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La Ilustración Liberal

Retrato: José María Aznar

Aznar

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José María Aznar es el heredero de una importante dinastía de periodistas y hombres con vocación pública. Su abuelo, Manuel Aznar Zubigaray, fue diplomático, escritor, especialista respetado en historia militar. Su padre, Manuel Aznar Acedo fue uno de los grandes innovadores de la radio en España. Esta realidad no es bien conocida por el público. Al progresismo no le interesa divulgar una historia que demuestra la profundidad y la amplitud de la tradición conservadora española. Al centro derecha tampoco le gusta publicitar una herencia que parece considerar comprometedora.

A Aznar, por su parte, no le gusta ser considerado heredero de nada. Así que uno de los grandes líderes políticos españoles del siglo XX parece un recién llegado, un hombre sin historia, casi un outsider. La historia personal de José María Aznar refuerza esta percepción de hombre común, lejos de cualquier excepcionalidad. Fue un alumno no particularmente brillante de un colegio de la clase media acomodada madrileña. Cursó la carrera de Derecho sin sentir por ella, ni por la abogacía, una particular vocación. Se casó muy joven con una compañera de estudios de la que se enamoró en el viaje de fin de carrera. Y con ella fundó una familia estable y duradera, feliz.

A fuerza de normalidad, la vida personal de Aznar parece aburrida. Sus aficiones son las de cualquier español de su edad: el fútbol y el deporte. Salvo el gusto por la poesía, no se le conocen otras inclinaciones algo más sofisticadas. Su interés por los libros de historia lo comparten bastantes hombres políticos. Al parecer, pasó la juventud inmune al vendaval de los años setenta. No se le conocen crisis existenciales, ni turbulencias como las que caracterizan la juventud de líderes políticos como George W. Bush. Ni siquiera hay viajes al extranjero en busca de nuevas experiencias, como las correrías juveniles de Tony Blair en Francia. Nada más terminar su carrera, Aznar sacó unas oposiciones para, según él mismo suele decir con una expresión reveladora, tener la vida solucionada. De inmediato se casó con Ana Botella.

El concepto mismo de tener la vida solucionada, como dice Aznar, resulta hoy ininteligible, de otro tiempo. Ya lo empezaba a ser entonces, a mediados de los setenta. Tal vez haya infundido en Aznar una seguridad de la que de otro modo hubiera carecido. Saber que se tiene asegurada una plaza sempiterna de funcionario, en este caso de funcionario de Hacienda, debe de imprimir carácter. En el caso de Aznar, le permitió dedicarse a una afición que pronto se convertiría en una dedicación absorbente. Aznar había descubierto que lo que de verdad le gustaba, la razón de su vida, es la política. No parece haber sido una vocación muy temprana. Aznar era demasiado joven para participar en el proceso de la Transición, pero no tanto como para no haber tomado alguna parte en él, sobre todo en vista de su trayectoria posterior. No lo hizo así y entró en política más tarde, después de haber pasado por la Universidad, ya casado y con la vida solucionada.

La creación de un partido

Aquí Aznar no presenta un rumbo tan decidido como en su vida estrictamente personal. Quizá sea éste uno de los pocos rasgos de rebeldía juvenil que se le conocen. La tradición familiar le conducía naturalmente a entrar en Alianza Popular, el partido que representaba la continuidad entre el antiguo régimen de Franco y la nueva Monarquía parlamentaria. Pero Aznar, según su propio testimonio, no se sentía representado por Alianza Popular. En las primeras elecciones legislativas votó por UCD.

El ingreso en Alianza Popular es posterior. Según el propio Aznar, lo hizo a instancias de los propios cuadros del partido, en busca entonces de caras nuevas, y para los que la familia del joven José María Aznar resultaba una garantía. Sea lo que sea, la elección es significativa. Por mucho que no se sintiera identificado con Alianza Popular, Aznar no vio un futuro político claro en UCD. Tal vez se manifieste aquí un rasgo característico, la desconfianza del heredero de una dinastía hacia los recién llegados a la política representados por Adolfo Suárez.

Sea lo que sea, Aznar eligió el camino más difícil. Quizá no veía otro. Tal como él mismo lo ha contado, Aznar no consideraba a UCD un verdadero partido político, y probablemente pensaba que no llegaría a serlo nunca. Para Aznar, la carrera política parece haber estado vinculada desde muy pronto a la creación de un auténtico partido, una organización vertebrada en torno a un liderazgo sólido, con implantación territorial nacional y un ideario consistente. Es lo que acabaría siendo el Partido Popular.

