a unos y otros son razones contra emociones, un fenómeno que ya se ha visto en otras latitudes del continente hispanoamericano.

El regreso al poder de Chávez suscitó, es cierto, delirantes demostraciones de sus partidarios. Pero, aunque momentáneamente apabullada, es seguro que la sociedad civil volverá a hacerse sentir. Colombia seguirá viendo a Chávez como un vecino hostil que apoya a los terroristas de las FARC y del ELN. Estados Unidos y la Unión Europea no dejarán de ver al exuberante mandatario venezolano con inquietud. Y ahora que ha vuelto al poder ofreciendo hacer ajustes que nadie sabe en que consisten, todos se preguntan cuanto tiempo va a ocupar el sillón presidencial. Él, por su parte, sí cree saberlo. 'Estaré aquí hasta el 2021' , ha dicho tranquilamente, refiriéndose al aniversario de los 200 años de la independencia de Venezuela. 'Después, abandonaré'. Para los venezolanos que durante 48 horas creyeron haber dejado atrás esta página tormentosa de su historia, semejante anuncio tiene todo el aire de una pesadilla.


Un balance catastrófico

Abundan las razones para demostrar que Chávez ha sido un desastre para Venezuela. Derroche, inflación, devaluación monetaria, fuga de capitales, caída vertical de las inversiones, han sido la consecuencia de una política de alta coloración populista. El paquete de 49 decretos-leyes, promulgado en noviembre, incluía una tormentosa Ley de Tierras que le permitía al Gobierno hacer expropiaciones y establecer prioridad de cultivos. El otro golpe de gracia fue la salida de 19 gerentes y ejecutivos que manejaban con rigor de expertos la enorme empresa estatal de PDVSA, a cuyo cargo está el manejo de la explotación petrolera del país, sustituidos por académicos de izquierda sin experiencia y con estrechos conceptos nacionalistas. A estos torpes manejos se han sumado hechos de corrupción y gastos suntuarios, como la compra de un nuevo avión para uso de la presidencia por valor de 65 millones de dólares.

Artículo publicado en el número 896 de la revista Época

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