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El fracaso del FMI

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Una vez más nos vemos los argentinos enfrentados al mismo juego, el de las relaciones entre el gobierno y el Fondo Monetario Internacional. Ese juego siempre se plantea oficialmente así: el gobierno -cuyo objetivo es perseguir el bien común de la población- se enfrenta y negocia tratando de obtener las mejores condiciones para que el pueblo no sufra y, por el otro lado, los representantes del FMI tratan de encauzar al país por el buen rumbo económico, promoviendo reformas que resolverían los graves problemas planteados en la solicitud de ayuda al organismo internacional. Dejemos de lado aquí los verdaderos objetivos del gobierno argentino y su capacidad para lograrlos. Veamos más bien cuáles son los objetivos del Fondo y si los suele cumplir.

La pregunta clave no se suele formular: ¿debería existir el Fondo Monetario Internacional y, en caso afirmativo, qué función debe cumplir? El origen del FMI es el tratado de Bretton Woods, por medio del cual se daban los primeros pasos para eliminar al oro y la plata como bases del sistema monetario internacional. Como hubiera ocurrido con el oro, si existen políticas monetarias expansivas con tipo de cambio fijo, el sistema tarde o temprano se derrumba y esto terminó de suceder a principios de la década de los 70.

Como luego todas las monedas flotaban entre sí y la función del Fondo era ayudar a los países a mantener paridades fijas, la misión original del Fondo desapareció. Sin una misión que justificara su existencia, el FMI pronto inventó otra. Pasó de ser una institución monetaria que otorgaba préstamos a corto plazo para mantener la estabilidad financiera internacional a una agencia de ayuda a economías endeudadas o de ayuda a quienes prestaron y ahora no pueden cobrar.

Aparecieron entonces los condicionamientos referidos a reformas "estructurales". Pero no ha sido mucho lo que el Fondo ha logrado en ese sentido. Las reformas que la Argentina realizó en los años 90 fueron impulsadas por la bancarrota del estado y por la hiperinflación más que tratando de cumplir con los programas del Fondo. Después de 1995, la Argentina jamás cumplió con las reformas estructurales pactadas en sucesivas cartas de intención.

Pese a los incumplimientos continuos, el apoyo del Fondo a sucesivos gobiernos argentinos no fue reducido ni parece que va a faltar ahora. Resulta claro que los préstamos a la Argentina desde 1995 sólo han servido para demorar y acumular todas esas reformas necesarias.

La Argentina obtuvo el primer préstamo del FMI en el año 1957. A partir de esa fecha ha utilizado tales recursos en 33 ocasiones, demostrando que el FMI crea más adicción que solución a los problemas económicos. Tampoco es buena señal de su capacidad en prevenir situaciones traumáticas que otorgara un nuevo préstamo a la Argentina en septiembre del año 2001, a pocos meses del colapso total, de la devaluación, del default y la violación generalizada del derecho de propiedad. El aporte del Fondo a las reservas se esfumó en cuestión de semanas.

Pero ahora sí parece que el Fondo se ha puesto serio y requiere la instrumentación de aquellas reformas que nunca se llevaron a cabo. El problema es que hoy tales reformas van mucho más allá de lo que el mismo FMI imagina pues el país necesita, por sobre todas las cosas, una reorganización institucional completa y que el gobierno vuelva a respetar la ley, los derechos y la propiedad.

El enviado del FMI a la Argentina, Anoop Singh, dijo recientemente: "no podemos fallar nuevamente". ¿Por qué no? Más bien, parece que sí.

© AIPE Martín Krause es profesor de Economía y corresponsal de la agencia de prensa

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