La derecha española no había logrado nunca realizar este proyecto. Antonio Maura lo intentó a principios de siglo. Se lo impidieron su carácter explosivo, la crisis de legitimidad de la naciente Monarquía parlamentaria y una oposición feroz, incapaz de ver lo que de positivo tenía para la libertad en España la consolidación de una fuerza de estas características. No hubo más intentos verosímiles. El Partido Radical de Lerroux estaba lastrado por la personalidad de su líder y en el fondo seguía siendo un partido de notables, siguiendo un modelo anterior a la democratización de la Monarquía constitucional. La CEDA, en los años treinta, fue una coalición, con rasgos muchas veces defensivos, sin tiempo para evolucionar hacia una organización más estable. La guerra y la dictadura impidieron cualquier otro intento. Excluida UCD, AP se enfrentaba por tanto al reto de superar un fracaso histórico de la derecha o el centro derecha español. Ese fue el desafío asumido por Aznar, un desafío desmesurado, al menos en apariencia, para una personalidad hasta ahí tan poco destacada.

Una de las características más interesantes del partido que Aznar parece haber imaginado desde el primer momento es su arraigo popular. Aznar, como el partido que iba a contribuir a crear, estaba tan alejado de las elites intelectuales antifranquistas, casi unánimemente progresistas, como de los notables de UCD. Uno de sus principales objetivos electorales, y el origen social de bastantes de sus militantes, son los trabajadores y las clases medias que habían alcanzado un cierto grado de prosperidad, gracias a su propio esfuerzo, durante la larga estabilidad proporcionada por el franquismo. Esas personas no creían ya posible la continuidad del régimen de Franco, pero no querían rupturas. La democracia significaba para ellas, además de una modernización política necesaria, la oportunidad para continuar el progreso realizado en años previos. Aunque hay muchas diferencias en cuanto a la concepción del partido y sus aspiraciones electorales, la personalidad de Manuel Fraga influyó de forma determinante en el carácter popular del nuevo partido. Aznar se reconoce en este legado.

El nuevo partido también debería ser de muy amplio espectro. Tenía que evitar la consolidación de opciones de extrema derecha, que lo habrían debilitado. Y también tenía que abrirse a su izquierda, hasta llegar a los votantes del Partido Socialista y competir con él en la franja central –templada, pragmática y urbana- de la sociedad española.

Además, el partido que Aznar debía construir tenía que adaptarse a la estructura territorial del Estado español que había empezado a surgir a partir de la Constitución de 1978. El nuevo partido debería ser capaz de dialogar y pactar con los nacionalistas o los regionalistas allí donde existieran. O bien integrar la tendencia y adaptarse al sesgo regionalista y protonacionalista al que invitan inevitablemente el Título VIII de la Constitución y el sistema electoral español, con fuertes incentivos para los pequeños partidos de implantación regional.

El nuevo partido necesitaba también un ideario. Una de las razones por las que UCD fracasó tras haber realizado con éxito una muy difícil Transición fue la falta de una ideología consistente. Sin ese ideario las diversas facciones de UCD carecían de motivos para llegar a acuerdos sobre el reparto del poder. El electorado no recibía un mensaje claro acerca de la propuesta de UCD. En última instancia, la falta de un ideario significaba la ausencia de un proyecto para la nación española.

Un liberal

Había varias opciones posibles para el futuro Partido Popular. Se podía haber intentado crear un partido cristiano demócrata, a la alemana. Ese intento ya había fracasado en España. Sabiéndolo, se podía haber optado por un partido de corte conservador, sin ideario explícitamente cristiano, pero sí paternalista, como habían llegado a ser los partidos conservadores occidentales. Era una tentación explicable. De haber seguido esa pendiente, el paternalismo franquista se hubiera prolongado sin rupturas en un intervencionismo de corte socialista.

Aquí intervienen Aznar y el equipo que se estaba formando en torno suyo. Con la sola elección de Alianza Popular, Aznar había dejado claro que estaba dispuesto a hacer suya la tradición conservadora o, por utilizar el término histórico preciso, moderada española. Tras su paso por Gran Bretaña, Fraga la había estudiado y la había querido prolongar en el proyecto que presentó a la sociedad española durante la Transición. Recogía la tradición del Partido Moderado de mediados del siglo XIX, luego la del liberal-conservador de Cánovas, y más tarde la de los llamados tecnócratas, que habían hecho posible la estabilidad institucional y el "milagro" económico español desde finales de los años cincuenta. El puesto que Aznar ocupaba en la administración, como inspector de Hacienda, le impulsaba instintivamente a esta mentalidad en la que el servicio al Estado y a las instituciones prima sobre cualquier otra virtud.

No fue así. Los años setenta presenciaron en España la formación de un consenso fruto de la necesidad y de la madurez de la sociedad española, empeñada en democratizar la vida política. Fuera de España, los años setenta significaron algo muy distinto. De hecho, presenciaron el colapso del consenso social cristiano, o social demócrata, que había presidido la política occidental durante veinte años. La crisis del petróleo, el déficit público, la parálisis del progreso económico debida a la masiva intervención estatal hicieron saltar por los aires los fundamentos de las políticas seguidas hasta ahí.

