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Israel y el sueño de una tierra

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La existencia de una Tierra prometida por Dios ha constituido siempre una parte nada despreciable de la creencia de Israel pero, curiosamente, no ha sido vivida siempre de la misma manera. Abraham y sus descendientes inmediatos no tuvieron, desde luego, esa tierra e incluso la contemplaron como extranjeros y peregrinos contentándose con la idea de que un día sus hijos la poseerían. Efectivamente Israel tomó el territorio tras la salida de la esclavitud de Egipto pero no fue la suya una posesión pacífica aunque sí extendida en el tiempo. Desde el s. XV a. de C. hasta el año 70 d. de C. en que las legiones del romano Tito asolaron Jerusalén sin excluir el templo, el pueblo de Israel sufrió el acoso de filisteos, asirios, egipcios, babilonios, persas y griegos así como una desmembración y un exilio llevado a cabo por Nabucodonosor II en el siglo VI a. de C.

Ni siquiera, contra lo que muchos piensan, la aniquilación de Jerusalén en la guerra contra Roma significó la dispersión de los judíos expulsados de su solar secular. En el siglo II d. de C. se sintieron con la fuerza suficiente como para sublevarse contra Adriano, que decidió convertir Jerusalén en una ciudad totalmente pagana llamada Aelia Capitolina, pero a eso también sobrevivieron. En el siglo III, el gobierno local estaba en manos de sus magistrados y rabinos y así se mantuvo casi dos siglos más. Fue curiosamente el advenimiento de la Edad Media y, muy especialmente del islam, el que prácticamente borró del mapa, nunca mejor dicho, la presencia judía de la zona. Esa circunstancia provocó que durante siglos los judíos soñaran con la Tierra prometida -cada vez más espiritualizada- a la que vez que se empeñaban en vivir en otra Jerusalén que lo mismo podía ser Toledo que Vilna. Se trató de un proceso que duró más de un milenio y en el curso del cual la recuperación de la tierra quedó absolutamente impregnada de tintes escatológicos pero no fácticos.

Con la llegada de las revoluciones liberales, los judíos emancipados de Europa y Estados Unidos se veían tan sólo como miembros de una religión que no esperaban instalarse en la tierra de Israel antes de la llegada del mesías. Esa concepción iba a sufrir una alteración fundamental por la suma de varios factores. Uno fue el de corrientes protestantes como la de W. Blackstone que consideraron que la segunda venida de Cristo sería precedida por el regreso de los judíos a su tierra y su conversión. Alentaron, por lo tanto, la primera a la espera de que se produjera la segunda y lo hicieron con más de dos siglos de antelación a las obras de Herzl. Otro, más tardío, fue la sensación angustiosa que sintieron algunos judíos, como Herzl, de que no existiría posibilidad de vivir en paz mientras Israel no contara con un estado propio, tal y como dejaron de manifiesto el caso Dreyfus o los pogromos rusos. Finalmente, el triunfo de los nacionalismos y la creación de naciones como Italia, Alemania y, muy especialmente, Bulgaria llevaron a no pocos a creer que el proceso era factible. No obstante, no iba a tratarse de una tarea fácil.

De entrada, la existencia de un territorio nacional judío no se identificó siempre con el territorio de Israel y se barajaron hipótesis como Uganda o Argentina. Tampoco quedó claro desde el principio cuál debía ser el idioma y no fueron pocos los que propugnaron el yiddish o el alemán. Por si fuera poco los opositores al plan fueron legión ya que consideraban como una blasfemia el intentar crear un estado que sólo podría ser establecido sobre bases seguras por el Mesías. Aunque ya durante el siglo XIX el sionismo contemporáneo fue contando con ideólogos y prácticos en número creciente, lo cierto es que no pasaba de ser una corriente minoritaria en el seno del judaísmo. Ni siquiera la declaración Balfour de 1917 anunciando la buena voluntad del gobierno de Su Majestad para permitir la instalación de un "hogar nacional judío" en el territorio del protectorado de Palestina cambió sustancialmente esa situación. Los judíos franceses, por ejemplo, se sentían profundamente identificados con los valores republicanos mientras que los alemanes gustaban de jactarse de sus hazañas en el frente a las órdenes del kaiser.

Fue el Holocausto el gran motor impulsor del sionismo al dejar de manifiesto que los judíos no podían contar con la solidaridad internacional para salvarse de una catástrofe de enormes magnitudes. Desde entonces hasta hoy la historia, como demuestra magníficamente este libro que va de Abraham a Sharon, no ha terminado y las posiciones mantenidas por Israel en relación con la posesión de la Tierra siguen siendo múltiples.

Tal y como tiene por costumbre, con la publicación de este libro, la editorial Riopiedras ha vuelto a apostar por la calidad por encima de cualquier otra consideración. Se trata de una conducta reflejada en un catálogo ya no tan breve y, desde luego, sí excelente por su contenido. La presente obra permite examinar la evolución, mutación incluso, de una idea milenaria que no sólo no ha muerto con el tiempo sino que hoy ocupa las cabeceras de los noticiarios y las primeras planas de los periódicos. Precisamente por su carácter documentado y acentuadamente imparcial -dista años de luz de ser un panfleto pro-palestino o sionista- resulta de lectura verdaderamente obligatoria para poder comprender un proceso considerablemente más complejo de lo que dan a entender las declaraciones reflejadas en algunos medios de comunicación.

Jean-Christophe Attias y Esther Benbassa, Israel, la tierra y lo sagrado, Barcelona, Riopiedras, 314 páginas.

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