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Llora por mí, Argentina

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Para explicar el caso argentino resultaría un tanto tortuoso el comenzar con su independencia en 1810. Mucho más cerca de eso está el nefasto período de Menem donde aumentó sideralmente el gasto público, la deuda estatal y el déficit fiscal junto con una alarmante corrupción e impunidad, fruto de la inexistencia de la división de poderes y la consecuente independencia de la Justicia.

Muchos fueron los pequeños mentales que quedaron encandilados con la transferencia de algunos activos estatales monopólicos que en la mayor parte de los casos se entregaron a monopolios privados. Este traspaso de activos, generalmente envuelto en resonantes corrupciones, hizo decir a algunos distraídos que la Argentina operaba en una sociedad abierta y en el contexto de mercados libres. Esa afirmación fue tomada por las izquierdas y hoy aparecen ríos de tinta explicando los males del liberalismo o aquella bufonada que ha dado en llamarse 'neoliberalismo'. En gran medida, las izquierdas demuestran así la cloaca del sistema imperante. Pero se equivocan de blanco: no hubo ni el más pálido reflejo de lo que significa el liberalismo que, antes que ninguna otra cosa, es una concepción ética en la que priva la igualdad ante la ley y, por ende, el respeto a los derechos de todos. Ahora son muchos los que miran para otro lado con cara de 'yo no fui'.

En regímenes de ese tipo, los empresarios se convierten en cortesanos del poder obteniendo todo tipo de prebendas, privilegios y mercados cautivos en línea con la preocupación que señaló Adam Smith en 1776 cuando se bloquea la posibilidad de elegir en el contexto de la competencia y los mercados libres. Como consecuencia de este desaguisado, la distribución del ingreso no opera conforme a la eficiencia de cada cual para atender las necesidades de sus semejantes sino, como queda dicho, debido a la alianza con el poder de turno, lo cual conduce a situaciones de extrema injusticia.

Actualmente, la Argentina se encuentra frente a dos problemas gravísimos. Por un lado el completo abandono de sus instituciones republicanas y, muy especialmente, la demolición de la idea de contrato que, como es sabido, hace a la esencia de una sociedad civilizada. Por otra parte, nos encontramos frente a un desorden del gobierno central y los gobiernos provinciales, los cuales continúan con gastos crecientes y déficit astronómicos.

Este cuadro de situación se resume en lo que ha dado en llamarse 'el corralito', lo cual constituye un fenomenal manotazo a los ahorros de terceros a través de la inmoral encerrona en el sistema bancario y financiero. Lamentablemente, durante todo este tiempo la Argentina ha contado con el apoyo del Fondo Monetario Internacional, con los mismos resultados catastróficos que se produjeron en Tailandia, Rusia y Turquía.

Juan Bautista Alberdi, uno de los inspiradores más preclaros de nuestra Constitución liberal de 1853, recordaba que se había luchado por nuestra Independencia para liberarnos de las máquinas fiscales explotadoras de la metrópoli. Pero, con tristeza, Alberdi concluía que dejamos de ser colonos de España para convertirnos en colonos de nuestros propios gobiernos. Estos aparatos estatales tratan al contribuyente como si fuera una planta de limón que hay que exprimir al máximo para incursionar en todo tipo de tropelías, pero nunca brindar los servicios que debe prestar todo gobierno respetable: justicia y seguridad. Por eso, 'llora por mí Argentina' y por tantos otros que en este país hacen lo posible porque vuelva a ser una comunidad civilizada.

© AIPE Alberto Benegas Lynch (h) es vicepresidente-investigador Senior de la Fundación Friedrich A. von Hayek de Argentina.

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