A su vez, los años ochenta asistieron al nacimiento de un nuevo conservadurismo que había tomado buena nota de esta crisis. Tenía una característica fundamental: había hecho suya la idea de la libertad. Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña fueron los protagonistas de este renacimiento de la libertad como fundamento mismo del hecho social. Había sido una idea abandonada por el conservadurismo del siglo XX y nunca fue muy apreciada por el socialismo, heredero paradójico, y antiliberal, del liberalismo progresista del XIX. Reagan y Thatcher se convirtieron en los modelos ideológicos para el partido que estaba intentando crear Aznar.

Juan Pablo II fue una inspiración más personal, aunque entre los motivos de la admiración de Aznar por el Papa figura también la capacidad de liderazgo, tan relevante en el caso de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher. Por su experiencia directa del totalitarismo, por su propia concepción del catolicismo, Juan Pablo II repuso la libertad en el núcleo mismo de la fe cristiana. Aznar, católico practicante, debió encontrar en esta restauración un punto de apoyo para su propio proyecto.

Aznar, finalmente, es liberal por convicción. Sus convicciones son muy sencillas, nada sofisticadas en su expresión, pero sólidas, sin fisuras. Para Aznar, la libertad es el valor moral por excelencia, la esencia misma de lo que caracteriza la naturaleza del ser humano. La libertad obliga al ser humano a hacer juicios morales y le permite distinguir el bien del mal. Nada puede sustituir esa elección personal, ni eximir al ser humano de una responsabilidad sin la cual se convierte en un ser sin alma, algo peor que un animal.

Pero la libertad, que es inalienable en el ser humano, sólo puede ser practicada en sociedad si existen instituciones sólidas, estables y respetadas. Aquí interviene la admiración de Aznar por los modelos políticos anglosajones. Aznar está convencido de que las instituciones sólo son sólidas, y por tanto sólo garantizan la libertad, si se fundamentan en convicciones morales arraigadas. Estas convicciones no tienen por qué ser explícitas, y de hecho Aznar prefiere no exponerlas. Su expresión es la institución misma y los códigos que la traducen, las normas legales. Aznar, que en su acción de gobierno no siempre buscará el consenso, siguiendo en esto el ejemplo del nuevo conservadurismo, parece sin embargo dar por sentado que existe ese otro consenso más profundo al que se puede apelar, tácitamente, porque está en la raíz misma de la vida social.

Por otra parte, Aznar prefiere, como los ingleses y los norteamericanos, el gobierno de las leyes al gobierno de los hombres. Y como Calvin Coolidge, el presidente norteamericano que renunció a su reelección, es un político minimalista, al que le hubiera gustado en lo posible abstenerse en lo posible de intervenir en la vida de los demás. Aznar es conservador porque no cree en la bondad innata de los hombres ni en la capacidad del gobierno para hacerlos mejores. Es liberal, en cambio, porque está convencido de que los hombres son capaces de mejorar si se lo proponen y si las instituciones se lo permiten. De ahí su abstencionismo y su silencio, su hermetismo en lo personal y su posible adscripción a un cierto estoicismo cristiano que siempre ha sido considerado característicamente español, y en algunas ocasiones castellano. El propio Aznar ha cultivado esta imagen de castellano de pura cepa, por no decir de castellano viejo, que no se corresponde del todo con su realidad de madrileño. En cualquier caso Aznar, a pesar de llevar una vida personal próxima a lo que tradicionalmente se considera ejemplar, no se presenta como ejemplo de conducta ni concibe la misión del político como un ejercicio moral. Es un caso raro de político que no cree en la acción política como palanca para la virtud, pero mantiene en su conducta una alta exigencia moral.

El liberalismo de Aznar es en primera instancia moral, de carácter, aunque también tiene motivos utilitarios, reforzados después del derrumbamiento del socialismo a finales de los años ochenta. Aznar está convencido de que la libertad individual es el único fundamento posible de la prosperidad. Casi todos los políticos del siglo XX creyeron que la sociedad es maleable a sus deseos y a sus creencias, y que pueden regular y dirigir el comportamiento de las personas a favor de lo que ellos consideran el bien común. Aznar está convencido de que la prosperidad del conjunto de la sociedad está en relación directa con la capacidad de los agentes económicos –cualquier individuo, en realidad- para adoptar sus decisiones con el máximo de libertad posible y con las menores interferencias por parte del gobierno.

El gobierno, según Aznar, debería ser lo más pequeño posible, y también previsible en su conducta. La promesa cumplida de no presentarse a una tercera reelección indica hasta dónde llega la preocupación de Aznar por la institucionalización de la vida pública, que debería seguir pautas regulares y conocidas. La obsesión por el equilibrio presupuestario muestra su preferencia por un gobierno limitado. Fue un compromiso político, un instrumento para la prosperidad económica, y también un gesto pedagógico, fuerte e inteligible, acerca de los límites de la acción del gobierno y la necesaria autonomía de los individuos y los agentes sociales.

