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La Ilustración Liberal

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Tercermundismo fashion

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No Logo, el libro de cabecera de los movimientos antiglobalización, encuentra sus raíces en toda una vieja tradición de pensamiento tercemundista que se remonta desde la CEPAL hasta el sub-comandante Marcos. Su originalidad consiste en camuflar las ideas del Che Guevara con los "fundamentals" del marketing empresarial denunciando que, en la aldea global que nos toca en suerte, algunas multinacionales, lejos de nivelar el juego global con empleos y tecnología para todo el mundo, "están carcomiendo los países más pobres y atrasados del planeta para acumular beneficios inimaginables". Más aún, el orden de la globalización esconde en su trastienda la explotación inhumana de obreros, el pago de salarios miserables y condiciones de trabajo casi esclavistas en varios países del Tercer Mundo. El objetivo del libro de la periodista canadiense Naomi Klein es lograr que, a medida que "la explotación y la violación de los derechos humanos" que yacen detrás de la red mundial de las marcas sean conocidos por una cantidad cada vez mayor de personas, la exasperación de éstas pueda provocar la gran conmoción política del futuro.

Los postulados de No Logo son propios de aquello que Jean-Francois Revel denominó "pensamiento ideológico": un conjunto de ideas fosilizadas tendientes a acabar con un enemigo determinado en forma fanática, lo cual explica el éxito del libro de Klein y su intento por disfrazar un antiamericanismo furioso y un marxismo rococó con los ropajes de la justicia social, la ecología y los gastados slogans contra el neoliberalismo.

En primer lugar, llama la atención el hecho de que Klein muestre como pruebas del fracaso de la globalización y el libre mercado sus experiencias en diversas ciudades de Indonesia, Nigeria, Birmania, Filipinas y la India, todos ellos países que si por algo se caracterizan es por haber quedado fuera de la mundialización de capitales y los procesos de inversión a nivel global. ¿Es deliberada su ignorancia frente a la paupérrima realidad política, social y económica que somete a esos países fruto, principalmente, de odios tribales ancestrales, rencores e intolerancia religiosa y guerras intestinas que cosecharon por décadas persecuciones, hambrunas, despotismos y millares de muertes?

Por otro lado, cuesta creer que algunas empresas multinacionales elijan esos destinos para hacer inversiones. La miopía ideológica de Klein le impide constatar que, a contracorriente de lo que se escucha habitualmente, los empresarios de ahora no se instalan donde la mano de obra es menos costosa sino allí donde el Estado ofrece la mejor relación entre los servicios que provee (orden, seguridad, calidad de vida, educación, salud) y las reglas de juego legales y fiscales que se le presentan al empresariado. A pocos miles kilómetros de los talleres de niños que Klein describe en forma tan dickensiana existen países como Taiwán, Hong Kong, Corea del Sur o Singapur que con instituciones sólidas, reglas de juego claras, sin protestas ni sindicalismo combativo y con un gran respeto por los derechos de propiedad han logrado multiplicar por doce en 25 años la riqueza de esos países adaptándose instantáneamente a los humores de la globalización.

En segundo lugar, en relación a los miserables salarios que pagan las multinacionales en el Tercer Mundo, cabria preguntarse por qué motivo los obreros del Canadá natal de Klein no son explotados como sus pares de Indonesia. ¿Acaso no hay sobrados ejemplos de países tan poco imperialistas como Canadá, Holanda o Australia que basan sus economías en la competencia y el libre mercado y permiten que sus obreros estén entre los más calificados y mejor pagados del mundo? Esta repuesta no convencerá a Klein quien, antes de ir a dinamitar un local de McDonalds, nos acusará de ingenuos y nos hablará de... ¡la mundialización salvaje de las marcas! En fin, el típico tic nervioso del pensamiento progresista que pretende ocultar la evidencia de los hechos con la pancarta y el slogan. En realidad, la respuesta se encuentra en que los ingresos y los salarios reales se elevan de acuerdo con los incrementos en el stock de capital. Aquí la clave no pasa ni por la generosidad de los políticos y por la agresividad de los sindicatos sino por el capital invertido en instalaciones, máquinas y tecnologías de punta.

Por esta razón es necesario no dejarse embaucar por estos best sellers de moda no sólo porque han demostrado carecer de soluciones viables sino porque, además, trafican miedo y angustia a cambio de un poco de atención en los medios. El mejor antídoto frente autores como Naomi Klein es recordar aquel viejo adagio del pensamiento liberal francés que nos pide alejarnos de las supersticiones y las fábulas hechiceras dado que la demonización rara vez sustituye al conocimiento.

Naomi Klein, No Logo, Paidós Contextos, Buenos Aires, 2001.

Número 11

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