La sola elección política del partido en el que decidió ingresar señala que Aznar estaba convencido desde muy temprano de que la sociedad española estaba madura, en lo social, en lo económico y también en lo moral, para el gran salto adelante que podía hacer de ella uno de los países más prósperos del mundo. Bastaba para ello con retirar obstáculos, frenar la acción del gobierno y asegurar el máximo grado posible de transparencia y estabilidad por parte de las instituciones.

Los predecesores de Aznar habían hecho la Transición política, pero los gobiernos posteriores no se atrevieron a hacer la transición económica que garantizaría la continuidad del crecimiento protagonizado por la sociedad española desde 1960 hasta mediados de los setenta. UCD no lo hizo por prudencia, o por falta de proyecto. El PSOE dio pasos importantes en esta dirección en los años ochenta, pero no continuó la tarea por sus hipotecas ideológicas, por su concepto mismo de la naturaleza y la función del gobierno, anclado todavía en el consenso socialdemócrata que había entrado en crisis quince años atrás, y cuya inviabilidad quedó demostrada por la crisis económica de principios de los noventa y por la corrupción prevalente en la Administración socialista en los mismos años.

Aznar ensayó su proyecto liberal en la Junta de Castilla y León y luego lo aplicó a escala en 1996, cuando nada más alcanzar la Presidencia del Gobierno pone lo que él suele llamar, con ese estilo prosaico que le caracteriza, el "paquete" de medidas de austeridad, liberalización, privatización y desregulación más importante del siglo XX español. La confianza de Aznar en los españoles no era una equivocación, como demuestran los resultados económicos de aquella gestión. Los españoles estábamos acostumbrados a vivir en una sociedad regulada, intervenida y, en consecuencia, pobre. No se creaban puestos de trabajo porque faltaban los incentivos y la libertad necesarios para que el espíritu empresarial tomara la iniciativa. Las primeras medidas del Gobierno de Aznar en 1996, tomadas para que España estuviera entre los países pioneros en la adopción del euro como divisa única europea, fueron también una invitación a que los españoles prosperaran tomando el timón de su propia vida. Los españoles respondieron al reto. Quienes hemos vivido el cambio ocurrido en la sociedad española sabemos por experiencia propia de la dimensión y la naturaleza de la transformación. A este cambio -las empresas puestas en marcha, los puestos de trabajo creados, el aumento en la riqueza de las familias, la incorporación de las mujeres al trabajo, la inmigración- Aznar lo llama "revolución silenciosa". Traduce así su orgullo por la tarea realizada.

Un patriota

A Aznar le gusta tomar prestada de Azaña una expresión bastante trivial. Le gusta referirse a sí mismo como a un "español por los cuatro costados". Quiere decirse que Aznar se siente naturalmente español, sin que esa condición le plantee ningún problema existencial, mucho menos ideológico. Aznar no vive España como un problema. Aznar es impermeable a todos esos supuestos sufrimientos, singularidades y excepciones sobre los que han gustado de especular muchos intelectuales españoles y sobre los que se ha construido, de hecho, buena parte de la mitología del progresismo español.

Pero hay más, aunque Aznar se siente reticente a expresarlo con claridad. Aznar se siente orgulloso de ser español. Ser español significa para Aznar pertenecer a una de las naciones más antiguas del mundo, que ha realizado aportaciones fundamentales al progreso del conjunto de la humanidad y sin la cual el mundo que hoy conocemos sería inconcebible. La complejidad y la riqueza de la herencia que se recibe por el solo hecho de ser español resulta para Aznar una obligación. Aznar, como buen patriota, está convencido que ese legado le obliga a un compromiso personal para conservarlo y mejorarlo. Es obligación de los españoles mejorar el patrimonio recibido para que las futuras generaciones puedan sentir el mismo orgullo que uno siente. El patriotismo es para Aznar una exigencia y un imperativo moral.

Del patriotismo de Aznar no se deduce una sola política, ni Aznar ha aspirado a identificar su ideario político con la naturaleza de España. El patriotismo de Aznar es distinto de los nacionalismos al uso en algunas regiones españolas. Ni Aznar ni su partido, como ningún otro partido de dimensión nacional en España, han pretendido nunca encarnar el monopolio, la representación excluyente y en solitario de la nación española. Ninguna política apura la expresión de la nación, que es por naturaleza más amplia y compleja que cualquier acción o ideario político.

Cuando Aznar habla de la pluralidad de la nación española hay que tomarlo al pie de la letra. Se está refiriendo a la unidad de la nación, pero también a la diversidad de las tradiciones de las que está constituida la nación y la cultura españolas y, además, a la existencia de concepciones distintas de lo español. Éstas tienen la misma vigencia que la suya. Aznar les exige, eso sí, la misma disposición a aceptar la diversidad y el pluralismo que él manifiesta.

El patriotismo ha sido determinante en algunas de las grandes líneas de acción de Aznar durante sus ocho años de gobierno. Las reformas económicas lo llevaban implícito. Ahora me centraré en otras dos. Primero, en la lucha contra el terrorismo nacionalista. Segundo, en el intento de colocar a España entre los grandes países del mundo.

No basta con decir que Aznar hizo de la lucha contra el terrorismo nacionalista una de las prioridades de su Gobierno. Hay que comprender que para Aznar, la derrota del terrorismo nacionalista fue la primera prioridad de su gobierno, como debería seguir siéndolo de cualquier gobierno español. Cuando Aznar condena el terrorismo nacionalista está apelando a valores esenciales, como el respeto a la vida. Pero también apela a la conciencia de la dignidad de los españoles. El terrorismo nacionalista ha atacado en España el fundamento de aquello que nos hace ser españoles. Que los españoles, durante treinta años, no hayamos sabido atajar este conflicto, y que durante muchos años no hayamos sido capaces de honrar a las víctimas, ni solidarizarnos con el sacrificio de quienes lo combaten, es el signo de un fracaso del que no es posible sentirse orgulloso.

El atentado contra Aznar de 1995 demostró que los terroristas habían comprendido que tenían en Aznar el peor de los enemigos, porque el orgullo herido de su conciencia de español le llevaba a una lucha sin cuartel, y anunciada, contra el terrorismo. Fue una acción política y policial, dentro y fuera de España. Aznar no erradicó el terrorismo nacionalista, y es poco probable que llegara a pensar que lo lograría durante sus años de gobierno. Sí que ha conseguido limitar su acción notablemente, lo que le ha reafirmado en su convicción de que es posible derrotar al terrorismo sin ceder a sus pretensiones, en este caso de índole nacionalista y separatista.

También ha introducido un elemento nuevo: la consideración debida a las víctimas del terrorismo. Hasta la llegada de Aznar al gobierno las víctimas del terrorismo eran casi invisibles. Estaban condenadas al olvido por la mala conciencia de una sociedad que no quería enfrentarse al terrorismo nacionalista ni a sus consecuencias. Aznar repuso a las víctimas del terrorismo en el sitio que les corresponde: el de las personas que han dado su vida por España, porque España es lo que los terroristas nacionalistas quieren destruir. El haber sido él mismo víctima de un atentado proporcionó a Aznar una especial sensibilidad ante el terrorismo. No ha sido determinante en la firmeza de su actitud, previa al atentado.

La grandeza de España

Un segundo aspecto de su política en el que el patriotismo ha tenido sin duda un papel destacado es en el intento de restablecer a España en el lugar que Aznar piensa que le corresponde en el mundo. En este punto, Aznar vuelve a romper con lo que fue tradicional en el siglo XX. Corta con la tendencia al ensimismamiento escarmentado que ha caracterizado a buena parte de la tradición conservadora española desde Cánovas, y, obviamente, con los complejos del progresismo, que casi desde su nacimiento, en la primera mitad del siglo XIX, viene atribuyendo a España, o a los supuestos defectos de la nación española, su propia incapacidad para construir un proyecto nacional.

El éxito de la política económica proporcionó a Aznar confianza para emprender ese proyecto de restauración de la grandeza de su país. Entre 1996 y 2004, y siguiendo el camino emprendido por los gobiernos anteriores, España se convirtió en un punto de referencia para los países latinoamericanos. No hubo, como es natural, ninguna ambición hegemónica. Se trataba de que España, miembro de la Unión Europea, con una relación estrecha con Estados Unidos y una economía en auge, contribuyera a la estabilidad y al desarrollo de los países latinoamericanos. Aznar había invitado a los españoles a superar viejos complejos. Lo mismo hizo, aunque en tono más apagado, como es natural, con los países latinoamericanos. El liderazgo español debe ser, según Aznar un acicate para incorporarse al mundo desarrollado y, a largo plazo, a las alianzas política y militares occidentales. Aznar emprendió esta política en el momento adecuado, cuando Clinton impulsaba desde Estados Unidos una política de apertura y liberalización de los mercados. Más tarde tuvo tiempo de ver cómo algunos países latinoamericanos volvían a caer en las tentaciones populistas, argumentadas ahora con el supuesto fracaso de los procesos de liberalización en América Latina.

Aznar es sensible a las sugestiones históricas, y durante el año 1998, el segundo de su mandato, tuvo la ocasión de recordar dos hechos considerables en la historia de su país. El primero es la derrota ante Estados Unidos y la pérdida de Cuba, en 1898. El segundo es el Tratado de Westfalia, en 1648, cuando España, la Monarquía Católica, abandonó definitivamente su ambición de convertirse en la potencia hegemónica europea. Como Aznar es sumamente reservado a la hora de expresar la raíz emocional de algunas de sus acciones, ha preferido referirse a otra fecha histórica, el Congreso de Viena, a principios del siglo XIX, cuando España fue marginada de las decisiones que establecieron lo que iba a ser el mapa político de Europa hasta 1914. Aun así, se intuye que cuando Aznar piensa en el papel de España en el mundo recuerda lo que los españoles quisieron hacer antes de 1648; la visión, el esfuerzo, la tenacidad y la capacidad de sacrificio de quienes crearon el imperio español.

Para Aznar, España no es una nación más de las diversas naciones europeas. Todas son respetables y valiosas, pero sin algunas, entre ellas España, Europa sería distinta de lo que es hoy. Por eso Aznar quiso que España estuviera en el grupo de cabeza del euro, por eso defendió como lo hizo lo conseguido en el Tratado de Niza y por eso ha rechazado, sin mucho disimulo, el proyecto de Tratado Constitucional europeo, incluso a pesar de la opinión de su propio partido. Más aún, Aznar quiso que España asumiera el liderazgo en algunas políticas europeas. Lo hizo en la política antiterrorista y en la larga y accidentada marcha hacia la liberalización y la flexibilidad económica, la llamada Agenda de Lisboa, promocionada con Gran Bretaña. Eran dos campos en los que España tenía una experiencia propia y éxitos que ofrecer. Hubo otro en el que España asumió de nuevas un papel que hasta entonces no había tenido, ante el que se había mostrado incluso reticente: la profundización de la alianza atlántica.

Las razones históricas de esta opción son obvias, para quien quiera verlas. España fue una gran potencia atlántica. Así como Europa es inexplicable sin España, España es ininteligible sin América. La cultura en español se extiende por lo fundamental a ambos lados del Atlántico, y es la alianza atlántica la que ha mantenido la libertad y la democracia en el mundo durante todo el siglo XX. En este sesgo tan claramente atlántico que Aznar quería imprimir a la política europea, contaba con aliados como Gran Bretaña y los países que habían conocido por experiencia la naturaleza del socialismo totalitario.

El momento decisivo para poner a prueba hasta dónde llegaba la ambición de Aznar llegó cuando la Administración del presidente George W. Bush tomó la decisión de invadir Irak, invocando la amenaza que para Estados Unidos, y para la seguridad en el mundo, representaba el régimen de Sadam Hussein. Descartada la opción de no colaborar con Estados Unidos, quedaba otra: Aznar podía haber apoyado la intervención en Irak con un perfil más bajo, como Italia, por ejemplo. Prefirió situar a su país en primera línea, y colocarse él mismo en el puesto más destacado. Lo dejó bien claro la reunión de las Azores, con George W. Bush y Tony Blair.

Aznar asumía un riesgo muy alto. El progresismo español había aceptado el ingreso en la OTAN y la participación de España en misiones militares no avaladas por ninguna resolución de Naciones Unidas. Pero lo había hecho con gobiernos de izquierda. Era evidente que no aceptaría eso mismo por parte de un gobierno de centro derecha, y era probable que lo utilizara para intentar desalojar a Aznar del poder y para tratar de destruir algo inadmisible para el progresismo español: la existencia misma de un centro derecha articulado y consistente. Aznar sabía también que la querencia antiamericana estaba muy viva en una parte importante de los conservadores españoles. La Iglesia católica no sólo no apoyaba la intervención en Irak: en gran parte era militantemente contraria.

Con tantos factores en contra, la decisión de Aznar no constituía sólo un riesgo personal. Mal manejada, podía arruinar buena parte de lo conseguido en años anteriores. Hay que preguntarse, en consecuencia, por qué tomó Aznar una decisión de estas características. Está la ambición personal, sin duda, pero Aznar ya tenía asegurado un lugar destacado en los libros de historia sin necesidad de arriesgar tanto. Más importantes son las convicciones. Aznar tuvo la ocasión de colocar a España donde piensa que siempre debió estar: entre los grandes países del mundo y con los que defienden la democracia y la libertad. Aznar rectificaba la deficiente situación de España en el mundo, que relaciona casi intuitivamente con su apocamiento y su atraso.

Aznar comprendió además que España tenía una oportunidad extraordinaria. Estados Unidos ya había tomado la decisión de intervenir en Irak, pero como las antiguas alianzas no habían funcionado necesitaba respaldos para su decisión. Era un momento crucial, y aunque el gobierno de Aznar, como los demás gobiernos de la democracia española, había invertido poco en defensa, con sólo un contingente militar simbólico y un apoyo explícito y visible a Estados Unidos Aznar conseguía devolver España al lugar de primera fila que naturalmente le corresponde por su economía, su historia, su cultura y su idioma.

Aznar estaba sin duda convencido de que estaba haciendo lo que él creía necesario hacer. Su decisión respondió a una convicción muy profunda, pero también respondía a su sentido de la oportunidad política. Con un solo movimiento, sobrio y con un coste en cierto sentido mínimo, había hecho realidad su gran visión nutrida de patriotismo y de la conciencia de la dignidad de España.

Pudor y arrogancia

A partir de aquí empiezan los problemas. Al principio de su primer mandato Aznar hizo célebre una expresión: la "lluvia fina", una metáfora para significar su apego a la acción templada, lenta, moderada. Durante los ocho años de gobierno de Aznar no ha habido grandes enfrentamientos sociales como los hubo bajo el mandato socialista, y cuando los hubo, como ocurrió con la huelga general de 2002, Aznar prefirió rectificar posiciones.

Por otra parte, la voluntad de evitar enfrentamientos innecesarios no llevó a Aznar a consensuar cualquier decisión importante. Los límites del consenso los marca, para Aznar, el mandato democrático. Recurrir al consenso, como se hizo acertadamente en la Transición, puede llegar a ser más tarde, una vez consolidadas las instituciones, una forma de traición al propio electorado.

En buena lógica, este doble planteamiento –moderación y voluntad de asumir responsabilidades- requería una presencia pública constante, una pedagogía sistemática, una voluntad incansable de argumentar y convencer. Sobre todo cuando, como en el caso del apoyo a la intervención de Estados Unidos en Irak, Aznar se enfrentaba a tantos adversarios y apelaba además a la madurez del pueblo español, al que invitaba a comprender una maniobra política sofisticada y a asumir un papel internacional al que los españoles no estaban acostumbrados.

Pues bien, no fue así. Algunas otras grandes decisiones del gobierno Aznar fueron gestionadas de una manera similar. La elaboración del Plan Hidrológico Nacional, un proyecto de vertebración nacional, apoyado en una tradición reformista compartida en líneas generales por todas las fuerzas políticas españolas, requirió un intenso esfuerzo de negociación y de diálogo. El esfuerzo se realizó, pero la Administración de Aznar no supo convencer al conjunto de la opinión pública, y menos aún a la mayoría de la opinión pública de Aragón, de los beneficios del proyecto. Las reformas educativas fueron acometidas con una ambición considerable, probablemente excesiva, y con una ausencia total de voluntad para ganarse a la opinión pública, ni siquiera a los agentes implicados. La culminación y el cierre del Estado de las autonomías, en los que se invirtió un gigantesco esfuerzo de negociación política, no encontró, al final, más argumento que el del miedo a la disolución de la nación española. No era propaganda, como lo demostraba la alianza de los socialistas con los separatistas, pero el propio Aznar estuvo ausente, y no ofreció argumentos positivos acerca del proyecto nacional –el patriotismo- del Partido Popular. El resultado es que estas reformas han sido desmanteladas por el Gobierno socialista en cuestión de semanas y con un esfuerzo mínimo.

Sería arriesgado relacionar estos errores de gestión con un rasgo de carácter del propio Aznar. Pero la gestión de la crisis de Irak reveló una vez más lo que se puede interpretar como un modelo de conducta. Habiendo tomado una decisión tan decisiva y tan innovadora, Aznar no se esforzó por exponer sus motivos ni por argumentar su posición. Acudió regularmente al Parlamento –con más frecuencia que cualquiera de sus antecesores- y emprendió una campaña de relaciones públicas como no la había realizado desde los primeros tiempos de su primer mandato, cuando el Partido Popular no tenía mayoría absoluta en las Cortes. Pero no se dirigió directamente a sus compatriotas, ni hubo entrevistas en medios de comunicación ni ruedas de prensa con periodistas que no compartieran sus puntos de vista. Parecía que la batalla de la opinión pública se había dado por perdida antes incluso de darse. Aznar quería cambiar el destino histórico de su país, pero su Administración era incapaz incluso de matizar la ideología antigubernamental –y también antiamericana, antisemita y antiliberal- de la televisión pública. Habiéndolo arriesgado todo, estaba siempre a la defensiva.

Con un liderazgo muy fuerte, como se demostró cuando el Partido Popular respaldó unánimemente en el Parlamento la decisión de apoyar a Estados Unidos, Aznar dejó abierto un flanco gigantesco. Y teniendo apoyos muy sólidos en la sociedad española, como corroboraron las elecciones municipales y autonómicas de junio de 2003 celebradas justo después de la convulsión de la guerra de Irak, Aznar parecía aislado, incluso vulnerable, de puro encastillado en una posición que no llegaba nunca a expresarse con la misma convicción con la que se mantenía en la práctica.

Es un misterio por qué Aznar, conociendo como siempre la índole personal y destructiva de muchos de los argumentos de sus adversarios políticos, no ha querido nunca adelantarse a ellos, ni esforzarse por elaborar una imagen de sí mismo distinta de la que se estaba construyendo de él. Hay algo extraordinariamente quijotesco –en el mejor y en el peor sentido del concepto de quijotismo- en esta voluntad férrea de abstenerse de dar explicaciones, como si estuviera convencido de que la visión propia fuera, no la única posible, pero sí la única derivada del sentido común. Aznar, tan prosaico, tan poco proclive a las grandes expansiones retóricas, parece dar por sentado que sus convicciones no requieren más explicaciones que su puesta en práctica, y que los resultados de la acción son argumentos suficientes para conseguir el respaldo que necesita para llevarla a cabo. Tal vez sea ésta una de las razones de su afición a la poesía, ese género literario propenso a intentar expresar lo inefable.

Sin embargo, el liderazgo de las sociedades modernas, tan complejas y tan plurales, requiere, además de convicción y capacidad visionaria, la voluntad de convencer y el ejercicio de la seducción. Aznar, que tan claro ha tenido siempre los mecanismos del mercado, los ignoró en lo que a la gestión política se refiere. Por pudor tal vez, quizás por orgullo o simplemente por principio, no quiso hacer explícitos los fundamentos últimos de una actitud que en nuestras sociedades ya no se pueden dar por sentados, y que necesariamente deben ser articulados e incorporados al discurso público. Tomaré por ejemplo el patriotismo. Se puede ser naturalmente español, porque la nacionalidad es inherente a la naturaleza del individuo, pero el patriotismo no es un hecho natural: debe ser articulado, expresado y enseñado.

Si el político o el líder no someten a la discusión pública los fundamentos de sus convicciones serán acusados de incapacidad para el diálogo y de arrogancia. Es lo que le ha ocurrido a Aznar. La paradoja es aún mayor si se tiene en cuenta que, por seguir con el patriotismo, el de Aznar no es excluyente. Así lo ha demostrado la política cultural de su gobierno, infinitamente más abierta e integradora que la de los gobiernos socialistas. Ahora bien, habiendo elegido la abstención y el silencio, el patriotismo de Aznar ha sido presa fácil de críticas basadas en tópicos y clichés que podían haber sido discutidos. Y por si fuera poco, en la práctica social y política esa abstención era fácilmente interpretable como debilidad. En su partido, la autoridad de Aznar era indiscutible. Fuera, Aznar parecía no controlar, e incluso desdeñar, los mecanismos por los cuales se ejerce la autoridad. Ha sido, y es, un patriota, pero su patriotismo no encontró durante su mandato una forma convincente y seductora de expresión.

La misma paradoja se da en lo personal. Aznar intimida. Ahora bien, es un hombre, ya que no comunicativo, sí de trato llano, cordial y convincente. La imponente fachada del personaje histórico disimula mal al hombre familiar, próximo, capaz de emocionarse y con capacidad sobrada para articular sus argumentos. Habiendo sido objeto de tanta animadversión y de ataques tan bestiales, suscita una especial lealtad y un cariño de buena ley. Y aun así, la persona queda siempre oculta, encubierta, encerrada.

Nada de todo esto hubiera impedido al Partido Popular ganar las elecciones de 2004. Los atentados del 11 de marzo y lo sucedido entre aquella mañana trágica y la jornada electoral frustraron la continuidad del proyecto de Aznar, por lo menos a corto plazo. La actuación de la izquierda, en particular del Partido Socialista, merecerá un juicio muy duro en el futuro. Pero Aznar sabe probablemente que mucha gente que había depositado en él su confianza se sintió desorientada, e incluso desamparada, por lo que consideraron ausencia de auténtico liderazgo.

Es muy pronto para intentar siquiera esbozar un balance de su legado. Es fácil constatar que la España que dejó Aznar estaba en condiciones mucho mejores que al principio de su gobierno. También es cierto que al final de su mandato la sociedad española vivía en una situación de tensión excepcional que los terroristas supieron aprovechar, como la aprovechó una oposición dispuesta a cualquier cosa, incluso a negar la legitimidad de la acción de un gobierno elegido democráticamente y escrupulosamente respetuoso con las reglas y las instituciones. Pero la frustración del proyecto de Aznar no impide constatar también que bajo su mandato los españoles han tenido ocasión de tomar conciencia de sus propias posibilidades y del significado de determinadas convicciones políticas y morales. Quizás algún día se atrevan a volver a responder al reto que Aznar, una vez, les planteó.

Número 21-22

Constitución Europea: Argumentos para el “No”

Varia

Ideas en Libertad Digital

Retrato: José María Aznar

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